Por un papel pegado en la puerta de la fábrica, lxs trabajadores de la planta de PepsiCo, ubicada en Florida, al norte del conurbano bonaerense, se enteraron que estaban despedidxs. La empresa adujo, más tarde, “obstáculos inherentes a la ubicación de la planta en un área mayormente residencial, su compleja estructura de costos y extensos requerimientos logísticos”. El cierre definitivo implicaría la pérdida de más de 600 puestos de trabajo. De ese total, 200 son mujeres. Muchas de ellas son sostenes de hogar, como en el 41,5% de los hogares argentinos.

Ante los despidos, la reacción y organización fue inmediata. Entre los y las trabajadores avisaron por mensajes de texto y redes sociales, se concentraron en la fábrica y, en una asamblea tomaron las primeras medidas: acampar en la puerta de la planta y convocar a una campaña de boicot “No compres productos de PEPSICO”.

Esta potente respuesta echa luz sobre la pulseada de poder detrás de aquellas razones aparentemente técnicas a las que alude la empresa. Lxs trabajadores insisten en que la planta está en perfectas condiciones para producir. Levantan también la sospecha de un cierre transitorio, que vería reabrir la planta luego de lograr quebrar la organización gremial y un robustecido feminismo fabril.

La “compleja estructura de costos” no sería sino la cuenta problemática que arroja un resultado intolerable de derechos conquistados y un saldo creciente de organización. Parecería tratarse de una estrategia similar a la impuesta en AGR-Clarín. Escudadas detrás de la crisis económica, empresas con grandes márgenes de maniobra se lanzan a una reorganización de la producción con la esperanza de “huir” de cierta aritmética indomable del antagonismo obrero, dejando en el camino un tendal de familias en la calle.

En un primer comunicado, la Junta Interna de PepsiCo – integrada por la Lista Bordó, opositora a la Verde de Rodolfo Daer en el Sindicato de Trabajadores de la Industria Alimenticia (STIA)–, expresó con claridad el cálculo anti-sindical que se escondía detrás de la decisión: “Este cierre es parte de una política de vaciamiento de la planta Florida, impulsada por la patronal desde hace años, que se expresa en cierre de líneas, desvío de la producción a la planta Mar del Plata y a otras plantas con trabajo más precario, junto con una fuerte presión sobre activistas y trabajadores por medio de retiros con altas indemnizaciones con el fin de debilitar a la organización de los trabajadores y la Comisión Interna democrática que logró conquistas en años de lucha”.

En una reunión para coordinar la solidaridad con la ocupación fue la ex-diputada nacional del Frente de Izquierda (FIT), Myriam Bregman, quien puso el foco sobre la organización feminista que hay en la fábrica: “La empresa alude ahora problemas en la estructura de costos, pero esos problemas, esos costos, son los costos de una junta interna y unos trabajadores que habían decidido parar el 19O [Paro nacional de Mujeres] y el 8M [Paro Internacional de Mujeres] para defender los derechos de las mujeres”. Algo se dejaba ver entonces: en la cuenta de PepsiCo, la paralización de la producción para salir a las calles contra la violencia machista y por los derechos de todas las mujeres resultaba una variable más a despejar.

Algunos días antes, las trabajadoras de PepsiCo habían hecho pública una carta abierta en la que tejían, con sus propias voces, los lazos que anudan sus propias historias de lucha fabril, la voluntad de pelear hoy contra los despidos y su lugar en las luchas feministas de los últimos años.

“Ni Una Menos. Trabajadoras de PepsiCo”, dicen las espaldas de las remeras de las trabajadoras de PepsiCo con las que fueron al Paro el último 8 de marzo. ¿De qué recorrido vienen estas mujeres que hoy, defendiendo sus puestos de trabajo y los de sus compañeros, no dudaban en reconocer su lucha como parte de una larga historia de resistencia de las trabajadoras que se cruzaba con la fuerza del NiUnaMenos? ¿Cómo llegaron a parar las fábricas para responder al llamado de sus compañeras de Argentina y del resto del mundo, contra un sindicato que, a pesar de sumarse a las campañas contra la violencia machista, se había negado a parar la producción de una de las ramas más importantes del país para darle fuerza a la medida, y había dejado pasar por años políticas discriminatorias contra las mujeres en sus propias fábricas?

