Fotos: Alejandro Otero.
Así como el incendio tizna los rostros de negro y el olor a quemado se pegotea en el cuerpo, hay algo que el fuego deja cada uno de los que estuvo frente a frente combatiendolo.
¿Alguien pensó alguna vez que en un incendio que acecha a miles de viviendas, esa gente que se quedan a defender sus casas iban a necesitar comida? ¿O una vianda para quienes, tras el paso del fuego, no tienen donde cocinar? ¿Agua? ¿Una cremita para las quemaduras o algo para calmar las emociones, aplastadas por una angustia nueva, desconocida, dolorosa y cruel? ¿Una charla y un mate? ¿Un masaje, tal vez?
¿Que los animales del campo necesitarían comida y atención veterinaria? ¿O que esa vecina, que está en la puerta de su casa sin más que una pileta llena, el regador prendido y una plegaria, rogando que el viento no cambie y lleve el fuego a su chacra, necesitaría un abrazo? ¿Alguien había pensado alguna vez en ese cuidado? Quizás, hasta ahora, no.
Las redes comunitarias de la Comarca Andina inventaron sus propias estrategias de cuidado en la urgencia de sostener la vida frente al avance del fuego y el retiro del Estado. Un cuidado que emerge desde adentro de cada una de las personas que siente la necesidad de defender el territorio. “No me podía quedar en casa”, dicen algunxs. “Yo no estaba para el fuego. No sé cómo se combate, pero puedo cocinar”, dijeron otrxs. Y así se armó.
Fueron vecinas, vecinos, brigadistas nacionales y provinciales, bomberos y bomberas voluntarias, alrededor de 60 brigadas de autoconvocadxs. Fue la chica que llevó las viandas y la mujer que las cocinó. Fue la profe que se preguntó si sus estudiantes estaban bien y el director de la escuela que salió a buscar la lista de docentes y estudiantes para hacer un relevamiento de las familias afectadas. Fueron los pibes y pibas que cayeron con una camioneta en medio de la noche, cuando los medios disponibles eran los que eran y ya no alcanzaban y el fuego parecía que se venía, para salvar esa vivienda e irse, tal vez sin siquiera llegar a decir sus nombres.


¿Qué nos deja el fuego en los cuerpos y en la tierra?
El día después de la lluvia la temperatura baja, el humo se disipa y aunque la tierra sigue caliente, entre los árboles quemados, se puede ver algo más allá de las cenizas. No mucho, quizás, pero algo.
El fuego
El incendio se desató el lunes 5 de enero, alrededor de las tres de la tarde, a unos 300 metros del camino de acceso a Puerto Patriada, una de las playas más concurridas de Chubut. Más de 3.000 personas, entre locales y turistas, tuvieron que ser evacuadas en un operativo que duró hasta la madrugada.
El fuego se extendió rápidamente, rodeó al cerro Pirque y saltó la Ruta Nacional 40 hacia la zona de El Pedregoso, Epuyén y El Coihue. Según partes del Servicio Provincial del Manejo del Fuego de Chubut, hasta el 15 de enero, ya se confirmaron 24 viviendas afectadas, además de una estancia y dos complejos turísticos. Los incendios ya arrasaron con más de hectáreas de matorral, bosque implantado y nativo. Se trata de la peor tragedia ambiental en Chubut de los últimos 20 años.
En la Comarca Andina, nadie quería pensar en un nuevo incendio: no pasó ni siquiera un año del incendio en Mallín Ahogado que arrasó con más de 120 viviendas y 3.000 hectáreas de bosque y en unos días se cumplirá el primer aniversario del incendio que devastó Epuyén, el 15 de enero de 2025. Pero el año fue seco. Casi no nevó ni llovió. El calor de los primeros días de enero en la Comarca Andina era, verdaderamente, abrasador. Los pinares de siempre seguían ahí. Poco se había hecho desde el Estado para prevenir lo que, año a año, viene produciendo una catástrofe ambiental, social y humanitaria de proporciones incalculables y de efectos aún desconocidos.
