El altar de Zoe: memoria y justicia en el Gondolín

En la recta final del juicio por el travesticidio de la activista Zoe López García, asesinada por su pareja en 2023, sus compañeras reclaman justicia mientras sostienen, en comunidad, una forma de vida que ella les enseñó a construir. “Nos dio el amor materno que a muchas nos negaron. Fue familia, nos alojó y nos inventó un lugar de cuidado”, recuerdan. El legado político de Zoe sigue vivo en el Hotel Gondolín, un espacio cooperativo de resistencia y organización travesti-trans.

Fotos: Gala Abramovich.

A días de la sentencia en el juicio por el travesticidio de Zoe López García, activista y referente del Hotel Gondolín, sus compañeras la nombran en presente. En esa casa de Villa Crespo —un refugio para travestis y trans de todo el país en la Ciudad de Buenos Aires—, Zoe fue guía, tía, madre, amiga y maestra. Llegó en los noventa y ayudó a transformar una pensión precaria en un espacio de organización y cuidado, pero fue más que eso: impulsó a otras a estudiar, a trabajar, a defenderse; denunció violencias, enfrentó a la policía y tejió redes con organizaciones que hoy siguen acompañando al Gondolín. Construyó un refugio, pero no fue suficiente. Zoe no sobrevivió. El 10 de noviembre de 2023 fue asesinada por su pareja, Fabián Villegas, hoy juzgado por homicidio triplemente agravado por el vínculo, por la violencia de género y por el odio a su identidad: un travesticidio. Pero en el Hotel Gondolín su legado sigue vivo. Sus compañeras la nombran, la invocan y recuerdan.  Mientras reclaman justicia,  sostienen, en comunidad, una forma de vida que Zoe enseñó a construir.

Entrar al Gondolín es ver a Zoe en todos lados. Al llegar, un altar la enaltece como madre trava. Lourdes, amiga y compañera, apoya las manos sobre el pedacito de pared donde está instalado el santuario, mira una de las fotos y cuenta orgullosa: “este es un lugar único en el mundo, y es gracias a Zoe”. Así se la nombra, se la invoca, se la recupera. Su foto está en las paredes, en las habitaciones, en las conversaciones que se enciman en el horario del almuerzo y la puerta de calle es un latido que no deja de abrir y cerrar.

— Está todos los días con nosotras. Yo le rezo por las noches — dice la abuela Marisa asomándose desde la cocina, mientras prepara arroz con pollo.

El juicio por su travesticidio transcurre allá afuera, a puertas cerradas, en el silencio gélido del Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N°4 de la Ciudad. Pero dentro del hotel, la espera es cualquier cosa menos silenciosa. La expectativa por un veredicto que “haga justicia” se amasa entre la rutina: platos que chocan, llaves que cambian de manos, zapatos de taco, la tele prendida, los ladridos de Sara y  Neli, mujeres trans y travestis que habitan ese horario de recambio en el que algunas vuelven de hacer la calle, otras se preparan para la facultad —muchas de ellas están cursando en el Bachillerato Popular Mocha Celis— o se montan para ir a trabajar.

Marisa, que vive en el Gondo hace 23 años, perfuma el lugar con el plato del día. Ya hay cinco platos servidos. Leticia se cambia rápido para ir a cursar a la facultad de Derecho. En una de las habitaciones, unas bucaneras conviven con los botines de futsal: Celeste entrena a la noche y Yumi juega al vóley. El movimiento en la casa es una marea constante. El Gondolín se prepara para una asamblea y, con 35 integrantes, el comedor queda pequeño.

“Zoe nos dio el amor materno que a muchas nos negaron. Fue familia, nos alojó y nos inventó un lugar de cuidado”, dice Luz Aime que con su voz sale suave y tímida, es una de las primeras en levantar la mano para conversar en lo que fue la habitación de la madre trava. “Estaba terminando la secundaria, estaba en el Mocha Fest, y cuando vine a la tarde me enteré. No les creía, no les creía, porque ella tiene más vidas que un gato. Se me cayó todo encima”, recuerda y deja caer las manos pesadas sobre las rodillas. Algo de ese movimiento, distinto en cada una, vuelve cuando aparece “ese día”, el de “su partida”, como dice Luz. 

