Foto de portada: Julián Athos Caggiano.
“Ay, cuando se escriban nuestras biografías por supuesto que dirán que éramos niñas que odiábamos la injusticia”, se reía Lila Pastoriza. De sí misma, de (y con) esas mujeres con las que había forjado confianza a fuerza de algunas cicatrices eternas, del resto del “colectivo” con en el que la vida y los verdugos de la muerte la habían confinado, y en el que solía repartir coscorrones. Lila odiaba la injusticia, pero también la lectura binaria de las cosas. La enojaban los idolatrados y los que se dejaban idolatrar así como las imprecisiones. Solía huir de los pedestales y desconfiar de quienes se acomodaban rápido en el podio, de quienes no sufrían comezón por los laureles. El humor ácido e irónico era su principal herramienta: con el humor neutralizaba, con la risa surfeó la muerte y navegó la vida. Murió el 25 de marzo, a los 80 años, un día después de que millones de argentinos y argentinas conmemoraran en las calles el medio siglo del golpe de Estado, y homenajeara a sus sobrevivientes, como ella, y a los 30.400 detenides desaparecides.
Periodista de oficio, militante y sobreviviente del centro clandestino de detención que funcionó en la ESMA durante la última dictadura cívico militar eclesiástica, Lila Pastoriza no fue solamente testigo de una época. Fue, sobre todo, una de las voces que permitió reconstruirla. Una voz precisa e insistente, que hizo de la pregunta incómoda su herramienta para mantener viva la llama de la lucha contra la ignorancia.
Nació en Mar del Plata en 1946, creció en Río Cuarto, Córdoba y acabó en Buenos Aires, donde estudió, se involucró en la militancia, soportó el horror de la dictadura y sobrevivió. Obligada al exilio vivió en España y en México. Y regresó al país no bien asomó la democracia.
Tal vez por eso no tenía tonada al hablar. “Hablaba medio cheta, medio copetuda”, la describen quienes la escucharon a diario durante mucho tiempo. Nada más lejano. Su tono, se emparentaba muchas veces con el hartazgo cotidiano con el que solía atravesar los días.
Ya la contó María Moreno, colega suya en Editorial Norma, a esta Lila “en estado de zozobra constante”. Miriam Lewin recordó un apodo que le pusieron sus compañeros de una redacción mexicana en donde trabajó en el exilio: “Señorita resoples la llamaban porque siempre andaba resoplando, quejosa aunque de manera graciosa”. Daniel Schiavi, compañero suyo durante una década en tareas de comunicación e investigación en el Espacio Memoria y Derechos Humanos. “Fue importante su trabajo con ex-conscriptos y alumnos de la ESMA para identificar todos los edificios que conforman el predio, para señalizar sus funciones en el marco de la represión ilegal”, apunta Schiavi, quien la recuerda como “muy refractaria de las simplificaciones, del binarismo berreta, siempre corriendose de afirmaciones desmesuradas o facilismos. El sectarismo la sacaba, el ombliguismo la sacaba y cuando podía lo hacía notar”, que funciona en lo que fue la ESMA desde su expropiación en 2004, reconoció haberla comparado con un “alerta tecnológico”. “Encontré un cuaderno en el que había escrito ‘Lila igual a alerta tecnológico’ porque era un desastre con todo eso. Borraba archivos sin darse cuenta”, recuerda.
Pero a Lila le gustaban los archivos. le gustaba la información, trabajar con ella: indagar, buscarla, recolectarla, amasarla, hacerla circular. Y, a pesar de sus quejas, nadie se hacía un lado si Lila comenzaba a narrar historias. “Todo el tiempo lo hacía, era hermoso escucharla”, la extraña Daniel.
Periodista de oficio, militante y sobreviviente de la ESMA, Lila Pastoriza no fue solamente testigo de una época. Fue, sobre todo, una de las voces que permitió reconstruirla.
Era una familia numerosa la de Lila: mamá, papá, tres hermanos y dos hermanos más por parte de padre, post separación, algo de lo que ella siempre gustó. Su crianza se dio en el marco de las ideas de izquierda, de una vida social y cultural activa de sus padres y con la política “siempre presente”, como contó ella misma en el testimonio oral que dejó registrado para el acervo de la Biblioteca Nacional.
— Mi papá estaba muy en contra de la revolución Libertadora, en cambio a mí me encantaba porque tenía la palabra libertad— contó entre carcajadas, burlándose de sí misma. “Era muy chica”, resaltó.
Luego la familia recaló en la Ciudad de Buenos Aires. Entonces, Lila comenzó a estudiar, en plena efervescencia universitaria de los años sesenta. Allí comenzó su camino militante, que la llevó de la Federación Juvenil Comunista a Montoneros, pasando por varias agrupaciones en el medio. Empezó Derecho en la Universidad de Buenos Aires; terminó siendo periodista. Entendió temprano que narrar no era un acto individual sino una responsabilidad colectiva. Durante aquellos primeros años, como una herramienta más de militancia, como forma para “romper el bloqueo” informativo de las oligarquías. Luego, como método de denuncia. Más tarde, y por fin, para pelear contra el olvido y disputar el sentido común.
