Habían pasado dos días de la invasión estadounidense a Venezuela, los Epstein Files ya no parecían conmover a nadie. Y mientras, no dejábamos de pensar cuáles serían los alcances del DNU que le daba superpoderes a la SIDE. Los fachos no nos habían dado ni una semana entera desde el año nuevo de changüí. Ya sabemos, era parte del plan, mantenernos en alerta, en modo ansiedad-vértigo-horror-entumecimiento.
Como cuando en pandemia se me dio por ver dibujitos animados y Friends -en lugar de series de terror y apocalipsis- le hice caso a mi amiga Ine y me enganché con Heated Rivalry. Me imaginaba algo en la línea de Young Royals o HeartStopper, estas series dulces de adolescentes que salen del closet al mismo tiempo que descubren un primer amor. Bueno, no. Esto era otra cosa. Fue como teletransportarme al final de los 90 casi 2000, un otro mundo sacudido por crisis inminente, de militancias en el secundario y chapes torpes. Y tener televisión por cable. Ver I-Sat los sábados a la noche y conocer Queer as Folk y Sugar Rush. Y un revoltijo corporal adole y pensar fua qué interesante esto de ser gay. Porque no era Philadelphia o Boys Don’t Cry. No era incluso Tomates Verdes Fritos. Acá la cosa se consumaba y era una fiesta. Y sí, había anticipación y corazón roto y que el chongo más lindo lo tuviera a maltraer al pibito y la piba potra hiciera lo que quisiera con la coloradita inocente. Pero no había ese final amargo agrio de que “vos no estás hecha para los finales felices”. De que la sociedad te va a hacer notar que para vos sólo hay soledad y amor no correspondido e inadecuación.
Sé que hay algo de eso que nunca se te va del todo, como dice Heather Love en Sintiéndose para atrás. Hay algo de ese lugar de incomprensión, no encajar y vergüenza que cada nueva oleada conservadora te recuerda que es posible. Que el closet está ahí nomás, listo para recibirte.
Esta es una producción canadiense, hecha con ayuda del organismo público que el gobierno tiene para apoyar proyectos audiovisuales independientes. En una época en la que el contexto trumpista en Estados Unidos motivó a que se le baje el pulgar a series con contenido queer dentro de los grandes monopolios de plataformas de streaming, Canadá aparece como un David puto espectacular frente al Goliath republicano casado con una trad-wife.
En fin, Heated Rivalry, dos jugadores de hockey sobre hielo, uno canadiense de madre japonesa y el otro ruso, se hacen enemigos en la cancha y se van enamorando a lo largo de 8 (¡ocho!) años. Y el amor es algo que sucede en la intimidad compartida, en el tiempo que media entre encontrarse y encontrarse, en el no saber decir, no poder decir del todo.

No son pibes que tengan muy a la mano una comunidad queer que les tire tips, herramientas, un abrazo contenedor. Son dos chabones en un mundo de chabones que se pasan toda la serie aprendiendo más y mejores manera de calentarse mutuamente. Y en el camino, a lxs espectadorxs que admiramos lo lindos que son, lo impactante de la química que manejan, la naturalidad con la que van armando esa relación de pares que se aman y se empujan en el marco de ese deporte rarísimo que no conforme con pedirles que encajen goles en un arco minúsculo, los obliga a hacerlo sobre patines en el hielo.
Podría decirles, como leí recién nomás en la revista Jacobin que “el romance es un género basado en la fantasía, por supuesto. Pero hay algo conmovedor y revelador en la popularidad de Heated Rivalry, que alcanza su punto álgido en un contexto de agresión imperial estadounidense, autoritarismo interno y revelaciones inquietantes sobre abusos de poder privados entre la élite política y financiera. Quizás esta visión de chicos guapos y amables enamorados está ayudando a los espectadores a sobrellevar un presente degradado, invitándolos a un mundo alternativo en el que los mayores problemas pueden superarse gracias a la valentía y la ternura.”