En el Gondolín todas tienen una historia con Zoe. Las que la conocieron y las que llegaron después, las que se formaron bajo su ala y las que escucharon su nombre como un mito antes de cruzar la puerta por primera vez. Todas saben quién es y qué hizo por el Gondo. Su legado circula por cada rincón de esta casa comunitaria, amparo emblemático de las que llegan desde otras provincias del país con poco más que un bolso.

“Zoe nos dio el amor materno que a muchas nos negaron. Fue familia, nos alojó y nos inventó un lugar de cuidado”.

Con más de veinte años de historia, el edificio de la calle Aráoz, en Villa Crespo, hoy aloja a 35 personas —aunque supieron ser más de 50— que hoy reclaman el espacio como propio y ya son parte de la fisonomía del barrio. En la puerta, una placa advierte: “Aquí funciona desde 1998 la Asociación Gondolín. Espacio de resistencia y organización travesti-trans. La memoria feminista de Villa Crespo les abraza”.

Adentro, el color coral de la fachada cede ante un azul intenso de las paredes.  La luz entra fría, traslúcida, rebota en el pasillo y estalla en el altar: flores de plástico, agua bendita, billetes, la Virgen de Luján y San Jorge. Hay un vaso de agua para las almas, dedicatorias y fotos. Está Zoe y está Cristal, su hermana, que también fue parte del corazón del Gondolín. Hay estampitas y velas, mientras en las paredes, las venecitas celestes parecen sostener la pintura y el tiempo de espera.

Zoe presente, ¡ahora y siempre!

A solo cinco kilómetros del Gondolin, el expediente avanza con el pulso lento de la justicia. Desde el 27 de marzo, el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N°4 juzga el travesticidio de Diana Zoe López García. Es el mismo tribunal que en junio de 2018 condenó a perpetua a Gabriel David Marino por el travesticidio de la referenta travesti-trans Diana Sacayán. Las audiencias no fueron públicas y lo que se sabe circula fragmentado en una reconstrucción colectiva de activistas y gracias a las transmisiones de La Retaguardia. La próxima fecha marcada en el calendario es el 22 de abril, el día del veredicto cuando Fabián Villegas, acusado por el travesticidio de Zoe, podrá decir sus últimas palabras y el Tribunal leerá la sentencia.

La querella y la fiscalía pidieron la pena máxima y sostuvieron que no se trató de un homicidio más, sino de un crimen atravesado por el odio a la identidad de género y por una violencia sostenida en el vínculo: una escalada de maltratos que terminó en travesticidio. Durante los alegatos, la abogada Luciana Sánchez, representante de la familia de Zoe, reconstruyó con una calma filosa esos años de sometimiento sistemático bajo el poder de Villegas. Luego de cuatro horas de audiencia, explicó que se trata de un hecho histórico que la fiscalía acompañe la petición de cadena perpetua y que el Estado reconozca el triple agravante. Una decisión que, remarcó, funciona también como respuesta frente a la desprotección histórica de las identidades travestis y trans. El fiscal Eduardo Rosende fue tajante en ese sentido al descartar la “legítima defensa” a la que recurrió el acusado: las pruebas demuestran la intención clara de terminar con la vida de Zoe.

El juicio ocurre en un contexto político de desprotección y retroceso en término de políticas públicas, un aumento de la violencia estatal y los discursos de odio fogoneados desde el gobierno contra el colectivo LGBTIQ+. Según el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio de la Federación Argentina LGBT, en 2025 se registraron al menos 227 crímenes de odio en Argentina, mientras que en 2024 ocurría un crimen cada 63 horas, en 2025 la frecuencia saltó a uno cada 38 horas, un incremento del 62%. Desde hace años, las organizaciones vienen advirtiendo lo mismo. Cuando el odio circula con impunidad en la política, en los medios de comunicación, en las redes sociales, esa naturalización de la violencia se vuelve cotidiana y posible.

