Imagen de portada: @Seelvana
Fotos: Laura Frydenberg
En los últimos meses, estudiantes del Nacional Buenos Aires y del Carlos Pellegrini fueron denunciados por crear y difundir imágenes y videos de contenido sexual, algunos de ellos generados con inteligencia artificial, de sus compañeras y amigas sin su consentimiento, a través de redes sociales. La situación no es nueva, pero es noticia, por la gravedad de lo acontecido y por las escuelas donde aconteció.
La circulación de imágenes por redes sociales ya ocurría en otras escuelas y viene sucediendo desde comienzos del siglo xxi, al calor del desarrollo de las tecnologías digitales. Si bien estas no producen por sí mismas este tipo de prácticas, sí pueden facilitarlas, amplificarlas y extender sus consecuencias. En esta ocasión los hechos tuvieron lugar en dos de los colegios secundarios más prestigiosos de la Universidad de Buenos Aires, donde asisten hijxs de familias con alto capital cultural y ubicados en el epicentro del progresismo porteño, donde el feminismo ha tenido un fuerte arraigo. Pasa en las “mejores familias”, reza el dicho popular. La reacción fue inmediata. La noticia apareció en los principales diarios del país y generó reflexiones en medios de comunicación y en comunidades feministas digitales.
Hoy, tanto progres como fachos prefieren un feminismo callado, se lo acusa de que se pasó dos o tres pueblos. Por suerte sigue ahí resistiendo y es útil para ayudarnos a comprender las continuidades y particularidades que adquieren las dinámicas sobre juventud, masculinidad, violencia y sexualidad en los colegios de la Ciudad de Buenos Aires. A veinte años de la aprobación de la Ley de Educación Sexual Integral y a once del #NiUnaMenos, lxs invitamos a revisar con nosotrxs este compendio de apuntes contradictorios, exploratorios, polémicos y reflexivos. ¿Empezamos?
ESI. Este año se cumplen veinte años de la sanción de la tan nombrada Ley de Educación Sexual Integral, “ESI” para les amigues, que estableció que todxs lxs estudiantes tienen derecho a recibir educación sexual integral en los establecimientos educativos públicos, de gestión estatal y privada de nuestro país. Más allá de las críticas y de las falencias que puedan señalarse, la ley constituye un ejemplo notable de política pública en materia de educación, género y sexualidad en nuestro país y a nivel regional. Su implementación no ha sido sencilla: desde sus orígenes ha venido enfrentando resistencias por parte de escuelas, familias y comunidades. La ESI brinda formación en educación sexual integral de las personas, transmitiendo conocimientos actualizados y confiables, promoviendo actitudes responsables ante la sexualidad, previniendo problemas de salud sexual y reproductiva y garantizando la igualdad de trato entre varones y mujeres. Este objetivo constituye, al mismo tiempo, uno de sus mayores potencias y uno de sus principales desafíos.

Sin embargo, incluso en colegios denominados “progresistas” donde dicho programa fue cobijado desde sus orígenes con un gran consenso de todos los actores de la comunidad educativa y con un fuerte nivel de institucionalización, hoy nos encontramos con casos donde estudiantes varones desnudaron con IA a sus amigas y compañeras en imágenes que alojaron en la nube y circularon por grupos de Whatsapp.
Uno de los grandes logros de la ESI ha sido problematizar, visibilizar, concientizar y tratar de transformar prácticas generizadas que antes no eran percibidas ni incluso tipificadas como violentas. El objetivo es magnánimo y, sabemos, la escuela puede un montón pero no puede todo ni sola. La escuela tiene la posibilidad de alojar entre cuatro y ocho horas al día a lxs jóvenes, pero ya no tiene la centralidad que tenía antes. Ahora ese tiempo lo comparte con el espacio virtual que mantiene conectadas a las personas 24/7.
Violencia de género. Durante los años de expansión de los derechos y de las políticas vinculadas con el género, la sexualidad, la agenda feminista y las diversidades, hubo conquistas surgidas de la movilización social y otras que pasaron sin mucho revuelo. Dentro de estas últimas, se encuentra la Ley de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en los Ámbitos en que Desarrollen sus Relaciones Interpersonales, aprobada en 2009. Si bien representó un gran avance, no “resolvió” el problema de la violencia: todavía queda mucho por hacer. En 2015 surgió el movimiento y la marca distintiva del feminismo argentino de los últimos años, Ni Una Menos.