Bregman conoce de la memoria de las luchas de las mujeres de esta planta porque ella fue la abogada de Catalina “Katy” Balaguer, trabajadora de PepsiCo desde 1997, despedida por defender a un grupo de 100 compañeras contratadas, también despedidas en 2002, cuando el país ardía tras el estallido de la convertibilidad. Ese juicio y esa lucha sentaron una importante jurisprudencia al lograr la reincorporación de Katy bajo la figura, hasta entonces inexistente, de “delegada de hecho”.

Desde esa primera victoria, creció entre las líneas de empaque un creciente activismo obrero, protagonizado especialmente por mujeres, que llevaría hasta aquel paro total del 8M de este año. En la planta de Florida se guardaba la historia, casi desconocida, de una suerte de feminismo fabril.

La historia de Katy Balaguer

Es sábado y Katy Balaguer va de un lado a otro en el acampe en la puerta de la fábrica, hoy ocupada. “Familias en la calle nunca más” y “Si no hay pan para nuestros hijos, no habrá paz para los empresarios”: son algunos de los carteles que se levantan frente al portón de la calle Gervasio de Posadas. Katy no se queda quieta: levanta el ánimo de las compañeras en las carpas, habla con compañeros de otras fábricas de la zona, saluda a quienes van llegando, prepara el mate, acerca la alcancía del fondo de huelga para unas vecinas que pasan y se proponen colaborar con algunos pesos, y sobre todo se asegura de lo necesario para el festival que convocaban al día siguiente. Es la segunda vez que la  despiden a Katy del lugar en el que trabajó durante dos décadas. Hoy tiene 48 años.

En el post 2001, ella era una de las pocas mujeres efectivas de la planta. Había tenido que soportar jornadas de 16 horas sin feriados: ni Navidad, ni Día de la Madre, ni nada. La planta, antes mayormente masculina, había visto entrar nuevas camadas de trabajadoras que cambiaron la proporción: 30% de varones y 70% de mujeres. Ellos estaban casi todos efectivos, mientras que ellas trabajaban como contratadas y precarizadas. Las mujeres iban ocupando principalmente las líneas de empaque. Con la crisis golpeando en todo el país, la empresa había decidido despedir a aquellas 100 mujeres que venían organizándose para pedir el pase a planta, no sin antes ejercer un maltrato sistemático para quebrarlas. “Las encerraban solas en oficinas y les decían que no servían, que no rendían, que ya no iba a haber trabajo para ellas porque no servían”, recuerda Katy. Al mismo tiempo, la empresa suspendió al delegado de la Junta Interna Leo Norniella e impuso un férreo control militar con personal de seguridad armado en la fábrica. “Había terror”, describe Katy.

“Fue una lucha difícil, porque éramos mayoría mujeres y por esas épocas, la concepción de nuestro rol luchando estaba todavía bastante muy por detrás de lo que está hoy. Había situación de violencia doméstica, de presiones de la familia”, señala.

En ese escenario fue despedido un grupo de cinco activistas que se venían moviendo para la defensa de las trabajadoras que acampaban fuera de la fábrica y peleando contra el terror impuesto en el interior de la planta. Entre ese grupo estaba Katy. La empresa redobló la presión, forzándolos a aceptar una indemnización excepcional. La única que no aceptó fue ella: “Me quedé sola, peleando por la reincorporación”. De ahí vino la campaña pública y la batalla judicial para lograr su reconocimiento como delegada de hecho de las compañeras despedidas. “Fue recontra difícil, porque todo el mundo me decía que era imposible”, dice.

La conquista de su reincorporación se llevó un 1 año y 7 meses de su vida. Katy hizo de ese tiempo fuera de la línea de producción un tiempo ganado para las mujeres de la planta. “Lo usé para denunciar en qué condiciones trabajábamos las mujeres en PepsiCo, cómo las trabajadoras éramos maltratadas y violentadas por la empresa, en una campaña que llegó a trabajadoras de otros países y que echaba por tierra cualquier política de la empresa que quisiera decir que eran una empresa que incluye a las mujeres”, cuenta.

Finalmente, con la sentencia firme de su reincorporación en la mano volvió a la fábrica en 2004. Fue elegida delegada y logró la reincorporación y el pase a planta de las despedidas. Katy sonríe cuando lo dice. No será la última vez que lo haga. Cada vez que recuerda cómo ganaron peleando eso que todos les decían que era imposible, una sonrisa dibuja en su cara.

