En España “Por un feminismo crítico y abolicionista del género”, un manifiesto que ya cuenta con más de mil firmas, rechaza la posibilidad de que un “hombre” pueda identificarse como “mujer” con solo enunciarlo (sic). En Uruguay un grupo neoconservador ha impulsado un referéndum para derogar una ley que promueve la restitución de derechos para personas trans. En diversas regiones un movimiento de restauración autodenominado “contra la ideología de género” se ha lanzado en una cruzada moral en defensa de “la familia y los niños”. En la Argentina la mutación del Encuentro Nacional de Mujeres en Encuentro Plurinacional de Mujeres, lesbianas, travestis, trans y no-binaries parece crispar tradiciones políticas en el primer país que hizo una aplicación concreta de los Principios de Yogyakarta sobre el reconocimiento de la identidad de género. Más aún, recientemente, un proyecto de ley propone la eliminación de la asignación sexual compulsiva. Todos estos conflictos recientes están sujetos a un patrón común: insisten en invocar una comprensión naturalista del “sexo”, entendido como materialidad biológica, evidente para algunos discursos presentados como “la” ciencia. El sexo entendido como una suerte de cemento u origen pre-discursivo que debe resguardarse para garantizar el presente, cierto orden social del presente, y su perpetuidad. 

Incorporando el género

Cuando las feministas, a inicios de los ’70, realizaron una apropiación de la categoría “género” lo hicieron para dar cuenta de una desigual relación de poder construida a través de una diferencia, la diferencia sexual. Con probabilidad, primó una comprensión estructural del género entendido como extracción de beneficios de los varones por sobre las mujeres. Aunque con importantes variaciones teóricas, históricas, regionales la preocupación por la singularidad de esta opresión (la espinosa cuestión acerca de por qué las sometidas aceptan su sumisión, la comprensión de lo personal como políticamente producido), la corporalidad, la subjetividad y la posibilidad de transformación social han sido desde entonces parte de la constelación de debates alrededor de dicha categoría. 

La cuestión sobre el modo en que -trans o cis- agonizamos ante el género viene siendo un nudo de debate en un contexto global de lucha contra la descriminalización y despatologización de las personas trans. Durante las décadas del ochenta y noventa, tanto los estudios queer como los estudios trans problematizaron la percepción del cuerpo teniendo en cuenta la jerarquía bi-categorizante producida por el género bajo una lógica heterosexual. Partiendo de la teoría feminista, prestaron especial interés en indagar el modo en que las normas de género pueden ser aceptadas o desplazadas teniendo en cuenta que no son la expresión de alguna esencia biológica o trascendental sino más bien se corresponden a arreglos socio-históricos cambiantes pero con una fuerza que muchas veces puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Dicho escenario de reflexión crítica, de ruptura y apropiación de categorías heredadas, fue sintetizado por la influyente Sandy Stone como el propio de una resistencia “pos-transexual”.

Estas variaciones sobre la comprensión del género, no necesariamente excluyentes de otras que focalizaron en diagramas de dominación antes que en la resistencia, abonaron el terreno para que los activismo trans reorganicen sus protestas y sus tácticas jurídicas, un asunto que alcanzó un momento de inflexión con la Declaración de los Principios de Yogyakarta en 2007. Los mismos definen la identidad de género como una  “vivencia interna e individual” de cada persona pudiendo corresponder o no con el sexo asignado al nacer. ¿Significa esto que la diferencia sexual ha sido categóricamente destruída?, ¿estamos una nueva invisibilización de las mujeres?, ¿se abre la necesidad de introducir un “tercer sexo”?, ¿por qué el reconocimiento de la identidad de género es considerado una amenaza inminente? 

La afirmación de la identidad de género

Si en los años ochenta los emergentes activistas trans impulsaron la demanda por un “cambio de sexo” nuestro contexto actual involucra un desplazamiento crítico crucial: la afirmación del género y la posibilidad de prescindir del sexo como categoría jurídica. 