“Después de un invierno atípico con temperaturas muy por sobre la media e índices de precipitaciones muy por debajo de lo normal, esperábamos tener una temporada difícil, pero no en esta época. Generalmente la época más crítica es febrero y marzo. Este incendio pone en evidencia las condiciones climáticas extremas que estamos viviendo en la Patagonia”, dice Natalia Dobransky, técnica universitaria en Gestión Integral de Incendios Forestales y jefa de la Brigada forestal de Mallín Ahogado.

El incendio, además, evidenció la falta de políticas públicas para la prevención de este tipo de catástrofes. “Puerto Patriada y Rincón de Lobos eran lugares donde siempre temíamos que hubiera un incendio. Evidentemente no hubo ninguna estrategia significativa por parte de las autoridades para evitar un incendio como este”, asegura Dobransky que cuando no está combatiendo cuerpo a cuerpo contra el fuego es docente universitaria de la carrera de Incendios Forestales de la Universidad Nacional de los Comechingones en San Luis.
Desde la brigada en la que trabaja, a las primeras horas del incendio las tomaron “con mucha cautela”.
—Principalmente porque era un día que teníamos muchas condiciones para tener un incendio de magnitud—, explica la especialista.
Casi al mismo tiempo que el fuego comenzaba en Patriada, se encendió un alerta de incendio en Loma del Medio, un área boscosa donde vive gran cantidad de gente cercana a El Bolsón, en Río Negro. En ese primer momento, las cuadrillas de la Brigada Forestal de Mallín Ahogado concentraron su trabajo allí. Pero al día siguiente, cuando éste se aplacó y ya estaba totalmente declarado el incendio en Puerto Patriada, se sumaron al operativo. Ya se había comenzado a ejecutar el ataque ampliado, explica Natalia, “el que se realiza cuando ya varias jurisdicciones forman parte de las tareas de control de los incendios, cuando estos ya se van de la capacidad de extinción de una jurisdicción”.
—Entonces, nos acoplamos a las tareas de control asistiendo al lugar y poniendo a disposición nuestras cuadrillas para el apoyo de las instituciones a cargo de la gestión del incendio.
Natalia Dobransky habla como si contara un parte médico y explica todo minuciosa y técnicamente: “Los incendios de sexto y septima generación como estos se caracterizan por la alta tasa de propagación que tienen, por afectar mucha superficie forestal y tener un comportamiento extremo que deja fuera de la capacidad de combate a los servicios de emergencia. Es decir, tiene condiciones que no permite ejecutar maniobras de control de manera segura ni rápida, por lo cual son incendios que abarcan superficies muy grandes y que implican muchos riesgos para el personal de combate y para todos los que estén cerca”.

Este incendio, además, tuvo efectos convectivos —es decir, que transfieren el calor— y un hongo de humo se alzó sobre las montañas. “Hubo dos o tres días que tuvimos pirocúmulo, una nube de tormenta que genera el propio incendio, con su propia metodología”, detalla Dobransky. Durante estos días, brigadistas y bomberos trabajaron sin parar, sobre todo durante la noche. “A diferencia de otros incendios, tuvimos muchas condiciones extremas a la noche”, dice.
La tarea empezaba muy temprano en la mañana y terminaba muy tarde en la noche. Tuvieron que organizar recambios en las cuadrillas para que hubiera tiempo de descansar, aunque en general ambos grupos estuvieron corriendo porque el comportamiento del fuego era muy extremo y necesitaban tener la mayor cantidad de personal en el lugar.
“Si no fuera por las 60 organizaciones de vecinos que estuvieron trabajando por fuera de los Servicios del Manejo del Fuego —que no forman parte de la Federación de Bomberos, pero que se han encargado de capacitarse y encontrar sus propios recursos para trabajar en este tipo de problemáticas— hubiéramos tenido muchísimas más pérdidas de viviendas y también de vidas humanas porque muchas de las evacuaciones las acompañaron las cuadrillas de vecinos. La protección civil, en muchos casos, la realizó la comunidad”.