El escenario de la violencia contra las mujeres se sigue complejizando. Los femicidios continúan y, aunque en el presente se intente enmascararlos como homicidios para reducir las cifras oficiales, son una realidad cotidiana. Desde mediados de la década de 2010, el avance de nuevas derechas que, mediante repertorios antiestablishment y de impugnación de la “corrección política”, presentan como enemigos estratégicos a la llamada “agenda woke” y las políticas de género. En este marco, la escuela es definida como adoctrinadora y ciertas familias, generalmente de altos ingresos y/o de sectores religiosos, promueven sacar a sus hijxs de las escuelas para educarlxs en casa (homeschooling). “Con mis hijOs no” fue la consigna utilizada por muchas familias organizadas para impedir que se cumpla la ESI en las escuelas. Estas posiciones forman parte de un ciclo regional en el que se articulan el liberalismo económico, el conservadurismo moral y la reacción frente a los avances feministas y LGBTIQ+. Asimismo, interpelan especialmente a sectores juveniles mediante influencers, estéticas de masculinidad, ascetismo muscular, éxito económico y repertorios de rebeldía y odio. En este marco, la denominada “crisis de la masculinidad” no refiere necesariamente a una crisis de los varones cis en general, sino al cuestionamiento de ciertas formas de autoridad, prestigio y dominio que los feminismos han contribuido a visibilizar y disputar.
“Era mi amigo”. La violencia contra las mujeres y la violencia de género, así como otras formas de violencia, siempre estuvieron presentes en las escuelas. Ni Una Menos destapó una olla a presión de situaciones que las mujeres y las diversidades venían experimentando desde hacía mucho tiempo. Las pibas fueron protagonistas.La política de la cancelación no tardó en aparecer: “la vergüenza cambió de bando”, “no nos callamos más” y tantas otras expresiones marcaron el clima de época. Lxs autorxs de este texto ya abordamos, en #NoEsNo: Gramática de los ciberescraches de las estudiantes secundarias contra la violencia de género en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, los problemas que podían derivarse de los escraches, los miedos masculinos y las zonas porosas entre el acoso, el flirteo y la figura del varón “insistidor”. Pero las pibas no solo cancelaron; también se organizaron, debatieron, se cuidaron, hablaron con sus pares y llevaron esas conversaciones a sus casas, a la escuela y a la sociedad.

En este trabajo que citamos nos encontramos con algo ya conocido, las situaciones de violencia de género acontecen más entre personas conocidas, en “espacios seguros”, que entre desconocidos y/o espacios públicos. En las denuncias públicas de las estudiantes, las situaciones de violencia narradas habían sido protagonizadas, por parejas, amigos y/o compañeros de la escuela. De ahí el dolor de las chicas: la traición de los amigos que circularon imágenes de ellas sin su consentimiento. Antes que el género, y antes que cualquier otra cosa, estaba la amistad. Hay una frase que circula medio suelta que dice “la confianza es un cristal, que cuando se rompe…”. Completelo usted mismo con las distintas emociones que se le vienen a la mente: desde las más viscerales hasta las más racionales.
Lo que se rompió con la circulación de las fotos en los grupos de WhatsApp fue la confianza, ese bien tan preciado y que tanto tiempo y compromiso subjetivo lleva construirlo. La sensación de haber sido traicionadas y zarpadas por amigos varones que usaron la imagen de sus cuerpos como valor de cambio para pertenecer a la cofradía masculina. No es casualidad que la mayoría de este tipo de casos y la conflictividad en la escuela, mediada por internet y las redes sociales, suceda en los primeros años del nivel secundario con estudiantes de entre 13 y 15 años de edad. Esto podemos asociarlo con dos cuestiones. La primera se relaciona con el inicio de una nueva experiencia escolar que muchas veces implica cambio de escuela, conocer nuevos compañerxs y adaptarse a nuevas lógicas del nivel secundario atravesadas por una condición juvenil que busca una mayor autonomía del mundo adulto y mayor soporte en el propio grupo de pares. La segunda cuestión gira en torno a las relaciones sexoafectivas que comienzan a construirse en la pospubertad donde aflora lo nuevo, lo desconocido y la experimentación en el marco de una normatividad patriarcal con comportamientos de género que se van solidificando en las subjetividades juveniles.
