El movimiento “Time´s Up” y el local “No Nos Callamos Más” son expresiones de hartazgo de las mujeres, trans y lesbianas de la cultura. De Harvey Weinstein a Raúl Lavié, las acusaciones demuestran el fin de la tolerancia hacia la discrecionalidad del campo cultural y de la justicia para con los abusos y violaciones y el fin de la permisividad. Basta. Asistimos a un revisionismo de las prácticas sexuales y sociales: eso que me pasó en la infancia, eso que me dijo, esa vez que tuvimos sexo, es leído ahora con la lupa de la política sexual, la inequidad en la distribución del poder, y la naturalización de roles de género binarios que construyen mujeres dóciles y varones prepotentes. El mundo del cine y de la música presentan a diario denuncias públicas, ahora llegó el turno de las organizaciones populares.

“El 8 de julio de 2017 se realizó una peña, estuve ahí desde las 23 y sí, tomé de más”, relata Rocío. Después de esa peña en una Unidad básica de La Plata, fue con compañeras y compañeros de su organización a un conocido bar de la ciudad a seguir la fiesta. Desde la 1 de la madrugada en adelante, Rocío sólo tiene recuerdos borrosos, fragmentarios. Un destello de conciencia: se encuentra con FNC en la puerta del bar y coquetean. Otro: está con más personas en el auto de FNC, él se ofrece a llevarla a su casa. En el siguiente recuerdo Rocío está desnuda en la cama de ese compañero de organización y le pide que se ponga un preservativo. A la mañana siguiente, él la lleva a su casa y acuerdan guardar el secreto, FNC estaba en pareja.

“¡Sola, borracha, quiero llegar a casa!”, es el canto que inunda hoy las calles de España y que derrama en todos los ámbitos feministas y populares. El reclamo hace referencia a la sentencia de “la manada”: una mujer fue violentada por 5 varones que la forzaron a tener sexo y la justicia española (donde los términos jurídicos no son equivalentes con los argentinos) indicó que no se trató de una violación sino de un abuso sexual, porque en los videos aportados no se veía a la víctima resistir el ataque, lo cual sería indicio de que “la manada” no usó la violencia.

En la Argentina, el baterista de la popular banda de rock Pez fue acusado públicamente de abuso sexual por una joven que manifestó estar en estado de ebriedad cuando el músico abusó de ella e inauguró una serie de denuncias similares contra los músicos de esa y otras bandas.

Borracha o no, un día Rocío no se calló más y le puso palabras a lo que hacía meses le pesaba en el cuerpo. Entonces dijo “violación” en el lugar donde todos sus compañeros de organización veían despecho y arribismo. Para romper con el silencio necesitó ayuda. Durante el Encuentro Nacional de Mujeres de 2017, en Chaco, una compañera del Frente de Mujeres de Peronismo Militante de La Plata la ayudó a deconstruir su historia con ese referente con el que Rocío se había ido del bar. Después sólo tuvo que leer el código penal, ahí estaba: si no hay consentimiento, es violación.

El artículo 119 que leyó Rocío, estudiante de Derecho de 22 años, establece que “Será reprimido con reclusión o prisión de seis meses a cuatro años el que abusare sexualmente de persona de uno u otro sexo (…)  cuando mediare violencia, amenaza, abuso coactivo o intimidatorio de una relación de dependencia, de autoridad, o de poder, o aprovechándose de que la víctima por cualquier causa no haya podido consentir libremente la acción. (…) La pena será de seis a quince años de reclusión o prisión cuando mediando las circunstancias del primer párrafo hubiere acceso carnal por cualquier vía”.

Para Elizabeth Gómez Alcorta, abogada que acompaña a Rocío, se trata de “un acto sexual sobre una persona que está inconsciente, es decir que no puede prestar su consentimiento, es lo mismo que si estuviese dormida: eso es una violación”. El viernes 12 de mayo las abogadas de Rocío hicieron la presentación formal de la denuncia en la Unidad Fiscal de Investigación de turno.

Antes de que Rocío hiciera público su abuso salieron a la luz situaciones similares en las que FNC ejercía violencias machistas contra compañeras de la organización. Aunque fue apartado temporalmente, FNC no dejó de asistir a las actividades militantes y en su muro de Facebook manifestó que las acusaciones de Rocío, avaladas por el Frente de Mujeres de su organización, eran falsas y que “fueron usadas con fines rupturistas y destructivos, deslegitimando una causa justa y noble como es la lucha por la igualdad de géneros”.

 

 

“F. vale más que cinco compañeras”, habría dicho el responsable político regional de La Plata. Finalmente, la compañeras abandonaron la organización y el acusado fue expulsado.

El comunicado emitido por el Frente de Mujeres, firmado por más de 80 militantes, hace alusión a una “estafa militante” y para terminar afirma: “La contradicción es Patria o Colonia. No hay Patria sin Justicia Social. No hay Justicia Social sin Feminismo”

 

 

La particularidad del caso de Rocío radica en el contexto en el que se da la violencia sexual. El ámbito de la militancia política popular se espera exento de abusos de poder. En un espacio donde se alzan las banderas de la justicia social, la emancipación y la igualdad, encontrar que un referente o un compañero violenta la voluntad de una persona es, por lo menos, una excusa para detenerlo todo y pensar la política en la vida cotidiana de las organizaciones.

Un epígrafe del libro Oración de la escritora María Moreno, de reciente publicación, cita un fragmento del clásico de Pilar Calveiro Poder y desaparición: “Las mujeres ostentaban una enorme liberalidad sexual, eran malas amas de casa, malas madres, malas esposas y particularmente crueles. (…) El prototipo construido correspondía perfectamente con la descripción que hizo un suboficial chileno, ex alumno de la Escuela de la Américas, como muchos militares argentinos: “…cuando una mujer era guerrillera, era muy peligrosa: en eso insistían mucho (los instructores de la escuela), que las mujeres eran extremadamente peligrosas. Siempre eran apasionadas y prostitutas y buscaban hombres”.