Un brigadista de Parques Nacionales hoy trabaja en la precariedad. “Ahora contamos con un contrato anual, pero tuvimos contratos hasta de un mes y hay compañeros que hace 20 años trabajan contratados. Además, de 600 brigadistas que somos entre el Servicio Nacional de Manejo del Fuego y Parques Nacionales, ninguno forma parte de la planta permanente del Estado. Trabajamos en la incertidumbre constante”, relata Hernán Mondino, brigadista del Parque Nacional Los Alerces en Chubut.
Hoy el salario de un brigadista ronda entre los $860.000 en la Patagonia y $600.000 en otras zonas del país. Según el INDEC, en diciembre una familia tipo necesitó más de $1.300.000 para no ser pobre en la Argentina. Poner la vida en peligro por salarios de pobreza.
XXX
—Acá te traje el aceite para el camión. Me siento un minuto a hacer una nota y sigo— dice Carito, que desde el martes 6 de enero está en el gazebo del CIC, casi sin dormir. Lo único que está faltando es aceite cuatro tiempos.
Carito es integrante de la Mesa de Gestión del Centro Integrador Comunitario (CIC) del Barrio Primavera de El Bolsón. El CIC es una de las organizaciones más importantes que comenzó a funcionar como centro solidario de asistencia el año pasado durante el incendio de Mallín Ahogado, cuando se preguntaron en qué podían colaborar y abrieron las puertas del centro comunitario. “Ahí la gente empezó a caer, empezamos a hacer viandas, a recibir donaciones y gestionar necesidades”, recuerda. Con esa experiencia a cuestas, durante el año mantuvieron charlas con otras organizaciones, “porque la red fue lo que sostuvo el incendio de Mallín, sobre todo a brigadistas y autoconvocadxs”, dice.
El lunes 5 de enero, empezó todo otra vez. El ardor en la garganta, la taquicardia, la desesperación.
—Empezamos a ya no poder estar en casa— cuenta Carito— a preguntarnos qué hacemos. Quienes combaten el fuego empezaron a buscar la ropa y quienes acompañamos de otra manera pensamos qué podíamos hacer.
Entonces, instalaron el gazebo del CIC en la interacción entre la Ruta 40 y el Puente Salamín, un punto que resultó estratégico porque unía los dos sectores más afectados, Patriada y El Pedregoso. Rápidamente se convirtió en lugar de encuentro, centro de logística, reparto de viandas, ropa de trabajo, nafta e insumos para las maquinarias. “Acá pusimos el puesto para recibir la comida que Galeano, el centro cultural, nos mandaba, que después empezó a venir de todos los lugares. Empezamos a gestionar el tema salud, con el camión todos los días con la enfermera, las médicas y el equipo de salud mental que vienen acompañando sobre todo a los brigadistas, brigadistas autoconvocadxs y a la gente en general”, relata Carito.
—Y desde el martes no nos fuimos más.


Cecilia Reigenborn, Suboficial mayor de Bomberos Voluntarios de Epuyén, se apoya en un camión americano de 1978 al que llama uno de sus “caballitos de batalla”, porque trabajó tanto en este incendio como en los del año pasado.
—En lo que es móviles ahí estamos un poco complicados. Lamentablemente no llegó todavía el camión forestal. Ya lo compramos, viene de Europa, pasó a la aduana, estaba en un taller, se dilató esa cuestión y acá todavía no llegó-, dice.
Este incendio les dio algo de tiempo. El fuego rodeó al pueblo de Epuyén de los dos lados, desde el lago y por la ladera del Pirque. “El incendio en las noches se aplaca y generalmente es el momento en que los brigadistas bajan, descansan, y al otro día empiezan temprano. Esa noche no se aplacó en ningún momento, hizo como si fueran las cuatro de la tarde y a la madrugada, se vino. Lo teníamos acá”, relata. Su trabajo, cuando el fuego estuvo cerca, fue ayudar a las personas a evacuar y ver qué recursos para atacar el incendio tenían quienes querían quedarse en sus hogares.
Mientras Cecilia Reigenborn, la bombera voluntaria, combatía el incendio, a su vez, sostenía su trabajo como empleada en la estación de servicio de la localidad porque no le dieron los días, y le decía su hija a los ojos que la perdone, pero que esta vez, su cumpleaños se iba a tener que postergar.