Aquí, los jóvenes varones, en sus procesos de construcción identitaria y conformación de grupalidades masculinas, hacen de sus compañeras objetos y medios de disputa por el reconocimiento. Quienes roban, producen o hacen circular imágenes de ellas, ya sean o no manipuladas mediante inteligencia artificial, utilizan los espacios virtuales para encontrarse con sus pares e intercambiarlas como forma de integrarse a una fratría masculina, obtener reconocimiento y construir pertenencia. En este marco, los deepfakes condensan una lógica basada en mentir, robar y monetizar: no se trata de cuidar, sino de compartir, competir y reforzar complicidades masculinas.
IA y manósfera: Internet se ha convertido en un espacio de expresión, encuentro y sociabilidad para todxs. Conseguimos pareja, compramos, trabajamos, miramos películas y sostenemos todo tipo de interacciones a través de aplicaciones y plataformas digitales. A esta altura, esto resulta tan obvio como respirar. Los afectos que movilizan y posibilitan los encuentros son múltiples, y entre ellos: el odio, la revancha y el menosprecio no quedan al margen. Desde hace tiempo, los feminismos vienen denunciando y visibilizando grupos y otros espacios de la deep web orientados a la organización masculina contra distintos colectivos. Allí se articulan prácticas y discursos de odio: desde la promoción de violaciones colectivas y el hostigamiento hasta el desprecio a viva voz. Decir lo indecible está OK. A su vez, amplios sectores de varones jóvenes encuentran en discursos autoritarios y reaccionarios una forma de procesar frustraciones sociales, económicas y afectivas, frente a imperativos de la masculinidad hegemónica, mediante la identificación de chivos expiatorios y la deslegitimación de los feminismos, las disidencias sexuales y otras figuras construidas como amenazas. La relación entre masculinidad y juventud se vuelve así un punto estratégico para comprender la producción contemporánea del malestar y las formas en que este es capturado políticamente por narrativas antiigualitarias y de crueldad social.
Estas formas de sociabilidad digital están fuertemente masculinizadas y se sostienen en valores vinculados con la hegemonía masculina. Aunque en ellas parece reinar el consenso, siempre subyacen dosis ejemplares de violencia destinadas a sostener la opresión. De ahí la emergencia de la llamada androsfera o manosfera: espacios que convierten la vulnerabilidad en resentimiento y la frustración en discursos de odio, reforzando respuestas juveniles masculinas ligadas a la violencia, el backlash y la reacción antifeminista. A todo esto se suma la inteligencia artificial (¿qué IA usas? el nuevo tema de conversación de los humanos), que atraviesa un proceso de aceleración tan intenso que ha venido a disputar, como nunca hasta ahora, la idea misma de lo humano. Con la IA, lo falso puede volverse cada vez más difícil de distinguir de la realidad material para el ojo humano: lo fake puede volverse profundamente deep. Por eso, hoy más que nunca se vuelve urgente la formación crítica en tecnologías digitales. En la provincia de Santa Fé, la reciente Ley Ema (al día de hoy no promulgada) busca prevenir, detectar y acompañar a las comunidades educativas frente al acoso virtual, la difusión no consentida de imágenes y los contenidos creados con inteligencia artificial. Este ejemplo puede ser el puntapié inicial para reimpulsar obligaciones, protocolos y mecanismos de prevención, intervención y acompañamiento dentro del sistema educativo. Hablamos de reimpulsar y no necesariamente crear (como se mencionan en los textos legislativos) porque muchas veces ya existen estructuras y dispositivos gubernamentales sobre los cuales se pueden trabajar estas problemáticas, desde ya haciendo las modificaciones que sean necesarias.
