Qué hay detrás de ese celular: las trabajadoras de la tierra también disputan la tecnología

WhatsApp organiza pedidos, Instagram ayuda a vender, una transferencia permite cobrar un pedido a cincuenta kilómetros de distancia. Para las mujeres que producen alimentos en el cinturón hortícola platense, el celular ya es parte del trabajo. También lo son las comisiones que nadie termina de entender, el miedo a tocar una opción y endeudarse, la obligación de mostrarse en redes cuando el día no alcanza y la pregunta por quién pone las reglas de esas herramientas. En el marco del Día Internacional de las Mujeres Rurales, una investigación de Las Escuchadoras junto a Mujeres de la Tierra encontró ahí una nueva dimensión de la soberanía: poder decidir sobre las tecnologías que atraviesan el dinero, el tiempo y las voces de quienes sostienen la alimentación.

Fotos: Ximena Astudillo.

A las nueve de la mañana una camioneta sale cargada con bolsones de Mujeres de la Tierra rumbo a la ciudad. Antes de que arranque hubo que sembrar, cuidar, cosechar, ordenar las verduras, armar los pedidos y acordar precios. También hubo fotos, mensajes, grupos de WhatsApp, listas, conversaciones con los nodos de consumo y transferencias. Algunas de esas tareas entran en la pantalla del celular, muchas otras quedan afuera.

Entre la quinta y una mesa puede haber cincuenta kilómetros. Por eso el teléfono resuelve cosas muy concretas: permite avisar qué hay disponible, recibir un pedido sin viajar, mandar una foto de las plantas, coordinar con otras productoras, cobrar. Las integrantes de Mujeres de la Tierra usan WhatsApp para vender y organizarse, Instagram para difundir bolsones y actividades, Mercado Pago o Cuenta DNI para recibir dinero. Tienen grupos internos, grupos por zonas, grupos de ventas, grupos con productores que ni siquiera pertenecen a la organización. Una parte importante de la vida colectiva pasa por ahí, aunque mirar solamente la pantalla daría una idea bastante limitada de todo lo que hacen.

“Mandamos WhatsApp, tenemos una billetera virtual, pero no entendemos mucho el celu. No sabemos lo que hay detrás de este celular y cómo nos podemos beneficiar”, dice Carolina Rodríguez, yuyera, productora y referente de Mujeres de la Tierra, una organización que nuclea a pequeñas productoras agricultoras desde hace más de cinco años.

“¿Qué hay detrás de ese celular?” fue la pregunta que orientó los intercambios que coordinaron Mariana Paterlini y Agustina Frontera, integrantes de LatFem y de la red Las Escuchadoras, como parte de su investigación Trabajadoras de la tierra, tecnologías digitales y reproducción de la vida. Durante 2026 combinaron escucha digital y escucha comunitaria para seguir un problema que aparece cada vez que se mira de cerca cómo circulan hoy los alimentos: las tecnologías digitales, particularmente las billeteras de pago, están metidas hasta el fondo en la producción y la venta, pero quienes dependen de ellas no necesariamente conocen las reglas con las que funcionan.

En Argentina esta conversación ocurre mientras pagar con el celular dejó de ser excepcional. Solo en agosto de 2026 se hicieron 779 millones de transferencias inmediatas en pesos y casi el 77% tuvo como origen o destino una cuenta virtual; ese mismo mes hubo más de 117 millones de pagos iniciados con QR. Son cifras del Banco Central, enormes y bastante abstractas, hasta que se las baja a la vida de alguien que vende un bolsón de comida y necesita entender por qué le descontaron plata, qué cuenta le conviene usar o qué acaba de aceptar cuando una aplicación le ofrece un crédito con dos movimientos del dedo.

Durante los intercambios que mantuvieron durante la investigación, una de las compañeras de Mujeres de la Tierra asegura preocupada: “Apretás un botón y te endeudás”. Otra mujer agrega: “Confío más en Cuenta DNI que en Mercado Pago”. La primera es una billetera creada por el banco provincial de Buenos Aires, la otra por una corporación. En cada intercambio alrededor de este tema se repite una frase que probablemente mucha gente haya dicho alguna vez sin saber del todo qué significa: “El celular nos escucha”.

En sus reflexiones, hay una experiencia bastante visitada los últimos años: usamos herramientas que conocen nuestros movimientos, nuestros contactos, nuestras compras y nuestros horarios y hasta nuestra ubicación con mucha más precisión de lo que nosotras conocemos de ellas. Aceptamos términos que nunca leemos, recibimos avisos de préstamos justo en el momento en el que nos quedamos sin plata, descubrimos un descuento después de cobrar y encontramos al scrollear esa compra que veníamos pensando hacer. Para quienes venden verduras, flores, plantas o preparados medicinales, esa falta de claridad se mezcla con la necesidad: la venta tiene que hacerse igual.

