Fotos: Jairo Vargas / Gentileza Random House
“Travestido de campera roja que circula por Santiago del Estero en cercanías a la avenida Garay realizó el pasamanos con un masculino que se retiró de la zona para el lado de la terminal”. Eso les suelen modular por la radio a los efectivos policiales desde el centro de monitoreo urbano que el Gobierno de la Ciudad se enorgullece de anunciar como el más grande de América Latina. Ubicado en el barrio de la Chacarita, es una especie de Gran Hermano o Gran Vecino que monitorea, a través de domos con cámaras gigantes, algunos puntos de la Ciudad de Buenos Aires.
“Con estas pantallas de última tecnología se puede saber hasta si el cigarrillo que una persona está fumando en la vía pública es de tabaco o marihuana. Se logra ver perfectamente con solo hacerle zoom”, nos dijo una vez un oficial a modo de explicación cuando detuvo a una compañera por una modulación que recibió en su radio.
Cuando reciben esta clase de modulaciones, y sin consulta previa a la fiscalía, los efectivos disponen abrirle la cartera a la compañera, contarle el dinero, abrirle la boca, pedirle que suba la lengua, luego que la baje, que abra las piernas; que proceda a hacer flexiones, a toser, a bajarse el pantalón, a abrir los cachetes del culo y dejar que dilate para que el policía pueda meter el dedo y ver si en sus recovecos da con los envoltorios. De no hallarse nada, le toma los datos a la compañera y le pide que se retire.
Todo eso, en pleno espacio público. El procedimiento puede ser de día, de tarde o de noche. Solo cuando alguna suplica poder desnudarse en un ámbito más privado los efectivos proceden a llevarla a la habitación de un hotel transitorio.
“Negativo” es lo que suelen decir para dar por finalizado ese trato inhumano, vejatorio y violento. Y, si a alguna compañera le encuentran entre sus pertenencias envoltorios para la comercialización, el procedimiento se desarrollará según qué policía le toque. Algunos se quedan con los envoltorios a cambio de que se retire del lugar sin hacer ningún escándalo.
—Ya está, perdiste. Es esto, o doy aviso a la fiscalía.

Si en el procedimiento encuentran dinero, te lo roban o separan como evidencia un monto menor al que había. Por ejemplo: una compañera llevaba setenta mil pesos y ellos anotaron diecisiete mil en el acta de objetos secuestrados. El verdadero pasamanos es lo que termina haciendo la policía.
A veces proceden a realizar el análisis de la sustancia secuestrada en los envoltorios. Si el reactivo se pone azul, como el color de las fuerzas represivas, estás hasta las tetas. Pero, cuando queda en evidencia que se trata del famoso cucho, te hacen un acta y te solicitan que te retires del lugar. “Cada reactivo tiene un valor de cincuenta dólares”, nos dijo el recién asumido comisario de la zona que, apenas pisó Constitución, prometió luchar y terminar con el narcotráfico y la venta de drogas.
“Vamos, chicas, a portarse bien, que este domingo quiero comer un asadito”, comentó cierta vez un policía en un operativo en el que se llevaron todo lo que encontraron, sin actas, sin consulta a la fiscalía y con la impunidad de saber que, como las otras estaban en un lugar de mucho menos poder, no harían denuncia alguna.
Así venden, hacia afuera, la lucha contra las drogas y, hacia adentro, hacen caja policial, ya no cobrando coimas —como solía ocurrir con antigüedad—, sino robándoles a las compañeras en la cara, directamente.
A Suly y a Perol las engancharon una madrugada contando la guita que habían hecho en la calle. Las sometieron a todo el procedimiento con apertura de piernas y flexiones, y les pidieron que hicieran fuerzas con el dedo policial en el culo, para ver si expulsaban algún envoltorio. Perol hizo tanta fuerza que terminó por cagarle en la mano a la cobani. Con cara de asco, la femenina se enderezó y, ante el pedido de perdón por parte de Perol, le metió un bife en la cara. Se llevaron todo el dinero que encontraron y, sin dejar acta alguna, les dijeron a Susy y a Perol que para recuperar la plata pasaran por la comisaría con un comprobante que evidenciara de dónde provenía la guita. Caso contrario, que la dieran por perdida.
