“Ropa sucia”: una crónica de sexo kinky

Lula González acaba de publicar el libro Al margen del amor, una serie de crónicas que exploran historias de sexo poco convencional. La periodista salteña que cubre manifestaciones, y que suele terminar entre gases y palos los miércoles de los jubiladxs y en otras protestas sociales, sorprende con un lado B. En el estilo del periodismo gonzo, se mete en una Buenos Aires paralela donde existen otros modos de intercambios sexuales.

Imágenes: Gentileza editorial UOiEA!

A los 54, Jorge vive en Palermo y tiene un negocio. Está casado desde hace más de treinta años con una mujer que se dedica a cuidar los cuatro hijos varones que han tenido. Jorge cumple con todas las expectativas del ciudadano promedio. Es un gordito amable, pelado, de labios finitos, que usa camisas de manga corta, a cuadros, y anteojos de lectura, de esos que se compran en las farmacias. Lo viste mil veces a Jorge, aunque no lo hayas visto nunca. Hay tantos como él. Un sujeto promedio, un George Costanza caminando por Palermo, o sea, un Jorge Costanza más.       

Una de sus banderas es la pulcritud: zapatos lustrados y pantalones planchados a la raya, aunque sean jeans. Además, él les dice “vaqueros”. Vota fervorosamente contra los populismos y cuenta con orgullo que paga sus impuestos en tiempo y forma. Un trabajador de indignación rápida. Un indignado. Jorge encarna algo que tiene que ver con el sujeto cívico, con el faro moral de la Nación. Al menos, para la vida pública. 

Porque para la vida privada, bueno, para la vida privada Jorge es un mesofílico. Y un mesofílico es alguien que se excita oliendo ropa sucia. No importa si se trata de prendas íntimas, de hombre o de mujer, que sean grandes, pequeñas, de todos los colores… Basta con que estén suficientemente usadas, no sean propias y huelan mal. 

—Cuanto más sucia, mejor. Cuanto peor huela, más se me para —me dice. 

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El primer acercamiento que tuve con la misofilia fue un video de Babasónicos, El playboy del disco Miami. Ahí aparecen diversos personajes, como un colectivero, un carnicero y entre todos esos había uno bastante particular: un catador de bombachas. En el video, el hombre, sentado en una suerte de trono de mimbre, evalúa con los ojos tapados las bombachas de chicas que se las sacan en el momento y que lo intentan complacer. Él las recibe en una bandeja, se pone esa fina tela en la nariz y las disfruta.       

La misofilia es un fetiche, encuadrado en una parafilia, por la cual se siente una gran excitación al oler o entrar en contacto con alguna prenda de ropa sucia y en especial cuando se trata de una prenda íntima. Algo sucio. Aunque suene bastante amplio, generalmente estas personas se excitan con prendas íntimas que saben que han sido usadas y a las que además les han quedado algún rastro de una persona. Puede ser flujo, sangre menstrual, orina, semen, excremento, también transpiración. No solamente se trata de prendas, también un escenario “sucio” para una relación sexual puede excitar. 

Lula González, periodista y autora.

Esta parafilia está institucionalizada en Japón donde existen las denominadas “Buruseras”, un tipo de negocio en donde las mujeres jóvenes venden sus bombachas, sus tangas usadas. Estas prendas generalmente vienen acompañadas por una fotografía auténtica de las chicas llevándola puesta, una suerte de combo de fantasía. Los clientes son usualmente hombres, adultos, empresarios pulcros de saco y corbata. En el pasado, también existían máquinas de venta, de esas a las que les ponían una moneda y conseguían una lata de CocaCola, pero en este caso expedían paquetes de bombachas y tangas usadas.    

—Me resulta muy conveniente poder vender mi ropa interior en plataformas. Es un ingreso extra que no me lleva ningún esfuerzo y no me expone. En ninguna de esas fotos se puede ver mi cara ni nada, solo es algo íntimo, entre el que la compra y yo —dice Griselda, que tiene 26 años, es estudiante de arquitectura y prefiere no dar su verdadero nombre. 

Con el tiempo y las redes sociales este negocio se extendió a todo el mundo. Y en las plataformas como OnlyFans o la inglesa Pantydeal existe gente que vende su ropa interior. Chicos y chicas estudiantes en sugestivas poses, muchos buscan algún vendedor exclusivo para poder tener así un ingreso fijo, una suerte de mecenas sexual. Según esta web, mientras escribía esta crónica existían en su portal 1.187.597 de panty sellers (vendedores de ropa interior sucia) y 1.486.482 de panty buyers (compradores).

 —Me han pedido cosas relacionadas con los olores. Una vez un cliente me ofreció diez mil pesos si me animaba a defecar y dejarle la bolsa en la puerta de su casa. Lo hice y cumplió —completa Griselda entre risas. 