En ese camino conoció a Eduardo Jozami, su compañero de toda la vida. Lila y Eduardo se casaron cuando la clandestinidad les empezaba a tapar la cabeza. Se sumaron juntes a Montoneros en 1974. Se mudaron mucho, como todo buen militante setentista. Recalaron en Hurlingham, donde Lila hizo militancia barrial. Nunca dejó de buscar un espacio en donde ser periodista.
***
A fines de 1975, su compañero “cayó” en una “pinza” de la Triple A y quedó preso; recién saldría en libertad en 1983. Para entonces, ella intentaba mantenerse “cuerda” entre tanta ebullición. Desde principios de aquel año, formaba parte de la redacción de la revista Información, que intentaba salir en medio de aquel clima. “Estuvimos un año preparando números 0 y terminó saliendo el primer número el día del golpe”, contó ella misma. Allí, Rodolfo Walsh la convocó para trabajar con él.
— Fue un trabajo de aprendizaje y de charlas. Y yo, que estaba desesperaba por la situación política, que en todos lados me peleaba porque no estaba de acuerdo con lo que se hacía, pero me tenía que callar, encontré en Rodolfo a alguien que escuchaba, que pensaba, con quien se podía discutir— reconstruyó en el relato resguardado por la Biblioteca.
El nacimiento de ANCLA, la Agencia de Noticias Clandestina impulsada por Rodolfo Walsh en plena dictadura —pensada para romper el cerco informativo del terror— fue la escena fundante en donde las dimensiones de la vida de Lila se fundieron: la militante y la periodística. Ahí, en ese cruce entre escritura y riesgo, aparece una clave para leer toda su vida. Lila no concebía el periodismo como observación sino como intervención.
La propuesta era lanzar una agencia de información que “que se pudiera mover en la clandestinidad, llegar a los sectores de poder y políticos con información cierta. Para Rodolfo, verdad y prensa eran lo mismo. El periodismo era un lugar por donde circulaba la verdad y eso había que hacerlo saber”, añadió. La aventura se llevó a cabo junto a Carlos Asnarez, Lucila Pagliai y Eduardo Suárez, como fundadores. Luego se sumaron otros nombres.

El 25 de marzo de 1977, Walsh fue asesinado en el marco de un operativo que desplegó la patota de la ESMA en Avenida Entre Ríos y San Juan con el objetivo de secuestrarlo vivo. Su cuerpo jamás apareció. Lila fallecería el mismo día de aquel quiebre, 49 años después. Tras aquella pérdida, ANCLA continuó. Incluso también lo hizo durante algunos meses después de la caída de Lila, en junio del 77.
Tenía entonces 31 años. Caminaba por la Ciudad de Buenos Aires cuando una patota del Servicio de Inteligencia Naval se le “vino encima”. “Había mucha gente en la calle, recuerdo gritos que en un principio no noté, pero luego me dí cuenta de que eran los míos”, describió durante su testimonio frente al Juicio a las Juntas militares, en 1985.
Lila fue torturada entre 8 y 10 días seguidos en el sótano de la ESMA. Luego la llevaron a Capuchita, el altillo del Casino de oficiales, en donde estuvo unos tres meses. “En la ESMA la risa era necesaria y Lila era experta en pararse sobre la risa para sobrevivir. Para sobrellevar el espanto”, cuenta Ana María “Rosita” Soffiantini, sobreviviente de ese campo de concentración. “Era ácida”, la pincela Rosita. “Su ironía era inigualable”, suma Miriam Lewin, otra sobreviviente que conoció a Lila durante el cautiverio de ambas. “Era divertida”, la describe Daniel Schiavi.
Lila no concebía el periodismo como observación sino como intervención.
El periodismo le sirvió de salvoconducto en ese campo de concentración. Fue obligada a ejercerlo en condición de trabajo esclavo para sobrevivir, al igual que Lewin, Rosita y otros tantos y tantas sobrevivientes como Graciela Daleo y Pilar Calveiro, con quien tejió una amistad que la acompañó en cautiverio, en el exilio, en la impunidad y en años de memoria hasta el fin de sus días. Integró el “staff” y se desempeñó en la “Pecera”, un espacio vidriado cerca de Capucha, en uno de los pisos superiores del centro clandestino. Salió en “libertad” obligada al exilio el 25 de octubre de 1978. Vivió un tiempo en España y luego en México. Desde entonces, su compromiso fue con la Memoria, con la Verdad y con la Justicia, por quienes no sobrevivieron.
***
Antes del Juicio a las Juntas, declaró ante la CONADEP. Y no paró: declaró ante y en múltiples procesos posteriores, incluidos en los que sucedieron en el exterior en tiempos de impunidad argentina; aportó su testimonio en la Megacausa ESMA y el expediente que investigó el plan sistemático de apropiación de niños.