Dentro del Gondolín, la justicia es una exigencia, pero también un deseo de reparación para las que quedan, aunque dicen saber que nada es suficiente. “Pedimos la condena más dura, que sea justicia y mi amiga pueda descansar en paz”, dice Luz.

“Pedimos la condena más dura, que sea justicia y mi amiga pueda descansar en paz”.

Sus palabras quedan suspendidas en la oficina. Sillas apiladas, carteles, una heladera, papeles que van y vienen. Ahí donde antes dormía Zoe, ahora se organizan asambleas, se proyectan obras, se discute el futuro de una comunidad que no piensa dar un paso atrás. “Zoe tenía el sueño de que este lugar exista, persista y perdure por la eternidad. Vamos a cumplir ese sueño”, dirá Lourdes más tarde, compañera y amiga, en la misma habitación.

Un refugio que va de boca en boca

Antes de llegar, el Gondolín ya es un refugio. Circula como una dirección que se dice en voz baja entre quienes necesitan irse de sus territorios, muchas escapando, otras buscando libertad. Luz lo escuchó así en Salta, mucho antes de llegar a la casa a los 18 años. No había margen para quedarse ahí, “una provincia conservadora” —dice— que la expulsó del sistema educativo, de la salud, del trabajo. “No tenía posibilidades de nada”. Llegó con lo justo, empezó a trabajar los fines de semana y fue encontrando a otras. Primero la comunidad, después el Gondolín.

La recibió Zoe. “Me cuidaba mucho, me daba consejos. Yo era muy chica”. Pero la violencia no se detuvo en la Ciudad. En 2018, Luz fue acusada de un crimen que no cometió y pasó meses presa. Su caso expuso algo más amplio: cómo operan la criminalización y los prejuicios sobre los cuerpos travestis y trans pobres dentro del sistema judicial. Hasta que, tras una fuerte campaña colectiva por su absolución, fue finalmente declarada inocente dos años después convirtiéndose en un caso emblemático de violencia institucional y transfobia en la justicia argentina. “Me costó mucho volver”, dice bajando la mirada. Fueron sus compañeras las que insistieron con los estudios médicos, con el plato de comida, con el “no abandones”. Hoy, gracias al cupo laboral travesti-trans, Luz trabaja en el Congreso. Una reparación parcial. En el Gondolín, esa forma de cuidado se aprende, se transmite y se hereda.

De fondo ladran Sara y Neli. En el segundo piso, un taladro insiste sobre una filtración. Cuando cierran la puerta de la oficina, el ruido disminuy, pero no desaparece. Adentro, todas quieren hablar de Zoe.

“Zoe es el Gondo y el Gondo es Zoe. Así de simple”, dice Lourdes sentada junto a Celeste. “Para nosotras va a ser siempre así”, agrega. Hace dieciocho años que vive ahí. Llegó desde Salta en 2004 y, como muchas, conoció el Gondolín antes de pisarlo. Un lugar donde sabés que alguien te va a abrir la puerta. Con el tiempo, Lourdes también se volvió “tía”. No solo por la edad, sino por lo que implica sostener a otras, organizar lo colectivo, compartir la pieza, ayudar a armar un CV, acompañar a una entrevista o contener una crisis.

Cuando ella llegó, el hotel era otra cosa: hacinamiento, camas compartidas, reglas impuestas sin discusión. “No teníamos voz”, recuerda y agrega: “vivíamos de a cinco, a veces de a dos en una misma cama”. La transformación fue lenta y colectiva. Pero hay un punto de inflexión que todas nombran: la gestión que impulsó Zoe, la organización interna, la posibilidad de decidir. “Ella trajo la democracia a este espacio. Nos hizo entender que podíamos aspirar a una vida”, frena antes de completar la frase como buscando la palabra entre las paredes azules de la habitación “una vida digna”, completa su compañera y se ríen en un gesto cómplice.

