Fotos: Mercedes Amusategui
En la última década, el feminismo fue aluvional, logró avanzar más lejos que nunca, desbordó sus propias expectativas, inundó el campo de la cultura y de la política con la promesa de que crecerían allí nuevos frutos y, al mismo tiempo, que el regadío ahogaría conceptos, prácticas y relaciones de un viejo orden arbitrario e injusto. Durante los primeros años del ciclo Ni Una Menos (NUM), iniciado en la Argentina en 2015, el estallido feminista fue bien recepcionado y hasta festejado por la política y por la sociedad en su conjunto. Sin embargo, en un momento que podríamos fechar entre 2021 y 2023, comenzó a incomodar más de lo que históricamente el feminismo había molestado, y en los años de la pospandemia el rechazo al feminismo encuentra una gran receptividad social, al igual que los discursos de la derecha radical.
Desde entonces, hemos escuchado y leído cientos de veces que el feminismo ha ido demasiado lejos, que fue un exceso, que las feministas “se pasaron tres pueblos”. O que el feminismo se convirtió en vigilancia y control, de arriba hacia abajo y horizontalmente. Que las feministas son responsables de la derechización radical y/o de la perversión de los valores tradicionales y nacionales. Que “hablar con la e” no es inclusión, que decir “violencia de género” es discriminación, que la teoría de género es un lobby globalista y que el lobby queer pretende corromper sexualmente a los niños. Que el feminismo es wokismo (entendido como hipercorrección política), pero también terrorismo y comunismo. O que el feminismo es burgués clasemediero y, además, cosa de zurdas roñosas. Todas formas de rechazar desde la incomodidad un imaginario, una lengua y un modo de hacer feminista que ya fue demasiado.
A partir de 2015 la fuerza de las manifestaciones callejeras transversales a toda la sociedad acelera la institucionalización, y se consuma el paso del feminismo al Estado: Chile crea su Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género en 2015; Brasil crea el Ministerio de las Mujeres, de la Igualdad Racial y de los Derechos Humanos también en 2015; en la Argentina, en 2017 el Consejo Nacional de las Mujeres pasa a ser Instituto Nacional y, luego, en 2019, Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad; mientras que en Uruguay el Instituto Nacional de las Mujeres impulsa en 2015 la creación del Sistema Nacional Integrado de Cuidados y en 2017 la Ley de Violencia hacia las Mujeres Basada en Género.
Una de las particularidades de este ciclo feminista es que se produjo un gran proceso de institucionalización: los gobiernos incorporaron el feminismo en sus programas y a feministas en sus equipos de gobierno. ¿En qué medida lo que hacen o hicieron las feministas ocupando la gestión pública en el ciclo Ni Una Menos provocó esa interpretación: “demasiado”? ¿De qué manera las formas de ver e interpretar el feminismo en el Estado estuvieron y están marcadas por el giro antifeminista?

Las conversaciones con funcionarias que están o han estado en la gestión pública en el Cono Sur –en particular en Brasil, Chile, la Argentina y Uruguay– son el principal fundamento de este libro, que se propone analizar cómo habitaron el Estado las feministas institucionales y políticas. También hemos hecho una lectura de libros, documentos históricos, artículos académicos y de prensa que describen o reflexionan sobre la práctica política feminista y que constituyen un corpus imbricado en la acción del movimiento. Además, la experiencia colectiva e individual, como actora del entramado feminista en América Latina desde 2015, en particular en Buenos Aires, me envuelve en un compromiso con la experiencia de pensar y activar política desde allí.