Mientras la escucho, no puedo dejar de pensar en Jorge, del otro lado, tenso, sin pestañear, buscando y buscando diferentes plataformas para dar con emprendedoras de este rubro. Griselda ofrece. Jorge busca. Lo que para él es una obsesión secreta, para otras personas puede ser simplemente una oportunidad de negocio.    

En Mercado Libre leo la leyenda “Bombacha usada fetiche. Gordita”. Una persona oferta su ropa interior con la siguiente descripción “Bombacha usada fetiche! Seis días de uso y pueden ser más!!! La bombacha es de algodón viejita con dos agujeritos y conserva los olores naturales. Ideal fetichistas! Se puede acceder a la misma al módico precio de dos mil pesos”. Eso sí, el envío es gratis.    

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Son las tres de la tarde de un jueves y Jorge está sentado acá, frente a mí, en una pizzería de Coronel Díaz y Santa Fe. Me va a contar su historia. La historia de un hombre que vive entre la angustia de su secreto y la careta de su vida familiar. 

Me recibió de pie, galante, formalísimo. La idea que Jorge tiene de un periodista no se parece a la que yo represento. Para él, un periodista es alguien de traje que habla con precisión frente a una cámara y se llama Luis Majul o Jorge Lanata. Es decir, en su cabeza un periodista tiene pito y tiene poder. De eso, yo, nada. Pero apenas Jorge toma asiento, no tarda en ponerse nervioso. Transpira. Mira con insistencia, sin pudor, una bolsa que dejé junto a mi silla. 

Adentro de esa bolsa está mi ropa sucia. Jorge no lo sabe, pero hice trampa. Llevo conmigo el objeto de su deseo porque quiero verlo reaccionar. Y acá está, reaccionando. No puede dejar de mirar. Lo que para otro hombre es un escote, para Jorge es mi ropa que va al lavadero.       

Después de los primeros diez minutos ya sé que no vamos a hacer contacto visual. Lo busco con los ojos, pero no, nada, es un fracaso. Mi trampa finalmente me atrapó a mí. Me salió el tiro por la culata, aunque también me deja una certeza: con su fetiche adelante Jorge no puede concentrarse en nada más. Es un poder superior a sus acciones. Algo que no puede controlar, básicamente como todo parafílico, como todo adicto.    

—¿Hace cuánto olés ropa sucia para excitarte? 

No me responde. No da más. La pregunta le explota en la boca. 

—¿Qué es eso que tenés ahí? 

Conozco esa mirada. Es la forma con la que mirás cuando ahí está todo. ¿Habré sido la ropa sucia de alguien? Todos somos la ropa sucia de alguien. 

Cierro mi bolsa del lavadero como una mujer cierra su blusa cuando descubre que el tipo del subte le está mirando las tetas. Interrumpo su éxtasis y le pregunto:

 —Jorge, ¿qué es lo más bajo que hiciste para conseguir ropa sucia?    

El tipo vuelve a la mesa. Algo se rompe en esa cara. Vuelve y habla.

 —Una vez espié, durante semanas, al indigente que vive en la esquina de mi casa. Se levantaba todos los días a las siete. Enrollaba el colchón y una muda de ropa que tenía en una bolsa. Lo dejaba al costadito del kiosko de diarios. Durante el día, los perros oficiales de    Palermo, los bulldogs franceses, los caniches toys, meaban esa bolsa. El indigente —yo lo llamaba el croto— volvía cerca de las ocho de la noche. Había un acuerdo tácito entre el croto y los negocios del barrio: él se iba, desaparecía, no dañaba la visual de nuestro paisaje urbano, y los dueños de los comercios, a cambio, lo dejaban quedarse ahí. Fueron meses enteros estudiando  sus movimientos, su relación con los vecinos, con los perros de los vecinos, que probablemente tenían más vacunas y baños que él mismo. Una tarde tomé valor y me decidí. El croto no estaba. Salí a comprar un paquete de cigarrillos y cuando pasé por al lado, abrí su bolsa y saqué la primera prenda que encontré. Para mi satisfacción, era un pantalón de gabardina beige y me lo llevé para el negocio. Lo tuve escondido dos meses. Cada vez que podía, como uno se tienta con una torta o una golosina, lo olía y me masturbaba. Soy un señor de 54 años, con familia, respetado por sus vecinos, que cuando nadie lo ve le roba la ropa sucia al croto de la esquina para excitarse. 

Hace una pausa.    

—Me pregunté muchas veces qué le estoy robando a ese pobre diablo cuando le robo la ropa. 

—¿Encontraste alguna respuesta? 

—Sí, le estoy robando un poco de su libertad.