Lu Caamaño: “La escritura es un lugar donde sostengo la existencia”

“La poesía debe ser hecha por todxs”, dice Lu Caamaño. Tras un minucioso trabajo de archivo impulsado por amigas y afectos, poeta, performer, artista visual y traductora recupera más de quince años de escritura disidente. ¿acá es la fiesta? (Goma Editora) reúne la obra poética que Lu Caamaño (Mar del Plata, 1984) escribió entre 2009 y 2025. Una entrevista sobre el placer, el ritmo de las hablas populares y la potencia política de un poema que elige sostener la pregunta en tiempos de aparentes certezas.

Fotos: Gentileza Editorial Goma y Lu Caamaño

Poeta, performer, traductora y artista visual, Caamaño cuenta para Latfem que fue difícil encontrar el nombre para el libro: “¿acá es la fiesta? es un verso de un poema. Me interesa que sea una pregunta y que además tenga un tono invitante, como alguien que ve luz, se asoma y pregunta”.

En una época saturada de tonos estridentes y respuestas apresuradas, sostener una pregunta es un gesto de rebeldía y es en sí mismo un alivio; la poesía pregunta. Tener la valentía de sostener una pregunta puede provocar el encanto de imaginar, puede sacar al cuerpo del adormecimiento habitual con el que circula. Un poema puede ser una pregunta que acciona, que genera las condiciones para ese cosquilleo en el cuerpo: todavía hay una fiesta posible.  

La última vez que la escuché en vivo fue hace unos años en un Festival Rural de Poesía en Lobos. Me acuerdo del estupor de quienes escuchaban. Escribo estupor y creo que está bien la palabra porque es lo suficientemente amplia: asombro, sorpresa, fascinación, desconcierto, impacto. Me acuerdo que pensé que esos versos se podían bailar. Caamaño cantaba, rapeaba, revoleaba poemas por el aire. Creo que tenía un silbato, un rollo de papel, una loopera.

 “Si no existe/ tendrían que hacer una leyenda nórdica/ que diga que lo mejor es abrigar el dramatismo/ con el calor que dan las cosas que hacen reír”, anotó en un poema. Lu Caamaño usa el humor para pensar el mundo, quizás esa sea la constante que atraviesa todos estos años de escritura. 

Hannah Gadsby me hizo pensar en cómo funciona el humor como mecanismo. Cuando entrás en terreno denso, se produce tensión y para aflojar eso hacés un chiste, en el movimiento que produce la risa se baja la guardia y entra entonces la densidad nuevamente. Se trata del ritmo en el que pueden ser dichas y sobre todo escuchadas las cosas. Por otro lado, el humor hace mierda todo lo relativo a la solemnidad y eso me parece necesario. Se suele pensar a la poesía en mayúsculas como un enigma a descifrar que solo puede ser leída por unxs pocxs”, dice.

La poesía debe ser hecha por todxs, quizás no exista otro género literario más propicio para experimentar con el lenguaje y para probar nuevas formas de decir las cosas. Precioso y preciso trabajo de orfebrería. 

Leo los poemas y siento que esta escritura invita al goce. Hablo con Caamaño y pregunto si coincide: “Estoy de acuerdo con esa lectura. Aunque, psicoanálisis mediante, debería decir que más que al goce, invita al placer”. 

En un poema decís: “Todos tenemos una narradora dentro de la mente”. El libro compila 16 años de poesía. ¿Cómo fue repasar los poemas de tu vida y escuchar a esa narradora? ¿Cómo surgió la posibilidad de reunir tu obra?

Antes de volver a leer los poemas tuve que recuperarlos. Quiero decir que había perdido prácticamente todo lo que había escrito. Las amigas y las ex que son amigas los habían conservado, así que primero tocó ese trabajo. Una suele tener más claro lo que le está pasando dentro de la escritura. Volver sobre esos textos con tanta distancia temporal lo vuelve evidente. Me pasó de todo releyendo todo eso junto. En algunos poemas me reconocía, en otros no, algunos me sorprendieron gratamente y otros me dieron mucha vergüenza. De alguna manera una siempre está hablando de las mismas cosas. Todos los años de escritura estaban dispersos y Gaby Bejerman me propuso reunirlos, me puso en contacto con Maito, de Goma, y nos pusimos a trabajar.   

¿Qué encontrás en la poesía que no encontrás en otro lado? 

No sé hasta qué punto se eligen algunas cosas. Muchas veces me he sentido afortunada por saber qué es lo que me gusta hacer. En la poesía encuentro la posibilidad de hacer otra cosa con lo que pasa. Hace muchos años estábamos en una mala temporada con una ex y en medio de una conversación triste me dijo: “al menos vos podés escribir un poema con este desastre”. Me parece que hay algo de eso. Como si la poesía fuese un lugar donde el mundo se dispone de otra forma. 