El camino político de las feministas es diverso, hay muchas maneras de hacerse feminista; en mi experiencia implicó una suerte de formación cívica. A medida que fui reconociendo los perjuicios y condicionamientos que atraviesa la población en función del sexo-género, surgía la pregunta respecto de qué y cómo se está respondiendo a esta situación desde la política y la institucionalidad. La feminista formada en democracia se empapa de leyes, de tratados internacionales, conoce las posiciones de las diversas agrupaciones y sus líneas políticas, entiende que existen mecanismos y maquinarias de género en los Estados, que hay personas que trabajan desde las instituciones focalizadas en crear políticas de género (o para mujeres, o para la comunidad LGBTIQ+), que hay jurisprudencia y todo un frente de disputa en cada brazo del Estado respecto de qué significa incorporar la perspectiva de género. Gracias al activismo, aunque sea un activismo micropolítico, llegamos a conocer el Estado y cómo funciona la política.
Cuando mi compañera de escuela y amiga Florencia Pennacchi desapareció en Buenos Aires una noche de 2005 y nunca más volvió, yo no sabía siquiera que existía una puerta donde tocar para pedir ayuda. Ahí aprendí que había que organizarse, estudiar y reclamar transformaciones en las instituciones, que la política feminista estaba en nuestras manos. Desde entonces hasta ahora se multiplicaron las puertas en el Estado, pero aún no sabemos qué pasó con ella, y este también es el prisma desde donde miro este problema. Con esta inclinación sensible y política participé activamente en la fundación de Ni Una Menos. De algún modo este libro, que lleva varios años construyéndose, es una indagación para entender el feminismo antiinstitucionalista de una generación que creció en democracia, para desandar mi feminismo crítico con los partidos políticos y mi profunda desconfianza respecto del Estado y de la democracia. Es un libro para explicar también cómo se conforma una opinión y por qué motivos una puede cambiarla.
La relación con el Estado es uno de los nudos más problemáticos para el feminismo. Las feministas hemos cantado y escrito en banderas que “El Estado es responsable” por la violencia, la opresión o la discriminación de género, y también nos hemos negado a aliarnos con funcionarias que prestan su tiempo a la reproducción de un sistema político racista, masculinista y capitalista. Hasta hace muy pocos años una militante o activista no podía llevar a los encuentros feministas una camiseta con una inscripción de un partido de gobierno sin recibir reproches o insultos por eso, el feminismo era –y quizás siga siendo– un movimiento social autónomo, fundamentalmente reñido y crítico con las instituciones coloniales de la democracia liberal y el capitalismo, un actor político heterogéneo, masivo y contradictorio que, al mismo tiempo que lo aborrece, le reclama al Estado (y a sus instituciones, entre las que se cuentan los partidos políticos) que resuelva la desigualdad y la violencia.
El título de este libro ¿Demasiado feminismo? responde a una coyuntura muy reciente, que nos cuesta fechar. Después de los grandes avances para los feminismos regionales en el ciclo NUM se sucedieron algunas derrotas políticas para el progresismo, y si bien en cada país este proceso presenta rasgos específicos, en todos se construyó una narrativa de la derrota que asigna un rol de chivo expiatorio al feminismo. Más tarde o más temprano esa lectura emerge: el feminismo tuvo la culpa. A partir de aquí, el sacrificio de la perspectiva feminista se impone como estrategia para preservar la performance electoral y la cohesión interna de algunos partidos políticos ubicados del centro hacia la izquierda (algo de esto ha ocurrido en Chile o en la Argentina, donde fue necesario controlar el impacto de hablar “demasiado” de género, al punto de omitir el tema en campañas electorales). En el mismo sentido, en Brasil y Uruguay se realizó una suerte de cerco sanitario en torno a la política de género, tratando de controlar los daños que podría generar una reacción antifeminista en la totalidad de los partidos, frentes o gobiernos. Es importante que no sea demasiado feminismo o, aún más importante en esta época de apariencias y efectos, que no parezca demasiado.
