Hace un año atrás, cuando aún parecía que el gobierno de Javier Milei tenía fisuras que podíamos hacer explotar, escribí en estas páginas un artículo sobre los despidos de trabajadores trans, travestis y no binaries en el Estado Nacional. Apenas unos días después de haber asumido, el presidente argentino anunció que dejaría sin efecto las contrataciones producidas durante el último año de gestión de Alberto Fernández, argumentando que eran una estrategia del peronismo para enquistar a sus adeptos en los cargos públicos. Con esa decisión, miles de trabajadores quedaron fuera de la estructura estatal, entre ellas muchas personas trans que ingresaron a sus empleos tras la sanción de la ley de cupo laboral trans en 2021. Sumado a esto, durante 2024 el gobierno libertario avanzó en la desarticulación de varias áreas del Estado como las de discapacidad, pueblos originarios y campesinos, desarrollo social, Instituto Nacional de Cine, etcétera, etcétera, etcétera.
Para sorpresa de nadie los primeros trabajadores afectados fueron los trans, no solo debido a la ideología conservadora de este gobierno, sino a que en algunos casos los mismos compañeros estatales y los gremios prefirieron entregar a las travas y trans argumentando que “no tienen una familia que sostener, y nosotros sí”. A pesar de la lucha de organizaciones como Zaguán Trans Sindical, con el apoyo de algún sector de ATE en la Capital Federal, la mayoría de las personas trans despedidas no recuperaron sus empleos. También en LatFem, Victoria Stefano escribió sobre el vaciamiento de los programas de diversidad y género desde la asunción de Milei y la reducción o subejecución de los presupuestos asignados a tales políticas. Más allá de la situación particular de la población trans, es por todos conocido que el gobierno actual y su política de “equilibrio fiscal” atentó contra hospitales, escuelas, universidades, jubilados y cualquier otra institución o sector entendido como “gasto social”.
La narrativa argumentativa principal detrás de la política de Javier Milei es la del liberalismo anarco-capitalista, cuya premisa se sintetiza en la frase: no te salva el Estado, sino el privado. Es por ello, que las políticas libertarias y sus adeptos están centradas en alcanzar un equilibrio fiscal que genere las condiciones para que el sector privado desarrolle sus negocios, bajo la premisa de que serán los privados quienes reemplacen al Estado en funciones como la seguridad social, el cuidado de la salud, la administración de justicia. Bajo esta perspectiva sostenida por el mileísmo, las políticas de desarrollo social, el cuidado de los sectores marginalizados, las políticas de género, diversidad e inclusión son sólo gastos innecesarios para el Estado que deberían ser absorbidos o corregidos por los mercados y la libre competencia. “En un mercado libre no existe la discriminación” es uno de los argumentos clásicos de Milei, pero esta narrativa solo funciona en los papeles y bajo el concepto de que el único interés de los empresarios es la maximización de sus ganancias. Y una de las grandes ficciones del liberalismo económico, y quizás la más difundida y exitosa de sus ideas, es que existen dos sectores claramente diferenciados y distantes: el sector público estatal (Estado) y el sector privado empresarial (Economía). Para la teoría anarco-capitalista el privado es eficiente, racional y orientado a la rentabilidad económica, mientras que el estado está viciado por la ideología, es irracional y está orientado hacia los intereses políticos de una casta. Este relato ha sido explotada por Milei con éxito y hoy un amplio sector de la sociedad argentina cree realmente en la idea de que el sector privado está libre de corrupción e ideología, actuando con eficiencia en favor de la “economía” del país.
Pero economía y Estado no son dos esferas independientes como el liberalismo anarco-capitalista pretende hacer parecer. Todas las argumentaciones presentadas por Milei sobre la racionalidad de los mercados son solo fábulas de papel que funcionan en un mundo ideal y ahistórico que fascina a los adolescentes incels. Timothy Mitchell, en Sociedad, Economía y Efecto de Estado (2006) discute ampliamente como la supuesta separación entre Economía y Estado es presentada en la teoría política contemporánea. Para Mitchell, economía y Estado han sido presentadas como dos entidades diferenciadas y contrarias, pero sus límites son difusos y poco claros. La economía se presenta como material y tangible versus un Estado inmaterial e ideológico, pero ambos coexisten, se influencian entre sí y son indiferenciables en el terreno de las prácticas que producen. Como ejemplo basta con mirar todos los índices económicos que el gobierno de Milei presume como éxitos del libre mercado y que son en realidad consecuencias de la intervención del Estado en la Economía más que efectos virtuosos de la acción de empresarios privados. Inclusive, la reciente (y aparente) victoria de La Libertad Avanza en las elecciones de medio término están fundadas más en la intervención de Donald Trump en la región, que del éxito económico del sector privado en Argentina. Otra de las formas en las que podemos mirar la influencia mutua entre los sectores públicos y privados, es observando la actual crisis de lo que algunos llaman el tercer sector: organizaciones no gubernamentales, caridades, fundaciones y demás acciones privadas que persiguen el bien público.

