“El miércoles 12 de julio, Luisa es atendida en Sanidad por presión alta. El sábado 15 de julio, Luisa acude a la visita. Alrededor de las 9 horas, sus familiares notan que está mal de salud. Las compañeras de Luisa exigen a los funcionarios del SPB que sea atendida. Deben insistir hasta que la llevan a Sanidad. En Sanidad la medican (según la familia, le habría dado un ibuprofeno, dos pastillas –’chiquitas’– y dos inyecciones que serían para la presión) y la llevan nuevamente a la sala de visita. La familia nota que Luisa no l@s reconoce, que está ‘perdida’, que ‘le habla a las paredes’. Vuelven a exigir que la atiendan. El SPB pide a la familia que se retire pero la familia no quiere irse, viendo el estado de salud de Luisa. Finalmente, a las 12.10 del mediodía logran que la trasladen a la Unidad de Pronta Atención (UPA) de Los Hornos”. Así comenzaba el comunicado del Frente de Liberd@s cuando se conoció la muerte de Luisa Cienfuego.

Luisa murió el sábado 15 de julio a las 12:50. Tenía 49 años, era diabética y estaba encarcelada desde hacía varios años. Dos días después de su muerte llegó a la unidad penal la confirmación de su condena por otros tres años más.

Después de enterarse de la muerte de Luisa, sus compañeras, indignadas, iniciaron un reclamo por la mala atención médica que recibió. No fue un motín dicen las mujeres cuando cuentan lo que pasó. Durante toda la tarde la cárcel de Los Hornos fue el escenario de una protesta que volvió a poner en el centro del reclamo las dificultades que tienen las mujeres encarceladas para acceder o continuar con los tratamientos médicos, acceder a la medicación o para ser trasladadas a los hospitales públicos.

“En lugar de hacer una misa y quedarse tranquilas, hicieron una barricada, que impedía el ingreso del personal penitenciario”, dijo la directora de la unidad penal. Por eso autorizó el ingreso de penitenciarios masculinos a la unidad, para desarmar “las barricadas”. Con golpes, patadas, palos y manguerazos de agua fría y excrementos, 14 mujeres fueron trasladadas a distintas unidades penales y 4 permanecen castigadas en “los buzones”, es decir, en las celdas que se destinan para el castigo y el aislamiento. La sanción que se les aplicó a estas cuatro mujeres es de 15 días de aislamiento por faltas que el servicio penitenciario calificó graves: “Incitar o participar en movimientos para quebrantar el orden o la disiciplina …resistir activa y gravemente el cumplimiento de órdenes …destruir, inutilizar, ocultar o desaparecer …instalaciones, mobiliario o elementos provistos por la administración y por peticionar colectivamente, directa o indirectamente, en forma oral, de un modo que altere el orden del establecimiento”. La sanción no pudo ser apelada.

Cuando ingresamos a “los buzones”, como tantas veces nos ocurre cuando recorremos las cárceles de la provincia, nos encontramos con condiciones de detención inhumanas. El olor es nauseabundo: las letrinas están tapadas por la suciedad de varios días, sin agua, con restos de excrementos y de orina. Son celdas muy pequeñas, con colchones húmedos y destrozados en los que tienen que convivir dos mujeres. El frío es intenso, un aire helado penetra por las ventanas con los vidrios rotos: “Cuando nos metieron acá adentro pasamos dos días sin una frazada, ahora nos trajeron una para cada una, pero igual hace mucho frío”.

14 mujeres fueron trasladadas a distintas unidades penales de la provincia. “De traslado” es la expresión que se usa en la cárcel para describir este mecanismo de castigo que utiliza el Servicio Penitenciario Bonaerense para castigar a las mujeres, sacarlas de sus celdas con solo lo puesto, obligarlas a subir a un camión y ser trasladada a otra cárcel. En los camiones de traslado, las mujeres viajan junto a otros presos y acompañadas por personal de seguridad masculino. Durante el trayecto permanecen esposadas y hacinadas en un compartimento al que llaman “la lata” durante muchas horas, sin poder ir al baño y sin recibir alimentación ni bebida, expuestas a todo tipo de violencias. Los destinos son las cárceles más alejadas de sus familiares y separadas de sus compañeras con las que compartían pabellón.

“Te sacan de traslado por cualquier cosa, discutiste por algo y te sacan de nada, sin preguntarte, por ahí ni siquiera hiciste nada vos. Y no vienen y te sacan bien: vienen te abren la puerta y te dicen ‘¡traslado!’, a veces te sacan hasta con lo puesto”. O golpeadas y mojadas como ocurrió este fin de semana en la cárcel de Los Hornos.

Estos hechos no son una excepción. La violencia es un componente estructural y un mecanismo de gestión-gobierno de la cárcel. Las prácticas violentas son regulares y extendidas. Algunas alcanzan niveles de altísima brutalidad, otras son cotidianas y asumen las más diversas tonalidades de la humillación y los malos tratos. La muerte de Luisa volvió a poner en escena los efectos que genera el encierro en el cuerpo de las mujeres. Las requisas que las obligan a desnudarse frente al personal penitenciario, los golpes, el castigo en “buzones” de aislamiento, los traslados forzosos, la presencia de personal de seguridad masculino. Violencias normalizadas e invisibilizadas en un contexto donde priman los discursos securitarios.

En sus últimas recomendaciones al Estado argentino, el Comité contra la Tortura de la ONU definió a estas formas de violencias contra las mujeres encarceladas como torturas. Pidió a la Argentina que investigue todas las muertes que ocurren en las cárceles para conocer si existieron responsabilidades de los funcionarios públicos. Y solicitó expresamente que los servicios médicos penitenciarios estén vinculados al Ministerio de Salud y no al Ministerio de Justicia, como sucede actualmente.

Ninguno de estos planteos son nuevos, aunque tengan en este caso la valiosa caja de resonancia de las Naciones Unidas. Desde hace años son reclamos fundantes de los organismos de derechos humanos: no debe hacer presencia de personal masculino en las cárceles de mujeres y los profesionales médicos no deben ser parte de un escalafón jerarquizado y militarizado como es el del Servicio Penitenciario.

Lentamente estas agendas comienzan a ser incluidas por los feminismos en su búsqueda por reconocer y nombrar las formas de violencia que atraviesan a las mujeres en esta fase del capitalismo global. Sin embargo, lejos están de ser tenidas en cuenta en las agendas políticas signadas más que nunca en épocas preelectorales por la demagogia punitiva. Lejos están de encontrar la escucha social que sí han logrado otras violencias contras las mujeres. La soledad, el frío y el aislamiento se extiende para las mujeres encarceladas mucho más allá del límite de los buzones.