La hipótesis del sobregiro feminista puede provenir de cualquier punto del mapa político. El reparo o la sospecha hacia la política y el discurso feminista, que también es un temor, como analiza Judith Butler (2024) en ¿Quién teme al género?, están asentados en un equívoco, un fantasma o una fantasía. Cuando se analiza el peso de las feministas en el poder político no se verifica que tengan o hayan tenido una incidencia real en la política general. Que algunos gobiernos, como ocurrió con la gestión de Alberto Fernández (2019-2023) en la Argentina, hayan usado las políticas de género para desviar la atención con respecto a su debilidad en términos de resultados económicos, no puede hacernos creer que el fracaso en ese terreno sea responsabilidad de las políticas de género. Ni tampoco puede hacernos olvidar que las políticas de redistribución justa fueron efectivamente empujadas por feministas y militantes LGBTIQ+. Si bien proliferaron maquinarias de género institucionales de todos los tamaños e incluso hay gobiernos o partidos políticos del Cono Sur que se han declarado a sí mismos feministas, el poder que realmente tienen y tuvieron las feministas en los gobiernos nacionales es relativamente poco. Y aun así la pertinencia de la institucionalidad de género y de la jerarquización de esta agenda ha sido puesta en duda tanto por los gobiernos de la derecha radical como por los partidos del centro hacia la izquierda.

Habría sido demasiado feminismo, demasiado antirracismo, demasiado ambientalismo, demasiada perspectiva de derechos, también demasiada intervención del Estado buscando esa quintaesencia que llamamos “justicia social”. La lógica que se impuso como dialéctica política es que el feminismo fue demasiado en la medida en que la promesa (social)democrática no se tradujo en mejores condiciones de vida para las mayorías y que, a la vez, produjo una restauración conservadora que potenció a los partidos y referentes de derecha. Entonces, se dedujo que no había, no hay y no habrá que prestarle tanta atención al género, lo cual se tradujo, paradójicamente, en la operación de otorgar demasiada importancia a la política de género.
Esta lectura ocurre cuando desde el movimiento feminista organizado se proyecta una desconfianza hacia la política institucional feminista y LGBTIQ+. Desde nuestra mirada, más que demasiado feminismo, hubo “demasiado poco”; es decir, una clara insuficiencia de feminismo en gobiernos en los que participaron feministas. En algunos casos la estatalización de la agenda feminista ha dado muy buenos resultados, pero la evaluación que hace la opinión pública del impacto de la jerarquización de la agenda de género depende no tanto de los resultados como del contexto en el que se produjo esta jerarquización. En la Argentina, por ejemplo, el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad nacional existió en el mismo momento en que la población se hacía más pobre, entonces la estatalización feminista tal vez no es un problema en sí mismo, sino en relación con otras variables políticas y sociales.
El ciclo iniciado en 2015 produjo una inusitada legitimidad del feminismo, incluso del significante “feminismo”. Pero las funcionarias políticas feministas siguieron siendo incómodas para todos. Son rechazadas, violentadas y desvalorizadas por la militancia y los referentes de las derechas radicales, y también por los políticos o militantes varones promedio de las fuerzas progresistas, convencidos como están de que vienen a dividir a la clase o a proponer medidas secundarias que desvían de lo importante; pero tampoco son bien valoradas por las feministas del movimiento, para quienes son femócratas del género, una suerte de casta feminista. Solo son valoradas cuando una ola feminista rompe el cauce por el que transcurre usualmente la conversación pública. Aun con triple frente de batalla (la derecha, el movimiento, los compañeros), las políticas feministas están atravesando su cénit, ya que nunca antes el feminismo proyectado institucionalmente había tenido tanta llegada política. Las entrevistadas aquí van a repetirlo de varias maneras: una feminista en el poder no es lo mismo que una feminista con poder. Las feministas, las lesbianas, los gays, las travestis y las personas trans no están ni estuvieron nunca sentadas en la mesa chica del poder. Es más, si miramos a “las institucionalizadas” con los ojos críticos del movimiento, el resultado de la excursión al Estado significó demasiado poco en relación con las demandas de un movimiento histórico y con la potencia de su presente.