“Cada una de las cosas que hicimos desde entonces, la empresa las negaba y el sindicato siempre decía que era imposible”, explica. Para ella es muy claro: “hoy nos echan porque hemos logrado cosas: conquistamos el derecho a tener las mismas condiciones que los varones, el mismo descanso, poder ir al baño tranquilamente, poder alejarnos un minuto de la máquina para hacer tal o cual cuestión. Porque no nos podíamos despegar de las máquinas, nosotros de verdad éramos la extensión humana de esas máquinas que tiraban 160 paquetes por minuto”.

Esas primeras peleas por la equiparación con las condiciones laborales los varones, llevaron al pase a planta de todas las contratadas abriendo una progresiva conquista de derechos en la fábrica: el acceso a categorías mejor remuneradas para las trabajadoras; el derecho a guarderías y licencias efectivas por embarazo y maternidad. “Antes nos obligaban a trabajar embarazadas y rotando en turno mañana tarde y noche y con los mismos ritmos que cualquiera. Yo tuve compañeras que se tuvieron que fajar por estar embarazadas. Y ahora una compañera se queda embarazada y tiene licencia”, recuerda Kat

El reconocimiento de licencias pagas por violencia doméstica y por enfermedades de los hijos; y la creación de puestos de tareas pasivas para las trabajadoras que veían resentir sus cuerpos por el ritmo violento de las máquinas de empaque fueron también logros de su organización. “Llegaron al punto de armar una jaula para poner a todas las chicas que estaban enfermas y las ponían a limpiar las promociones. Llegamos al punto de que un gerente de producción sellase toda la jaula con cajas para que nadie las viera. Nosotros desde ya sacamos esa jaula y peleamos para que se les asignen otras tareas y no sean despedidas porque ya no podían estar en el empaque”, relata Katy.

“Las cosas que hicimos no pasan en muchas fábricas”, apunta con orgullo y señala a la responsabilidad del Sindicato por tal excepcionalidad: “El Sindicato tiene una secretaria de la mujer que se negó a pronunciarse por las mujeres de PepsiCo o por la cantidad de mujeres que se quedan sin trabajo o sufren enfermedades en otras fábricas”. Katy deja caer una pregunta: “¿Por qué un sindicato de más de 80 mil afiliados no puede hacer que sus trabajadoras estén en mejor condiciones, todas cobren una guardería, tengan un comedor dónde comer, tengan la ropa que se necesita, tengan licencia si están sus hijos enfermos, no las echen a ellas por estar enfermas?”

“Nosotras de alguna manera obligamos a que la burocracia y la patronal se tenga que pintar el rostro de mujer”, dice Katy. El activismo obrero de PepsiCo es al mismo tiempo antiburocrático, combativo y feminista: se propone pelear por los derechos de las mujeres, al mismo tiempo que enfrentar la estructura machista en la propia fábrica. Fueron justamente las mujeres de PepsiCo, junto con sus compañeras de la Mondelez Victoria y otras fábricas de la Alimentación las que llevaron la exigencia al Sindicato para parar el 8M y quienes, frente a la negativa de la conducción, lograron pararla por su cuenta. “Al sindicato lo tenemos que recuperar”, se entusiasma Katy.

La introducción de esta agenda feminista, cuenta ella, se hizo siempre contra la voluntad de la empresa y su gerencia: “A mí se me había ocurrido que cada 8 de Marzo teníamos que poner un stand acá en la fábrica en un lugar visible por donde pasen todos los compañeros y hacer una jornada. La empresa siempre nos quiso sacar. Nos dijo que esto no era la universidad, que era una fábrica. Como nunca pudo, entonces intentó hacer como que tenía un perfil hacia la mujer. La primera vez que nos regalaron algo para el Día de la Mujer fue un set para las uñas”. “Bombones y corta uñas”, dice riendo.

Pinkwashing de la explotación laboral

Una paradoja: PepsiCo tiene la particularidad de ser una multinacional dirigida por una mujer. Su CEO, Indra Nooyi, está entre las más poderosas del mundo. Esto no evitó que afirme en un foro empresario que “las mujeres no pueden tenerlo todo”, ni que PepsiCo presente como emblema de su política hacia la mujer la “Línea Rosa” de la planta de Ciudad de México: una línea exclusivamente compuesta por mujeres a las que, antes que derechos laborales, les otorgan uniformes rosas y máquinas también de ese color: un pinkwashing de la explotación laboral. Tal política corporativa escondió siempre una violencia sistemática contra las mujeres en sus plantas y una estrategia activa contra aquellas que se organizan por sus derechos: “PepsiCo a nivel internacional es una empresa que nunca respeta los derechos de los trabajadores. Nosotros sabemos de trabajadoras en otras partes del mundo han reclamado por su derecho a sindicalizarse, o porque han sido acosadas y fueron todas despedidas”, narra Katy. Fue contra ese “feminismo” corporativo que se construyó también el feminismo obrero de estas trabajadoras.

