Paula Mónaco Felipe: “La fiscal muestra que hay otra justicia posible”

Entrevista a Paula Mónaco Felipe sobre la serie documental “La fiscal”, que acompaña en tiempo real el trabajo de Sayuri Herrera, la primera persona que lideró la Fiscalía de Investigación de Feminicidio en la Ciudad de México. “En un país donde la impunidad es la regla, nos hizo volver a creer en algo”, dice la periodista cordobesa que vive en México desde hace más de 20 años.

“En un país donde la impunidad es la regla, el trabajo de Sayuri Herrera nos hizo volver a creer en algo y pensar que hay otra justicia posible”, dice Paula Mónaco Felipe desde México, donde vive y trabaja desde hace más de 20 años. La periodista es hija de Ester Felipe y Luis Mónaco, militantes del PRT que fueron secuestrados el 11 de enero de 1978, en su casa de Villa María, Córdoba. Pocos días después de nuestra conversación, Paula vivirá en carne propia otra forma de justicia posible: el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) identificó los cuerpos de sus padres en la Loma del Torito, un sitio de enterramientos clandestinos ubicado dentro del excentro clandestino de detención La Perla, el último lugar donde fueron vistos con vida. “Permanecieron juntos en ese campo infinito. Pese a tanto esfuerzo por desaparecerlos para siempre, la tierra los guardó y nosotres les encontramos”, dijo al anunciar la noticia.

Mónaco Felipe es periodista, investigadora y militante de derechos humanos. A lo largo de su carrera, se especializó en coberturas sobre violaciones a los derechos humanos y desapariciones de personas, y su trabajo fue publicado en The New York Times, Gatopardo, La Jornada y Pie de Página, entre otros medios. Es autora de “Ayotzinapa, horas eternas”, un libro que reconstruye y relata la desaparición de 43 estudiantes normalistas y el asesinato de tres ocurrido en Iguala, en 2014, uno de los crímenes más emblemáticos en la historia reciente de México. Es también co-guionista del podcast “Veracruz de los silencios”, una investigación sonora sobre asesinatos y desapariciones de periodistas en México. Y ahora está presentando “La fiscal”, una miniserie documental que retrata el trabajo de Sayuri Herrera, ex-activista estudiantil en la UNAM y referente del feminismo en México, que se convirtió en la primera fiscal de feminicidios de la Ciudad de México.

En los tres episodios de La fiscal, Mónaco Felipe y el fotógrafo Miguel Tovar acompañan las investigaciones de los feminicidios de Karen Itzel, Joana Esmeralda, Yrma Lydya y Ariadna Fernanda, y se adentran en el entramado policial y judicial de las instituciones encargadas de investigar la violencia feminicida, pero también revelan las tensiones, límites y contradicciones ante el intento de transformar una estructura desde adentro.

— ¿Cómo surge la idea de la serie?

México es un país donde la impunidad es la regla y eso hace que la justicia sea una palabra completamente inalcanzable, imposible, muchas veces una palabra vacía, de esas que incluso te da coraje decir porque nombran lo que no hay. Entonces, entrar a la primera fiscalía de feminicidios en la Ciudad de México y ver a Sayuri Herrera empujando un equipo completamente improbable de encontrar en esos lugares, y ver que investigaban cómo se tiene que investigar y que era posible la justicia, en distintos modos, nos hizo volver a creer en algo y pensar que hay otra justicia posible, y eso es lo que quisimos documentar. Entonces, estuvimos un año yendo a la fiscalía con nuestros propios recursos, buscando cómo poder contar esa historia, consiguiendo los permisos para hacerlo, y después de eso empezamos a creer en la posibilidad de hacer un documental.

— ¿Y cómo fue que pasaron de trabajar por su cuenta al estreno en Netflix?

Para eso fue fundamental el apoyo de un colega y amigo, Diego Enrique Osorno, que se sumó al proyecto con Detective, su compañía productora. Ahí la idea del documental empezó a tomar forma y empezamos a trabajar tanto en la historia hasta en cómo retratar visualmente a Sayuri, a la Fiscalía, a las víctimas y sus familias. Diego logró que Netflix escuchara la propuesta y tuvimos la suerte de llegar con el jefe de documentales para América Latina, Bernardo Loyola, una persona a la que estas historias le importan muchísimo, y fue él quién nos dijo que tenía que ser una miniserie y que quería hacerlo como un producto original de la plataforma. Fue un proceso muy largo, fueron cuatro años con distintas etapas, de trabajar un montón y de dejar alma, corazón y vida ahí. Empezamos a hacerlo como algo muy chiquito, pero de pronto estamos con Netflix.

