Cuerpos Sin Patrones: resistencias desde las geografías desmesuradas de la carne, compilado por Laura Contrera y Nicolás Cuello (Madreselva, 2016), reviste un carácter liminar: abre y revela en Argentina un campo de discusión, praxis política y poiesis sobre las “corporalidades gordas” en conexión e intersección con otras corporalidades impropias.

Y digo revela, porque la gordura es quizás una de esas subjetividades tramposas menos percibida como tal: no puede ser,  es el lugar a salir y a la vez el elefante – valga la literalidad – en la habitación que nos acompaña en cada espacio que transitamos. Ser gordx es algo a ser reparado, un estado corporal del que hay que huir, en el que estamos fexs, desdichadxs e indeseables: “los cuerpos gordos importan solo si están en camino hacia la normalidad/deseabilidad, que será ser delgada o no será”, nos recuerda Laura Contreras.

Se está gordx y se nos ha convencido de que es un estado disfuncional que debe ser superado con nuestra voluntad y con la ayuda de la tecnología médica. Pero, en el mismo acto, se nos interpela clara y certeramente desde lo patológico como obesxs (de por vida), con una materialidad que nos sitúa, pesa y mide al grito de “¡Gordx!”. LA palabra y la herida que habitamos como señala Laura y que nos instala en un círculo vicioso del cual parece no saldremos jamás.

Ese no-ser y a su vez exceso-siendo es un dispositivo biopolítico que habitamos millones de cuerpos angustiados y que, como señala Nicolás Cuello,  “logra hacerse efectivo mediante el despliegue permanente de violencia psicológica y emocional, vueltas carne por una trama de tecnologías semiótico-políticas que invaden, torturan, y hostigan de manera incesante nuestras subjetividades, afectando nuestros modos de vida”.

Con ternura y con terror, nos sentimos tan partícipes cuando algunos de los relatos del libro, como el de Lux Moreno, “¿A qué edad fue tu primera dieta?”, nos transportan a la niñez como el primer contacto con la falta que sobra: su disfuncionalidad, su fealdad, su feroz encuentro con la violencia terapéutica del tratamiento. La vergüenza aparece entonces como uno de los recursos centrales de la desvalorización y la disminución, que no sólo nos aísla sino que habilita la humillación y el castigo, la burla y el acoso.

Al describir cómo funcionaban los dispositivos de la corporalidad en las sociedades de control – inmersas en un relato de historia e identidad nacional de pureza y de producción de cuerpos dóciles – Laura nos sugiere prestar atención a los “cuerpos siempre disponibles, regimentados, en un estado permanente de alerta, ansiedad y avidez” de la modernidad tardía.  Y es aquí donde quiero detenerme, pues hay un extraño parecido de familia entre este dispositivo y las regulaciones de los sistemas pastorales. A modo de pecado las corporalidades gordas son producidas y significadas como falta. No caer en la gordura, como se señala en varias oportunidades en el libro, es una tarea individual que depende de la voluntad y el sacrificio constantes. Pero, el quid de esta lógica es: no desesperar en la caída sino volverse a levantar una y otra vez. La obesidad es entonces pecado original, y la llevaremos por siempre. Por eso la lucha es constante. Y, sea para fijarnos los movedizos límites grasos e iluminarnos sobre el ideal de perfección que nos libere de estos cuerpos excesivos, sea para acompañarnos en esta lucha, la industria farmacolípida y alimenticia estarán allí. Un dispositivo que funciona a la perfección bajo la maximización de la producción de carencia, necesidad y angustia del semio-capitalismo actual como lo denomina Bifo.

Por tal motivo al realizar una genealogía crítica de los discursos médicos, de la industria de la alimentación/dieta, de las historias de vida, de las imágenes que circulan, de las políticas globales de exterminio, lxs autorxs buscan recuperar no sólo una narrativa de la experiencia gorda sino un contra-saber práctico que nos permita sustraernos a la transitoriedad, ansiedad y desprecio: “más que una mera reivindicación de las redondeces, la gordura o la grasa, cuestionamos la necesidad social de cuerpos-patrones, mensura y mesura que nos producen constantemente como corporalidades menos aptas o indeseables incluso”.

La propuesta es entonces construir afectivamente a partir de la afinidad y el encuentro de las más diversas experiencias gordas “una posición política, disputando cuerpo a cuerpo con el discurso hegemónico”.

