El 24 de marzo de 1976, cuando el primer comunicado de la Junta Militar informaba por Cadena Nacional que el país estaba bajo su control y “recomendaba” a todos los habitantes el “estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanan de la autoridad militar”, Ircia Torres y Sergio Muñoz Luna, debieron haber sentido el miedo recorrerles el cuerpo. El mensaje estaba firmado por Jorge Rafael Videla, teniente general y comandante general del Ejército; Emilio Eduardo Massera, almirante y comandante general de la Armada; y Orlando Ramón Agosti, brigadier general y comandante general de la Fuerza Aérea.
Los atentados en su casa de Comodoro Rivadavia, en la provincia de Chubut, aún no habían ocurrido. Pero no tardarían en llegar.
Sergio, que se había convertido en un reconocido dirigente del gremio de petroleros privados y ocupado cargos importantes en la CGT Regional, para esa fecha ya había renunciado a la actividad sindical, lo habían despedido de su trabajo en YPF y varios de sus compañeros estaban siendo secuestrados. De la familia, él era más visible pero no era el único que participaba del Partido Comunista.
Para ese entonces, Ircia, una mujer robusta de sonrisa amable y mirada justa, ya formaba parte del partido y de la Unión de Mujeres Argentina (UMA) y era, entre otras, una de las encargadas de pasar mensajes, noticias, periódicos y otras comunicaciones importantes entre los pañales de los bebés de la Casa Cuna de las monjas, donde asistían como voluntarias.
“Era la manera que tenían de enfrentar los allanamientos, porque a ellas las tenían en la mira, pero no las encontraban con nada. Habían logrado tener reuniones y encontrarse en la Casa Cuna y en los merenderos”, cuenta Ana Muñoz, su nieta.
Para el 24 de marzo, también la hija de Ircia, Violeta —como Violeta Parra—, quien sería varios años más tarde mamá de Ana, participaba activamente en la Unión de Estudiantes Secundarios y se había escapado al menos una vez por la ventana del baño de la escuela porque llegaba la policía.
La familia aún resistía en su casa en la toma del alto de Comodoro Rivadavia, ciudad de cerros, petróleo y mar, pero no tardarían en tener que partir.
A cada actividad que iban, sentían una presencia detrás, alguien extraño parado en una esquina, mirándolos.
— En ese momento, empezó la Triple A durante la dictadura a hostigar y a perseguir, secuestrar. Creo que ahí empezó el vivir con miedo.

Ana Muñoz sirve torta ochenta golpes, la receta que aprendió de su abuela. Es febrero de 2026 y el olor dulzón a las facturas caseras le trae recuerdos. Mientras su abuela cocinaba en la casa de su infancia, solía contarle estas historias, de cómo fueron perseguidos por la dictadura. Esos relatos formaban parte de la vida cotidiana. La última vez que viajó a Neuquén, trajo consigo la caja de fotos de esa época.
Ana era chiquita y jugaba con aquellas fotos donde se ve a su abuela en reuniones del Partido Comunista, empoderada, en un ambiente rodeado de hombres.
Para ellas, esas tareas cotidianas, como cocinar o cocer, se convierten pequeños actos de rebeldía, donde a(r)mar políticas feministas. Ana y su abuela no sólo cocinan cuando cocinan, ni cosen, cuando cosen: están hablando entre ellas, contando su historia.
Ircia se vuelve feminista
Para buscar agua —porque en el barrio no había—, Ircia debía recorrer una loma empinada de dos o tres cuadras a una canilla. Esa tarea la hacían siempre las mujeres. Ircia y su hermana iban a buscarla juntas. Sostener la vida requería de mucho trabajo, por eso se acompañaban una a la otra, así cursaron sus embarazos también. “Tenían que hacer todo ellas”, cuenta Ana.
Porque, mientras Ircia acarreaba el agua o inventaba técnicas para que el piso de tierra de su casita no se levantara, criaba, cocinaba y cuidaba, en la boca de pozo de las torres de petróleo de YPF de Comodoro Rivadavia, Sergio Muñoz trabajaba jornadas de hasta 16 horas. Pero además, había empezado a sindicalizarse y pasaba afuera de la casa otras tantas horas más entre reuniones y asambleas.