Nuestra hipótesis es que la noción de sobregiro feminista no funciona en el vacío, sino que está arrastrada por la insatisfacción democrática y el descreimiento en la retórica de la justicia social, fundamentalmente cuando se la promueve desde el Estado. Es necesario leer la acusación de “demasiado” en el contexto de un descrédito general del progresismo y el populismo y de cualquier fuerza política que manifiestamente persiga la igualdad. Cuando se dice demasiado feminismo, se está diciendo al mismo tiempo demasiado progresismo, produciendo una homologación históricamente errada. El feminismo no es progresista en su totalidad, de hecho, el ciclo NUM nace como una demanda al progresismo.
En este escenario, encontramos diversos enunciadores del “demasiado feminismo”. Dicho por referentes y militantes identitarios de las nuevas derechas (no todos sus votantes), es un “demasiado” antifeminista y anti-Estado a la vez. Luego, hay un “demasiado” pronunciado por referentes y votantes de los partidos aliados al feminismo: partidos de izquierda, socialdemócratas y progresistas, partidos populares. En estos casos no hay un componente anti-Estado, pero sí una duda sobre la pertinencia de la política de género en el momento histórico: según nuestras entrevistadas, el resentimiento con las políticas de género que produce o defiende el Estado surge y se fortalece cuando fracasan otras políticas de distribución económica. Y aunque tampoco podemos hablar de antifeminismo en este sector, sí existe un rechazo explícito a algunas medidas: perseguir cierto tipo de acoso parece demasiado, las leyes de cuotas parecen demasiado, “hablar con la e” parece demasiado. A veces se trata de rechazos estratégicos (el feminismo le haría perder votos a la izquierda, al progresismo, al socialismo, al peronismo), pero muchas veces se trata de rechazos morales y políticos. En vez de ponderar la ineficiencia del neoliberalismo y de la democracia liberal para resolver los problemas de las mayorías en este ciclo histórico, se esfuerzan en señalar al género como un elemento que les habría impedido o podría impedirles algo.
Hay vasos comunicantes entre ambos sectores y el “demasiado” dicho por un referente de izquierda convive con el “demasiado” dicho por un militante libertario en un mundo reencantado por un neoliberalismo en crisis que, en su desesperación, ha convertido al género en una batalla central entre diferentes bloques de poder político. Construir a la teoría de género, el feminismo y la diversidad sexual como la quintaesencia de todos los males permite tanto a la izquierda como a la derecha:
a. que el feminismo se lleve la marca, es decir que en su calidad de objeto sacrificial su figura represente todo lo execrable de una sociedad,
b. el surgimiento de una violencia horizontal entre los de abajo que bloquea la crítica hacia las verdaderas minorías y sus aliados: los ricos y los gobiernos que privilegian a los ricos, y
c. funciona como “pegamento simbólico” que ensambla las diversas partes de sus programas.
Hay una tercera enunciación del “demasiado”, y es la que producimos las propias feministas. Podríamos resumirla así: “Hicieron demasiado poco con el demasiado poder que les dimos”. En este caso, el distanciamiento con la lógica estatal y la política partidaria tiene una larga historia que se encarna en el presente con el condimento plebeyo del antielitismo. Si bien históricamente el movimiento feminista tuvo una posición tensa con las instituciones estatales y partidarias, en este ciclo en particular este posicionamiento se superpuso con la propagación de un desprecio (legítimo o no) hacia los militantes político-partidarios y los dirigentes políticos. En Chile, por ejemplo, un 67% de las personas encuestadas por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo considera que los liderazgos políticos son responsables de obstaculizar acuerdos para resolver los problemas del país, que no conocen los problemas de la población, privilegian su ideología o no tienen voluntad para alcanzar pactos. En Brasil, el antielitismo es además atravesado por el componente racial. La crítica a los funcionarios, los partidos políticos y la política estatal tiene un fuerte arraigo en el discurso público. Este antielitismo en auge coincide con la llegada de las feministas a los gobiernos, pero salvo en contadas excepciones, no se direccionó en la opinión pública hacia las funcionarias feministas. Fueron las propias militantes feministas las que señalaron la existencia de una “casta feminista”. Por ejemplo, es posible encontrar altas directivas de organizaciones de la sociedad civil que señalan que algunas políticas “se enamoraron del Estado”, o bien referentas de organizaciones sociales que acusan a otras políticas de “feministas de escritorio”. Son oposiciones actualizadas por la coyuntura pero que confirman contradicciones históricamente construidas dentro del movimiento feminista, como la división entre puras y políticas, entre feministas e integradas, entre autónomas e institucionales.
