Imágenes: Gentileza producción Tierra
Ayelén Agüero es una artista multidisciplinaria argentina con base en Nueva York. Estudió Dirección de Cine y enseñanzas en Artes audiovisuales en ENERC/UNSAM. Se propuso combinar ficción y documental observacional. Trabaja, con personas que no son actores profesionales, para retratar un cruce entre suelo, cuerpos, resistencia, paisajes rurales y tradiciones ancestrales.
En Tierra Citrus, Lucía, una adolescente, intenta ayudar a su abuelo, un cosechero del limón, con una enfermedad producto de su trabajo en la cosecha. La película no pretende explicar Alpachiri ni hablar en nombre de su comunidad. Agüero prefiere quedarse cerca y observar los cuerpos, los limones, las mujeres, los rituales, las conversaciones breves y los silencios.
Allí está una de las claves de la primera película de esta directora. En lugar de llevar una historia desde el centro hacia la periferia, hace el movimiento contrario. Ir hacia un lugar que muchas veces no aparece, quedarse el tiempo suficiente para mirarlo y permitir que desde allí surjan otras preguntas sobre la Argentina que somos y sobre la que todavía podemos imaginar.
“Hay algo ahí que daba para contar”, explica Agüero. Su familia materna es de la zona y, desde chica, las visitas familiares le permitieron observar la dinámica de Alpachiri. No se trata solamente de mostrar la naturaleza o el verde de la provincia. El paisaje, para Agüero, también está compuesto por las personas, sus trabajos, sus casas, sus modos de encontrarse y de transitar el día.
Ese interés aparece en imágenes concretas en su film. El carro cargado con una estructura diseñada especialmente para colgar cientos de escaleras, una tecnología cotidiana que puede resultar completamente ajena para quien vive en una ciudad. Ese, entre otros miles de detalles que componen una escena de pequeños santos, de largas caminatas y de manos curtidas.

¿Cómo fue tu decisión de contar esas situaciones y esos lugares?
Ayelen Agüero: mi decisión de filmar ahí nace de algo muy íntimo: la familia de mi abuela es de Alpachiri. Siempre que los visitaba veía que el pueblo funciona como una red, una comunidad de gente que se va apoyando constantemente. Allá todo se mueve por las “changas”: un día es el limón, otro es la cosecha de la papa o los arándanos. Había algo ahí que necesitaba ser contado, sobre todo para quienes viven en la ciudad y no tienen idea de lo que implica habitar un pueblo que respira y se mantiene gracias al cítrico.
Me interesaba el concepto de “paisaje”, pero no visto como una postal turística de verde y naturaleza, sino como un paisaje humano. Quería mostrar ese estilo de comunidad que te enseña un oficio rural mientras lo vivís. Además, casi todos los personajes son mi propia familia; me atreví a retratarlos y a meterme con la cámara en su mundo porque es, en definitiva, el mío.
En esos campos de limones, los cuerpos explotados de los trabajadores -como el de mi abuelo- se contraponen con la mirada de las nuevas generaciones, creando una tensión entre el desgaste físico y la esperanza simbólica.
Decidiste centrar el relato en Lucía, una adolescente. Es una etapa vital compleja, especialmente en contextos rurales donde solía decirse que la adolescencia casi no existe, que se salta de la niñez a la adultez por la fuerza bruta del trabajo o la maternidad temprana. ¿Qué buscas capturar en esa mirada transicional?
Ayelén Agüero: Es que las adolescencias allá son otra cosa, ¿viste? Las mujeres quizás empiezan a elegir ser madres a una edad muy temprana, algo que si lo comparás con la ciudad es un choque total. Me interesaba el registro de Lucía porque es ese momento clave donde empezás a tomar tus propias elecciones de vida. Es cuando todo se te aparece de golpe y tenés que decidir qué aceptar y contra qué rebelarte.
Lucía es un personaje mujer que está muy orientada por su abuela y su tía; ellas son las que le transmiten los saberes. En Tucumán, para mí, se siente un matriarcado muy fuerte, un paso transgeneracional de conocimientos entre mujeres que es fundamental. Quería mostrar ese hilo invisible que une a las mujeres de la familia en un entorno que a veces parece dominado por la rudeza del trabajo masculino.