Comodoro Rivadavia fue la primera ciudad petrolífera argentina, luego de que se encontrara, a los pies del Cerro Chenque, el primer yacimiento de hidrocarburo en 1907. Sergio Muñoz Luna empezó a trabajar en el petróleo desde muy joven, en los galpones y como obrero en boca de pozo. Después se fue formando políticamente por sus propios compañeros, “por la misma precariedad del trabajo y de la vida”, dice Ana. Aunque no había terminado la primaria —llegó hasta tercer grado—, había podido formarse e instruirse durante las luchas por el reclamo de menos horas de trabajo, de más días de descanso, que era la problemática que más aquejaba a los trabajadores de ese momento.
Lo fueron eligiendo mediante asambleas y terminó como Secretario General de la Asociación de Petroleros Privados y ocupó cargos en la CGT Regional. Con el sindicato, lograron que los trabajadores del petróleo tengan obra social, que esa obra social cuente con una farmacia propia y la reducción de horas de trabajo.
Entonces, Ircia empezó a juntarse con otras compañeras, esposas de aquellos trabajadores del petróleo.
— A ver cómo hacían porque ella veía que, cuando mi abuelo empezó a sindicalizarse, claro, él empezó a tener más vida social y ella en la casa, criando y cuidando. Eso a ella le parecía bastante injusto, empezaron las peleas y decidió reunirse con más mujeres que estaban pasando por situaciones iguales.
Una de las primeras cosas que hizo Ircia fue sacarse el apellido de su esposo: ya no sería Ircia Torres de Muñoz. No sería de nadie más que de sí misma. Se agrupó con las vecinas y otras mujeres que ya estaban participando de partidos políticos, empezó a entender de política, a instruirse, porque ella tampoco había podido hacer más que tercer grado de la primaria.
— Esas compañeras les enseñaron a leer, cuenta Ana.
Así, empezó a militar con la Unión de Mujeres Argentinas (UMA), una organización nacida en 1947, en plena irrupción de las mujeres en las fábricas durante el peronismo. Formada por mujeres que luchaban contra el fascismo, estaba integrada por mujeres del Partido Comunista, anarquistas, trotskistas y radicales, peronistas y religiosas.

Los atentados
La madrugada del 13 de octubre de 1976, el Comando Austral de la Triple A puso la primera bomba en la vivienda de la familia Torres Muñoz.
El estallido, ocurrido a las 2:30 de la mañana, provocó la voladura de puertas y ventanas, fisuras en la mampostería y rotura de vidrios, pero nadie salió herido. Unos días antes, la camioneta de Sergio había sido atacada con una ametralladora y el disparo de treinta balazos. Y empezaron a llegar telegramas de la Triple A con amenazas.
Uno de ellos, que Ana guarda en una foto, decía: “El Comando Austral de la Triple A procedió el 13 de octubre de 1976 a la madrugada a poner un pequeño explosivo en el domicilio de la familia comunista subversiva”. “Este hecho, a continuación del anterior (tiroteo en la chata), se continuará hasta las últimas consecuencias. No habrá paz en la Argentina mientras existan bolches como vos”, concluye el comunicado.

Compañeros petroleros y de otros gremios decidieron montar guardia alrededor de la casa para protegerlos. Restauraron la parte de adelante de la casa y atrás de eso se construyó un muro para poder amortiguar el impacto en caso de un nuevo ataque.
— Por suerte lo habían hecho porque hubo una segunda bomba más fuerte que la primera y ese muro hizo que no hubiera heridos ni muertos, dice Ana.
YPF tuvo 42 trabajadores y trabajadoras desaparecidos durante la última dictadura militar. El listado se amplió en 2015, luego de que una investigación permitiera la reparación de más de veinte legajos donde, en la causal de cesión laboral figuraba “abandono del puesto de trabajo” en lugar de lo que realmente había ocurrido: una desaparición forzada o asesinato como consecuencia del terrorismo de Estado.
El trabajo, realizado por Sergio Garaño, Doctor en Antropología y Licenciado en Ciencias Antropológicas, permitió cruzar diferentes datos. Por un lado, el Estado Nacional debía tener acreditado al trabajador como una víctima del terrorismo de Estado y por otro, YPF debía constatar que dicha persona había sido empleada de la empresa hasta el momento de su desaparición o asesinato o que el cese de la relación laboral había tenido relación alguna con su posterior secuestro.
El exilio interior
“¡Último aviso!”, anuncia el telegrama firmado por el Comando Austral, donde les otorgan una semana para abandonar el país, les prohíben a la familia Torres Muñoz realizar declaraciones a la prensa, ni reuniones y los instan a mantener “el más absoluto silencio”. “La alternativa es: se van o mueren”.