Los cambios fueron gracias a varias compañeras, entre ellas Zoe. En una crónica publicada en el suplemento Soy, en 2015, Marlene Wayar relata uno de los primeros actos de resistencia en el lugar, nombra  la refundación como llaman al momento en que pudieron desplazar al dueño del hotel que las explotaba y las hacía pagar para vivir en lugar en riesgo de derrumbe. Un punto de inflexión en la vida de todas esas travas que fue una piedra fundacional para toda la organización.

“Este es un lugar único en el mundo, y es gracias a Zoe”.

El legado en los botines y en los libros

Trabajar y estudiar, son los principales consejos que Zoe intentaba inculcar. En la pared de entrada hay un cartel que así lo subraya. También la recuerdan en su risa, se hacía chistes con todas, las pinchaba, las provocaba las hacía reír.

Martina María Celeste Portal llegó de Jujuy a los 17, migró varias veces y a los veintidós se quedó. “Volví al Gondolín porque era el único lugar donde sabía que la recibirían”, dice.  Recuerda a Zoe gritando su nombre una tarde en el Hotel: “¡Celeste, acá te conseguí donde podés jugar a la pelota!”. Fue gracias a Zoe que se sumó a los Yacarés, un equipo de fútbol disidente. “Siempre estuvo atenta a los laburitos, a los cursos”. Celeste estopa buscando trabajo, estudió en el Mocha, ya armó su CV y está esperando respuestas de algunas entrevistas “Que sea lo que Dios quiera”, dice y se toma las manos mirando hacia arriba.

Esa red de trabajo y estudio es lo que Zoe dejó como legado político. “Ella nos enseñó a hablar con contexto y sustento de la vivencia”, Lourdes cuenta que eso es lo que más le gustaba de Zoe, no las chamuyaba todo lo que les decía ella también lo había vivido. “Nos enseñó que debemos ocupar todos los lugares, no solo la calle”. Hoy el hotel se autogestiona: quienes tienen trabajo registrado pagan su parte de los impuestos y la limpieza, quiénes son trabajadoras sexuales también. Es una economía de supervivencia atravesada por la crisis, como todo, pero que sigue adelante con garra, convicción y amor.

Después del almuerzo un grupo de chicas levanta la mesa, otro lava los platos, en 10 minutos el comedor queda vacío, cada una en su habitación para continuar con el día, solo queda Flavia sentada en la cocina. Catamarqueña, conoció a Zoe en los 90 en Salta, eran amigas.  “Nos acompañamos en la transición en el 92. Nos conocimos en la calle, como la mayoría”. Hoy es vendedora ambulante, no vive en el Gondolín pero en su momento Zoe le ofreció que pase una vez por día para vender sus productos a las chicas. “En el Gondo me siento bien, estoy con mis pares, me ayudan en forma directa comprando. Yo ya no trabajo en la calle. Extraño de Zoe su amistad, porque ella era súper amiga. Ella me incitaba para que haga cosas: ‘tía, venga a vender’, ‘tía, este fin de semana hay una feria’. Éramos casi de la misma edad yo un poco mayor 51 años, la extraño, era muy compañera”.

Marisa, la abuela de todas

Marisa Acevedo lleva veintitrés años viviendo en el Gondolín. “Una vida”, dice sonriendo. Ya terminó su turno en la cocina, intenta ver una novela en su habitación ubicada en la planta baja. No puede subir escaleras. Su historia es un mapa de la exclusión: la Panamericana, el consumo, la tuberculosis que le llevó un pulmón y el diagnóstico de VIH que la dejó internada ocho meses. “Esa fue mi oportunidad de vida, los médicos pensaban que no salía. En el Hospital Muñiz, centro de salud público especializado en enfermedades infecciosas en la Ciudad de Buenos Aires, conocí a las chicas del Gondo. Yo no tenía visitas, no venía nadie”. En un sistema que suele expulsar a los cuerpos travestis y trans de la salud, ese hospital fue, para Marisa un lugar donde pudo quedarse, hacer el tratamiento y salir viva. Hoy, en un contexto de ajuste y deterioro del sistema público de salud, su historia vuelve a señalar lo que está en juego.

