Durante 2025, Donald Trump, demostró que está decidido a intervenir en diferentes aspectos sobre la vida política de los países de la región. Este año hemos visto una sucesión acelerada de hechos perpetrados desde Washington hacia todo el continente y, particularmente sobre, América Latina. Este accionar está en buena medida caracterizado por la impronta impredecible del presidente de Estados Unidos, que funciona un poco como estrategia y otro poco como rasgo de personalidad.
Enumerar estos hechos podría ser una tarea demasiado ardua y aburrida, pero recordemos algunos para intentar dimensionar el escenario: la reivindicación del Canal de Panamá como propiedad de Estados Unidos; la idea de anexar Groenlandia y Canadá; el cambio de nombre del Golfo de México por Golfo de América; la militarización de la frontera con México; la imposición de aranceles a modo de sanción a diferentes países; la macabra exhibición de la política anti-migratoria y las deportaciones masivas; la incidencia directa sobre procesos electorales como sucedió en Honduras —donde finalmente se consagró presidente Nasri Asfura, el candidato de Trump— y en Argentina cuando a días de la última elección legislativa, Trump le confirmó a Javier Milei su respaldo económico y político. “Usted va a ganar la elección. Vamos a respaldarlo hoy, respaldarlo completamente”, pero también le advirtió que “si pierde, no vamos a ser tan generosos con Argentina”. Esto último, influyó sobre una parte del electorado que ante la escasez de reservas y la disparada del precio del dólar veía armarse la tormenta perfecta para una nueva crisis económica.
Por último, la decisión de la Casa Blanca de iniciar una serie de ejecuciones extrajudiciales de aproximadamente 100 lancheros en aguas del Caribe y el Pacífico acusados de cometer delitos vinculados al narco terrorismo. Y, sin dudas, uno de los actos más confrontativos fue la intervención militar en las costas de Venezuela desplegando tropas y el mayor portaaviones de las fuerzas estadounidenses adjudicándose el petróleo del territorio venezolano como propiedad estadounidense.


“Se trata de una política extremadamente injerencista porque Estados Unidos ya no puede ejercer una hegemonía y un dominio global como lo hacía al inicio de la posguerra fría y se está recostando en lo que ellos llaman el hemisferio occidental o, en términos más coloquiales y despectivos, el patio trasero de Estados Unidos”, afirmó el historiador e investigador CONICET Leandro Morgenfeld.
Estos hechos cobran mayor relevancia a partir de la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Casa Blanca. Washington define este documento como “el corolario Trump” de la Doctrina Monroe. Es decir, una versión actualizada del documento que en 1823 declaró a América Latina como “el patio trasero” de Estados Unidos, mientras este país se arrogaba la injerencia sobre la región. Doscientos años después, la administración Trump define que debe impedir la expansión y consolidación comercial de China en América Latina y, para eso, se adjudica la potestad de intervenir en la política, la justicia, la economía y los territorios de los países de la región con acciones como las enumeradas.
“(Norte)América First”
Estados Unidos primero es una idea rectora de la Estrategia de Seguridad Nacional que declaró a China como su principal amenaza al tratarse del principal socio comercial de América Latina. Implica una política a punta de garrote o en palabras del sociólogo Juan Gabriel Tokatlian, durante el Webinario Regional sobre Militarización organizado por el CELS, “es una lógica de dominación, imposición, sometimiento y subordinación a la región que no habíamos conocido en otros momentos”. Este escenario se despliega aceleradamente mientras en América Latina las ultraderechas se convierten en opciones electorales como sucedió en Ecuador, Bolivia, Argentina y recientemente en Chile.
“La Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump es una lógica de dominación, sometimiento y subordinación a la región que no habíamos conocido en otros momentos”.
“El documento de la Estrategia de Seguridad Nacional es inédito para América Latina. A mi modo de ver, nos va a llevar no a la vieja Doctrina de Seguridad Nacional, sino a una nueva doctrina de inseguridad continental. Todo lo que proviene de América Latina es un problema para Estados Unidos y no lo puede lograr de manera fácil en la región. Con lo cual, me parece que el componente de mano dura, más coercitivo y punitivo, es el que va a seguir aplicando”. Por eso, Tokatlian sostiene que la creación del “nuevo comando Western Hemisphere Comand significa atar la seguridad nacional de Estados Unidos a la seguridad continental”. En este sentido, el analista internacional y profesor de la Universidad Di Tella advirtió que “el uso de la fuerza en la región es un problema mayúsculo porque hay muchos gobiernos que comparten la lógica de la acción de los Estados Unidos y veo que las voces críticas son pocas y reducidas, casi se han concentrado en Colombia y Brasil. Aún México ha bajado el tono de su malestar inicial con las acciones”.