— ¿Fue algo inesperado o buscaban llegar a la plataforma con una historia así?

No lo pensamos inicialmente como una serie de Netflix, pero sí en el momento en que decidimos hacer algo audiovisual, yo quería que llegara a la plataforma. Eso sí lo pensaba como no negociable. ¿Por qué? Porque me parece que el ejemplo de la justicia posible tiene que llegar a las grandes audiencias. Yo quería que a esta serie la pudiera ver la niñera de mi hija, que la pudieran ver las trabajadoras que van en el metro viendo Netflix en el celular. Iba en el transporte, veía que la gente miraba eso y dije ahí es donde hay que estar. ¿Por qué? Porque siento que esta serie puede ayudar a sublevar la idea de lo posible. Porque en México la impunidad es la regla, pero además porque estamos acostumbrados a que si quien comete un delito es alguien rico o poderoso, seguramente no va a pagar por ello y que si la víctima es una mujer pobre, seguramente no se va a investigar. Entonces, quería que esta historia llegara a la mayor cantidad de gente posible, pero sobre todo a las mujeres de clases populares para que pudieran saber que ellas también tienen derecho a la justicia y que las autoridades tienen que darles respuestas.

— En la serie se muestra cómo Sayuri construye la fiscalía con las familias, aún con muchas tensiones. ¿Cómo viste ese vínculo entre la institución y las familias de las víctimas?

Es importante decir que yo no considero que el documental sea la verdad, porque los documentales son recortes y miradas sobre realidades. Entonces, en este caso, lo que intentamos es mostrar lo que nosotros vimos con la mayor fidelidad posible. No disfrazar, no esconder ni disimular. Y una de las cosas que vimos y que hace muy especial a este periodo excepcional que documentamos en la Fiscalía —porque las instituciones no siempre son así y somos muy conscientes de eso—  fue que una persona como Sayuri hizo también posible tirar el muro que separa para siempre, a cal y canto, a la institución de la sociedad. Sayuri no llegó sola a esa Fiscalía, llegó acompañada, avalada y empujada por el Movimiento de Mujeres de México, por el Observatorio Nacional contra el Feminicidio, por mamás y sobrevivientes; todas ellas llegaron con ella de alguna forma y ella abrió la puerta para que ellas sean parte de ese proceso, para participar de reuniones y tener espacios de escucha mutua. Y eso para mí era muy importante de mostrar porque hace posible distintos grados de justicia, porque si el Estado es un todo o nada, no hay caminos intermedios que podamos alcanzar; es demasiado grande lo que se puede ganar, pero también es demasiado lo que se pierde en el camino. Entonces, para mí fue muy importante ver y darme cuenta de que Sayuri mantuvo esa puerta abierta y no solo escuchaba a las mamás y empujaba la resolución de cada caso, sino que también pensaba junto con ellas cómo generar herramientas que podían facilitarle la vida a otras personas, cómo construir reparación para las víctimas y sus familias, generaba mesas con expertos para que ellas pudieran saber sus derechos y qué podían exigir, y en ese diálogo muchas veces también surgían de las propias familias ideas que ponían a los funcionarios a trabajar en nuevos protocolos y vías de atención. Creo que eso es parte fundamental del trabajo que vimos que hacía Sayuri y su equipo, y es algo importante de contar porque en México muchas veces las familias hacen el trabajo que el Estado no hace. Me parece un cambio de paradigma tremendo que alguien como Sayuri parta no de negar eso, sino de aceptarlo, exigir más y dar las instrucciones precisas a su equipo para que puedan trabajar sin negar lo que hacen las familias, y que así familia e institución empiecen a tirar para el mismo lado.

“En un país donde la impunidad es la regla, ver a Sayuri Herrera nos hizo pensar que hay otra justicia posible, y eso es lo que quisimos documentar”.

Hay una pregunta que está siempre de fondo en la serie en relación a qué pasa cuando las feministas y las activistas de DD.HH entran al Estado. ¿Qué reflexión haces sobre esto a partir de lo que viste en esa fiscalía?