En la película conviven lo cotidiano con lo mitológico. Hay una dialéctica interesante entre el mito que cuenta el patrón de la estancia y las creencias de la comunidad, personificadas en esa “piedra grande” que funciona como una metáfora del cuidado ¿Qué buscas mostrar de ese aspecto cultural?
Ayelén Agüero: Eso es algo que flota en el aire en los pueblos norteños. Está la Salamanca, el familiarlos cuentos, todas esas mitologías que son parte de la identidad colectiva. En la peli, eso está simbolizado con la “piedra grande”, por un lado, o la “piedra de la luna”, que aparece como talismán que solo se encuentran en lugares específicos. Traté de usar esos símbolos para mostrar el sincretismo del norte: podés tener un santuario del Gauchito Gil o de San La Muerte y, al mismo tiempo, estar celebrando la Pachamama para que la próxima cosecha sea buena.
Hay un dato que me gusta aclarar. “Piedra Grande” no es un invento del guión, es un lugar real que queda a la entrada del Parque Nacional Aconquija. Está a unos quince o veinte minutos en bicicleta desde Alpachiri. Kika, uno de los personajes, vive justamente ahí, en el acceso al parque. Para ella, que nació y creció ahí, que se muestre ese lugar es un acto de reconocimiento. No es solo locación; es territorio vivo.
Tierra Citrus posee una cadencia visual apoyada en silencios prolongados y una lentitud que desafía la ansiedad contemporánea ¿Qué buscas formalizar con el uso de los silencios?
Ayelén Agüero: Creo que si usaba actores profesionales, hubiera surgido mucho más diálogo de forma artificial. Pero a mí me fascinaba el silencio porque es la esencia de las familias norteñas del campo. Se sientan a comer y es el momento de la comida, del silencio sepulcral, de decir dos palabras sobre el día y nada más.
Me acuerdo patente de visitar a mi familia en Loro Huasi, en Santa María. Yo llegaba con todo el “acelere” de Buenos Aires, me sentaba a comer la sopa y me chocaba ese silencio absoluto. Ahí entendés que el tiempo corre a otra velocidad. Quise que la película tuviera eso. Surgen imágenes lentas para que el espectador baje los cambios. El diseño sonoro está pensado para que solo se escuchen el fondo de los caminos y el sonido de la televisión y la calma resiliente del campo.

Hacer cine hoy en Argentina parece una misión imposible frente al desfinanciamiento estatal y la hostilidad hacia lo cultural ¿Cómo fue ese proceso de producción en este escenario tan adverso?
Ayelén Agüero: Fue un aprendizaje total. Decidí contar algo “chiquito” con elementos muy precarios, muy guerrilleros. Fue salir a la cancha con lo que teníamos, pero sin resignar la calidad visual. Éramos un equipo técnico de apenas muy pocas personas entrando a filmar en los campos de limones, algo impensado en las producciones industriales donde los equipos son gigantes.
Creo que la película puede incentivar el tipo de cine donde nos empecemos a preguntar cómo producir con tan pocos recursos en este momento de parálisis total. La peli tiene esa mística de la guerrilla. No es pretenciosa, pero sí ser honesta.
Lucrecia Martel propone en sus charlas la necesidad de filmar en “otros lugares”, fuera de los countries y las locaciones convencionales del cine porteño. Vos lográs que la habitación rosa de una casa rural tucumana tenga más fuerza estética que cualquier set de diseño. ¿Cómo fue devolverle esta obra a la comunidad de Alpachiri?
Ayelén Agüero: Totalmente. Hay que buscar lo sencillo, lo que no está presente en el ojo humano acostumbrado a lo hegemónico. Filmar en Tucumán es un acto de descentralización. Ver la reacción de mi familia fue emocionante. Mi prima Lucía grabó la peli cuando tenía 13 años y ahora que tiene 18, verse en la pantalla grande fue un choque cultural para ella y su generación.
También está el personaje de Don Pablo (interpretado por Julio Lucena), que es fundamental. Él es un trabajador de más de sesenta años y su cuerpo es un mapa del desgaste físico que produce la industria del cítrico. Integrar ese cuerpo envejecido por el trabajo manual en el cine es una forma de justicia poética. Mi tía Kika está feliz de que el mundo vea la “Piedra Grande”. Es gratificante que estos lugares invisibilizados lleguen al cine y demuestren que existen otras formas de habitar el mundo, lejos del ruido mediático.

Vivís en Nueva York hace tres años, en el corazón de un sistema que representa el polo opuesto a la calma de Alpachiri. ¿Cómo dialoga tu presente migratorio con ese origen?
Ayelén Agüero: Me vine a Estados Unidos en parte por la crisis económica, pero también para tomar esto como una nueva escuela. Aquí estoy conectada con circuitos artísticos diferentes y desarrollando un proyecto de escritura creativa bilingüe. Sin embargo, mi esencia sigue allá. Mi próximo largometraje, que ya estoy pensando aquí, será una continuación temática. Si en Tierra Citrus indagó en el cuerpo y el territorio, lo que sigue profundizará en la experiencia migratoria.
Hoy nos bombardean con un modelo de vida hegemónico, el famoso “American Dream”, pero para mí lo fundamental es no perder los orígenes. Tierra Citrus es un recordatorio de quiénes éramos antes de que se nos impusiera este estilo de vida simbólico y acelerado. Es una forma de llevar a Alpachiri conmigo a cualquier lugar del mundo.
Funciones:
*Tierra Citrus se estrenó el jueves 13 de agosto a las 20 hs en el Cine Gaumont, Av. Rivadavia 1635, CABA.
*El sábado 22 de agosto a las 16 hs se proyectará en el Museo del Cine, Agustín R. Caffarena 51, CABA.
*En Tucumán, las funciones serán el jueves 27, viernes 28 y sábado 29 de agosto en la Sala Hynes O’Connor.
*En CABA también habrá funciones los miércoles 2 y 9 de septiembre en Sala Lúcida, Av. Cabildo 4740.