Los desalineados
El contrapeso viene marcado por tres de las cuatro economías más grandes de la región: México, Colombia y Brasil, países no alineados a Estados Unidos. En Colombia y Brasil, Trump intentó intervenir en la política y la justicia. En ambos casos, por fallos judiciales adversos a expresidentes como Álvaro Uribe y Jair Bolsonaro, dos dirigentes de la ultraderecha latinoamericana y con una gran afinidad política con el mandatario estadounidense.
México, Colombia y Brasil “han tenido distintos tipos de conflictos con el gobierno de Trump ya que, justamente, expresan otro tipo de inserción internacional”. Morgenfeld explicó que “los tres gobiernos han mantenido y mantienen políticas soberanas y de defensa de la autodeterminación de los pueblos y de América Latina como una zona de paz. Los tres países tienen vínculos económicos muy fuertes con Estados Unidos y entienden que la única posibilidad de tener un desarrollo, una política exterior y una inserción internacional más soberana es diversificando las relaciones, vinculándose con otros países del Sur Global, con otros países emergentes, con el grupo BRICS y con Asia Pacífico que es el motor de la economía mundial, y esto llevó a Estados Unidos a tener una política de mucha confrontación, sobre todo con el gobierno de (Gustavo) Petro en Colombia” .
El historiador también advirtió que “con el gobierno de Lula (Da Silva) ahora están retomando las negociaciones y el diálogo bilateral, pero recordemos que Estados Unidos avanzó con amenazas directas contra el gobierno de Brasil y por la decisión de la Corte Suprema de condenar a Bolsonaro le impusieron aranceles extraordinarios del 50%. La posición de Lula fue muy firme en la defensa de la soberanía de Brasil, logró torcerle el brazo a Trump, se levantaron esas sanciones y Lula subió en las encuestas por esta política de defensa soberana de Brasil”. Es un sondeo prematuro, pero para no desestimar, ya que el lider del Partido de los Trabajadores está decidido a renovar su mandato el año próximo, mientras los diputados bolsonaristas buscan reducir la condena efectiva del ex presidente a través de un trámite legislativo. Bolsonaro no podrá presentarse como candidato en 2026 y todavía no suena con fuerza quién será el representante del bolsonarismo en las urnas.

En el caso de Colombia, las amenazas contra la gestión de Gustavo Petro son múltiples y llegaron incluso a revocarle la Visa para ingresar a Estados Unidos al presidente por manifestarse en New York en contra del genocidio contra el pueblo palestino. Colombia está en la mira de Trump y le advirtió a Petro que “Pronto será el siguiente. Espero que esté escuchando”, al referirse al mandatario colombiano por haber cuestionado la intervención de Estados Unidos en Venezuela. Colombia también tendrá elecciones presidenciales en 2026. Allí Iván Cepeda Castro, un histórico referente de la política y los derechos humanos, disputará la presidencia liderando la lista de unidad de la izquierda y el progresismo en el Pacto Histórico. Del otro lado, una vez más, las alianzas de ultraderecha comandadas por el uribismo.
La democracia en la región
La última postal electoral de este año viene de Chile, donde José Antonio Kast se consagró como presidente con el 58% de los votos en segunda vuelta, marcando el regreso al poder de un heredero del pinochetismo. “Chile vive un momento marcado por la recomposición del consenso neoliberal y la instauración de un consenso xenófobo entre las fuerzas políticas institucionales”, aseguró a LATFEM Karina Nohales, activista feminista chilena e integrante de la Coordinadora 8M. Esta caracterización se representa en la figura del presidente electo, cuyo primer gesto político fue viajar al día siguiente de la elección a Buenos Aires para posar con su par argentino junto a la motosierra, emblema político del achicamiento del Estado, el ajuste económico y la violencia de la gestión de Javier Milei. Antes de cruzar la cordillera, Kast se encargó de decirle a la población que implementaría un plan de shock y que, desde luego, dolerá. Mientras tanto, sus votantes celebraban el resultado con retratos en alto del dictador Augusto Pinochet. En términos ideológicos, se espera que Chile quede alineado detrás de las directivas de Trump, del mismo modo que Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay y Argentina en el Cono Sur.