El sábado 10 de marzo de 2024, nos llegó una alerta al grupo de WhatsApp. Recuerdo la fecha porque fue en la previa de la celebración del vigésimo noveno aniversario de la organización. Estábamos disfrutando de una cerveza en un bar por la zona y salimos corriendo a ver qué pasaba con las dos compañeras que se encontraban contra la pared de un hotel transitorio en un procedimiento policial modulado por el centro de monitoreo urbano.
El pasamanos se habría dado entre una compañera trans y una mujer cis de nacionalidad dominicana. El oficial relataba que le modularon un pase de mano a mano y que al revisarlas no se encontraron envoltorios, sino dinero.
La mujer de nacionalidad dominicana salió del hotel transitorio llorando, les explicó a los oficiales que ella era vendedora de cosméticos y que había pasado a cobrar un perfume. Que podía mostrar su teléfono celular, que ahí publicaba sus ventas en los estados de WhatsApp y que, además, tenía una página en Facebook. En la desesperación por no perder su dinero, abrió su mochila y exhibió cremas, desodorantes, jabones y perfumes. Imploró que sus hijos no habían podido arrancar las clases porque ella todavía no había juntado la plata para comprarles los útiles y las zapatillas. Pero sus lágrimas no conmovieron a ninguno de los ratis, que se alzaron con los ochenta mil pesos y le advirtieron que buscara otro modo de cobrar sus deudas porque, si la veían de nuevo, la llevaban presa. La mujer decidió hacer la denuncia, pero hasta el momento ninguna fiscalía le devolvió su dinero.
Tal como refiere literalmente la palabra, el pasamanos consiste en pasar algo de una mano a otra. Ese movimiento de manos captado por las cámaras desata alertas permanentes que dan lugar a que la compañera por la que modularon sea —en lenguaje policial— intervenida, pero también robada y violentada. No lo hace un solo efectivo de la policía. Los operativos para dar con la del pasamanos suelen ser exagerados, desmedidos, arbitrarios: cuatro patrulleros, más de diez efectivos para una sola travesti, para una sola puta.

Cuando la cana se retira, la compañera zafa de marchar al calabozo, pero no de la marca de ser la transa, la peligrosa, la narco, la que vende. Aunque no le haya encontrado envoltorio alguno ni en sus pertenencias ni en su culo. Es el estigma de las “narcotravestis”, “las reynas narcos” o “las transas del barrio”, que se construye sobre las compañeras trans. Esa palabra, transa, utilizada para estigmatizar, fue impuesta por el lunfardo policial para marcar a las personas peligrosas, las que venden. Rara vez la usan las personas que habitan el barrio. Para nosotros, transa es la policía.
La gorra suele quedar bien parada con los vecinos que exigen mayor presencia policial y el Gobierno muestra, con fotos de los procedimientos, cómo lleva exitosamente adelante la lucha contra el narcotráfico en la Ciudad de Buenos Aires.
Que las compañeras vean más redituable hacer el pasamanos e invertir en una piedra y fraccionarla con antigripal, bicarbonato, ibuprofeno o azúcar que ejercer el trabajo sexual o cualquier otro trabajo informal, precario, sin derechos y sin políticas sociales es una discusión que debemos tener sin juzgarlas, sin señalarlas, sin condenarlas, sin convertirnos en las policías de la moral.
Esa conversación es parte de la reconstrucción del tejido social. Discutir con ellas, con nosotras y no discutir sobre nosotras y sin nosotras. En eso el Estado fracasó: la institucionalidad se alejó de las bases y lo que tuvo para ofrecer no llena heladeras ni paga las cuentas ni propone mejores condiciones materiales. La distancia entre Estado, política y pueblo no puede seguir siendo tan grande, tan infantilizadora, tan de políticas de maquillaje, tan punitiva. Hay compañeras que hacen el pasamanos y, además, ejercen el trabajo sexual.
Hay compañeras que hacen el pasamanos y a la vez venden comida, café en invierno, helado en verano. Hay compañeras que venden cuchos y, además, están en situación de calle y con consumo problemático. Vender las bolsitas les permite pagar dos horas el turno en un hotel para bañarse, para comprarse un plato de comida o para dormir una noche en una cama y no sobre un pedazo de cartón. ¿Lo único que tenemos para ofrecerles es la cárcel?