"Pregunté qué pasó con Rodolfo Walsh y me dijeron que lo mataron cuando fueron a detenerlo"
— Juicio a las Juntas | 40 años (@Juicio1985) July 19, 2025
Lila Pastoriza contó que en la ESMA vio muchas cosas del periodista y sostuvo: "Encontré una carta a su hija Vicki, me llevé y cuando estuve en libertad se la di a la mujer de Walsh".
????… pic.twitter.com/TpiuRJWZxR
Si algo la define es su relación con el testimonio. No como descarga, no como catarsis, sino como construcción de verdad. Su palabra permitió identificar represores, reconstruir circuitos, dar cuenta del funcionamiento de los vuelos de la muerte y, sobre todo, visibilizar aspectos menos narrados del horror: la existencia de una maternidad clandestina en la ESMA, el destino de niños nacidos en cautiverio, las tramas de apropiación.
Pero también, y siempre que pudo, se encargó de mencionar de la manera más certera que las condiciones le permitieron registrar los nombres, las características físicas o los datos de las historias de cada persona con la que se cruzó en el campo de concentración.
Porque Lila era “detallista, puntillosa y precisa con los acontecimientos”, recuerda Schiavi. Memoriosa, “todo aquel que necesitaba saber de su familiar en la ESMA terminaba consultando a Lila”, sostiene su compañero de andanzas en tiempos de Espacio de Memoria. Esa memoria solidaria fue la que destacaron, también, las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo al despedirla. “Lila sobrevivió y su testimonio sirvió para probar y juzgar los crímenes de la dictadura, también para dar cuenta de los nacimientos de nuestros nietos y nietas en ese centro clandestino”, destacaron desde Abuelas. La Línea fundadora de las Madres le agradecieron “su testimonio, que fue indispensable para conocer qué pasó con Azucena Villaflor”, pero también su “humor y su valentía”.
***
En el exilio se reencontró con Jozami. Regresaron a Argentina definitivamente cuando comenzaba a instalarse el clima de impunidad. Trabajó bajo la dirección de su marido en la revista Crisis y en la publicación El Periodista. Intentaron, junto a otros y otras trabajadores de prensa, retomar la militancia desde allí. Jozami encabezó la Lista Bordó que compitió por la dirección de la flamante Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA), en la que también estaban Lila y Lewin, entre tantas otras. Perdieron. “Entonces, llevamos a cabo un registro de la situación de las mujeres en las redacciones de Buenos aires y las cosas no difieren mucho de lo que pasa ahora: las mujeres en la base de la pirámide, sin acceder a puestos de mando, ganando menos que los varones, relegadas a temas “blandos” como cultura, educación, espectáculos”, recuerda Miriam, que cierra la escena con “era una gran mina Lila, ¡y escribía muy bien”.
“En la ESMA la risa era necesaria y Lila era experta en pararse sobre la risa para sobrevivir. Para sobrellevar el espanto”.
Durante los 90 siguió colaborando en diferentes medios, sobre todo en Página/12, mientras se desempeñaba en otros espacios. Fue parte de Defensa del Consumidor, por ejemplo. En 2004 integró el grupo de sobrevivientes que ingresó a la ESMA junto a Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Años después, fue convocada a trabajar en la Secretaría de Derechos Humanos, con Eduardo Duhalde al frente. Hizo equipo con Judith Said, dedicadas a la reconstrucción de la historia del predio que se había expropiado y que empezaba a recuperarse para la memoria, la verdad y la justicia. Desde 2010 pasó a formar parte del Espacio Memoria y Derechos Humanos, donde llevó a cabo investigaciones destinadas a contar y a comprender la ESMA en su totalidad.
“Fue importante su trabajo con exconscriptos y alumnos de la ESMA para identificar todos los edificios que conforman el predio, para señalizar sus funciones en el marco de la represión ilegal”, apunta Schiavi, quien la recuerda como “muy refractaria de las simplificaciones, del binarismo berreta, siempre corriendose de afirmaciones desmesuradas o facilismos. El sectarismo la sacaba, el ombliguismo la sacaba y cuando podía lo hacía notar”.
“Iba a diario a ese lugar y yo cada vez que la cruzaba le decía ‘no sé cómo aguantás’”, cuenta Lewin. La disputa por el sentido, que no termina nunca, era su motor y su convencimiento.
A Lila le gustaba discutir, hacer preguntas o comentarios incómodos sobre todo cuando nadie se preguntaba nada. El tiempo de jubilarse, de retirarse al descanso “la tenía preocupada”, confía Daniel. Es que Lila “no era una mina de quedarse en su casa, la asustaba eso. Ella iba más por la acción política, la calle, la gente”. Siempre estuvo rodeada de amigos, pensaran o no a pie juntillas lo que ella. Tenía pocos ídolos intocables, su admiración “pasaba más por sus amigos, su familia, por gente menuda”, puntualiza Daniel.