“Chile vive un momento marcado por la recomposición del consenso neoliberal y la instauración de un consenso xenófobo entre las fuerzas políticas institucionales”.
“Efectivamente, hay un avance muy fuerte de las ultraderechas. Primero fue en Estados Unidos con Trump, después con Bolsonaro en Brasil, con (Nayib) Bukele en El Salvador, luego con Milei, y ahora estamos viendo avances electorales muy importantes en Chile, Ecuador y Honduras. Creo que hay una crisis muy fuerte de lo que se llamaría las democracias liberales o las repúblicas como funcionaban en los últimos años. Es decir, unos sistemas políticos que no redundaron en mejoras en la calidad de vida de las poblaciones, sino todo lo contrario: América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo, una región que enfrenta situaciones económico sociales muy complejas, que tiene un saldo migratorio negativo, que atraviesa distintas problemáticas muy importantes, algunas estructurales”, señaló Morgenfeld.
El historiador también hizo énfasis en cierta “imposibilidad de los gobiernos socialdemócratas y progresistas —y en algunos casos, gobiernos de izquierda— para superar esta dependencia estructural y de desarrollo que hizo que este descontento social fuera capturado por supuestos outsiders que vienen con propuestas de ultraderecha y han desplazado a las derechas tradicionales que fueron parte también de los gobiernos en muchos países de la región en los últimos años. Han sido muy astutos en presentarse como opciones que venían de afuera de lo que en Argentina se llamó la casta y lograron capturar parte de este descontento”.
“Los supuestos outsiders de la ultraderecha han sido muy astutos en presentarse como opciones que venían de afuera de lo que en Argentina se llamó la casta y lograron capturar parte del descontento social en la región”.
A partir de la última elección en Chile, Karina Nohales asegura que “este consenso se sostiene en la derrota del movimiento social y de las amplias fuerzas populares que irrumpieron en 2019 en el estallido social“. “Los sectores activistas y organizados experimentan un reflujo significativo, y los sectores populares no organizados que se involucraron en la revuelta atraviesan, una vez más, una defraudación de las expectativas de cambio en un país en que las profundas desigualdades estructurales se siguen manteniendo intactas tras un largo ciclo de luchas antineoliberales”, sostiene la activista feminista.
La particularidad del caso chileno es que “el avance social de la ultraderecha ha sido sostenido en los últimos años. No se trata en este caso de una nueva derecha, sino de la vieja derecha pinochetista, ultraconservadora, ultra-religiosa y ultra-neoliberal, cuyo programa y cuya receta conocemos bien. Sin embargo, hoy adquiere una entidad mayor al llegar al gobierno por primera vez mediante las urnas, con el voto de amplios sectores populares, en un contexto internacional marcado por el avance de fuerzas de extrema derecha y con una centralidad programática además puesta en la restauración patriarcal sobre las vidas y cuerpos de mujeres, disidencias, niñeces, persona migrantes y racializadas”, destacó Nohales que, en sintonía con lo que planteado por Morgenfeld, asegura que “el progresismo gobernante no logró consolidarse pues apostó por recomponer la normalidad neoliberal impugnada. Se abre un momento plagado de peligros. El mayor de ellos, en mi opinión, es que la reacción logre en este ciclo constituirse orgánicamente como movimiento social más allá de la esfera institucional”.
Desafíos para una región en disputa
El próximo año Brasil y Colombia, dos de los desalineados, irán a elecciones presidenciales. En ambos países estará en juego en buena medida la soberanía democrática ante la injerencia creciente de Estados Unidos, y en términos locales, para ambos se medirá la capacidad de hacerle frente al regreso de sus ultraderechas al poder, esta vez acompañadas por un tono de época a nivel mundial. En el caso de Colombia, el gobierno de Petro es una excepción en una larga sucesión de gobiernos de derecha, y en Brasil, aunque con Bolsonaro preso, habrá que las posibilidades del bolsonarismo ver y cuál será el candidato que pueda competir con Lula en las urnas.
“Creo que el desafío para las fuerzas del campo nacional y popular, progresistas y de izquierda es dejar de actuar solamente de forma defensiva frente a estos asedios que sufren las democracias de la región y plantear cuál es el proyecto de emancipación regional y nacional, en cada caso, que redunde en mejoras en las condiciones de vida de la mayor parte de la población. De lo contrario, América Latina va a estar signada a ser cada vez más periférica desde el punto de vista de su inserción económica internacional y con sociedades cada vez más desiguales, y por lo tanto, cada vez con más conflictos sociales, más violencia, más exclusión y más problemas de migraciones, entre otros temas”, afirmó a LATFEM Leandro Morgenfeld.