La investigación de Las Escuchadoras pone una palabra sobre esa sensación: opacidad. Las productoras de alimentos conocen las aplicaciones porque las usan. Lo que muchas veces queda oculto es cuánto cobran, qué retienen, cómo deciden, dónde circulan los datos, qué riesgos tiene aceptar determinada operación.

A lo largo de su trabajo, las investigadoras reconocieron que las instancias de intercambio con las productoras iluminaron un problema que suele quedar oculto cuando todo el empeño se coloca en señalar las brechas digitales que padecen las poblaciones rurales en relación con las urbanas. Se puede tener una herramienta disponible y tener conectividad, pero eso no significa tener poder sobre ella. Y de lo que se trata es de tener soberanía sobre las herramientas digitales que se usan tanto para trabajar como para comunicarse en la vida personal.

Cuando la plata pasa por una aplicación

“Lamentablemente hoy todos los pagos se manejan de manera digital, sería mucho mejor en efectivo”, dice una de las trabajadoras. No está hablando desde la nostalgia por los billetes de papel, está describiendo una situación bastante práctica: si quien compra está a cincuenta kilómetros, las transferencias solucionan esa distancia. Pero a la vez, abren otras preguntas. Al usar plataformas de pago, no solo encuentran comisiones  opacas, también aparecen ofertas de créditos e inversiones con una narrativa que apela a una realidad con la que ellas no se identifican. “Nunca tuve la experiencia de hacer la plata incrementarse en Mercado Pago porque nunca tuve plata ahorrada”, dice otra de ellas. La frase desarma en pocas palabras buena parte del lenguaje con el que suelen promocionarse estas aplicaciones: hacer rendir el saldo, invertirlo, generar intereses. Pero para eso, primero hay que tener un saldo que pueda quedarse quieto.

Hablar de inclusión financiera sin mirar ese detalle puede terminar siendo otra manera de contar la vida popular desde una oficina. La facilidad para abrir una billetera digital en minutos convive con una economía del cuidado donde los ingresos que entran, salen el mismo día, con ventas pequeñas, con economías domésticas donde cada monto recibido ya tiene destino asignado antes de llegar. También con créditos y apuestas cada vez más al alcance de una pantalla.

En la investigación la deuda apareció narrada junto a la bronca y la incertidumbre. Compartir esas experiencias produjo algo menos visible pero importante: varias pudieron reconocer que la dificultad no era una “torpeza individual” o un “mal manejo de los ingresos”, como muchas veces nos hacen sentir. Que la precariedad económica de cada una no se explica por la falta de audacia o de inteligencia, sino que el sistema tecnofinanciero está estructurado sobre esa arquitectura opaca, que juega con los sentimientos y con la necesidad, y que su modelo de negocios es justamente explotar nuestra precariedad.

Hay una política detrás de esa vergüenza que a veces generan las plataformas. Cuando una persona no entiende una aplicación suele pensar “yo no sé”, “yo no puedo”, “me estoy quedando atrás”. En el intercambio, una de las integrantes usa justamente esa frase para describirse: “Me estoy quedando atrasada”. La plataforma queda del lado de lo moderno y la usuaria del lado de la falta. Pero cuando muchas mujeres se sientan juntas y cuentan que a todas les pasó algo parecido —un descuento inexplicable, un préstamo que apareció demasiado fácil, una configuración que no saben cambiar— la escena se mueve un poco. El problema deja de quedar encerrado en cada mano que sostiene un teléfono.

Por eso una de las preguntas apareció como casi una conclusión política: “¿Cómo podemos tener aplicaciones propias o de soberanía nacional que no nos cobren comisiones abusivas?”. La pregunta es práctica pero, también, profundamente política. Quienes producen alimentos aprendieron hace mucho que depender de otros para decidir qué sembrar, qué insumos usar, cuánto vale lo producido o por dónde venderlo condiciona la vida entera. Cuando el dinero empieza a pasar por una aplicación, esa discusión también entra al celular.