Y sí, re. Pero también me sale volver al hecho de que esta es una producción canadiense, hecha con ayuda del organismo público que el gobierno tiene para apoyar proyectos audiovisuales independientes. En una época en la que el contexto trumpista en Estados Unidos motivó a que se le baje el pulgar a series con contenido queer dentro de los grandes monopolios de plataformas de streaming, Canadá aparece como un David puto espectacular frente al Goliath republicano casado con una trad-wife. Que Ilya Rozanov, el rubio de la pareja de Heated Rivalry, sea ruso también está sacudiendo la estantería del país de Putin, generando una comunidad underground queer que piratea los capítulos, los comenta y denuncia las leyes antihomosexualidad que siguen vigentes en la ex URSS.
Porque lo que pasó es que, a diferencia de aquellas series de culto que yo miraba en I-Sat, acá se armó un fenómeno mundial masivo que sorprendió al director de la serie, a la escritora de los libros en los que está basada y a los hasta ahora ignotos actores protagonistas, devenidos superestrellas.

La clandestinidad del romance es un elemento imbatible. Más que nada porque a diferencia de la otra pareja gay que aparece en la serie, lxs espectadores somos únicos testigos de este amor prohibido. Nadie sabe más que ellos y nosotros. Kip y Scott, el spin-off que después se vuelve crucial para el devenir de Ilya y Shane, arman ahí una historia que nos trae tópicos más conocidos. El amor prohibido full closetero, en donde hay consciencia de que otro mundo es posible porque uno de los dos tiene amigos putos, amigas que acompañan, un papá precioso que es puro amor. Y Kip le dice a Scott, siguiendo las palabras de su amiga, nos merecemos otra cosa.
¿Por qué no puedo parar de ver Heated Rivalry? ¿Por qué estoy leyendo una versión pirata en epub del libro? ¿Qué tiene que ver conmigo la historia de dos jugadores millonarios que sucede que son gays y están en el hemisferio norte?
Supongo que hay algo de cierto en el poder revitalizador de la fantasía, no como escapismo, sino como contacto momentáneo con lo bello y placentero. Pero también, Heated Rivalry con sus elipsis permanentes, de un amor que se toma casi una década, habilita otra experiencia del tiempo, de la espera, de la concreción. Una concreción que va tomando forma en ese acumularse de encuentros. Si me permiten este hilar de puntas totalmente arbitrario y personalísimo, creo que es esa manera de experimentar el tiempo -paciente, sostenido, esperanzado- la que la política del puro presente, del realismo total, del pragmatismo a prueba de balas, nos quiere arrebatar.
El sábado 7 de febrero hicimos una marcha hermosa, construida en asambleas, sobrellevando tensiones, aprendiendo a hacer con otrxs. Una segunda edición de una marcha antifascista antirracista LGTBIQ+ en tiempos de Milei. Con camiona radiante espectacular, consignas que combinaban asertividad y humor. Estuvimos juntxs en la calle. No somos el sujeto político ideal que muchos quisieran tener de su lado. Así como la ola conservadora nos recuerda que el clóset está ahí nomás, el gesto a la mano de algunxs es señalarnos como lucha sectorial, identitaria. Demasiado dragueada como para que el potencial líder revolucionario del futuro se sienta invitado a marchar con nosotras. Pero también podemos hacer el intento de no leer nuestra propia trayectoria política, nuestros modos de incidencia, de transformación, con la vara del resultadismo automático, de la causa-efecto inmediata. Podemos permitirnos, tal vez, un tiempo apenas más lento, de disfrutar la acumulación, de leer la tensión y el conflicto como parte de una historia más grande, de hacer durar lo que produjo en los sentidos, en el ánimo, en la experiencia militante, ese encuentro colectivo de cuerpos del 7F. Sabernos ahí trenzados en el rosario de marchas que este año nos depara. Palpitar el 8, el 24 de marzo. Recordar que siempre este hacer por debajo es el sustrato de los sueños posibles. Y tener presente, igual que aprendimos en el capítulo final de Heated Rivalry, que chonguear en una cabaña está buenísimo pero qué ilusión encontrarle la vuelta, flashear futuro y seguir juntxs el día después.