Cuando Lalo dice “mi mamá”, con el posesivo delante, las palabras salen fluidas, como quién comenta “mirá, salió el sol”. Ese es el lenguaje para Carolina. Pero al silabear “ma-má”, igual que si estuviera aprendiendo un idioma nuevo con temor a equivocarse, la lengua extranjera es para Lucila. Tanto el posesivo como la pausa entre las dos sílabas similares, pero no idénticas, le abisman el pecho a Lucila. Para Trini, Lucila es “rulomami” o simplemente “Lu”, y su vocecita siempre se traduce en cosquillas en la panza.
Lucila no puede llamarlos “hijos” como hacen todas las madres. Su propia madre se lo hace a ella. “Lucila Anahí”, le dice cuando está enojada, aún ahora, a sus cuarenta y pico de años. El resto del tiempo es “Lucila” y, rara vez, “hija”. Ahora Lalo y Trini toman el desayuno en la mesa de la cocina y los escucha reírse desde el living.
“Deberías intentar llamarlos hijos”, la amonesta la psicóloga familiar cada vez que se encuentran, pero a Lucila se le atraganta la palabra, empieza a toser y se pone roja. Debe ser de la escuela conductista, como las que recomiendan reírse sin ganas hasta que empieza a salir la risa en serio, piensa. Si la risa se contagia, ¿el amor materno también?, se pregunta mientras entra a la cocina a preparar la vianda del almuerzo para Trini y Lalo. ¿Cómo será Carolina?, también se pregunta. La madre de origen. La madre biológica. La progenitora. La madre verdadera.
Tardó meses en empezar a leer el expediente de los chicos. Cuando finalmente pudo empezar, la primera página ya le hizo doler hasta los huesos. Siguió de apoco. Ya está por terminar. Ahora mismo, con las viandas en proceso, los informes pasan ante sus ojos y muestran la verdad en el idioma de alguien que jamás durmió a la intemperie ni pasó hambre. Lee que Carolina lo tuvo a Lalo a los dieciséis años, que ella consume desde los trece, que el padre de los chicos la cagaba a palos. A Lucila le dan ganas de salir corriendo y buscarla para darle un abrazo.
También hubo momentos en que el informe la hizo enojarse con Carolina. Como cuando leyó que Lalo, a sus cuatro años, corría descalzo entre los autos pidiendo monedas mientras ella dormía drogada con Trini colgando de una teta seca. Ahí quiso salir corriendo y buscarla para sacudirla y que reaccione.
Otras veces, le entraron punzadas de celos. En el informe, Lalo recuerda que la poca plata que juntaban la usaban para alquilar una pieza de hotel. Esos días eran una fiesta para él. Carolina cocinaba fideos con tuco, los bañaba con agua tibia y les cantaba con voz dulce. Ahora, siente todo: los huesos abismados, cosquillas en la garganta, abrazos que aprietan tanto que duelen.
Mientras termina de acomodar las patitas de pollo en los tuppers, nota que Lalo y a Trini bajan la voz. Les pregunta, curiosa:
—¿De qué hablan?
—De mamá y papá —dice Trini, alzando los hombros.
Ella tenía dos años la última vez que vio a Carolina. Todo lo que sabe es por boca de Lalo. Una boca que a veces recuerda los baños tibios y, otras, las noches sin fideos, pero, sobre todo, habla del profundo agradecimiento por haberlos sacado del infierno donde vivían con el padre.
“Mi mamá esa noche nos salvó la vida”, le había dicho Lalo a Susana, su psicóloga. Todo era mejor que quedarse con ese hombre. La noche de la huida, Carolina los metió en un tren rumbo a Capital, donde creía que los pobres eran menos pobres. Lucila leyó en el informe, esa primera vez que le dolieron los huesos, cómo y por qué se escaparon los tres.
Ese mismo día, en el terreno baldío de al lado de donde Carolina vivía con Lalo y Trini, el tipo le había metido un revolver en la boca: “Dejate de joder con las perimetrales, pedazo de puta”. La empujó hasta la casa, “a vos lo que te hace falta es un buen pijazo”. Se la cojió de parado en el baño. Eyaculó y se derrumbó sobre su espalda. Ella se lo sacudió de encima y él cayó al suelo sin despertarse. Le sacó toda la plata que encontró en la billetera, puso algo de ropa en un bolso y fue a despertar a los chicos.
En el informe, que Lucila sigue leyendo, Lalo también se acuerda de los días en que Carolina no volvía al lugar donde paraban en Capital, debajo del puente, porque al final los pobres eran igual de pobres que en su pueblo. O más. Entonces ellos se quedaban al cuidado de “amigos” o “tíos”, que en realidad acaban de conocer.
La puta calle, piensa Lucila. Vivir en la calle es como un animal abierto en dos. Un animal dado vuelta. De adentro para afuera. Un animal con las tripas expuestas a todos. Un animal que espera reencarnar en esta vida. Termina de cerrar las viandas.
Eran días de confusión y enojo para Lalo, que no se acordaba de mucho más, por suerte. Así que cuando Carolina volvía se le llenaban de agua los ojos y se le iluminaba la risa y se olvidaba de todo lo malo. Eran ellos tres de nuevo.
Hasta que una vez, en un período de “amigos” y “tíos”, vino a buscarlos una camioneta del Gobierno de la Ciudad. Lalo gritaba furioso que su mamá ya volvía, decía que había ido a hacer unas compras, a pesar de que hacía dos días que no aparecía. Trini lloraba. Una señora de anteojos les dijo con calma fingida que iban a ir a un lugar donde había comida y un baño calentito. Les prometió que su mamá los buscaría ahí.
Se subieron a la camioneta con desconfianza, pero a pesar del tono falso, la señora había dicho la verdad. A los dos días, apareció Carolina. Y empezó un tiempo de idas y vueltas. De salidas a la plaza con la trabajadora social mordiéndoles los pasos, de acostumbrarse a vivir con otros nenes en un hogar. El animal callejero había sido capturado y llevado a un refugio. Y también empezó la espera. Un niño no está hecho para esperar, un niño está hecho para el ahora, piensa Lucila. Un ahora de meriendas y risas y abrazos.
La espera fue primero para que Carolina pudiera cumplir el programa de desintoxicación. Pero avanzaba y después recaía. Así estuvieron dos años y medio. Eso son muchos ahora. Demasiados, cree Lucila. Después vino un tiempo de nada, un tiempo parado. Carolina dejó de ir a verlos y Lalo y Trini fueron declarados en adopción. Ahí empezó otra espera: la de una nueva familia.
—¿De nosotros hablan? —pregunta Lucila y se arrepiente.
—De cuando supe que todo iba a estar bien cuando la Virgencita me guiñó el ojo por primera vez —responde Lalo, alzando los hombros.
Amanda Zannoni (Buenos Aires, 1977) es docente de literatura formada en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Estudia Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA) y asiste al taller de narrativa Las Herramientas, de Daniela Pasik, hace varios años. Es mamá por adopción.