El mundo no es la experiencia personal, pero seguro que la discusión que está ocurriendo en esta oficina se replicó en varias, en todo el mundo occidental, en toda la región que nuestras maestras de geografía dicen que engloba a América: Bad Bunny. Es que si hay alguien que interpela, es el puertorriqueño.
El sexto álbum de estudio de Benito puso en agenda su lucha, que es la de Puerto Rico libre de colonialismos yanquis, la que respeta la identidad de la isla, la que resiste la gentrificación que beneficia a unos pocos, y como siempre, perjudica a los muchísimos “sin voz”. Es en este disco donde Benito decidió representar la cultura del día a día de esos “sin voz” a través de su voz, de la portada con las sillas de plástico, del nene que se duerme acostado sobre las de plástico, que escucha de fondo un reggaetón, una salsa, lo que sea, en un parlante chiquito o grande, saturado, que rompe el sonido pero que vibra el dembow en la cuerpa, en las entrañas latinas.

Después de todo eso que fue su intención, su concepto, su lucha, llegó el ICE a perseguir y ejecutar a lxs latinxs en Estados Unidos, a ese que es su público. Entonces ahí Benito dijo no, no voy, es como entregarlxs en bandeja. Y apareció el show de medio tiempo del Super Bowl, la única presentación en tierras de Donald Trump, el concierto que todxs lxs latinxs van a poder ver, y vieron, que todxs lxs gringxs tuvieron que ver, y vieron, y chillaron. “Es una porquería”, dijo Trump, porque no le entiende nada cuando habla, que hay chicos mirando la tv. Pero hay otra cosa no entienden, la alegría, el goce, el poder del perreo.
–Yo entiendo todo eso, que cantó en castellano en su casa, lo político de su gesto, pero escucho sus canciones y no hay nada revolucionario ahí, son sólo de mujeres, de coger, de culos. No puedo conectar con eso.
Mi compañero de laburo lo dice de verdad, quisiera entender. No les hace esa pregunta a Los Piojos, a los Rolling Stones o a Elvis Presley, que seguramente hablan de los otros grandes temas de la humanidad: vida, muerte, lealtad. Todas las mujeres de la oficina hablamos al mismo tiempo, intentamos formular una idea sobre el encanto, la pasión, la libertad.

Poco saben algunos varones de mover el culo hacia abajo, de estar frotándote con tu amiga, del goce de darlo todo en una pista de baile que puede ser el club o tu cocina mientras limpiás el piso, el casamiento de la prima o el 15 de tu hermana. Hasta abajo es poner la carne en movimiento sobre un sonido repetitivo, repetitivo, tan repetitivo que si tenés un poco de suerte te hace olvidar la realidad y se abre ese conducto mágico del trance ancestral. La tribu que grita, ríe, levanta las manos y se frota, culo contra culo, muslo tensionado, piernas sudadas, hasta abajo, hasta abajo.
Las feministas sabemos del poder del goce, la liberación colectiva que implica un pueblo de fiesta, emancipado del sufrimiento, abierto al placer. Ahí Benito dice “las mujeres del mundo entero, perreando sin miedo”, abre los brazos sobre ese ritmo que todas conocemos tatuado en nuestras noches de baile, “Yo perreo sola”.
–Qué bueno que un hombre las habilite a bailar, dice chicaneando mi compañero.
“Mientras uno esté vivo, tiene que disfrutar lo más que pueda”, dice Benito mientras saca a bailar a Lady Gaga. Mientras el mundo capitalista nos empobrece, mientras el futuro parece apocalíptico y sombrío, mientras nos quieren sometidas, calladas y, sobre todo, convencidas de estar derrotadas, la potencia de la celebración latina, la potencia de la alegría, la euforia del amor se siente esperanzadora, invencible. “Baila sin miedo, ama sin miedo”, dice entre tema y tema, antes de que Ricky Martin cante lo que no pudo nunca.
¿Es Bad Bunny una causa feminista? Si lo que representa es la defensa de la identidad; la lucha por la igualdad de oportunidades; el derecho a vivir la cultura, a su defensa y acceso; a gozar sin miedo; a reconocer a nuestrxs ancestrxs, el linaje familiar, latinoamericano, humano. Entonces capaz que sí lo sea.