Marisa recuerda ese momento como una bisagra, la posibilidad de empezar de nuevo. Un día le avisaron que habían llegado dos chicas y fue a presentarse: “cualquier cosa que necesiten, yo estoy en la 11”. Era un pabellón de 32 personas, todos hombres. En ese entonces no existía el DNI, no existía nada que reconociera sus identidades de manera institucional. Sí existía la necesidad de encontrarse. Marisa empezó a acercarse: las atendía, las acompañaba, y así, entre idas y vueltas, se fueron conociendo y la invitaron a vivir al Gondolín.

Cuando le dieron el alta, llegó al hotel y la mandaron a lo que llamaban “la pajarera”: cinco chicas en un colchón de dos plazas. Por su estado de salud no podía vivir así. Entonces empezaron a limpiar, a conseguir camas, a ordenar lo que había. En ese trabajo de hacer habitable el lugar, también fue acercándose a Zoe. “Me quedé por valentía, por decir: este lugar también me pertenece”, dice, como si esa decisión todavía estuviera ocurriendo.

Con los años, muchas se fueron y otras llegaron. “Hoy me doy cuenta del tiempo. De la época en que yo llegué ya no queda nadie. Se fue la última, Viviana. Y eso te pega”. Marisa es ahora una de las que sostienen la casa: cocina, escucha, organiza, garantiza que haya “comida de verdad” cuando las chicas vuelven de trabajar. Algunas le dicen abuela.

Habla de Zoe como una presencia constante “no hay un momento en que no la recordemos”. Lo que quedó, dice, no es solo el dolor sino una forma de vida: “que las chicas estudien, que se capaciten, que hagan algo por su vida. Y el compañerismo. Este lugar lo hicimos entre muchas”. Afuera, mientras tanto, algo también cambió. “Hoy, gracias a Dios, somos respetadas. Incluso por los vecinos. Hacemos Navidad y Año Nuevo en la vereda, y los vecinos se suman. Eso antes no pasaba”.

Montarse y estudiar

“Ella me enseñó la militancia, a visibilizar los derechos de las chicas trans y a acompañar otras luchas”, dice Leticia mientras arma la cartera —apuntes, cuaderno, cartuchera, neceser, un agua— para ir a cursar.  Tiene 40 años y, para ella, entrar a la facultad de Derecho es también una forma de montarse, con la misma rigurosidad con la que se  monta para la zona. “Estudio para saber mis derechos, para que no me pasen por arriba”, dice. Aunque el estigma sobre sus identidades persista: “Me pido un auto y me preguntan si no es muy temprano para salir a trabajar; no registran que puedo estar yendo a estudiar”, reprocha.

Leticia dice que la crisis se siente en la calle, entre sus compañeras, en las casas y, sobre todo, en el colectivo travesti trans. El contexto político caló hondo en los cuerpos: los discursos de odio se naturalizaron, las políticas de género se eliminaron y el cupo laboral, que supo ser una promesa de salida laboral, hoy no tiene sustento, no se cumple o se desmantela. “Hoy cambió todo, sobre todo en lo económico. Bajó el trabajo, bajó la calidad de los clientes. Antes, algunas dejaban la calle; ahora, muchas tuvieron que volver”.

En ese desierto de políticas públicas, el Gondolín resiste como una cooperativa de supervivencia. “Acá todo se hace entre todas. Si hay que hacer una obra, se junta la plata, se organiza, se devuelve”, explica Leticia, que durante años volcó sus ingresos del trabajo sexual en el mantenimiento del hotel. En el edificio de la calle Araoz, Zoe está presente en las voces que enseñan y en las que estudian, en las manos que cocinan, en las que arman un CV, en las que dicen “no abandones”. Mientras esperan el veredicto, la casa sigue en movimiento. La espera toma forma en ese ir y venir, en todo lo que no se detiene. En el legado de Zoe que persiste.