“¿Qué harías si te enteraras de que tu padre es un asesino?”. La pregunta que abre Desobediente contiene el dilema alrededor del cual gira la película, pero también la vida de Analía Kalinec. Porque no se trata solamente de descubrir que el hombre que ocupó durante la infancia el lugar del padre amoroso fue responsable de crímenes atroces. Se trata de decidir qué hacer después con ese conocimiento. Callar, justificar, mirar hacia otro lado o romper la lealtad familiar para ponerse del lado de las víctimas.
Analía eligió desobedecer. Su padre, Eduardo Emilio Kalinec, ex-comisario de la Policía Federal, fue condenado en 2010 a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad cometidos en el circuito de centros clandestinos Atlético, Banco y Olimpo durante la última dictadura cívico-militar en Argentina. En diciembre de 2025 obtuvo la libertad condicional, decisión ratificada por la Cámara Federal de Casación Penal en mayo de este año.
Pero la desobediencia que narra el documental de Federico Coringrato y Martín Vergara no termina en el repudio público de los crímenes paternos. Kalinec reclama algo más: que su padre hable. Que rompa el pacto de silencio que durante décadas permitió ocultar información sobre los desaparecidos y sobre los bebés nacidos en cautiverio y robados.

“Es un deber reclamar expresamente a nuestros familiares que hablen y cuenten lo que saben”, sostiene Analía Kalinec. Su planteo invierte uno de los sentidos más arraigados de la lealtad filial. Para ella, ser hija implica reclamar al padre que asuma su responsabilidad. “Guardar silencio hoy frente al dolor de las Madres, las Abuelas y los familiares que siguen reclamando saber el destino de los detenidos desaparecidos y los bebés nacidos en cautiverio es un acto de crueldad”, afirma.
Ese conflicto atraviesa Desobediente. La película recorre la vida de Kalinec desde una infancia marcada por el amor hacia su padre hasta el descubrimiento de su actuación durante la dictadura, la ruptura ideológica y, finalmente, la fractura familiar.
La desobediencia de Kalinec dejó de ser exclusivamente personal en 2017, cuando, junto con otros hijos, hijas y familiares de responsables de crímenes de lesa humanidad, creó Historias Desobedientes. El surgimiento del colectivo produjo una novedad difícil de asimilar incluso dentro del propio campo de los derechos humanos: por primera vez, familiares de genocidas se organizaban públicamente para repudiar sus crímenes y defender las políticas de Memoria, Verdad y Justicia. La primera foto del colectivo apareció en la portada del diario Tiempo Argentino.
Coringrato recuerda el impacto que produjo aquella aparición. Él y Vergara venían de realizar Octubre 23, un documental sobre cinco estudiantes secundarios desaparecidos durante la dictadura, cuando conocieron las primeras historias de esos hijos que empezaban a tomar públicamente distancia de sus padres. “Nadie se lo esperaba”, señala el cineasta. “Sentíamos que era la pata que le faltaba a los organismos de derechos humanos, y desde un lugar muy inesperado, que era desde el propio seno familiar de los genocidas”, agrega.

El proyecto comenzó a tomar forma junto con la propia transformación de su protagonista. El rodaje se extendió durante años y acompañó la evolución de Kalinec y del movimiento. Para ella, aceptar esa exposición no fue una decisión neutra. Ya había atravesado una experiencia similar al escribir Llevaré su nombre, su libro autobiográfico. Poner la historia en palabras había sido una manera de procesarla y también de explicársela a sus hijos.
Kalinec habla de Historias Desobedientes como “un lugar de resguardo”, de “paz mental” y de cobijo frente a la enorme soledad que puede provocar la ruptura dentro de la propia familia. Cuando alguien se acerca por primera vez al colectivo, cuenta, suele aparecer una combinación de culpa y vergüenza. Hasta que puede decir: “Yo formo parte de esta familia, mi papá, mi abuelo, mi tío hizo tal cosa y yo me quiero diferenciar”.
Desde un comienzo, los realizadores buscaron que la historia de Analía fuera mucho más allá de un caso individual. “La idea siempre fue que, a partir de la historia de una persona, se reflejaran un montón de historias, no solo en la Argentina, sino en Chile, Paraguay, Uruguay, España y Alemania”. Por eso, la película pone en contacto a Kalinec con descendientes de responsables de otros procesos represivos y genocidas.

La dimensión internacional estaba, según Vergara, en el proyecto desde sus comienzos. La intención era “salirse de la coyuntura argentina” para convertir la pregunta planteada por la película en universal. ¿Cómo se vive bajo el mismo techo de alguien capaz de torturar o matar? ¿Qué ocurre cuando un hijo decide que el vínculo de sangre no puede obligarlo a justificar un crimen?
Cuando las experiencias de descendientes de nazis, represores latinoamericanos o responsables del franquismo se encuentran, las historias privadas empiezan a revelar algo de las sociedades que hicieron posibles esos crímenes. “Hay algo de la historia personal que se entrelaza también con la historia de nuestros países, con la historia de la humanidad”, sostiene Kalinec.
La pregunta incómoda que propone es qué puede aprender una sociedad si deja de pensar al genocida como una figura monstruosa y exterior a la condición humana. Esas personas también fueron padres, hermanos, hijos y tíos. “Reconocer que las personas que cometen estos crímenes son seres humanos”, dice Kalinec, permite dimensionar que nadie está naturalmente a salvo de esas conductas y obliga a preguntarse por las instituciones y estructuras sociales capaces de producirlas y legitimarlas.
El encuentro entre Kalinec y Taty Almeida, de Madres de Plaza de Mayo, una de las escenas más conmovedoras del documental, condensa una de las grandes tensiones que acompañó el nacimiento del colectivo. La desconfianza inicial se fue desvaneciendo. Y esa charla y el abrazo lo dejan en claro: “No buscan reconciliación, no buscan ponerse en el lugar de víctimas. Buscan colaborar en la lucha por los derechos humanos”. En ese punto, el recorrido vuelve a Eduardo Kalinec. El llamado “Doctor K” nunca dio información ante la Justicia que pudiera contribuir a esclarecer el destino de sus víctimas. “Lamentablemente, el pacto de silencio aparenta ser indestructible”, concluye Coringrato.
Desobediente
De Federico Coringrato y Martín Vergara, con el apoyo de la Fundación Friedrich Ebert. Con Analía Kalinec. Funciones: 17 y 24 de septiembre en el Espacio INCAA Norita Cortiñas (Moreno 2654, CABA) y 16 y 23 de octubre en el Cine Gaumont (Avenida Rivadavia 1635, CABA).
Esta nota fue publicada originalmente en Tiempo Argentino. Se publica en LATFEM gracias a un acuerdo de colaboración entre ambos medios.