Masculinidad monetizada. Se dice que vendían las fotos, más allá de su veracidad o falacia, esto nos invita a otra pregunta dentro de estas misceláneas, apuntes mentales de preguntas e incomodidades, que continuaremos profundizando en próximos trabajos: ¿Por qué las venderían? Estos jóvenes rompieron con los mandatos del feminismo/aliado/compañero, el que se espera del hijo de familias progresistas que asiste a instituciones orientadas a formar ciudadanos y comprometidos con el bien común kantiano. Para responder la pregunta, no ya del contenido de lo que venden, sino más bien por qué las venden, no hace falta recurrir al odio: la manosfera articula otra dimensión importante: “Ganar guita rápido”, “pegarla con algo” desde medios virtuales (apuestas, gamers, etc.). Las configuraciones masculinas juveniles se articulan con la cultura financiera digital, la lógica del emprendedurismo y los imaginarios de éxito inmediato que circulan en redes, plataformas y comunidades online. La promesa de la “libertad financiera”, la fascinación por el riesgo y la figura del varón autosuficiente y ganador configuran una pedagogía afectiva y económica que ofrece reconocimiento a estos jóvenes no necesariamente de sectores precarizados de la sociedad.
Reacciones y Mediaciones. Ante esto, ¿y las jovenas? Enojo, llanto, frustración, desconcierto, organización, conversación y cancelación. Según relata una entrevistada, las chicas se enteraron un viernes de que circulaban por grupos de WhatsApp imágenes de algunas de ellas. Durante el sábado y el domingo, mientras la escuela permanecía cerrada, atravesaron la ansiedad y la angustia, y elaboraron estrategias para enfrentar la situación. Para el lunes, las pibas ya habían armado listas de varones señalados y grupos de denuncia. Habían reclamado respuestas y querían prender fuego todo: a ellos y a la escuela.
El debido proceso no existe en la euforia de la cancelación. De ahí la importancia de las instituciones y el sistema judicial, mal nos pese. En “esa fiebre de enviar a los cerdos al matadero”, que problematizaban las feministas francesas en torno al #Metoo en 2018 —y por lo cual fueron también canceladas por otros sectores del feminismo—, no hay lugar, en ese momento, para preguntarse por esas masculinidades de 14 años (hasta hace poco infancias) que las violentaron. Quienes a esta altura siguen leyendo esta nota desde la incomodidad, siempre desde allí, por los años, la experiencia y una mirada no (tan) punitiva de las cosas, sabemos que esos pibes no son monstruos ni seres maquiavélicos. Sabemos también que la lógica de la masculinidad, las dinámicas entre pares y las complicidades hostigan y nos rompen a todxs, incluidos a ellos. Sabemos que existen muchos tipos de sanciones, no todas vinculadas con la pena o la cancelación, que pueden ser reparatorias. La escuela no puede organizarse a partir del ansia punitiva: debe garantizar derechos y manejarse dentro del debido proceso, eso lleva tiempo y frustraciones, con jóvenes mujeres que fueron ultrajadas y una comunidad educativa dolida. Los responsables deben ser sancionados, sí, pero a la escuela no le basta, tiene el enorme desafío de trabajar pedagógicamente con las masculinidades que la habitan, las heridas de las mujeres violentadas y reconstruir el lazo convivencial entre e intergénero.

Ante los hechos de violencia, más que pensar en sujetos ontológicamente violentos y en otras personas reducidas al lugar de víctimas, conviene reconocer situaciones concretas, que no son eternas ni para unxs ni para otrxs. Miremos, sin juzgar y por un momento, las estrategias de regulación entre pares: las que despliegan las masculinidades que violentan y las feminidades que responden con todos los recursos que tienen a mano con sus formas y tiempos ¿Qué fibras de nuestras sensibilidades progresistas se ponen en juego frente a estas situaciones?
También hay amigos. En estas dos décadas han pasado tantas vidas que de solo pensarlo resulta agotador. Pero los veinte años de ESI, los once años del #NiUnaMenos y los avances en materia legislativa no fueron en vano. Desde lejos, sí se ve. En estos casos de circulación de material con contenido sexual por redes sociales, también hubo amigos varones que no formaron parte de ese pacto de complicidad y que confrontaron a quienes sí lo hicieron, también mediante prácticas masculinas basadas en la violencia como “querer ir a cagarlos a trompadas”. Eligieron la acción y el cuidado de sus amigas y compañeras. Ya no son los “buchones” de antaño ni aquellos cuya sexualidad se pone en duda, sino jóvenes que actúan según los criterios que consideran más justos, que comprenden que compartir imágenes sexuales de sus compañeras “no está bueno”. Hace daños. Continúa aún el enorme desafío de que este tipo de casos no quede en la mera sanción, en la condena moral de la inmediatez, sino en trabajar pedagógicamente en la toma de conciencia colectiva.