“El desafío para las fuerzas progresistas es dejar de actuar solamente de forma defensiva frente a estos asedios que sufren las democracias de la región y plantear cuál es el proyecto de emancipación regional y nacional, en cada caso, que redunde en mejoras en las condiciones de vida de la mayor parte de la población”.
A partir de las últimas elecciones en Chile y de este proceso de avanzada electoral de las ultraderechas que han logrado hacerse del voto popular, Nohales señala que “el hecho es que muchas de las personas que hoy han dado su voto a Kast salieron a la calle en 2019, durante el estallido social, con una clara impugnación a lo existente. Es importante recordarnos que en una proporción importante lxs votantes actuales son esas mismas personas porque aunque la idea parezca desmoralizante —y en parte lo es— nos muestra que las mayorías sociales no nacen, viven y mueren siempre con las mismas ideas. La conciencia política no está hecha de acero, es un territorio de disputa. Esa disputa atraviesa hoy una fase reaccionaria, pero de ninguna manera un cierre definitivo”.
Para la integrante de la Coordinadora Feminista 8M de Chile, comprender esto forma parte de comenzar a desplegar una pedagogía antifascista que pueda hacerle frente a este periodo sin entenderlo como un cierre consumado, sino como una disputa abierta. “Es un momento muy adverso dentro de un ciclo más largo en el que tenemos un rol que jugar. Este rol es, entre otras cosas, pedagógico: estar ahí —sin sectarismo— cuando comience el desencanto de sectores que han votado Kast, exponer en la práctica el carácter regresivo de las propuestas del gobierno electo”.
La tarea que las organizaciones populares tienen por delante en Chile para los próximos cuatro años puede darnos algunos indicios para pensar y poner en práctica las complejas tareas del presente ante un escenario tan adverso en diferentes países. “Agrupar y activar la movilización de los sectores organizados; no distanciarnos de quienes, desde la precariedad, el descontento y el miedo han dado su voto a Kast; estar con lxs trabajadorxs pobres, pobladoras asediadas por el narco, personas migrantes y familias desalojadas de tomas y campamentos, entre otros sectores contra quienes Kast dirigirá con especial saña sus políticas; articular una oposición a la vez amplia, pero autónoma de los partidos progresistas que han contribuido, de múltiples formas, a allanar el avance del fascismo”.
Por último, es sabido que si algo tienen en común estas ultraderechas actuales es su profundo desprecio por los feminismos y la comunidad LGTBIQA+. Muchos países de nuestra región ya tienen la experiencia de los transfeminismos en las calles, en organización y lucha. La experiencia es una herramienta de resistencia y de construcción de un destino común. Este 2025 comenzó en Argentina con una multitudinaria Marcha de Orgullo Antifascista Antirracista que se replicó en diferentes ciudades y se hizo escuchar. “El rol del feminismo es clave, no solo por la innegable fuerza internacional e internacionalista que ha encarnado el movimiento en la última década, sino también porque en tiempos reaccionarios corremos el doble peligro de que, ante el avance la extrema derecha, ganen terreno las ideas y corrientes conservadoras al interior de la izquierda”, señaló Nohales.
“El rol del feminismo es clave, no solo por la innegable fuerza internacional e internacionalista que ha encarnado el movimiento en la última década, sino también porque en tiempos reaccionarios corremos el doble peligro de que, ante el avance la extrema derecha, ganen terreno las ideas y corrientes conservadoras al interior de la izquierda”.
“Sabemos que existen fuerzas que responsabilizan a luchas feministas, a las luchas LGBTQIA+, a las luchas indígenas, ambientalistas, pro-migrantes y antirracistas del avance del fascismo. Necesitamos una oposición amplia que no retroceda, una oposición de las migrantas, de las racializadas, de las lesbianas, de las trans y travestis, de las desalojadas de las tomas de terreno. Lo que ocurre hoy en Chile está ocurriendo también en Argentina, en Brasil, en Estados Unidos y más allá. En este contexto, el diálogo internacionalista entre las diversas experiencias de resistencia resulta fundamental”, concluyó la activista feminista y referente de la Coordinadora 8M.