El Nobel de Anne Carson, un acontecimiento político

El Premio Nobel de Literatura existe desde 1901 y, en más de un siglo de historia, ganaron sólo 18 mujeres. Que Anne Carson sea la número 19 es, en sí mismo, un acontecimiento político. La poeta y periodista Jimena Arnolfi escribe una semblanza de la poeta, ensayista, traductora y especialista en literatura clásica canadiense, que atraviesa el viento, el bosque y la duda.

Anne Carson estaba barriendo el piso de su casa en Reikiavik, Islandia, cuando sonó el teléfono y le avisaron que acababa de ganar el Premio Nobel de Literatura 2026. La Academia Sueca subió una foto casera sacada por su esposo, el artista Robert Currie, en el momento de recibir la noticia. Ahí la vemos en la cocina, con un suetercito azul y un gesto de sorpresa total mientras sostiene el teléfono contra la oreja.

A veces pensamos que todo el mundo ve los videos que circulan por las redes sociales, pero todo es tan rápido y fugaz que prefiero dejar algunas cosas por escrito. Además de la fotografía, se difundió la conversación telefónica que mantuvo con una representante del Premio Nobel; transcribo un fragmento a continuación.

—¿Pensó en lo que significa este premio?

—No, solo estamos pensando en cómo donar el dinero. Tenemos una amiga que necesita una casa y también colaboramos con Médicos Sin Fronteras.

—¿Cómo va a celebrar la noticia?

—Vamos a salir a caminar por el bosque para no tener que atender el teléfono, para ser honesta.

Más tarde, efectivamente, una periodista la encontró por el barrio. Tal como dijo, Anne Carson salió a caminar por el bosque con el mismo suetercito y una campera inflada. En el video vemos cómo se ataja la gorra con visera —que lleva bordada la palabra “reality”— mientras el viento insiste en volársela. Sólo la vemos a ella; la cámara no enfoca a la periodista, pero por el tono de voz se nota que se encuentra por lo menos intimidada.

—Dijo que estaba escuchando el viento mientras hacían el anuncio oficial…

—Aquí es imposible no escuchar el viento. Vivimos del viento. Sí, eso estaba haciendo.

—¿Cómo fue la conversación con el comité del Nobel?

—Igual que esta conversación, un poco titubeante. Ustedes tienen las preguntas de siempre y yo no tengo respuestas.

En el breve intercambio, Anne Carson cuenta que visita Islandia desde 2008 (tiene la ciudadanía islandesa y, en una entrevista con María Negroni, contó que elige vivir allá porque “es increíblemente hermoso y está vacío”. También contó que junto a su marido hicieron amistad con muchos artistas y que la sociedad es muy amable y civilizada, a diferencia de la estadounidense). Volviendo al móvil tras el Premio Nobel, Carson comenta que en Islandia todos son poetas, entonces la periodista le pregunta por Halldór Laxness, el Nobel islandés. Carson, muy amable, responde que lo leyó y que le gusta. La nota dura cinco minutos y el final es este:

—¿Tiene algún comentario sobre el papel de la poesía en el mundo?

—No, supongo que no… Creo que ahora mismo es más útil que la prosa porque todo el mundo tiene prisa y la poesía es breve. Excepto Homero. Homero no es breve.

El Premio Nobel de Literatura existe desde 1901 y, en más de un siglo de historia, ganaron sólo 18 mujeres. Que Anne Carson sea la número 19 es, en sí mismo, un acontecimiento político, así como lo fue Louise Glück en 2020. Para sorpresa de nadie, muchos varones salieron a repudiar la noticia en las redes sociales y en los medios de comunicación. “Había nombres más notorios que el de esta canadiense… no la leí todavía, pero planto la sospecha de por qué no darle el premio a gente más famosa que venda más libros”, deslizó uno de ellos en la radio más escuchada de Argentina, sintetizando en una sola frase esa prepotencia que confiere el privilegio: hablar sin leer (sin saber) y medir el valor artístico con la balanza del mercado.