Una lechuga no viaja por internet

Seguir el recorrido de un bolsón sirve para bajar a tierra otro de los problemas que encontró la investigación. Instagram puede mostrar una verdura, WhatsApp puede recibir el pedido y una billetera puede mover el dinero. Pero para que todo eso ocurra alguien tuvo antes que arrendar la tierra, prepararla, conseguir las semillas, plantarlas, cuidar las plantas, cosecharlas, ordenarlas, cargarlas y llevarlas. ¿Quién cuenta todo el proceso? No los influencer agroecológicos.

Las investigadoras reconstruyeron el circuito de manera sencilla: redes sociales, contacto o pedido, coordinación, nodo de consumo, logística, entrega. La secuencia parece casi un diagrama, pero atrás de cada flecha hay un trabajo combinado entre lo presencial y lo digital. Los nodos difunden los productos, reúnen pedidos, hablan con quienes compran, coordinan horarios, reciben o distribuyen mercadería. Eso importa porque una de las narrativas predominantes en el marketing digital dice que una aplicación acerca a las partes y saca del medio todo lo demás. En la comida, todo lo demás es casi todo. Está quien produce, quien arma el bolsón, quien coordina un nodo, quien carga una camioneta, quien organiza una compra colectiva. Están las relaciones que permiten fiar, avisar que una cosecha salió mal, cambiar un día de entrega, saber de dónde viene una verdura. El teléfono se mete en esa trama y la acelera en algunos puntos, pero no puede reemplazarla.

Mujeres de la Tierra tiene historia previa a Instagram. Los primeros nodos de consumo responsable que aparecen en sus registros se remontan a 2005. Hay compañeras que tienen pequeños nodos en sus casas, articulaciones con organizaciones y experiencias de comercialización construidas durante años. La investigación encontró una “infraestructura híbrida”, aunque quizás en el territorio alcance con decirlo de otra manera: hay cosas que se hacen con el celular y otras que siguen necesitando cuerpos, tiempo, vehículos, casas, sedes, vínculos y confianza.

Ese dato también cambia la forma de mirar a las mujeres rurales frente a la tecnología. Muchas políticas públicas, capacitaciones y campañas parten de la imagen de alguien a quien hay que “incorporar” al mundo digital. Sin embargo, estas mujeres ya están adentro porque venden, cobran, coordinan y se comunican por esas vías. La pregunta más incómoda empieza después: cuánto de ese mundo pueden modificar y cuánto se les presenta como una condición dada.

El algoritmo también pide tiempo

Hay días en los que una organización puede haber trabajado desde temprano y no subir una sola historia a Instagram. Para la lógica de una red social, ese día casi no ocurrió. Las participantes lo señalaron con bastante claridad. Existe mucho más trabajo que el que consiguen comunicar.

Para ellas, en el campo hay otra relación con las redes, otros tiempos, y que aparece una ansiedad por mostrar todo porque pareciera que si una organización no pública nada, no está haciendo nada. Por su parte, las plataformas necesitan continuidad: historias, reels, comentarios, mensajes, fotos. La tierra tiene sus propios tiempos y, además, alrededor de ella hay cuidados, viajes, reuniones, ventas y problemas que resolver.

Una compañera se fue formando en comunicación y aprendió a manejar redes y hacer flyers. Las demás cuentan que muchas veces estudian por su cuenta, buscan en Google, prueban. Saben que estar en redes puede ayudar a vender y que la comunicación importa políticamente. También saben que ese trabajo cae sobre alguien.

“Me parece importante nuestra voz”, dice una integrante. “Tenemos la vivencia del territorio”, responde otra, reconociendo que es eso lo que las destaca. Y enseguida aparece otra frase que marca la medida de la discusión: “Pero lo más importante es lo que hacemos”.

La economía de plataformas convirtió una cantidad enorme de tareas en algo que parece suceder solo. Hay que sacar una buena foto, escribir el texto, editar el video, contestar una consulta, recordar la contraseña, entender por qué bajó el alcance, estar pendiente del mensaje de una compradora. En proyectos pequeños, cooperativas y economías populares, rara vez existe “el equipo de redes” como un departamento separado. La llegada del celular a su vida cotidiana les permitió visibilizar su trabajo, pero también les agregó una nueva área para abordar.

Es tiempo que sale de algún lado. Y cuando hablamos de mujeres, ese algún lado suele estar ya ocupado por trabajo productivo, comunitario y de cuidados. Entonces la pregunta que circula no es  “cómo mejorar el engagement”, es otra: “¿Cómo organizar el trabajo de comunicación sin sobrecargar la vida cotidiana?”. Nos obliga a pensar quién paga el costo de estar siempre visibles.

