Ilustración: Seelvana
Memes y selfies con caras de agotamiento y la leyenda: 345 de diciembre. Escucho en la verdulería a alguien pagando los tomates: ¡Cómo se pasó 2025! ¡Nada que ver!, responde la que agarra las bananas. Yo después de la pandemia no sé cuándo empieza y termina ningún año. La frase sigue en la vereda: no puedo más, no me entra más nada este año. Desde un auto se manda un audio: agotada amiga, agotada. Me pregunto en qué vértice de la ficción del tiempo nos encontramos para que la paradoja de sentir que un mes dura una eternidad se sienta conjuntamente con la sensación de que el tiempo vuela o en la mayoría de los casos no alcanza para nada. Nadie tiene tiempo, pero a su vez los meses duran años. Si una lo piensa bien, el hecho de que un mes durara más tendría que ofrecernos al menos la sensación de más tiempo, sin embargo, la sensación es la inversa: no hay tiempo para nada, y los meses no terminan más. Sobre todo, no hay tiempo para descansar. Más extenso que el tiempo es el cansancio infinito, un cansancio imposible de erradicar. El mes dura mucho porque estamos cansadas, entonces ¿es el cansancio el que extiende el tiempo?
Me permito sondear oscuridades en relación al tiempo y al cansancio sospechando que entre las dos se esconde una clave: el tiempo oculto en lo cotidiano. Las sospechas sobre este tema vienen acompañadas de conspiraciones. Una forma de leer la política y también la poesía. Ahora bien, un lugar común (es decir, una sensación compartida) es sentir que las horas se hacen de chicle cuando una no la pasa bien y se esfuman cuando una es feliz. ¿Qué sucede ahora? ¿Es el tiempo feliz el que ya no está? Quiero detenerme (oh fantasma de la continuidad, espíritu del Solicitante descolocado que habla aquí) para reflexionar sobre el tiempo y el cansancio en este fin de año, en este fin de un mes que, la mayoría afirma, duró mil días.
La mayoría que no tuvo tiempo ni para dormir bien, ni para coger, ni para tomarse un helado mirando el cielo, ni para darse besos en esquinas calurosas, o simplemente fumar y hablar sin ton ni son por horas. La misma mayoría que no pudo “perder” el (¿su?) tiempo. Pero hubo tiempo. Hubo tiempo para los mil trabajos necesarios para sobrevivir en este país, o para “ir a despejarse” la cabeza al gimnasio, o para scrollear infinito a los compañeros de trabajo. Tiempo para mirar recetas sin harinas que engorden menos en Navidad, o para la limpieza de cutis o las botas de drenaje linfático, blanquearse los dientes y todas las pelotudeces que llevan tiempo para alargar lo que, inexorablemente, lleva la cuenta de las horas y los días: el cuerpo. Si hay un cansancio está ahí, en el cuerpo y en la mente conectada a ese cuerpo.
No voy a ser yo (este país está lleno) la exegeta de la bisagra temporal en la que nos encontramos producto del multiempleo y el tiempo secuestrado de las plataformas sociales y de servicios varios. Quisiera, en cambio, sospechar algo a lo que le damos un poco la espalda: la obsesión estética a la que le dedicamos mucho, mucho, muchísimo tiempo y que se roba parte de lo único que contrarresta el cansancio, o sea, básicamente no hacer nada y sentirse a gusto con una misma: las dos cosas juntas. Ahí una punta conectada sin duda a la exposición en redes sociales que radicalizó con mucha fuerza la presión estética sobre nuestros cuerpos. Cansa fotografiar todo, aunque no parezca, cansa verse bien todo el tiempo en las fotos, aunque no parezca, cansa pensar todo el tiempo en cómo nos vemos aunque no parezca. Sí, tenemos doce mil trabajos, todo lleva bocha de tiempo: sacar un turno, hacer una transferencia, llegar de un lugar a otro, pero a eso se suma lo que parece que no nos cansa o lleva tiempo porque está incorporado como imaginario aceptado a la vida cotidiana. Arriesgo más, ya que estoy: es algo que recae, no exclusivamente, pero sobre todo en las mujeres. Ese trabajo extra de verse bien, que roba mucho tiempo hermana. Estos días nadie (o muy pocas) queremos reparar en ese territorio del pensamiento feminista que nos liberaba de las normas estéticas. Absolutamente abandonado por la mayoría de las feministas mainstream (escritoras, cantantes, conductoras, referencias, en fin). Todas decidieron cambiar el tiempo de leer sobre eso por tratamientos estéticos.