Al leer tus poemas, pensé en el cut up de William Burroughs. Tu escritura tiene mucho de exploración sonora, rítmica. ¿Cómo viene un poema a vos? 

Sí, hay algo de eso en la forma en la que escribo. De los ’90 para acá se volvió muy pregnante una forma de escritura en donde entra la experiencia sin más, una especie de showcito insoportable del yo. Si bien es al menos ridículo decir semejante cosa en el marco de una entrevista. Obviamente la experiencia sensible es la materia a partir de la cual una trabaja en la poesía, pero algo más tiene que ponerse en juego para que esa escritura exceda los límites de: “mírenme, esto es lo que me pasó”. Y sí, uno de los ardides a partir de los cuales compongo poemas es la observación. Me interesan particularmente los tonos, las hablas, los lugares comunes, las muletillas, lo que suena en lo que se dice.    

En vivo, tus propuestas son teatrales, performáticas. ¿Qué significa esa instancia del poema para vos? 

Considero la lectura en vivo una disciplina aparte de la escritura. Así como en el teatro la dramaturgia y la puesta son cosas diferentes y así como en la música la composición y la ejecución son cosas distintas. La primera vez que leí en vivo tenía diecinueve años y atiné a servirme agua de una jarra que había sobre la mesa, me temblaban tanto las manos que resolví quedarme con sed. Empecé a ensayar grabándome y escuchándome, hasta perderle el miedo al sonido de mi voz. Después empezaron a aparecer elementos escénicos: un rollo de papel que contenía los poemas, una caja de herramientas. Y algunas cuestiones operativas, como qué hacer con las hojas que iba leyendo, me dieron ideas para la puesta: lo más cómodo era ir tirándolas. En la medida en la que empecé a disfrutar leer en vivo, algo de eso se puso en juego en el momento mismo de la escritura. De hecho, algunos poemas son impublicables porque se trata en realidad de una especie de partitura que, aislada de su ejecución, pierde sentido. Después de darle un cierre al proceso que significó reunir los poemas de todos estos años, pude escribir otros poemas, muy diferentes. El componente sonoro perdió fuerza y apareció otra cosa. Llevo meses intentando leer esos poemas para pensar un vivo y todavía no le encuentro la vuelta. Como casi todas las cosas, primero empecé a preparar puestas en vivo y después me pregunté por qué las hacía. Llegué a la idea de que algo tiene que suceder en ese encuentro, algo que justifique que las personas vayan a verte.         

A veces la música y la literatura que leemos tempranamente en nuestra adolescencia deja una marca indeleble. ¿Qué escuchabas y qué leías en ese momento de iniciación? ¿Quiénes son tus artistas faro?

En casa siempre hubo muchos libros. Ciencia ficción, policial negro, mucho del boom latinoamericano, algo de feminismo, pero de poesía únicamente había algunos clásicos españoles que nunca me interesaron. Mi primera fascinación poética fue Pizarnik. Cuando entré a letras cursé una materia con Ana Porrúa que ese año dio un taller de escritura en un espacio cultural que ya no existe. Ana me pasó libros de Mirta Rosenberg y Diana Bellessi. Por esos años también leí a Susana Thénon. Quizás sea un lugar común el lesbianismo ligado a la poesía, pero a comienzos de los 2000 encontrar dónde identificarme resultó un alivio. Mis primeras fascinaciones musicales fueron variopintas. Hace poco mi hermana –cinco años menor- me dijo que cuando éramos chicas yo pasaba de una banda a otra en cuestión de semanas. En los últimos años del polimodal empecé a escuchar punk y a frecuentar recitales de She Devils y Boom Boom Kid. Me resulta problemático pensar en faros. Estoy en contra de las vacas sagradas. Prefiero pensar en mostras estimulantes. Aquí van: María Moreno, Chantal Akerman, Eileen Myles y Svsto.    

Ahora pienso en Fundación de Thénon donde habla de hacer otros sexos y otros sueños sin dolor y sin muerte. ¿Hizo falta crear nuevos versos y otros lenguajes para decir quiénes somos?

Ese poema de Thénon me viene bien en estos tiempos, lo releo seguido últimamente. A comienzos de los 2000 ser lesbiana implicaba, entre otras cosas, buscar dónde identificarse. Los resultados de esa búsqueda eran simulacros (desde el piquito entre Madonna y Britney hasta las Tatu, pasando por el porno mainstream) o narrativas dramáticas en donde el suicidio y la locura total eran los únicos destinos posibles. La escritura es un lugar donde sostengo la existencia. En esta relectura minuciosa me di cuenta de que antes escribía con una candidez que hacía posible tematizar algunas cosas. Nunca me interesó el arte que explicite una consigna política. Como con el humor, que afloja para que entre lo denso, la potencia política de un poema gana fuerza si se rodea la cosa. Me interesa la pregunta, un decir que deje espacio para quien lee-escucha y, en el más deseado de los casos, que algo se sacuda.