Imágenes: N.A.S.A.
EL 20 de julio de 1969 el mundo se reunía alrededor de televisores blanco y negro para observar la imagen difusa y pixelada de Neil Armstrong pisando la luna por primera vez. “Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad” se convertía en la frase emblema de aquel primer alunizaje a bordo del Apolo 11, en plena Guerra Fría. Se estima que más de 650 millones de personas siguieron la misión en directo: casi una quinta parte de la población mundial de ese momento. Menos de un año después, durante la misión de Apolo 13, una grave incidencia obligó a abortar el alunizaje en plena órbita lunar: tras la explosión de un tanque de oxígeno, los astronautas tuvieron que improvisar maniobras de emergencia y emprender un regreso urgente a la Tierra. Los equipos de comunicación se prepararon para gestionar el impacto inmediato. Pero entonces ya nadie los estaba mirando: apenas minutos antes del caos, habían realizado una transmisión especial desde la nave en la que mostraban la vida en ingravidez y compartían detalles cotidianos y técnicos. Casi ninguna cadena de televisión la emitió.
Sólo cuando el peligro se volvió evidente, el Apolo 13 volvió a existir.
¿Aun lo absolutamente extraordinario nos domestica? Podemos pensar que el acostumbramiento del espectador es un signo de época: más información, más inmediatez, más fuentes, canales y voces en simultáneo. Más ruido. Pero quizá también sea un signo de coyuntura. ¿Cuándo miramos por fuera de la agenda que nos apremia? ¿Y cuánto tiempo somos capaces de mirar? Mientras en el mundo hay invasiones, guerras y genocidios, y en nuestros países una nueva ola de saqueos a los recursos naturales, económicos e intelectuales, mirar otros horizontes parece un privilegio. Pero, de un momento a otro, irrumpe como una necesidad visceral.
“Quizás no haya mejor ejemplo de la insensatez de la arrogancia humana que esta imagen lejana de nuestro diminuto mundo.” Carl Sagan
En julio y agosto del año pasado el streaming del CONICET en el cañón submarino Mar del Plata reunió a miles de espectadores durante casi tres semanas. Empezó tímido, mientras los científicos a cargo celebraban los primeros 2 ó 3 mil conectados, y terminó con picos lisérgicos de 80 mil visualizaciones en simultáneo. Fue un increscendo inesperado pero a la vez orgánico. Nadie planificó tal magnitud, pero todos nos subimos sin pensar. Al fenómeno se le sumó una estrategia comunicacional y pedagógica, acompañada por el crisol de contenidos que impulsa internet: memes, merchandising, denuncia política.
En este caso, Artemis ll, la segunda misión del nuevo programa lunar de la NASA, tuvo que colarse poco a poco en el ecosistema del hiperstreaming de la comunicación actual. Para ello contó historias, pactó con plataformas de contenido on demand y logró un lanzamiento con 18 millones de espectadores sólo en el canal oficial estatal. Así se fue metiendo en los hogares: traduciendo a lenguajes accesibles qué implica una corrección de órbita, un escudo térmico o una asistencia gravitacional. Pero también contando historias personales: mostrando a la tripulación de Orión bautizar como “Carrol” un nuevo cráter descubierto en la Luna, en honor a la esposa fallecida del comandante Reid Wiseman; presentando a la astronauta Christina Koch como la “plomera espacial” de la misión mientras arreglaba un inodoro atascado; o simplemente compartiendo en vivo cómo comían macarrones con queso. Días después, cuando la nave rodeó la Luna y permitió observar su lado “oscuro” (oscuro para nosotros, que vemos siempre el mismo lado), los ojos de la Tierra ya estaban puestos allí. Solo en el canal de YouTube de la NASA, se conectaron casi 27 millones de personas para ver ese momento clave de la misión. A más de 400 mil kilómetros de distancia, vimos cómo nuestro satélite eclipsaba la Tierra y descubrimos, como nunca antes, su cara oculta.