Lxs autores del libro se sitúan básicamente en un activismo del Sur y particularmente de la Argentina pero buscan dialogar temporal y espacialmente con otros procesos del activismo gordo a partir de una canibalización de elaboraciones conceptuales y experiencias que los exime de cualquier recepción teórica acrítica. En el mundo de habla castellana , como señala Lucrecia Masson, el “despertar gordo viene con una impronta muy sudaka”. Este situarse reconoce además el contexto actual de producción  de “neoliberalismo magro” y fobia a la crítica, encarnada en un sujeto racializado y gordo: el “grasa militante”, tal cual ha sido expuesto por el actual gobierno de Macri, que afecta tanto el  régimen de  producción de corporalidades indeseables como de los discursos y prácticas de resistencia.

Pero la riqueza del libro se adensa aún más. Lxs autorxs no se quedan en el cuadro de situación y en su problematización sino que avanzan con propuestas muy concretas de acción, resistencia y lucha. Producto de su saber situado y su permanente relación de afinidades y diferencias con otras experiencias corporales diversas el “qué hacer” adquiere una originalidad y densidad teórica específica que no pretende ser ejemplar ni definitiva. Desde la propia conformación del libro hasta la práctica y el relato, buscan que la gordura no se convierta en un saber que señale un camino o que sea fácilmente capturado por el conocimiento académico y sus lógicas de apropiación.

Nos advierten también que no toda política corporal desestabiliza la categoría de normalidad, rechazan las políticas del orgullo y la auto-aceptación individual como únicas dimensiones del asunto y problematizan la calificación gordx tanto como insulto o como asunción neutra. Desconfían de una política identitaria encasilladora y de la retórica del empoderamiento necesario. En vez de ello proponen la articulación con el feminismo/transfeminismo, el activismo de la diversidad funcional, trans e intersex, la recuperación del deseo. Trabajan para “conectar y posicionar saberes gordos en una genealogía más amplia: la historia política de los cuerpos sin patrones”. Y nos invitan a profundizar esa comprensión.

Su propuesta no se basa tampoco en darnos recetas fáciles: cada unx construirá una experiencia diversa de su gordura, aun claro, cuando lo colectivo este allí para construir la acción política. Pero tampoco dicha acción pretende convertirse en la policía de la disidencia (un término que le debemos a Mauro Cabral), una actitud tan cara a muchas propuestas queer y post-post deconstructivistas que nos dicen a cada momento donde nos desviamos de la supuesta anti-norma que a su vez dicen deconstruir. “¿Podrían sentirse al menos por un ratito, debajo de la piel de una niña monstruo que quiere un poquito de femme glam?” cuestiona Canela Gavrila en un excelente análisis de las construcción de la feminidad gorda reacia a toda matriz libertaria que se propone vigilar la pureza de la disidencia  desde su propia experiencia de clase, de raza y de cuerpo.

A quienes no se sientan interpeladxs como gordxs o aquellxs que se sientan gordxs “por un ratito”, el libro les servirá sin duda para despertar aspectos de su privilegio. La vida de una persona gorda no sólo esta compuesta de agresiones profundas sino de miles de microagresiones cotidianas. Como señala Nicolás Cuello: “gordxs somos aquellos que somos nombrados en cada uno de los espacios que transitamos, en todas las ciudades del mundo, en cada objeto de la vida cotidiana que nos rodea, nos recuerda nuestra forma, y sobre todo nos dictamina la sentencia de la expulsión como condena social a nuestra desmesura”.

La gordura es uno de esos bastiones que aún se mantienen intocados entre mucha gente muy progresista y bien intencionada, incluso muy querida por nosotrxs, pero que continúa habitando la formación discursiva más cruel y descarnada para referirse a nuestros cuerpos gordos. A lxs no gordxs de buena voluntad lxs invitamos entonces a una reflexión profunda a partir de la lectura de este libro y sino, al menos, a ejercitar el silencio y a cuidar aspectos de la vida en común para hacer nuestra vida un poco más sencilla.

Para quienes somos gordxs el libro es un bálsamo. Supera tiempos y distancias y nos hace sentir ese calor de manada en la que lamer, unxs a otros nuestras heridas, nos da calor, abrigo y nos conforta en la hostilidad de una vida de indeseabilidad y no lugar. Pero al mismo tiempo nos pone en palabra y nos habilita a la palabra para comenzar a decir, a sentir, a “politizar las pasiones de nuestros cuerpos en el proceso de su enunciación política” y a practicar una imaginación poética junto a otras “corporalidades desdichadas”.