Montevideo 1938: el verano interminable

La poeta Gabriela Borrelli reconstruye el encuentro mítico entre tres de las voces más potentes de la poesía latinoamericana de principios del siglo XX: Alfonsina Storni, Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou. Publicamos un fragmento del libro editado por Rara Avis.

Ilustración de portada: Seelvana

Fue la primera vez que escuché su voz, o la primera que recuerdo. Buscaba en un archivo rastros de sus presentaciones. Me habían contado que llenaba teatros, que muchas mujeres hacían cola para escuchar sus poemas y yo quería hacerme de esa voz, entrar en su recital antiguo, sentir un poco ese entusiasmo literario de los primeros años del siglo XX. Me impresionó saber que, usualmente en verano, ella daba conciertos de poemas en el hotel Provincial de Mar del Plata. Que las señoras de la alta sociedad (para la que Mar del Plata era un Cannes nacional) disfrutaban de los poemas modernos, osados, históricos (luego) de una sanjuanina nacida en Suiza, maestra y feminista, madre soltera, hija de un empresario venido a menos, díscola y genial: Alfonsina Storni.

Buscaba su voz, ¿cómo sonaba? ¿Con qué cadencia entonaba sus poemas? ¿Qué sonrisa se colaba en sus pausas, qué demora? Hice cálculos. Exis-te una foto de una lectura en el Hotel Provincial en 1926: ¿se podía grabar en esa época? Sí, había técnica pero no la locura de grabar la lectura de un libro de poemas, el que ella leía esa tarde: Ocre, segundo libro de Storni, que ya se había hecho conocida por muchos con La inquietud del rosal. Los números cerraban. Tenía que existir algún registro sonoro. Busqué y encontré. Otro verano. Otra ciu-dad. Ahí estaba: rápida, aguda, una ráfaga. Ahí es-taba: clara, con ese pequeño gorjeo metálico de las grabaciones antiguas. Bastaron unas pocas palabras, los primeros agradecimientos antes de empezar a leer los poemas para descubrir el acento porteño con la ‘ye’ sonora que huía para encontrarse con la ‘i’ sanjuanina. Ahí estaba esa dicción rítmica y segura, la voz con la que dice: “esto lo he escrito hace dos meses, como digo, io vivo frente al Río de la Plata que no tiene los colores que tiene por cierto en Colonia”. La escuché recitar, la escuché dos, tres, cuatro veces, la escuché hablar, agradecer, presentar sus poemas. Escuché a Alfonsina agradecerle a Gabriela y a Juana. ¿Gabriela? ¿Juana? ¿Dónde estaba Alfonsina? ¿Por qué hace referencia a Colonia? Busco entonces la ficha técnica del archivo, no dejo de escuchar a Storni cuando leo: “En el presente registro, Alfonsina Storni reci-ta su poema “Río de la Plata en arena pálida”. Este pasaje fue parte del “Curso sudamericano de vacaciones”, evento −organizado por el ministro de Educación de Uruguay− que también contó con la participación de las poetisas Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou.”

Algo nace. Una necesidad. Una obsesión. Un deseo. Esto mismo que está ahora escrito nació en ese segundo de escucha. La certeza de que lo que nacía no iba a soltarme. ¿Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni estuvieron juntas en Montevideo en 1938, el año de la muerte de Storni? Sí, me respondo: Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni estuvieron juntas en Montevideo en 1938, el año de la muerte de Storni, el año en que las uruguayas votaron por primera vez, el año en que Mistral sacó su famoso libro, Tala. Rastreo en las biografías de las tres, busco, aho-
ra, la forma en que ese encuentro sucedió. Retengo más los chismes que los datos, y las imagino. So-bre todo las imagino. ¿Se conocían? ¿Eran amigas? ¿Cómo llegaron las tres a leer juntas en un vera-no inolvidable? ¿Quién leyó primero? ¿Quién cerró? ¿Quién lo organizó? ¿Quiénes estaban entre las asistentes? ¿Quién las escuchó? ¿Todavía hay algún testigo vivo? En el oráculo contemporáneo, esa biblioteca inabarcable de linotipista global y diabólico que es Wikipedia, encuentro datos: que el curso de verano había sido organizado por el Ministerio de Educación del Uruguay, que se había realizado en el Instituto Alfredo Vázquez Acevedo de esa ciudad. Leo también que participaron las tres poetas y que cada una brindó una conferencia que respondía a la pregunta del ministro: “¿Por qué escribe usted poesía?”.

Estos datos, estrictamente ciertos, dicen poco. En eso llegó a mí otro libro que no tenía que ver con ese encuentro, en el que se decía que la tan mentada cumbre fue prácticamente inesperada, tan emblemática después como improvisada al principio. Sin proponérselo, este acontecimiento se convirtió en una estrella titilante en el cielo de la poesía latinoamericana. Ese enero, ese verano, en mí, nunca termina. Vuelvo a él como se vuelve cada año a la playa: esperando en el mismo paisaje encontrarme cosas nuevas. La que regresa, ¿soy siempre yo? Claro que no. Siempre regresa el verano, y regresamos al verano siendo otras.
Ese verano interminable es para mí un encuentro. El encuentro con el que descubrí que a partir del cuchicheo playero, de la charla amistosa e impensada nacen cosas destinadas a permanecer. El encuentro con el que descubrí más sobre las relaciones entre poetas mujeres en el siglo XX. El encuentro de tres mujeres que se dijeron cosas hermosas (y no tanto) y nos las dijeron a nosotras casi cien años después. Así, la búsqueda de la voz de Alfonsina Storni me llevó al interés insistente por ese evento: las tres poetas más importantes de principio del siglo XX en Latinoamérica se reunieron un 27 de enero para un evento poético. Así de grandilocuente suena y así, más menos algunos detalles, lo fue.