Apenas un punto en el espacio
“Vuelve a mirar ese punto. Ahí estamos. Ése es nuestro hogar. Somos nosotros”, escribió el astrofísico y divulgador científico Carl Sagan en Pale Blue Dot (“Un punto azul pálido”), el texto en el que reflexiona sobre la fotografía tomada por la sonda espacial de investigación Voyager 1, en 1990. La imagen es borrosa: un halo de luz solar atraviesa el encuadre y, en medio de esa inmensidad, aparece un punto casi imperceptible. Nuestro planeta.
Antes de que la NASA apagara las cámaras de la sonda para ahorrar energía, Sagan había insistido en girarlas una última vez hacia la Tierra. Sabía que la imagen no tendría valor científico, pero sí la potencia de mostrar la fragilidad de nuestro hogar en el cosmos.
Mientras en el mundo hay invasiones, guerras y genocidios, y en nuestros países una nueva ola de saqueos a los recursos naturales, económicos e intelectuales, mirar otros horizontes parece un privilegio.
Este 6 de abril volvimos a tener una fotografía actualizada de “todos nosotros”. Pudimos comprobar que, incluso en la era más primitiva y descontrolada de la IA, las pantallas nos siguen mostrando cosas reales. Y nos frotamos los ojos para recordar cómo es ver lo real: ése es nuestro planeta, ésa es nuestra luna. Así de chiquitos somos. Pudimos maravillarnos frente a eso que nos une como especie: la pulsión de exploración. Nos emociona el mar y nos emociona el espacio porque nos fascina lo desconocido, y porque eso es lo que ha impulsado a nuestra especie a la mayoría de las cosas: las buenas y las malas, las inútiles y las que lo cambiaron todo.
El streaming del CONICET bajo el mar argentino tuvo un componente político claro: lo siguió, en gran medida, un público atento a la defensa de la ciencia pública, los recursos naturales y el acceso al conocimiento. El de la NASA, en cambio, tuvo que sortear otros prejuicios: las falsas dicotomías entre ciencia y sostenibilidad, entre investigación y poder, entre lo urgente en la Tierra y lo posible en el espacio. Le costó más ganarse el derecho a la emoción.
Podría pensarse que lo que triunfa hoy es cierta épica de la interfaz: consumir en vivo, pertenecer a través de memes, aprenderse titulares. Pero lo que emerge con mayor fuerza es otra cosa. Por un lado, la necesidad de salir de una cotidianeidad que aplasta y desespera, de mirar otros horizontes que despejen la vista. Por otro, la potencia de hacerlo desde lo positivo: cuando el contenido es claro, bello y accesible, el público responde. El conocimiento todavía garpa.

Un oasis que cuidar
Desde la nave Orión, el astronauta Victor Glover dedicó unas palabras a la Tierra: “En todo este vacío que llamamos universo, ustedes tienen un oasis, este lugar hermoso en el que podemos existir juntos”, dijo. Visto desde afuera, nuestro planeta se vuelve una bola azul que no distingue fronteras, conflictos ni desigualdades. Por eso muchos astronautas, al contemplarlo por primera vez, atraviesan un cambio cognitivo conocido como “overview effect” (efecto perspectiva): una mezcla de asombro profundo y responsabilidad urgente por cuidarlo.
¿Hace falta viajar al espacio para acercarse a esa perspectiva? ¿Qué vemos cuando miramos desde nuestra ventana o desde una pantalla? Tal vez el efecto streaming también nos acerque a algo de eso. Tal vez alcance con una fotografía. O con una descripción precisa, como la de Carl Sagan en Pale Blue Dot: “Se dice que la astronomía es una experiencia que nos enseña humildad y nos forja el carácter. Quizás no haya mejor ejemplo de la insensatez de la arrogancia humana que esta imagen lejana de nuestro diminuto mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos con más amabilidad y de preservar y cuidar este pequeño punto azul, el único hogar que hemos conocido”.