Yo creo que este caso, sin pretender que sea universal, demuestra que la entrada de mujeres feministas a espacios de poder y de toma de decisiones puede significar cambios importantísimos, cambios muy poderosos y muy valiosos. En ese momento se dio una situación atípica de que entrara Sayuri, que es una activista que viene de los movimientos sociales, al mismo tiempo que la Fiscalía General de la Ciudad estaba encabezaba por Ernestina Godoy Ramos, una mujer que también es feminista y que también viene de los movimientos sociales. En ese momento, las autoridades decidieron crear una fiscalía de feminicidios —mi lectura es que eso es una respuesta a los movimientos sociales y feminista—, pero Ernestina fue quien decidió que no se nombrara a nadie a alguien dedo —como se hace siempre en México—, sino que se hiciera un concurso público y a ese concurso público llegó Sayuri. Y Ernestina fue capaz de arriesgarse y dar esa primera fiscalía de feminicidios a alguien que no era el perfil típico del Poder Judicial. Entonces, ya desde ahí creo que hay una apuesta por generar esa transformación desde adentro.

Una vez que entro, surgió la pregunta sobre cuánto iba a poder transformarse y cuánto iba a aguantar una persona como Sayuri en esa institución. Pero a lo largo de los cinco años que estuvo al frente de la fiscalía, pudimos ver que no solo fue posible que una mujer feminista estuviera en un cargo así, sino que lo hizo muy bien. Y esto no es una opinión mía, son resultados: a mi me impresionó mucho ver cómo en los primeros tres años crecieron exponencialmente las vinculaciones a proceso. ¿Qué significa esto? Que la Fiscalía de Feminicidios empezó a investigar los feminicidios, a lograr identificar responsables y probar ante el juez que tenían suficientes como para que los detuvieran.

La gestión de Sayuri y su equipo hizo posible que el trabajo de la Justicia en la Ciudad de México, cuando matan a una mujer, no fuera solamente ir a levantar un cuerpo. Y eso lo pude ver. Iban y levantaban el cuerpo, claro, pero después investigaban, hacían todas las diligencias necesarias y las causas avanzaban; si era necesario se metían en un río de mierda para encontrar el cuerpo de una mujer, y movían a todas las instituciones que hiciera falta para investigar hasta entender qué pasó y quiénes eran responsables. En el primer año, le dieron identidad a 20 mujeres cuyos casos habían sido archivados sin hacer ni siquiera una diligencia, sin siquiera contrastar sus huellas con el Registro del Instituto Nacional Electoral, ¡ni siquiera eso habían hecho!

“Este caso demuestra que la entrada de mujeres feministas a espacios de poder y de toma de decisiones puede significar cambios importantísimos, cambios muy poderosos y muy valiosos”.

Y esa decisión de rescatar causas del archivo para ver qué se había hecho y qué se podía investigar, de buscar si había trans-feminicidios que no se catalogaron como tales, de escuchar a las familias, ese es el cambio que genera la presencia de un equipo feminista. Yo no soy experta para evaluar si es una gestión exitosa o no, tampoco me parece que se puede evaluar según si bajaron o no los números de feminicidios porque sería muy maniqueo medirlo así, pero sí veo otros indicadores con los cuales yo podría afirmar que la presencia de mujeres feministas en la gestión del Estado es exitosa: que aumenten los procesos, que se recuperen identidades, que se investiguen casos que no se habían investigado, y que se amplíen las posibilidades de lo que la Justicia implica porque para mí también es justicia que un grupo de agentes del Estado vayan cuatro días a meterse en un río de mierda hasta encontrar los restos de una mujer y que no lo den por perdido, porque es difícil entrar ahí; también es justicia a los hijos e hijas de las víctimas del mismo se les empieza a mirar, se les empieza a escuchar, que se cree un Registro Nacional de Niñas, Niños y Adolescentes en Situación de Orfandad por Feminicidio —que es algo que surgió en esa fiscalía—, como también es justicia que se cree un Atlas de Feminicidios de la Ciudad de México con datos oficiales, para poder tener diagnósticos que permitan buscar soluciones.

— Como periodista, pero también como militante de derechos humanos, vos trabajas sobre desapariciones. ¿Cuánto de tu experiencia y de ese trabajo previo te sirvió a la hora de realizar La fiscal?