Cuando la voluntad no alcanza
Mi primera intención con este artículo era ampliar los trabajos que previamente he publicado sobre los despidos producidos desde la asunción de Javier Milei. La única diferencia era que esta vez no se trataba de despidos en el sector público, sino de despidos en un proyecto no-gubernamental relacionado con la comunidad trans. Al interiorizarme en la situación fui encontrando algo más grande, que excedía por mucho el caso puntual de los despidos y daba cuenta del desvanecimiento de las políticas e iniciativas en favor de las personas trans incluso más allá de los programas estatales. Contrario a la narrativa de los liberales anarco-capitalistas, el vaciamiento de las políticas estatales de diversidad, inclusión y género no se llenó con las iniciativas “no-ideológicas” del sector privado. Ese mercado libre de discriminación, racional y únicamente interesado por la maximización de sus rentas no está haciendo nada para corregir la crisis actual que afecta a sectores marginalizados como la población trans. Por el contrario, la retracción de las políticas públicas en esta materia se está reflejando en el sector privado que ha reducido su apoyo e interés en la agenda de diversidad y género.
En un informe reciente la Red Argentina para la Cooperación Internacional (RACI) sobre la situación de las organizaciones de la sociedad civil, informan que 7 de cada 10 organizaciones han visto reducidos los aportes recibidos de donantes y fondos internacionales. Esto quiere decir que algunas de las organizaciones que emplean a personas trans o brindan asesoramiento o ayuda a personas trans están siendo progresivamente desmanteladas y/o precarizadas. Según el informe de RACI, el 62% de las organizaciones de la sociedad civil debieron modificar sus agendas de trabajo y en el 35% de estos casos incluso afectando los ejes centrales de su acción. Esto significa que las organizaciones de la sociedad civil, que muchas veces son la única articulación entre el sector privado y el público, están abandonando temas como diversidad y género y orientando sus decisiones a otros que son más favorecidos por los fondos internacionales disponibles. Una de las principales consecuencias de esta reducción de fondos y cambios en la agenda es que quienes trabajan en las organizaciones de la sociedad civil han sufrido una sobrecarga en sus tareas (43,2%), congelamiento de sus salarios (33,1%) o despidos (28,8%). Ante la desprotección total de un gobierno cuyo único objetivo es la entelequia del “equilibrio fiscal”, las organizaciones de la sociedad civil parecían el único subterfugio, aunque claramente nadie está salvo de la motosierra que blanden victoriosos los líderes de la derecha mundial.
En el ámbito estrictamente privado y empresarial las menciones y acciones sobre diversidad, igualdad y género también han retrocedido notoriamente. Según la revista Forbes, en los Estados Unidos han caído un 62% las referencias a la diversidad, la igualdad y la inclusión en el mundo corporativo. El temor a ofender a determinado sector político, las presiones de los gobiernos de ultraderecha y el clima tenso en redes sociales desalienta a las empresas a hablar abiertamente de diversidad en sus comunicaciones públicas. Muchas empresas han redefinido sus estrategias y optado por hablar de “inclusión” en un sentido más general. También el gobierno de Donald Trump ha declarado públicamente su voluntad de terminar sus vínculos comerciales con aquellas empresas que brinden capacitación a sus empleados sobre género, diversidad e inclusión. En Enero de 2025 el gobierno de los Estados Unidos publicó una orden ejecutiva para “terminar con los programas derrochadores y radicales sobre diversidad, inclusión e igualdad” donde no sólo establece el corte de becas, financiamientos y programas sino también advierte sobre el fin de contratos con empresas privadas que alienten este tipo de políticas. Estas decisiones se han traducido en visibles reducciones de presupuesto en universidades estatales, oficinas gubernamentales y programas públicos; pero también en la decisión de universidades privadas de recortar programas sobre mujeres y género, estudios queer, etc. ante el temor de “ofender” al gobierno de Trump y perder financiamiento para otras áreas. En otra orden ejecutiva similar, Donald Trump argumenta que los programas de Diversidad, Inclusión e Igualdad atentan contra “los valores tradicionales de los Estados Unidos” del trabajo duro y el mérito. “El sueño americano no debe ser estigmatizado, menospreciado ni excluido de oportunidades por motivos de raza o sexo”, declara Trump, pero no para referirse a los sectores marginalizados sino a los hombres heterosexuales blancos de la clase media-baja que constituyen la base del movimiento MAGA (Make America Great Again). En esa misma orden alientan al sector privado a tomar una decisión idéntica a la del gobierno de terminar con la “discriminación” producida por las políticas de Diversidad, Inclusión e Igualdad.