—El otro caballito de batalla es del 86’y está ahora fuera de servicio porque tiene una pérdida de agua—, sigue contando. —En este incendio y en el del año pasado estuvieron los dos, hasta que llega un punto en que son como nosotros: ya no dan más, necesitan descansar.
Ahora, lo que se viene es acomodarse, ver qué es lo que perdió, qué es lo que hay que arreglar. “Limpiarnos”, dice Cecilia, “en todo sentido”. Lo sabe porque el año pasado, después del incendio se acostaba y con los ojos cerrados veía el fuego. Soñaba con fuego.
—Limpiar todo—,continúa—las mangas que tienen tierra quemada, los trajes, pero también, a nosotros, para poder seguir.


Angie Calero es una comunicadora de la radio comunitaria Radio Fogón, de El Hoyo, donde desde el primer día se realizaron transmisiones donde se escucharon las voces tierra adentro del incendio. “El rol de la radio comunitaria tiene que ver con sostener a la comunidad, es un espacio de memoria colectiva”, asegura. “Vamos construyendo la información desde un lugar de acceso al barrio, al vecino”.
—Este fuego nos deja la certeza que hay un plan sistemático de gentrificación y de desgaste. Este fuego también nos deja que, de este plan sistemático de destrucción, surge de la humanidad la resistencia humanizada.
En la Brigada Voluntaria de Paraje Entre Ríos muchas de las mujeres que participan son madres y la mayoría, trabaja en negro. “Estos días tuve que dejar de trabajar y no cobramos”, cuenta una de ellas.
“Hasta ese momento dije: yo no me meto en ningún fuego, puedo cuidar a los peques o cocinar. Pero hay un nivel de frustración y ansiedad que tenés que trasladar a la acción”, relata una de las brigadistas voluntarias. “Ah, miren el grupo de las chicas”, les decían brigadistas varones cuando las veían en acción, sorprendidos y tal vez preguntándose por lo bajo: ¿por qué están acá y no haciendo viandas? “El riesgo que se corre es muy grande, pero el territorio es tan importante para nosotras, la impotencia de quedarnos en casa no la concebimos como posibilidad. Entendiendo que el Estado no está haciendo prevención”, dice otra de ellas.
La Brigada se conformó el año pasado con el incendio de Mallín Ahogado. Desde el primer día de este incendio volvieron a juntarse, armaron una base operativa en una chacra amiga y desde ahí, no pararon. “Fueron días profundos, fuertes”, relatan. “¿Qué nos deja? Conocer a tus vecinos, yo ahora sé cómo se llama cada callejón, tengo el teléfono de esos vecinos, me vieron, charlamos, compartimos con una paisana o un paisano, que también deja de vernos como el enemigo”, cuentan.
La lluvia
Cada quien, tenía su ritual, íntimo o colectivo, público o privado, para pedir la lluvia.
“Yo le cantaba al canal de casa y tiraba agua para arriba, “a las mañanas, cuando salía al trabajo (lo sigo haciendo) le pido al cielo templanza y agua”. “Yo estiro los brazos y hago un temblequeo de manos, como una vibración en las manos y digo shhh!, como haciendo sonido de la lluvia”. “Yo arme una cadena de oración”. “Nguillatun (ceremonia ancestral mapuche) para pedir mawün (lluvia)”. “Trabajar codo a codo con un objetivo común fue nuestro mejor ritual”.
La lluvia del domingo 11 de enero trajo consigo, el alivio.
El día después de la lluvia, Ayelén Mailín Montenegro desarmó al mismo tiempo el árbol de navidad y las cosas de la evacuación. Durante los días del incendio, llevó a sus hijos a otro lado. “Busquen lo irremplazable”, les dijo, como el peluche, el juguete que les regaló la abuela.
–Es bastante complejo contener a las infancias, tratar de contenerse uno, ver lo que pasa y rezarle a lo que creas–, dice ahora, mientras contempla la montaña y las manchas que dejó el fuego.