Poner la cara

“Nos cuesta poner la cara en redes”, dicen las trabajadoras de la tierra durante el proceso. La frase apareció varias veces y no habla solamente de timidez. En los materiales de la investigación se repite una sensación: la pantalla puede parecer un territorio ocupado por otra gente. Influencers urbanos, cuerpos que responden a otras referencias de clase y de origen étnico o cultural, a otros modos de hablar y mostrarse que no necesariamente tienen que ver con la vida de una productora rural.

Entre las participantes de Mujeres de la Tierra hay mujeres campesinas, indígenas y migrantes. En los intercambios en el marco de esta investigación hablan de racismo, discriminación y discursos de odio en internet. Algunas de esas experiencias todavía aparecen como una línea que necesita seguir siendo escuchada y no como algo ya cerrado, pero sería difícil pensar la relación de estas mujeres con la exposición pública dejando la discriminación y la desinformación afuera.

Las redes pueden ser un lugar de disfrute. “TikTok es mi locura”, dice una de las participantes, asumiendo su consumo digital al scrollear videos cortos para apagar un poco los pensamientos. En las conversaciones también aparece la música, los videos, YouTube, el rato de distracción que cabe en un día cargado de tareas. Mirar es una cosa. Prender la cámara y ponerse una misma en el centro es otra.

Cuando las productoras rurales prueban hacerlo, la incomodidad está ahí, pero también el resultado. Más que fabricar influencers, lo importante es que una trabajadora pueda decidir si quiere mostrar su cara, sus manos, una cosecha, el estado de una planta, y que esa imagen pueda contar todo el trabajo que realiza.

Las imágenes del campo que llegan a las pantallas del celular tampoco son inocentes. Pueden mostrar paisajes limpios de personas, alimentos sin trabajadoras, la vida rural como una postal o como contenido aspiracional. Pueden repetir la idea de que la verdura aparece en la góndola o en el bolsón casi por generación espontánea. Mujeres de la Tierra viene pensando justamente lo contrario: contar de dónde sale lo que comemos, cuántas manos hay detrás, por qué un cultivo tarda lo que tarda y quién asume las pérdidas cuando algo falla.

“Todo este laburo yo le contaba a la gente y tal vez por eso volvían a comprar”, recuerda una de las integrantes. En esa frase se cruzan la venta y la política. Explicar el trabajo puede ayudar a sostener una clientela, claro. También corre un poco el velo sobre un sistema alimentario que acostumbra mostrar precios mientras esconde relaciones de poder y formas de producción.

Comprar un proyecto

“La gente no solo está comprando una lechuga, está comprando un proyecto. Mi plato lo estoy llenando de mujeres que luchan”, dice una productora a las investigadoras.

Esa idea vuelve cíclicamente, como las estaciones. “La gente no solo está comprando un zapallito, está comprando un proyecto”, asegura otra de las trabajadoras. Su compañera, por su parte, lo llevó directamente a la comida: “La gente está haciendo una apuesta. Mi plato lo estoy llenando de mujeres que luchan por sus derechos, por el feminismo, por el campo”.

Hay algo incómodo en ese planteo para una economía acostumbrada a separar todo. La verdura por un lado, la productora por otro. El precio como una cifra sin historia. La comunicación reducida a publicidad. Pero comprarle a una organización de mujeres campesinas puede incluir otras decisiones: qué tipo de producción se sostiene, cómo se cuida un territorio, qué redes permiten a una mujer tener ingresos propios, qué relaciones se construyen entre quienes producen y quienes comen.

Mujeres de la Tierra trabaja además en acompañamientos frente a violencias de género y en otras tareas comunitarias que difícilmente entren en la foto de un bolsón de verduras. Para ellas, ir a una actividad en la sede de la organización tiene valor por algo tan básico como salir de la casa y encontrarse con otras mujeres. En este tipo de proyectos comunitarios, la comercialización es mucho más que una compra-venta, aparece vinculada con la autonomía de mujeres que atraviesan situaciones de violencia económica.

Cuando se habla de autonomía económica suele imaginarse una cuenta propia y un ingreso. En estos territorios esa autonomía también se sostiene en la posibilidad de organizarse, tener a quién llamar, circular, aprender algo con otras, vender una producción y volver a encontrarse. La digitalidad puede ayudar con varias de esas cosas. Puede ser también la vía por la que llega una estafa, un discurso de odio, una deuda o una demanda más de trabajo. La contradicción permanece porque la vida permanece.