(AP Photo/Manish Swarup)

 

El saldo de estos 15 años de peleas arroja un indudable empoderamiento de las mujeres de la fábrica en todos los frentes. “La primera vez que hicimos un volante fue un volante sobre el problema de las mujeres trabajadoras, qué significaba el 8 de Marzo y sobre las enfermedades laborales. Yo solita hice ese primer volante y lo repartimos clandestinamente con otra compañera. Al principio costaba y hoy por hoy lo hacen las compañeras” Antes, dice Katy, “era mucho más difícil que la mujer tuviese un rol más protagónico en la fábrica y eso cambió, cambió muchísimo. Acá hay compañeras que hace rato se postulan como delegadas y compañeras que empiezan a tener un rol más activo en la organización. Y al mismo tiempo abordamos temáticas que ya no tienen solo que ver con cómo reclamamos nuestros derechos en la fábrica”.

Un feminismo fabril

La experiencia de PepsiCo no es excepcional. Por el contrario, hay un feminismo fabril que dinamiza en los márgenes cada vez más amplios de los feminismos que se expresan en cada Encuentro Nacional de Mujeres, en cada Marcha del Orgullo, en cada Ni Una Menos. Y que es capaz de hacer visible el mundo de trabajo en clave feminista evidenciando el hilo que une a las condiciones laborales de las trabajadoras con la forma más extrema de la violencia machista: el femicidio.

La lucha de las mujeres de Pepsico se replica en la de ex–Kraft, hoy Mondelez Pachecho, donde lxs trabajadores pararon la planta para defender a una compañera acosada por un supervisor y luego castigada por la misma empresa cuando se atrevió a denunciarlo. También en la de ex–Donelley, hoy cooperativa de trabajo Madygraf, que, todavía bajo patrón, conoció una lucha tenaz para conquistar, en una fábrica hasta entonces puramente masculina, el derecho de una compañera trans a tener su vestuario de mujeres y a poder ir a trabajar sin ocultar su identidad de género.

Estas historias hacen parte de ese conjunto distintas experiencias y tradiciones de la lucha de mujeres que han eclosionado en los últimos años en un feminismo de masas. Experiencias de obreras que han enfrentado aquellos eslabones de la larga cadena de violencia machista en el punto preciso en que ésta no se distingue de la violencia del capital: la brecha salarial, la discriminación sistemática y estructural de las mujeres en los lugares de trabajo, las formas perversas del acoso del macho bajo la autoridad del jefe.

Para lxs trabajadores de PepsiCo, lo que está en juego no son sólo los puestos de trabajo perdidos o el balance de fuerza frente a futuros ataques a sus derechos, sino también la posibilidad de frenar cierta revancha machista de su patronal contra un feminismo fabril que desajusta sus cuentas y sus costos.

“Nosotras queremos luchar por todos nuestros derechos; queremos acompañar al conjunto de las mujeres y ser acompañadas por todos los colectivos de mujeres que se organizan de distintas maneras. Porque la violencia no es solo doméstica, está en un cartel en la puerta de la fábrica, está en las condiciones en las que nos obligan a vivir, está en un gobierno que le parece bien que nos quedemos en la calle sin trabajo y sin poder alimentar a nuestra familia” sintetiza Katy.

En esta pelea, que enfrenta las formas en que la violencia del macho se confunde con la autoridad del patrón, se siguen tejiendo los lazos que unen unas y otras resistencias. No por nada, el colectivo Ni una Menos, se ha hecho eco de las voces de lxs Trabajadorxs de PepsiCo en lucha expresando: #NiUnaMenos sin trabajo! “Juntas no hay nada imposible, sino todo por hacer”, dice Katy. 

 

 

*Facundo Rocca es licenciado en Ciencia Política. Doctorando en Filosofía (UNSAM) e investigador en IIGG-UBA