Existe un imaginario sobre la poesía escrita por mujeres que cree en la aparición inesperada de ciertas poéticas. Se instala en lo extraordinario y azaroso que era que una poeta mujer a principio de siglo sea mundialmente conocida hasta consa-grarse con el Nobel de literatura. Y aunque pueda pensarse toda la poesía como aquello que irrumpe inesperadamente, como aquello que no fue pen-sado de una forma y tomó otro camino, hay una insistencia trabajosa en ese hecho, a primera vista, fortuito y afortunado. A la poesía como acontecimiento no se la busca en forma directa sino que se camina constante e insistentemente hacia ella, siempre buscándola, sin precisiones sobre dónde encontrarla. Así como quizás surge el poema, surgió también el encuentro que me sigue pareciendo maravilloso porque reúne algunas otras obsesiones, recurrencias, insistencias que me habitan, tal vez con más fuerza en el verano.

Primero, lo dicho: la reunión de las tres voces poéticas más importantes del Cono Sur de la época. Ese trazo, para nada invisible, que une a Chile, Argentina y Uruguay. Como dijo Storni en ese mismo encuentro: “si pudiera ensanchar nuestras seis manos unidas en un círculo que partiendo del Atlántico ensartara la cordillera y enfilara la Pam-pa, lo haría”. Emociona, hoy, ochenta y siete años después. Segundo, porque la idea de un curso de verano poético en Montevideo me parece hermosa. No entiendo cómo no se siguió haciendo, aunque al descubrir su naturaleza verdadera, sí lo entiendo y ustedes también lo entenderán. Tercero, porque lo inesperado del encuentro dialoga con la insistente preparación individual (pero siempre en relación con otrxs) de las tres poetas para convertirse, cada una, en los íconos de la poesía de sus países y de Latinoamérica. Tanto Gabriela Mistral como Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni trabajaron incansablemente para hacerse un lugar en la literatura latinoamericana. Llegaremos a descubrir, al final de este relato, cómo ese encuentro fue producto de un cuchicheo inocente en una tarde frente al mar y esa brisa llena de conversaciones llegó hasta la tierra fértil de lo sembrado durante años por dos de las poetas. Descubriremos algunas hipótesis menos felices, o más humanas, como la complicidad con las amigas y también, por qué no, una mínima enemistad.

Las tres poetas protagonistas de esta historia respondieron con dedicación a la reticencia del ámbito literario en general. Fomentaron relaciones con personas extranjeras a sus tierras de origen que reconocieran y valoraran su trabajo. En el primer tomo de la extensa investigación que Elizabeth Horan realiza sobre Gabriela Mistral, Mistral una vida, la investigadora expone detalladamente la enorme voluntad que desde su primer cargo como docente en un pueblo de Chile la poeta mostró para rela-cionarse con políticos y escritores: “Al compilar y secuenciar las cartas que envió a múltiples desti-natarios, surge con claridad el contorno de su plan, intrincado y estratégico. Su asombrosa ambición y su determinación quedan patentes en la sumatoria de las cartas”, afirma Horan. Decenas y centenares de cartas a colegas y funcionarios llenos de ideas y anécdotas sobre su vida crearon el mito de Gabriela Mistral, un mito escrito por ella misma.


Storni, desde que había perdido un trabajo por publicar su primer libro de poemas, no dejó de escribir y relacionarse con el mundo literario para sobrevivir en él. Juana de Ibarbourou fue ungida en 1920 como Juana de América por una seguidi-lla de escritores y políticos. De América, no ya de Ibarbourou, sino casada con el continente entero. Parece que hasta se le dio un anillo ese día (vamos tras esa pista). Faltaba bastante para la publicación en 1944 de esa autobiografía llamada Chico Carlo que marcaría a varias generaciones. Faltaba tam-bién para que a Mistral le dieran en 1945 el Premio Nobel, el primero latinoamericano y a una mujer, “varona fuerte” como la llamó Dora Isella Russell. A la que no le faltaba ya nada era a Storni. El último año de su vida, 1938, lo empezaba en Colonia como todos los años, junto a su hijo Alejandro. Co-lonia es una de las claves de esta historia. La playa, la charla, la admiración, también la voluntad. De todo eso finalmente está hecho el verano intermi-nable al que nos asomamos.

Por debajo de los grandes titulares de ese tan mentado encuentro vive una historia con la que me crucé y una hipótesis que elaboré, y que la lectura de ustedes que entran a esta historia me ayudará a completar. Rastreando material sobre una poeta argentina di con un extraño y olvidado librito: La Mujer Argentina, ensayos. Una reunión de texto escritos por mujeres de diversos ámbitos: legal, médico, político, social y literario. Uno de los ensayos es de una profesora de literatura alemana y narra el último verano de Alfonsina Storni. Aparecieron ahí unas casualidades poéticas que ya les contaré, y fue ese registro el que me abrió algunos caminos espe-culativos acerca de los hechos tal como se dieron.

Pero antes de develar esos hechos, es necesario asomarse al nacimiento de las relaciones entre las poetas. Sus acercamientos y sus distancias, sus es-trategias y complicidades fueron vitales para que se produzca ese verano. En fin, que no todo fue tan fá-cil como parece, es decir, no sólo no fue la invitación ministerial y las tres poetas que acudieron, sino que jugaron un papel fundamental pasiones altruistas y un poco miserables también. De eso se trata este verano interminable, de lo que convive, de lo que so-brevive, de lo que siempre podemos seguir leyendo.

Lo que está detrás es la historia de una complicidad alrededor de una suerte de enemistad. Un evento que quedó en la historia como un hito empujado por los sentimientos humanos más universales, comunes e inevitables.