11 años de Ni Una Menos: todavía feministas

¿Cómo llegó el feminismo a once años del primer Ni Una Menos? Entre el repliegue después de aquella marea que desbordó todo, que tuvo su épica y sus conquistas, y la potencia que volvió a llenar las calles de todo el país a pesar del discurso antifeminista que se instaló desde la llegada al gobierno de Javier Milei. Reflexiones de lo que el 3J nos dejó.

Foto de portada: Catalina Distéfano.

Este 3 de junio salimos todas y llegamos bien. ¿Llegamos bien? ¿Cómo llegamos después de once años del primer Ni Una Menos? El movimiento feminista en Argentina llegó cansado, roto, machucado, precarizado, informalizado, harto. Pero quizás siga siendo una de las vanguardias políticas más interesantes y complejas de nuestro país. Estamos, otra vez, disputando sentidos. Y aunque en estos años nos tiraron un balde de cemento encima, y los femicidios, lesbicidios y travesticidios siguen firmes en su puesto del ránking, algunas cosas cambiaron. Para convertirnos en el principal enemigo del gobierno, debemos tener algún peso político. Y los cambios culturales no sólo se miden en cifras. Al día siguiente de la convocatoria, los conductores de radio y streaming amanecieron feministas, Mario Pergolini enseñó el iceberg de la violencia machista y hasta Eduardo Feinmann dijo que él hubiera ido a la marcha. Podemos creerles o no, preguntarnos cuánto les durará, pero algo parece haber calado profundo.

La lucha feminista no empezó el 3 de junio del 2015. Tampoco empezó unas semanas antes, cuando escritoras, periodistas, familiares de víctimas nos reunimos en la plaza del Museo del Libro y de la Lengua, convocadas por su entonces directora María Pía López, a leer bajo la consigna “Ni Una Menos”. Los feminismos se mueven desde el comienzo de la historia al ritmo de las capas tectónicas. Y cada tanto, sucede un terremoto, como el del Ni Una Menos, o un maremoto, como el de la Marea Verde por el aborto legal.

En los días previos a este 3J, once años después del primero, volvimos a hacer temblar la tierra. Un enemigo tan claro, el antifeminismo de Estado, que niega la existencia de la violencia de género, que niega a nuestras muertas, nos lleva a la unión que hace la fuerza más allá del narcisismo de las pequeñas diferencias. Acá está el partido feminista que tanto piden, que tanto vituperan. Habrá que ver si las fuerzas políticas dejan de pensarnos como suma o resta votos y empiezan a considerarnos el actor social con la potencia que tenemos.

Fotos: Catalina Distéfano.

Ya aprendimos a transformar el dolor en furia, la furia en lucha y esa furia y esa lucha retumban por todas partes. En las casas, en los colegios, en los barrios, en las redes sociales, en las miradas que cruzamos en el transporte público. Y en las colas eternas que hacemos esperando que llegue el bondi. Mientras nos descomponemos con la noticia del femicidio y descuartizamiento de Agostina Vega, de 14 años, sabemos que hay un nuevo femicidio en marcha, perpetrándose, a punto de ocurrir.

Las cifras —nunca exactas, siempre incompletas— indican que en Argentina se registra un femicidio cada 31 horas. Ya pasaron dos semanas desde el femicidio de Agostina. La cuenta no es complicada. Pero de nuevo: no se trata de cuentas, ni de cifras, ni de hechos aislados. Aunque suene trillado hay que decirlo mil veces. Cada femicidio es la historia de un fino y extenso tapiz que se teje desde la antigüedad hasta nuestros días. La figura que forma no es una constelación de chicas muertas, que brilla incandescente con su ausencia. Es la de una trama social urdida en siglos, se llama patriarcado.

Sabemos que el repliegue es parte de la batalla. Tenemos una mirada transhistórica y sabemos que hay momentos de contraofensiva y retirada. Pero los feminismos siguieron tejiendo en silencio, a pesar del ataque sistemático y organizado desde el gobierno libertario, sosteniendo el maltrecho entramado social por donde primero se corta y donde se corta después. Y ahora, en un presente en el que —como denuncia el documento que se leyó  en la Plaza de los Dos Congresos— pretende eliminar la figura de femicidio, niega las desigualdades de género, desmantela las políticas de prevención de las violencias y protección a las victimas, avanza con su motosierra contra la educación sexual integral y alimenta discursos de odio hacia el movimiento feminista y LGBTQ+, los feminismos vuelven a hacer tronar la tierra. En Buenos Aires en Mar del Plata, Bariloche, Rosario, Ushuaia y Córdoba. Sobre todo en Córdoba. La tierra que abrigó varios días el cuerpo roto de Agostina, volvió a tronar y a teñirse de violeta, un violeta violento. Madres con hijas, pibas sueltas, grupos de amigas, mujeres que fueron por primera vez a una marcha y feministas con los pies cansados de marchar, viejas, jóvenes, parejas, varones, familias. Tolos salieron a las calles en este nuevo Ni Una Menos.