Nos bajamos
Hace unas semanas Fufú Radio, un proyecto de streaming encabezado por personas trans anunció en sus redes sociales el fin del proyecto. El título de su post en Instagram fue “Amigxs: nos bajamos”, una frase que sintetiza perfectamente un clima de época para muchos proyectos no gubernamentales que ya no logran sostenerse en este clima de violencia, desfinanciamiento y recesión. “No está mal animarse a decir que fracasamos en el intento de nadar en este vértigo, en el intento de convivir con las pantallas y la post verdad que hasta ponen presidentes. Una vez más, mutamos”, declaran en este post los valiosos compañeros del proyecto de streaming integrado entre otros por la artista trans Susy Shock. De la misma manera, algunas otras iniciativas están empezando a retroceder ante la presión de la escasez de recursos, temerosos de un panorama que no parece venturoso para la comunidad trans: Contratá Trans, uno de los proyectos de Impacto Digital, ha reducido su personal en 70% dejando algunos compañerxs trans fuera de su estructura. También sus acciones a favor de la accesibilidad laboral de la comunidad trans están siendo afectadas por esta crisis y el número de búsqueda laborales y contrataciones efectivas en el sector privado están cayendo abruptamente. Otras iniciativas populares como los centros educativos para personas trans, los archivos de memoria trans, y demás proyectos de las organizaciones civiles están sintiendo la crisis: no solo hay cada vez menos financiamiento internacional, tampoco crecen las donaciones privadas y la demanda es cada vez más fuerte.
Las travestis usan la palabra “teje” para caracterizar este sistema de reciprocidad y solidaridad donde unas ayudan a otras. Los tejes han sostenido por mucho tiempo el funcionamiento de nuestra comunidad, e incluso han sido a veces instrumentalizados por los gobiernos de turno para intentar enmascarar las carencias estructurales de las políticas públicas. El ascenso del mileísmo está poniendo de manifiesto que a veces no alcanza con la voluntad de tejer conjuntamente, a veces necesitamos una estructura más grande y robusta que sostenga a quienes sostienen. En los tiempos que corren muchos de aquellos sectores que interpretamos como aliados están sacudiéndose el glitter: ya no se ven carrozas de las grandes marcas en las marchas del orgullo; ya no hay personas queer o trans en las pantallas de los shows televisivos; Dios, Patria y Familia es mucho más que un slogan inocente; ya no hay noticias sobre diversidad y feminismo en los medios (ni siquiera en los más progresistas); ya no se ven los logotipos de las empresas coloreadas de arcoiris durante el mes del Orgullo y ni siquiera los sectores políticos de la década ganada están incorporando personas trans en sus listas o narrativas sobre el derecho de la comunidad queer. El “se pasaron tres pueblos” llegó para quedarse y no hace falta mirar los medios de comunicación o redes sociales de La Libertad Avanza: cualquier programa de Tomás Rebord o entrevista de Guillermo Moreno es suficiente para saber que ellos se bajaron de la troloneta y no están pensando en mutar como nosotrxs.
Quizás esta es la hora de que nosotrxs también nos sacudamos el glitter y metamos las patas en el barro. Puede que nuestro discurso multicolor ya no funcione para interpelar a nadie, pero eso no significa que no tengamos el mismo hambre, el mismo frío y la misma angustia que los demás sectores en esta sociedad. Quizás nosotrxs tenemos que volver a pensar en los territorios lábiles entre Economía y Estado para producir una narrativa que hable al mismo tiempo de nuestros derechos y los de los demás sectores que sienten sus bolsillos apretados. Se puede. Admitir que fracasamos, qué nos equivocamos, que nos pasamos un poco de rosca no está mal, es de hecho muy necesario para barajar y dar de nuevo. Lo viejo no funciona. Nos toca construir una nueva narrativa que conjugue lo material y los ideológico y trascienda las barrera de nuestras pequeñas comunidades de convencidos, nos toca salir a confrontar con la derecha en el terreno que les dejamos vacíos cuando decidimos dejar de hablarle a los varones, nos toca para bien o para mal, el tiempo de volver a disputar esa batalla cultural de la que tan livianamente nos quieren coronar como vencidxs. ¡No pasarán!