De la soberanía de los alimentos a la soberanía de las herramientas

Las trabajadoras de la tierra conocen desde hace años una palabra que circula mucho más allá del campo: soberanía. La soberanía alimentaria pregunta quién decide qué se produce, cómo se produce y para quién; quién controla la tierra, las semillas, los circuitos de comercialización. En la investigación aparece otra pregunta pegada a esa experiencia: qué significaría tener soberanía sobre las tecnologías que hoy forman parte de ese mismo recorrido.

No hay una aplicación soberana esperando al final del camino ni un manual para resolverlo. Lo que existe y se potencia es más bien una voluntad de entender juntas. Saber qué pasa con una transferencia, poder advertir a otra compañera sobre una estafa, conversar sobre privacidad, repartir la tarea de comunicación, aprender a grabarse si quieren hacerlo.

Esa escala pequeña importa, en el mundo tecnológico se habla mucho de innovación y poco de quién puede preguntar sin sentir vergüenza. “El celular nos escucha”, se repite en diferentes intercambios. Puede sonar a frase de sobremesa, pero abre una pregunta que gigantes empresariales, Estados y especialistas discuten desde hace años: qué pasa con nuestros datos y cuánto sabemos de las máquinas que llevamos encima todo el día.

Mujeres de la Tierra llegó a esa discusión desde otro lugar. Desde el momento en que hay que cobrar una lechuga; desde el grupo de WhatsApp donde se organiza un bolsón; desde la compañera que aprendió a hacer un flyer; desde la pantalla que pide poner la cara y desde el deseo, también presente, de que esa cara pueda estar ahí.

La investigación deja además una advertencia hacia quienes trabajan en tecnología, políticas públicas, comunicación o investigación. Llegar a un territorio con la idea de “cerrar una brecha” puede ocultar todo lo que ya existe. Estas mujeres sostienen desde hace años circuitos de venta, nodos de consumo, redes de cuidado, producción agroecológica y acuerdos logísticos que funcionan con celular y sin celular. 

Tal vez ahí esté uno de los aportes más fértiles que deja la escucha comunitaria. Una aplicación puede resultar útil y al mismo tiempo quitar autonomía. Una red puede dar visibilidad y pedir una exposición agotadora. Una billetera permite cobrar a cincuenta kilómetros y también instala reglas que nadie explica. Las mujeres viven esas tensiones todos los días, sin necesidad de ponerles nombres sofisticados.

“Somos diversas”, aseguran en una de las conversaciones. Algunas producen verduras, otras flores y plantas; hay quienes venden, quienes organizan bolsones, quienes se acercan a un taller o necesitan acompañamiento en un momento de su vida. Esa diversidad también sirve para resistir una idea demasiado cómoda de “la mujer rural”, como si existiera una sola experiencia detrás de esa categoría.

El 15 de octubre, Día Internacional de las Mujeres Rurales, suele estar lleno de imágenes de manos con tierra. La imagen tiene fuerza, pero puede quedarse corta si esas manos aparecen sin voz, sin conflictos y sin las herramientas que hoy forman parte del trabajo. En 2026, muchas de esas manos también sostienen un teléfono, tocan un QR, contestan un pedido, miran TikTok, reciben una transferencia, buscan un tutorial y dudan antes de aceptar un préstamo.

Preguntar qué hay detrás de ese celular abre una conversación incómoda porque la respuesta lleva lejos. Hay empresas financieras, algoritmos, datos, comisiones y desigualdades que vienen de antes de internet. También hay compañeras que se enseñan entre sí, proyectos que encontraron nuevas formas de vender, ganas de contar lo que pasa en el campo y una experiencia política acumulada que sirve para mirar la tecnología sin reverencia.


Trabajadoras de la ruta de la comida, tecnologías digitales y reproducción de la vida forma parte de las líneas de trabajo de 2026 de Las Escuchadoras, una red de investigadoras digitales de América Latina.

El grupo de trabajo de esta investigación está coordinado por Mariana Paterlini y Agustina Frontera. La documentación de la escucha comunitaria la realizó Danyelle Fioravanti. La escucha digital la realizó Verónica Sánchez. Asesoraron en narrativas Lucila Sandoval y Paloma Martínez y en ecofeminismo Camila Parodi y Paz Tibiletti. Las fotografías fueron tomadas por Ximena Astudillo.

El taller “¿Qué hay detrás de ese celular?” se realizó en agosto de 2022 en la sede de Mujeres de la Tierra en Abasto, provincia de Buenos Aires. Formaron parte del espacio 27 mujeres trabajadoras de la tierra. La articulación estuvo en manos de Carolina Rodríguez, Rosalía Pellegrini y Julieta Chincha, referentas de Mujeres de la Tierra.