Las leyes de identidad de género tributarias de los Principios de Yogyakarta remiten la transición legal de género a la autonomía decisional de cada persona. Es decir, no guarda relación necesaria con las categorías de varón o mujer ni con las de transexuales, travestis, transgéneros, más bien abre la posibilidad de reconocimiento legal a múltiples variables. En la Argentina, por ejemplo, aún es obligatorio inscribir el sexo del recién nacido pero cualquier persona que manifieste su voluntad puede impugnar esto y exigir la eliminación de la categoría sexo en sus documentos de identidad. 

Tempranamente, el activista trans e intersex Mauro Cabral caracterizó a esta ley en términos de una “tensión articulatoria”: la ley de identidad de género corrompe la coherencia sustantiva de sexo-género (a un cuerpo codificado como “macho” la necesaria identificación como varón, por ejemplo), más aún, cualquier correspondencia necesaria entre corporalidad e identidad de género está supeditada a la vivencia de la persona.

Podríamos afirmar que estamos ante cierta “crisis epistémico-política”: el aparato cultural de asignación de la diferencia sexual que hace corresponder un órgano “reproductivo” con una identidad sexual a través de un mecanismo visual permanece vigente. Al mismo tiempo, es puesto en cuestión y desmontado por el mismo ordenamiento jurídico que admite la arbitrariedad de tal asignación o la vuelve obsoleta abriendo la posibilidad de un cambio registral del sexo conforme a la identidad de género autopercibida.  No se trata tanto de asumir la existencia de un sexo ni de dos, ni de agregar un tercero. Ese camino puede conducir a nuevas vulnerabilidades al intentar predefinir patrones corporales con cierta identidad de género. Antes bien, como han resaltado algunas juristas como Eleonora Lamm, podría afirmarse que hay tantas personas como identidades de género posibles. 

Una pregunta que quiero dejar abierta: ¿Cómo convive el reconocimiento legal de la identidad de género con aquellas vivencias en los márgenes de la diferencia sexual blanca-colonial? Marco Chivalan, crítico marica ki´che, ha subrayado que el reconocimiento de los derechos LGBT necesitan asumir su dificultad para captar los múltiples vectores sobre los que vivenciamos el género, irreductibles a una transición legal, y articularse con las resistencias antiracistas y decoloniales. Aquí las coaliciones plurinacionales de mujeres-trans-travestis-no binaries y, por qué no, maricas, se ven a la tarea de no ceder a una suerte de “futurismo posracial y posgénero” que, con todo su progresismo civilizatorio, oculte la continuidad de una violencia estructural caracterizada por variadas formas exclusión y despojos. 

Quienes ven en este reconocimiento legal la permanencia intacta de dos sexos reconocidos por el Estado parecen hacer recaer en las personas trans las garantías de dinamitar el binomio de género. A la inversa, ¿Cómo es que algunas feministas defienden el derecho al aborto y, al mismo tiempo, niegan la posibilidad de rechazar la asignación sexual con la que fuimos traídes al mundo? Según este reduccionismo radical parecería que cierta autonomía corporal es realizable mientras que otra es relativizada o negada por considerarla un peligro para algunas mujeres. 

No puede extrañarnos que la existencia de “dos sexos anatómicamente diferenciados” sea ahora invocada para desacreditar el reconocimiento legal de las personas trans. La propia historiografía feminista nos ha enseñado cómo, en diferentes conflictos políticos, dicha “diferencia sexual” fue sostenida para justificar la inferioridad jurídica, biológica y hasta moral de las mujeres. Fue vehiculizada para sostener un determinado orden social. Cuando los grupos neoconservadores y reduccionistas radicales invocan la defensa de dos sexos – ya sea para sostener un régimen de control heteropatriarcal, ya sea para definir de antemano lo que cuenta como mujer-  se ven empujados a su propia impotencia: las luchas por el reconocimiento de la identidad de género nos enseñan que biología no es destino, que una no nace “mujer” ni tiene necesariamente por qué llegar a serlo, que vivimos y resistimos enmarañades en el género. La histórica implantación colonial de una versión bi-anatómica del sexo hoy se encuentra en mutación.