Carson siempre hizo lo que quiso y su trabajo es difícil para quienes necesitan encasillarlo. En sus libros, desdibuja las fronteras de los géneros, pero en todo lo que hace está la poesía

Ese ninguneo no es un hecho aislado, es un patrón que se repite. En las recomendaciones culturales, en las listas arbitrarias de los “mejores libros del año”, en las reseñas, en las entrevistas y en los discursos de apertura de ferias, la poesía brilla por su ausencia. Para este galardón, sin ir más lejos, todos los años se especula con ganadores pero lxs poetas nunca son candidatxs. Por otro lado, ¿la palabra “literatura” sólo se refiere a la “narrativa”? ¿Acaso la poesía no es literatura? ¿Cuántas veces, en las diversas semblanzas, hemos leído que se presenta a alguien como “escritor Y POETA”, como si la poesía fuera un apéndice o un pasatiempo marginal al oficio de escribir?

Celebramos cada vez que la poesía gana porque históricamente se la ha menospreciado. Y es paradojal porque en realidad la poesía sabe que nunca gana, lxs poetas saben que nunca ganan, que no se vive de la poesía, que ningún familiar se siente orgulloso por un libro de poemas (por el contrario, siempre llegará el inevitable ¿por qué no escribís una novela?). Pero la poesía sigue, lxs poetas siguen, siempre al margen del margen, en ese último vagón de cola, como diría Diana Bellessi.

“Si la prosa es una casa, la poesía es alguien en llamas corriendo a través de ella”, dice Anne Carson. El poema se escribe en estado de emergencia, prendiéndonos fuego, a la intemperie, buscando a tientas. Para lo demás, están los seguros de vida. También dice Carson que un poema no es un objeto estático; cuando funciona, es una acción de la mente. Quien lee, al entrar en contacto con el poema, se suma a ese movimiento: la mente viaja a través del pensamiento. De esa travesía resulta una transformación inevitable. Al llegar al final del poema, ya no somos la misma persona. 

En la solapa de sus libros, en lugar de una larga enumeración de títulos y premios, Anne Carson decidió que su biografía diga: “Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo”. A menudo preguntan por qué y ella se sorprende de que tal cosa llame la atención: “Me parece más respetable, más legítimo y más rápido decir que enseño griego antiguo en vez de enumerar libros. Cuanto menos una se mande la parte en el mundo, mejor, menos es más”.

Es poeta, ensayista, traductora y especialista en literatura clásica. Es filóloga —palabra que viene del griego y significa literalmente “amante de las palabras”—. Desde el Nobel comunicaron que la premiaban por su “obra audaz e inventiva que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”; y algunos medios titularon que “ganó por atrevida” (y me gustó).

Ya venía cosechando numerosos premios y reconocimientos: la beca Guggenheim (1995); el premio Lannan (1996); el premio Pushcart (1997); la beca MacArthur (2000); el premio Griffin de Poesía (2001) y el premio Princesa de Asturias de las Letras, entre otros.

Carson siempre hizo lo que quiso y su trabajo es difícil para quienes necesitan encasillarlo. En sus libros, desdibuja las fronteras de los géneros, pero en todo lo que hace está la poesía. En sus páginas hay poemas, diarios, anotaciones, epitafios, ensayos, autobiografía, teatro, fragmentos. Conversa con los griegos, con Nietzsche, Dickinson, Woolf, Artaud, Kafka, Keats, por decir algunos.

Cuando era adolescente encontró un libro de Safo de Lesbos (650 a.C.), la más célebre poeta de la Antigüedad, y se fascinó; más tarde, en la escuela, tuvo una profesora que empezó a enseñarle griego antiguo. La conversación con Safo, aquella poeta que fundó en la isla mediterránea de Lesbos una escuela de mujeres e inició de esa manera una potente revolución poética en una sociedad patriarcal, continuó durante toda su vida.

 La de Carson es una poética de la pregunta. O mejor aún, en sus palabras: la imaginación es una pregunta.

En la década de 1970, Carson estudió lenguas clásicas en la Universidad de Toronto, donde obtuvo su licenciatura, maestría y doctorado. También estudió griego antiguo en la Universidad de St. Andrews, en Escocia. Su formación como clásica atraviesa toda su obra. Es experta en literatura y en mitología griega; traduce textos del griego antiguo, trabaja sobre historias y personajes del mundo antiguo y los convierte en historias que dialogan con el presente.

En 1981, regresó a la Universidad de Toronto para escribir una tesis doctoral sobre Safo, que más tarde se convertiría en Eros el dulce-amargo, un tratado sobre el amor, el deseo y los celos. “¿Quién es el verdadero sujeto de la mayoría de los poemas de amor? No el amado. Es ese vacío”, dice en el libro.