La reacción machista por excelencia al momento de responder a las denuncias públicas de abusos o violación por parte de mujeres jóvenes es acudir al mito de la mujer fácil como justificativo de la ofensiva sexual. Que le gusta divertirse y tener sexo, que estaba borracha, es leído como un disvalor moral que justifica el arrebato avasallador, incluso la condición de superioridad política del abusador puede ser considerada como un atractivo por el cual la mujer estaría dispuesta a todo. Esta justificación de la violación por la fama o el poder también se repite en los casos de abusos en el rock: que ella quería colgarse de la fama o el poder y que ahora, despechada, está arrepentida. Un mito más viejo que la hombría.

Mientras el abuso que sufrió Rocío podía ser puesto en palabras sólo con el motor de su valentía y “la espalda de las compañeras”, según ella narra, dentro de Peronismo Militante se creó un Frente de Mujeres y se propuso la conformación de un Protocolo contra la violencia de género y una mesa de denuncias.

Son varias las organizaciones que entre 2017 y 2018 empezaron a armar sus protocolos. En Izquierda Socialista a fines del año 2017 expulsaron a un militante por una situación de violencia sexual y a principios de 2018 crearon un protocolo de acción para abordar esos casos. Para la diputada provincial electa Mercedes Trimarchi, referente de género de Izquierda Socialista, la creación del protocolo “tiene que ver con el avance del movimiento de mujeres”. Izquierda Socialista cuenta, además, con una Comisión de moral que según Trimarchi “es independiente de la dirección partidaria y se encarga de investigar absolutamente todos los casos que atentan contra la moral revolucionaria, no sólo sobre violencia de género. La moral revolucionaria, muchos autores marxistas han escrito sobre ello, en relación a la vida interna del partido significa, sintéticamente, tener un trato fraternal entre compañeras y compañeros, de respeto y cuidado mutuo”, explica luego de lamentar la ridiculización a la que fue sujeta dicha comisión en la red social sarcástica por excelencia.

En la organización política y social El Hormiguero también construyeron un “Protocolo de actuación ante situaciones de discriminación por cuestiones de género y/o violencia de género” como una de las primeras tareas del Frente Feminista. El protocolo de El Hormiguero partió de tres premisas básicas, según la referenta del Frente, Agostina Agudín:

  •    una base no punitivista, entendiendo que la herramienta para la transformación no es la punición sino la elaboración de estrategias para transformar prácticas patriarcales en el ámbito de la militancia.
  •    se acompañará y priorizará a las compañeras que transiten situaciones de violencia.
  •    no se protegerán ni ocultarán situaciones de violencia machista sin importar el rol que ocupe el compañero.

 

La pregunta por la pertinencia del escrache como método, de la denuncia pública se haga o no una denuncia judicial, aparece con la fuerza de una contradicción urgente. “Feminismo no es punitivismo” se dijo desde el movimiento feminista cada vez que fue posible, “no en nuestro nombre” se expresó cuando la Gobernadora María Eugenia Vidal intentó justificar la violencia institucional mediante las persecución de las violencias machistas en el caso de Lucas Cabello. ¿Porqué un conflicto de raigambre sistémica y social, como entiende el feminismo a la violencia patriarcal, podría ser resuelto con la lógica de la punición individual? ¿Por qué acudiría el feminismo a una justicia funcional al patriarcado?

“Nosotros los juzgamos al interior de nuestra organización. Pero en algunos casos, cuando la víctima así lo dispuso, acompañamos lo que la víctima quiere hacer”, respondió la referente de Izquierda Socialista a la pregunta por la recurrencia a la justicia burguesa. En El Hormiguero, cuenta Agudín: “abarcamos todas las violencias menos la violencia sexual que excede al protocolo y, si sucede, se deriva a la Justicia”.

 

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Como varias de sus compañeras, Rocío abandonó la organización, “expulsaron a F. pero nosotras nos fuimos por la complicidad con la que se manejaron nuestros referentes”, contó a LatFem. El feminismo y la agenda de género irrumpió hace algunos años con una fuerza que movió el tablero en todos los espacios institucionales, incluso en la militancia popular. “Si es necesario que volvamos a ser sólo hombres en la organización, como cuando empezamos, no tengo problema”, habría dicho el mismo referente regional acusado de complicidad con el ofensor sexual de Rocío.

¿Se ha vuelto una amenaza para las jerarquías tradicionales la potencia de los espacios de género? La fortaleza cuantitativa y cualitativa del movimiento feminista ha sido demostrada en las calles y en la disputa legislativa. ¿Puede este desmarcamiento ser resistido por los partidos y organizaciones populares? “Formamos el Frente de Mujeres para trabajar género dentro del Peronismo y nos convertimos en un riesgo, para ellos estábamos demasiado formadas, le dábamos demasiada importancia al feminismo. Yo creo que dentro de la organización se aprovechó nuestra  denuncia para corrernos, hablábamos demasiado”, reflexiona Rocío.

La fortaleza de mujeres como Rocío marcan el paso de la historia. No nos callamos más ha llegado a la política y las consecuencias de este desembarco son aún inconmensurables. Lo esperable es que la paridad sea asumida como un deseo colectivo, que puedan darse instancias internas a las organizaciones donde se construya justicia, como los protocolos, y que estas conquistas no signifiquen la reversión de mezquindades binarias y autoritarias sino el ingreso de las organizaciones y partidos populares a un mundo cada vez menos machista y por tanto más justo.

 


Nota orginal publicada en El Cohete a la luna/El compañero violador