Cuánto de mi propia historia y de mi trabajo anterior está presente aquí es algo que yo no sé ni siquiera cómo separar. Yo me asumo como mujer, como periodista y como militante, como moldeada por mi propia historia. Y asumo también que tengo una ideología y que eso no me lo puedo quitar cuando trabajo. Es parte de un mismo camino. Y creo también que se van trenzando esos caminos porque yo conozco a Sayuri en el 2014, cuando supe el caso de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, porque ella era la abogada de Marissa Mendoza, esposa de Julio César Mondragón, uno de los asesinados esa noche en Iguala, Guerrero. Ahí la conocí y creo que tal vez por ser quien soy, por mi ideología e intereses, me atraen y me inspiran las personas que luchan, y yo veo eso en Sayuri, una mujer muy comprometida y capaz, muy inteligente y muy formada, pero sobre todo veo una luchadora y creo que no deja de serlo ni aún estando en el Estado.

En ese sentido, este trabajo implicó enfrentarme a mis prejuicios y mirarlos de frente, por ejemplo, por tener que trabajar al lado de la policía, escucharlos, entenderlos. Una de las conclusiones a las que llegue es, justamente, que no por estar dentro del Estado se deja de ser luchador o activista, y que hay que dejar de pensar en esos términos binarios —el Estado por un lado y la sociedad y la militancia, por otro—  sino que hay muchos grises, y que está buenísimo que existan esos grises y entenderlos para no caer en divisiones sin sentido. Para mí ha sido una revelación muy linda darme cuenta de que Sayuri no deja de ser una luchadora social por estar allá adentro, y que incluso un policía al que yo nunca hubiera considerado un compañero sí puede serlo, porque considero compañero a quien lucha por un mundo mejor, y allí conocí policías y fiscales que lo hacen a diario.

— ¿Qué otras revelaciones o aprendizajes te dejó trabajar tan de cerca con Sayuri y su equipo en la fiscalía?

Fue un gran aprendizaje porque también nosotros fuimos descubriendo todo lo que hay detrás de la palabra feminicidio: que a las mujeres nos matan de forma diferente que a los hombres, las formas en que se deshacen de los cuerpos, que la mayoría de las veces los feminicidas tienen un vínculo de confianza con ellas, la burocracia y la falta de respuestas que enfrentan las familias, pero que también hay cómplices —tanto hombres, como mujeres, vecinos y familias— y eso nos lleva a preguntarnos qué tanto somos una sociedad feminicida. A mí me dio mucha tristeza que en los cuatro casos que contamos no hubo ningún vecino que llamara a la policía para intentar intervenir y ayudar a esas mujeres, y por la forma en que las mataron, presupongo que hubo ruidos, gritos y dolor. Entonces, hubo muchas cosas que yo descubrí haciendo la serie y espero que quienes la vean descubran muchas otras. Me gusta que quienes ven La fiscal ven cosas distintas y, sobre todo, me gusta que abre discusiones y eso es lo que intentamos con esta serie, abrir una conversación sobre estos temas.

Esta serie tiene dos objetivos: yo no pretendo decir la verdad ni hacer una oda a nadie. Lo que pretendemos es, por un lado, abrir discusiones sobre el tema de los feminicidios en todo sentido, desde quiénes son los perpetradores hasta qué podríamos hacer como sociedad y no estamos haciendo, qué debería hacer el Estado y cómo se deberían investigar en estos casos. Y el otro es generar un sentir, provocar sentimientos, porque siento que estamos muy acostumbrados a violencias que vamos naturalizando y normalizando, y los feminicidios son una de esas violencias.

“Quería que esta historia llegara a la mayor cantidad de gente posible, pero sobre todo a las mujeres de clases populares para que pudieran saber que ellas también tienen derecho a la justicia y que las autoridades tienen que darles respuestas”.

— ¿Y cómo fue la elección de las historias de cada una de los episodios?

Todo el mundo me pregunta eso y nosotros también nos lo preguntamos, y es difícil de responder porque me incomoda el verbo elegir porque ocurrieron muchos más casos en esos cinco años de trabajo y creo que todos deberían ser contados porque todos necesitan del empuje que da la visibilización pública para que las autoridades resuelvan, y yo quisiera poder contar muchos otros. Pero ocurrieron dos cosas. Primero que hacer un producto para una plataforma como Netflix implica también aceptar ciertas reglas de juego, entonces ninguno de nuestros episodios podía ser de más de una hora así que teníamos que contar esta historia de forma más breve a lo que normalmente se hace, pero con la conciencia de que lo que pusiéramos ahí iba a llegar a una ventada mundial. Eso te hace tener que tomar decisiones, por eso yo creo que no elegimos, decidimos contar esos cuatro casos. Creo que esa decisión no fue tan a conciencia, sino que hubo mucho de destino y mucho fortuito. Por ejemplo, el primer día que grabamos fue la exhumación de Joana Esmeralda, y la familia que estaba ahí nos permitió grabar. ¿Qué probabilidades había de que ese fuera nuestro primer día? Muy pocas, pero ahí entendimos que nos tocaba contar esa historia.

