En la foto hay un señor, grande, postrado en cuatro sobre el cuerpo de una una nena. La imagen es una de las cientos o miles que se vieron en redes y en documentales que circulan desde que se destapó el caso de Jeffrey Epstein allá por 2005. En Netflix hay películas que recuperan testimonios de sus víctimas y cuentan la historia de su mujer y cómplice Ghishanne Maxwell. En YouTube hay entrevistas, imágenes que surfean en el borde de la información y el morbo. También hay cientos de artículos, videos, testimonios, columnas de opinión. La trama lleva años y mucho, muchísimo, material. Pero, ¿de qué se trata el caso Epstein? Tres palabras: clase, poder y patriarcado. Y una más: racismo.
Esta foto del hombre y la nena salió a la luz con la última desclasificación de los archivos Epstein, que el Departamento de Justicia de Estados Unidos va revelando a discreción con mayor o menor consenso de la Casa Blanca. En ella, como en toda imagen, hay un punto que atraviesa. Es lo que Roland Barthes llamó punctum, algo que pincha, que produce un flechazo. Aquí es la sonrisa perversa del ex príncipe inglés Andrew de Windsor, que acaba de ser arrestado por sus vínculos con Epstein. En la foto, el tipo sonríe en cuatro patas sobre una nena a la que apenas le empiezan a crecer las tetas. Podemos ver, aunque la cara esté protegida, que la nena es rubia. Las víctimas testimoniantes tienen casi siempre la belleza americana, esa de la chica de al lado que podría llegar a ser pop star o modelo. ¿Qué tiene que ver esto con nuestra realidad latinoamericana? ¿Cómo se vinculan esas imágenes de excesos y perversión, con las de hambre, pobreza y racismo de este lado del mundo? ¿Que tienen que ver esas fiestas de ricos y famosos con el sistema económico que obliga a las mayorías a una vida de la mera subsistencia? Bastante.
Por un lado, Argentina acaba de firmar un acuerdo de sumisión total con los Estados Unidos en el que cede cuerpos y territorios. Por otro, esta trama abarca un problema mundial. Los súper ricos, los asquerosamente ricos, acumulan cada vez más riqueza a través de la especulación financiera, de negocios millonarios en los que se reparten la tierra sin pudor, de la política internacional y sus juegos de guerra. Y a medida que acumulan cada vez más, más y más capital, acumulan más, más y más poder.
Dinero, guita, plata. Mucha plata y poder, mucho poder: un ticket para transgredir todos los límites sin temor alguno a pagar por ello. Ya lo sabemos: los ricos no piden permiso. Saltan por encima de la ley, la ética, la justicia y los contratos sociales. Por eso, quizás haya que correr un poco la mirada de ciertos nombres propios como el de Epstein —que está más que probado culpable y su caso resuelto con su aparente suicidio en prisión— para poder ver el bosque.
Podríamos ponerle otro nombre al caso: La trama del poder, La impunidad de los ricos y otros títulos de telenovelas malas. Pero lo cierto es que los archivos que están saliendo a la luz hace ya 20 años hablan de cómo opera la élite en el mundo en el que vivimos.
Ya no deberíamos sorprendernos con los nombres que siguen y siguen apareciendo. Negocios, servicios financieros, acuerdos millonarios, vuelos en aviones privados como el Lolita Express, famosos, anónimos, de derecha y no tanto, mujeres —por qué no— CEOs, empresarios, millonarios, trillonarios, magnates, jeques, reyes tecnológicos, deportistas, capos de medios y del espectáculo, presidentes y ministros, y todo aquel con una cuenta abultada y un bulto con ganas de jugar con “muñequitas”.
Porque hay algo importante que aclarar. La primera detención de Jeffrey Epstein lo llevó a una condena de sólo 18 meses por consumo de prostitución. Pero que se entienda bien: acá no hubo ningún contrato de trabajo sexual. Lo que pasó sistemática y metódicamente no tuvo nada que ver con un intercambio consensuado de servicios o actos sexuales entre adultos por una contraprestación económica, bienes o servicios. Acá no hubo agencia ni autonomía. Hablamos de trata y explotación sexual porque las nenas y jóvenes (muy jóvenes) fueron cooptadas a través de estafas y mentiras, y luego forzadas a realizar actos contra su voluntad. Cuando Epstein las invitaba a su mansión o a sus viajes, no les decía que iba a pagarles por tener sexo, les hablaba de un masaje.
A estos hombres no les interesaba establecer un acuerdo con una trabajadora sexual. De más está decir que les sobra el dinero para pagar servicios de alta gama y hacer volar a la mujer que quieran desde cualquier parte del mundo. Pero no es la idea. El procedimiento y su ejecución incluyen una capa más. Estos hombres querían chicas asustadas y vulnerables con el aspecto de nenas. El miedo y la intimidación eran parte del morbo. Muchas víctimas cuentan que las trataban con condescendencia, las “orientaban” ofreciéndoles consejos paternales, les prometían mejoras en sus condiciones de vida, les hacían contarles sus sueños, sus ilusiones.
Se trata de poder, repetimos otra vez con Rita Segato. Y de la acumulación de la riqueza en manos de un puñado de hombres blancos como ya dijo mil veces -entre otras- Silvia Federici. Nenitas rubias en fila giran con los ojos vendados como en el gallito ciego hasta que un viejo verde hoy presidente de Estados Unidos manotea a una. Se produce un forcejeo. Las imágenes brotan, siguen apareciendo escenas en las que se ve, ahora, chicas aterrorizadas, claramente sufriendo.
¿Es esto la caída final de Occidente o estar hablando de esto es que todavía existe una reserva? En un momento histórico en el que los límites se corrieron hasta la exasperación y cualquier cosa parece que puede ser dicha o hecha (un presidente puede insultar a un niño autista, otro puede invadir un país y remover a su presidente sin que realmente pase nada) con este caso todavía nos asqueamos. Sabemos que no es ninguna sorpresa, que la justicia será tenue y que el problema de raíz no se resuelve. Y sin embargo la impugnación se hace inevitable.
Se dice con mucho acierto que en los archivos de la mega red de negocios y trata no aparecen ni drag queens, ni inmigrantes, ni gays ni travestis. No aparecen entre los depredadores pero tampoco entre las víctimas. Entre las nenas elegidas, acunadas en un reciente estado de bienestar, casi no hay negras, ni marronas, no hay racializadas. Una selección aria para la pedofilia. Un mundo para pocos cada vez más exclusivo, una isla virgen solo para ellos. Los super ricos dirigen la batuta, cero novedad. La camaradería peneana que tan bien describió Malena Pichot es transversal a la ideología pero se aprieta con un cinto de hierro en torno a la clase.
Es tendencia: los super ricos quieren convertir el planeta en un barrio privado. Acá mismo, en Argentina, comenzaron las razzias al estilo ICE que salen a cazar morochxs. Un operativo de Nación detiene bolivianxs en CABA. ¿A dónde quieren mandarnos? Quizás en algún momento podamos ver que lo único que derraman sus fortunas es sangre. Como las guerras, esas guerras que desatan acá y allá para ser cada vez más, más y más ricos.