Ayelén es productora, junto a su compañero forma parte de la UTT (Unión de Trabajadores de la Tierra) y el fuego llegó hasta la ladera metros antes de llegar a la chacra donde vive en El Desemboque, El Hoyo. “Lo veíamos lejano, estaba justo al otro lado del Derrumbe, pero el 6 ya empezó a cruzar para este lado, todo esto que se ve allá arriba. Desde el 6 hasta el 9 que lo pudieron controlar, vinieron brigadistas de la Rinconada Nahuelpan, los de la Brigada Forestal de Mallín, a orientarlos de por dónde armar los cortafuegos”, relata.


En la chacra tienen producción ovina, una huerta familiar, gallinero y un emprendimiento de secado de bayas y flores. Sabe que el daño del fuego es profundo y afectará a todo el entramado productivo local.
—Por ejemplo, si tenés colmenas, lográs salvarlas, ya no hay dónde se alimenten las abejas. Después de que esto pase hay que reorganizar el sistema productivo, la zona que se quemó es una zona productiva.
Racismo y persecución
En Puerto Patriada, a pocos metros de donde se inició el incendio, se ubica la comunidad Pulgar Huentuquidel. En el predio, un arbusto con adornos de navidad y un galpón de madera es lo único que queda en pie. En la tranquera de la comunidad, hay estacionado un móvil de televisión.
Margarita Muñoz, una señora con el rostro aún tiznado de negro, camina por el lugar. Está incomunicada. Esa mañana allanaron la casa de su hija, la que quedó en pie, y se llevaron los celulares. Un chivo la sigue detrás y cada tanto le hace un mimo con la cabeza, mientras Margarita señala el lugar donde se quemaron sus caballos o por dónde pasó el fuego y hace figuras invisibles con las manos: acá estaba la cocina, acá la habitación. Ya no hay nada más que escombros.
Desde el primer momento, tanto el gobernador Ignacio “Nacho” Torres como la justicia y gobierno nacional, apuntaron a la intencionalidad de los incendios. Para el Ministerio de Seguridad se trató de “grupos terroristas autodenominados mapuches”. Una acusación infundada, que carece de pruebas concretas y que pocos de los que viven en la zona, creen.
Los operativos en la comunidad Pulgar se ordenaron después de una revisión de cámaras de seguridad. De acuerdo con la Policía, les resultó sospechoso que dos camionetas descendieron desde Puerto Patriada hacia El Hoyo cargadas con cajas y pertenencias, como una “mudanza”.

“Cuando vimos el incendio, pudimos cargar lo que cargamos en las camionetas y salimos”, relató Rocío Brizuela, la hija de Margarita, trabajadora de Puerto Patriada, en una entrevista más parecida a un interrogatorio con A24. “Ninguna familia es paz y amor entre todos, y no por eso, vamos a incendiar ni nada por el estilo”, sostuvo.
Lo que el fuego nos dejó
No se sabe con certeza qué los ocasiona ni qué pasará con esas tierras quemadas. Pero hay algo que sí pueden decir quienes estuvieron cuerpo a cuerpo contra las llamas.
“Rescatar la solidaridad, el afán de ayudar, de colaborar en lo que se pueda. Desde el agua hasta personas que ofrecen su wi-fi, su enchufe para cargar celulares,” dice Cecilia. Para Natalia, “la comunidad, cuando se organiza y se solidariza, puede mejorar considerablemente estos eventos mitigando los daños”.
Carito vive estos días con un poco más de tranquilidad por la lluvia, “pero sin relajarse”. Saben que el fuego sigue en la tierra, los árboles se queman desde abajo, que hay que seguir con las guardias de ceniza. Y que ahora viene toda la otra parte: “Un montón de familias que se quedaron sin nada, gente que necesita manos para la reconstrucción y apañe, abrazo, mirada y contención. Y ahí empiezo a llorar, pero no quiero”.
—¿Qué es lo que se sostiene desde estas redes?
—Todo, acá se sostiene la vida.
Al cierre de esta nota, una llovizna empezó a caer y, según informó el Servicio Provincial del Manejo del Fuego, el incendió “está contenido en un 85%”.