A finales de los años ochenta, algunas revistas estadounidenses publicaron sus poemas. El circuito literario de su país fue un poco más esquivo hasta que una pequeña editorial canadiense publicó Breves charlas: Carson publicó su primer libro de poemas a sus 42 años. A mediados de los noventa, se dio vuelta la ecuación. Las editoriales empezaron a disputarse cada uno de sus manuscritos. En poco tiempo aparecieron tres colecciones de poemas y ensayos: Agua corriente: Ensayos y poesía (1995); Cristal, ironía y Dios (1995); Hombres en sus horas libres (2000)— y una novela en verso que se llama Autobiografía de rojo (1998), que explora el mito griego de Gerión enamorado de Heracles. Por supuesto, las cosas no ocurren como deberían, un volcán entra en erupción y se lleva todo por delante: “la costumbre humana/ del amor equivocado”.

En 2001 publicó La belleza del marido: Un ensayo ficcional en 29 tangos, con el que ganó el prestigioso premio T. S. Eliot de poesía del Reino Unido. Este libro de poemas cuenta la historia de una pareja que se termina: “Un tango, como el matrimonio, es algo que uno tiene que bailar hasta el final”. Y también: “El deseo al cuadrado es amor y el amor al cuadrado es locura. La locura al cuadrado es matrimonio”.

Después siguieron Economía de lo que no se pierde (2002) —sobre Simónides de Ceos, el primer poeta en aceptar dinero por su trabajo poético— y Si no, el invierno, su versión de los poemas de Safo. Al ser una poeta de la Antigüedad hay palabras no encontradas en esos papiros de hace dos mil años. A diferencia de otros traductores que completan los fragmentos faltantes para facilitar la experiencia lectora, Carson prefirió dejar los espacios en blanco allí donde la voz antigua se perdió. Entonces los lectores le envían cartas con las palabras que, consideran, deberían ir en esos huecos.

Para Carson, toda literatura es traducción. Ya sea entre dos lenguas o desde lo inefable hacia el signo, siempre hay un modo de darle forma al sentido, aun cuando se nos escurra. En el griego antiguo descubrió una densidad que las lenguas modernas perdieron: la oportunidad de descender, como ella misma dice, a “las raíces de donde operan las palabras”, en lugar de quedarse “en la copa del árbol, rebotando entre las ramas”.

En Decreación (2005), combina poesía, ensayo y ópera, y traducciones de las tragedias de Eurípides, Sófocles y Esquilo. En Nox —noche en latín— (2010), Carson demuestra, otra vez, que esa conversación con la Antigüedad al servicio de su escritura es una herramienta de supervivencia. Cuando su hermano Michael falleció en Copenhague, ella se enteró semanas más tarde. Como ritual de despedida, construyó un libro desplegable en acordeón guardado en una caja: un objeto confeccionado con fotos, cartas y estampillas donde, en las páginas pares, fue traduciendo palabra por palabra el poema 101 de Catulo, esa misma elegía que el poeta romano dedicó a su hermano muerto en tierras lejanas.

—¿Tiene algún comentario sobre el papel de la poesía en el mundo?
—No, supongo que no… Creo que ahora mismo es más útil que la prosa porque todo el mundo tiene prisa y la poesía es breve. Excepto Homero. Homero no es breve.

Y siguen los libros y los reconocimientos. Este Premio Nobel consagra la obra poética de Carson, su monumental tarea como traductora y el modo virtuoso en que ese estudio del mundo antiguo se trama en el corazón mismo de sus libros.

Me gusta cada vez que Anne Carson revela cómo al día de hoy citamos de manera errónea la frase más popular de la Antigüedad: “Descartes dijo esta famosa frase: Cogito ergo sum. Pienso, luego existo. Por eso, soy. La frase que todos conocen y aprenden en la escuela. Pero si observas bien la frase, en realidad lo que dice Descartes es: Dubito ergo cogito ergo sum. Dudo, luego pienso y por eso existo. ¿No es sorprendente? Se imprimen camisetas por todo el mundo que dicen ‘Pienso, luego existo’. Dubito (dudar) tiene mala prensa. Eso me resulta muy provocativo. Todo comienza con la duda”.

La pregunta abre más camino que la respuesta y la conversación es el mejor método para formularla. A lo largo de toda su obra, Carson conversa y pregunta cómo vivimos. Qué pasa cuando amamos, cuando deseamos, cuando perdemos, cuando morimos. La de Carson es una poética de la pregunta. O mejor aún, en sus palabras: la imaginación es una pregunta.