Para poder desmenuzar estas interpretaciones cruzadas y discurrir sobre si fue/es o no demasiado feminismo y si algo de lo que hizo o hace el feminismo en el poder es causante del desprestigio y de la baja autoestima de los partidos políticos del espectro socialdemócrata, popular y de izquierdas (a favor de las derechas radicales), primero necesitamos establecer qué significa hacer política feminista desde diversas aproximaciones.
¿Qué es la política feminista? ¿Cómo se hace? ¿Qué modulaciones le impone la burocracia estatal y partidaria? ¿Qué se pierde o se gana en la traducción del movimiento al Estado?¿Qué es posible lograr y qué no? ¿Qué ocurre concretamente en las instituciones cuando se presenta una funcionaria feminista o se trata de implementar una medida de corte feminista? ¿Hay un método feminista de hacer política? ¿Qué vínculo tienen las feministas estatales con el movimiento y en qué medida su práctica forma parte de una estrategia política? ¿Hasta qué punto la derechización de la política produce desconfianza hacia la política feminista estatal?
Una de las entrevistadas, Patricia González, de intensa trayectoria en el Frente Amplio uruguayo, lo expresó así: “El feminismo político tiene que escribir más sobre su práctica política porque no es todo teoría”. Este es un libro sobre la práctica política feminista y como tal mira hacia su propia tradición en relación con la institucionalidad estatal, interrogándose qué disputas y qué experiencias históricas juegan en esa imaginación política vinculada a la democracia, a la política institucional y al Estado desde dentro del movimiento.
El objetivo es contar con argumentos para incentivar y optimizar la participación de feministas en la política institucional y en los partidos políticos, no porque sea la única ni la mejor estrategia política feminista, sino porque es fundamental entender qué hacemos y dónde estamos en un mundo que se dirige aceleradamente hacia su propia destrucción. En este sentido, la interlocución del libro es el feminismo político y el pueblo feminista, pero también los militantes y referentes progresistas, de izquierda y del campo popular que arribaron a –o nunca salieron de– posiciones de desconfianza respecto del feminismo.
Con este escenario, el feminismo se encuentra ante un dilema histórico: ¿podemos ponernos de acuerdo en “un feminismo estratégico, mestizo e impuro”, como ese al que invita Clara Serra (2018), de manera que todos los métodos de hacer política desde el feminismo puedan ser revisados y revisitados? ¿Podremos afirmarnos en nuestra identidad política y, al mismo tiempo, ir en busca de otros actores con quienes hacer alianzas? ¿Qué traducciones son posibles en el pasaje del movimiento al Estado?
En un momento de desfasaje entre lo que el Estado dice que hace y lo que realmente hace, en un momento en el que se ahonda la distancia entre la declaración de derechos y los derechos que efectivamente se garantizan para las mayorías, el principal desafío para los feminismos es encontrar un modelo de política feminista que, al mismo tiempo que plantea cambios institucionales mediante legislación y programas específicos, pueda participar en la política general transformándola y pujando por priorizar el bienestar de las mayorías desfavorecidas. Si las anarquistas de comienzos del siglo XX muy astutamente advertían que la inflación legislativa no iba a cambiarles la vida diciendo “no queremos leyes, queremos pan”, hoy las políticas feministas deben esforzarse por promoverse a sí mismas, antes que como expertas en género, como militantes políticas que buscan “leyes y pan” para su pueblo.
¿Demasiado feminismo? La política feminista entre el Estado, el activismo y la batalla cultural de la derecha radical es un libro publicado por Editorial Siglo XXI y escrito por Agustina Frontera para LatFem con apoyo del proyecto regional FESminismos de la Fundación Ebert.