Seguro exagero, pero es fin de año y yo también estoy cansada. (¿Notaron que cambiamos el harta por el cansada, no?). Por suerte, siempre, un grupo de lesbianas butch mantiene el fuego sagrado. Pero ese tema será otra nota, otra reflexión en este espacio si les interesa. La sospecha que arriesgo nace de mi propia experiencia, incluyéndome: pierdo mi preciado pensamiento y tiempo en esos menesteres. Una amiga feminista hace poco me dijo: le dedico a mi cuerpo, a “estar bien” (puede leerse estar flaca) más tiempo que a cualquier otra cosa. Esa frase se quedó conmigo. Me quise detener en esa frase para pensar este año rarísimo y extenso, en el que pareciera que si nada se puede cambiar colectivamente, es el cuerpo lo que se puede cambiar y acomodarse al status quo.
Claro que la falta de tiempo puede explicarse principalmente en que el trabajo se extendió fuera de los horarios habituales y las nuevas prácticas laborales implican que las actividades desconozcan límites temporales o espaciales. En la década del 30 del siglo pasado el poeta Cesare Pavese publicó su primer libro: Lavorare stanca. Trabajar cansa. Son poemas en los que desfilan maestras, campesinos, borrachos, noctámbulos, vagabundos solitarios que atraviesan plazas y calles desiertas, buscando en sus recuerdos y en el presente algo que apacigüe sus días grises. Es un libro en el que el desasosiego está en lo cotidiano, el trabajo no produce más que cansancio: no hay satisfacción ni dignificación. Tampoco fuerza moral.
Volveremos a la calle a mirar transeúntes
y también nosotros seremos transeúntes.
idearemos
cómo levantarnos temprano, deponiendo él
disgusto
de la noche y salir con el paso de otros tiempos.
Le daremos en la cabeza al trabajo de otros
tiempos.
Volveremos a fumar atolondradamente contra el
vidrio,
allá abajo. Pero los ojos serán los mismos,
también el rostro y los gestos. Ese vano secreto
que se demora en el cuerpo y nos extravía la
mirada
morirá lentamente en el ritmo de la sangre
donde todo se pierde.
Traigo el recuerdo de Lavorare stanca, símbolo del cansancio del siglo XX, para pensar qué formas toma en este siglo. Verse bien cansa, podríamos arriesgar. Además, en este momento en nuestro país se está discutiendo una reforma laboral que tiene en el centro del debate al tiempo: las horas de trabajo. Los defensores de la reforma creen que ya es obsoleto pensar en seis y ocho horas de trabajo porque el trabajo se extiende a lo largo de todo el día y son los trabajadores los que deben acomodarse esos horarios. He ahí una clave de lo que entienden por libertad. Si el trabajo o la escuela organizan la vida entre laborable y no laborable, luego de la pandemia, con el home office o las clases virtuales, algo está quebrado y en ese quiebre trabaja la explotación y nace el cansancio extremo que nos asiste.
Si el tiempo libre se escurre como arena seca entre los dedos y ya no es una isla a la que escapar sino momentos en el medio de las ocupaciones, tendremos que enfrentar la aventura de decir NO. No estar en todos los lugares que se tiene que estar, NO “trabajar” las relaciones, el amor o el cuerpo. Dejar de tratar que se “vea bien”, por ejemplo. Un cuerpo se tiene, simplemente se tiene, no se trabaja hermana, ¡qué cansancio!. No me obligues a trabajar lo que no necesita trabajo. Se lo puede cuidar al cuerpo, mimar, dañar un poco, por qué no, y sobre todo esa palabra vacía de contenido: gozarlo. Que sea territorio de placer a veces implica estar lejos de las cosas que “hacen bien”.
Quiero en este fin de año animarme a la aventura del NO que puede ser una clave para contrarrestar el cansancio: NO a la época, ¿por qué hay que rendirse tan fácilmente a ella? Seguir aventuras mentales sin sentido, no productivas, entregarse a la nada aunque sea por un rato, hablar porque sí de lo más mínimo, tejer secretos deseos, hacer cosas hermosas y no mostrarlas, no tener que trabajar en ningún sentido: hacer de la vida otra cosa. “Quiero hablar de otra cosa”, me dijo mi amiga Mica después de lamentarnos una hora por la falta de guita. Quiero hablar de otras cosas en la vida. Y acá estamos, hablando de otra cosa que es la misma cosa también, porque no significa de ninguna manera olvidar o irse por un hueco del mundo sino cuidar como a un pichoncito otras intensidades, hacerlas nuestras. Encuentro en el NO una gran intensidad, una potencia poco explorada y desde donde construir un escudo para el cansancio. Te propongo identificar tus NO, y hacerlos más grandes, más profundos, llevarlos ahí donde el algoritmo no los pueda encontrar. Hacernos de una intensidad parecida a la que escribió Beatriz Vignoli en este poema:
DICIEMBRE 31, 2001
Y la vida era esto:
salir a la vereda el treinta y uno
a las doce, ver cómo un vecino
enciende una bengala.
El brazo en alto, inmerso en la luz ígnea.
Un silencio rosado y expectante,
un fuego inmóvil el mundo.
¿Celebra? ¿Pide ayuda? Nada pasa.
Nada llega. Todo al final se apaga.
Pero aquel brazo en alto, aquella duda.
Aquella intensidad.