Lo que sí fue una decisión muy meditada fue tratar de hacer un abanico lo más representativo posible de lo que estábamos viendo en la fiscalía. Dos de las historias, Yrma Lydya y Ariadna Fernanda, fueron muy mediáticas acá y nos parecía importante adentrarnos en esas historias mediáticas para ir más allá de lo obvio y de todo lo que ya se había dicho, pero también para ver el entramado y la investigación en esos casos, donde además los perpetradores son dos personas poderosas. Las otras dos historias no fueron nada mediáticas, entonces, también nos pareció importante llevar el mismo tiempo en pantalla y con la misma dedicación a esas historias que son igual de importantes —porque todas las vidas son importantes— y que merecen ese acompañamiento. Pero además porque así lo vimos: yo vi a Sayuri y su equipo investigar con la misma fuerza a los casos que ocurrieron en barrios acomodados que aquellos que ocurrieron en los barrios más pobres de esta ciudad. Por supuesto, sin idealizarla porque también hay momentos donde las familias le reclaman y se sienten mal representados, donde no llegan a ver una sentencia o donde la justicia fue lenta. Intentamos que fuera un retrato lo más diverso y fiel posible de la realidad que vimos en nuestra investigación.

— La serie se estrena en una contexto muy complejo en México en relación a la desaparición de personas y, al mismo tiempo, coincide con los 50 años del golpe de Estado en Argentina y los recientes hallazgos en La Perla. ¿Cómo lo estás viviendo?

Ese contexto es algo que está ahí y que no lo perdemos de vista ni no lo dejamos de sentir en ningún momento: somos el país con 130.000 personas desaparecidas en democracia. Y tristemente, tanto el gobierno de Andrés Manuel López Obrador como el de Claudia Sheinbaum, con los cuales había mucha esperanza y expectativa en que enfrentaron este problema, no solo no han logrado enfrentarlo con éxito, sino que discursivamente lo niegan, lo ningunean, lo minimizan y eso ha sido una desilusión muy grande para una gran parte de la población en México.

Entonces, este tema genera una gran desconfianza y cierto resquemor. Mis propios compañeros de organizaciones —porque yo soy parte de H.I.J.O.S, pero también soy parte de otras redes de familias de desaparecidos, y a la vez son mis fuentes como periodistas— me miraban con cierta desconfianza, pensando que iba a ser algo que le iba a limpiar la cara al gobierno, y ha sido muy lindo que ellos la vieran y que me digan cosas lindas sobre la serie. Pero, sobre todo, fue muy lindo ver que esas familias a las que he acompañado a golpear infinitamente puertas en el Ministerio Público donde nadie atiende, ver esto en pantalla le significa una herramienta para seguir peleando, para ver cómo deberían responderles y empezar a exigir ese tratamiento. Creo que esa es una de las utilidades que la serie puede tener, transformarse en una herramienta para que no solo hablemos de la justicia en abstracto sino para exigir acciones concretas de las instituciones. Es doloroso ver un país donde la impunidad es la regla y donde dramas nacionales como la desaparición de personas siguen siendo negadas y ninguneadas por las autoridades, pero al mismo tiempo esta serie puede ser un arma más para seguir peleando por justicia.

Y respecto a los 50 años del golpe en Argentina, claro que es una fecha que moviliza de por sí, pero además estamos muy revolucionados por las identificaciones que empezamos a tener en La Perla a pesar de todo el esfuerzo que hicieron para desaparecerlos para siempre y que no los encontremos nunca. Y eso es como un triunfo. Es un triunfo de la verdad, de la memoria y de la justicia. Y la serie, justamente, es una muestra de que a veces también podemos ganar y conseguir justicia. En otro momento las hubiera visto como cosas muy lejanas, pero ahora siento que tienen mucho en común.