Foto: Ana Medero.

En la Ciudad de Buenos Aires, hubo aplausos en un subte B estallado de pañuelos, feministas confrontando a la policía formada, feministas derribando las vallas, y las mantas y puestos de venta de lo-que-sea: medias, pines, pañuelos, pan relleno, libros usados, fanzines. La demanda es financiera incluso aunque no se grite, la relación carnal entre precarización y violencia es cada vez más estrecha y la tenemos tatuada. 

El abanico de demandas ya está desplegado, aunque para muchos sea pianta votos. Pero este 3J, bajo la sombra del femicidio de Agostina (también de los de Dulce María Beatriz Candia y Noelia Romero) se volvió al pedido básico: paren de matarnos. Lo básico del pedido es lo que lo hace estremecedor. Supimos hacerlo colectivo para enfrentar la tiranía de ese poder. Esa consigna tan simple, ese favor que pedimos tan conmovedor como patético, convoca multitudes. No se puede pedir menos que vivir, llano y simple.

Pero lo cierto es que no es lo único que queremos. Queremos una vida diga y plena: queremos igualdad laboral y salarial, queremos salud y educación pública de calidad y que se cumplan las leyes de Financiamiento Universitario, Emergencia Pediátrica y Emergencia en Discapacidad; queremos que se reconozcan los trabajos de cuidados y que no se persiga ni criminalice a las organizaciones sociales que alimentan y contienen allí donde el Estado se retira. Queremos educación sexual integral y la implementación plena de la ley de interrupción voluntaria del embarazo en todo el país. Pero también queremos disfrutar de nuestro derecho al goce, a disfrutar sin miedos, sin que en eso se nos vaya la vida, sin que nos hagan responsables por las violencias.

No queremos un registro de violadores —como proponen Patricia Bullrich y sus aliados—  porque una vez registrada, la violación ya fue cometida. No queremos penas más duras una vez que nuestras pibas están muertas. Queremos que no siga pasando, queremos que nos dejen de matar. Queremos justicia, si, pero sobre todo queremos prevenir y ponerle fin a las violencias machistas. Aunque parezca una propuesta cargada de ingenuidad, ahí se esconde un dilema.

Fotos: Ana Medero.

Si es la masividad la que expresó una vez más la dimensión de la tragedia, aquello que convierte en rabia activa nuestro dolor, ¿por qué las derivas punitivas son lo primero que aflora? Porque el populismo punitivo es la primera estrategia de una aspirante a la presidencia responsable política de las peores represiones en democracia, es el oportunismo de alguien a quien poco le importamos. Tenemos que ser astutas y no habilitar el diálogo en sus términos y seguir señalando que hay que cortar la cadena de impunidad femicida en los tres poderes del Estado. La impunidad de un fiscal que festeja que un perro nos encuentra muertas es un ejemplo de esto.

Si todas, todes, todxs somos (potenciales) víctimas de la violencia machista, ¿qué tipo de sujeto político produce ese paradigma? ¿Víctimas sufrientes, dolientes, vulnerables, pasivas?  Buenas víctimas hasta para pedir reparación o castigo. ¿Y cómo se reconfiguran nuestras demandas en esa identificación masiva?

Con el objetivo de gambetear la trampa a la que nos lleva este camino —aquel que Tamar Pitch denominó “el malentendido de la víctima”—, habrá entonces que reafirmar el potencial del feminismo para transformar la realidad. Apostar por un proyecto de emancipación que no supedite la obtención de justicia al aparato penal del Estado. Porque además parece ser que es todo lo que tienen para ofrecernos. 

La movilización del 3J en todo el país es una imagen retro que se proyecta al futuro. Una imagen que trae una certeza: no nos fuimos a ningún lado. Mover montañas es una tarea larga, minuciosa, titánica. Pero es posible. Lo que no es fácil es saber qué caminos y qué formas tomarán los pasos que siguen. Pocas veces son tal como los imaginamos. Sin embargo, acá estamos y nos seguimos moviendo.