— A partir de ahí es que deciden irse, cuenta Ana.
Desde el Partido Comunista les habían ofrecido migrar a Rusia, pero les pareció que era mejor quedarse en Argentina. Ircia tenía 36 años, Sergio 41. Sus hijos 17 y 12 años. Para fines de 1976, dejaron atrás la escuela, el trabajo, la militancia, sus vidas en Comodoro Rivadavia y partieron escondidos en un camión de basura rumbo a Neuquén, con algunas pocas cosas y el miedo ya dentro de la piel.
La vida en la clandestinidad
A pesar de que toda la familia Torres Muñoz estaba siendo perseguida, quien era más visible era el abuelo de Ana. Mientras duró la dictadura, decidieron que él debía permanecer escondido, entonces Ircia y su hija Violeta salieron a trabajar. A su otro hijo lo mandaron a la Guerra de Malvinas y volvió tiempo después, desnutrido en un barco británico.
Fueron duros esos primeros años en Neuquén. Era una época de crisis, no había trabajo.
— La estrategia era que mi abuela no trabajar en blanco en ningún lado para que no haya registro. Ni mi tío ni mi mamá estudiaban para que no haya registro. Mi abuela vendía ollas, libros, cosas que podía vender con un carrito caminando por las calles, relata Ana.
Mientras duró la dictadura, Sergio nunca salió de la casa.
Un día, al retorno de la democracia, un policía tocó la puerta. Abrió Ircia.
— ¿Está Sergio Muñoz?
— No.
El policía respondió que tenía una notificación para que Muñoz Luna se presentara en la comisaría, Ircia siguió diciendo que no, hasta que Sergio salió y se despidió de la abuela de Ana, creyendo que no iba a volver. Porque ya se sabía lo que pasaba cuando la policía te buscaba.
Al llegar a la comisaría, lo hicieron pasar a la oficina del comisario. El comisario lo saludó como si lo hubiese conocido desde siempre. “Sólo que mi abuelo no lo conocía, el comisario sí”, cuenta Ana.
El oficial le invitó un café. Le dijo que se siente.
— Muñoz Luna, siempre supimos que usted estuvo acá. A partir de ahora, sepa que puede salir a la calle.
— ¿Por qué no me buscaron, no me secuestraron, no me mataron?
— Hizo caso a las directivas. Lo hemos neutralizado. Es libre otra vez.
Recién entonces, Sergio Muñoz Luna pudo volver a salir a la calle
Volver
Lo primero que hizo Sergio Muñoz fue buscar de nuevo un trabajo. Changueó hasta que logró entrar como sereno en un corralón, donde se jubiló. A Ircia le quedó el miedo al ruido de las botas, a ese ruido que hacen los zapatos cuando marchan. El ruido de la persecución. Ya no pudo participar de los encuentros de mujeres.
Cuando la familia se fue de Comodoro, la casa quedó destruida y se la apropió la dictadura. Nunca pudieron recuperar nada. Tampoco lo pidieron. No quisieron volver.
Ni Ircia ni Sergio volvieron a participar activamente de partidos políticos, pero sí en cuestiones barriales. Durante el 2001 y los años previos a la explosión social, Ana recuerda ver a su abuela participar en un programa de “mamás cuidadoras”. Se reunían con las vecinas del barrio a coser ropa para repartir y cocinaba en las ollas populares.

Cuando Ana entró a la secundaria, empezó a participar de los centros de estudiantes, incentivada por sus abuelos y a sus primeras marchas, ellos la acompañaron.
— A mi abuelo le gustaba mucho, le hacía muy bien. Hasta muy poco antes de morir, iban siempre a las marchas por la salud pública, por la educación.
De su abuela, Ana, que hoy es activista de Socorristas en Red y acompaña decisiones de abortar, aprendió, por ejemplo, que una no es de nadie. Y dice:
— Soy feminista porque mi abuela me enseñó.