Alicia Sanguinetti: mirar lo que insiste

Presa política, militante revolucionaria, sobreviviente del plan sistemático de aniquilamiento de la última dictadura y fotógrafa, Alicia Sanguinetti se pregunta, frente a un país gobernado por libertarios, si todo fue al pedo. Pero también insiste en militar y en hablar. Empezar por el metro cuadrado. En el palier. En la escuela. Donde todavía sea posible hacer chocar los planetas.

Foto de portada: Alicia Sanguinetti.

El 23 de marzo de 1976, Alicia Sanguinetti estaba militando en una casa en la que vivía con sus compañeros y compañeras del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), al que se había unido en 1969.

— Militar era la tarea de hacer con otros, de conversar y de permanecer ahí. Cuando me preguntan qué falta de la militancia de los 70 ahora mismo, yo digo: nos faltan los 30.000. Es esa parte de la generación que no tenemos y que si estuvieran vivos, estarían volcados a militar.

Dice Alicia. Alicia, que es militante revolucionaria, presa política y sobreviviente del plan sistemático de aniquilamiento de la resistencia social y política de la última dictadura militar. Alicia, que formó parte de dos historias muy conocidas de la década del 70. Alicia, la de la fuga de la cárcel de Rawson en 1972 y la del Devotazo en 1973. Alicia, a la que las dos la atravesaron como presa política acusada de terrorista habitando espacios minúsculos en donde la relación con les otres se vuelve vital y el horizonte está puesto en escapar para seguir militando. Alicia, que es también una fotógrafa exquisita. Alicia, una señora de 80 años que esquiva la ternura salvo cuando aparecen sus tres gatos. 

“Cuando voy a una escuela los jóvenes me miran como a una extraterrestre. Algunos con admiración, pero pocos están interesados en saber cómo trabajábamos. Me duele el alma ver pibes de veinte años que son libertarios y apoyan el fascismo”, dice. A pocos días de que se cumplan 50 años del último golpe militar, Alicia está inquieta y molesta, le resulta insoportable ver el país gobernado por libertarios y en ese punto se hace una pregunta dolorosa: “¿Habremos hecho todo al pedo?” No da lugar a una respuesta y su enojo vuelve como la resaca de un río revuelto porque no está molesta con los jóvenes que la miran como si fuera un ser de otro planeta, la rabia es con la imposibilidad de encontrarle una salida a este desmadre.

“Militar era la tarea de hacer con otros, de conversar y de permanecer ahí. Cuando me preguntan qué falta de la militancia de los 70 ahora mismo, yo digo: nos faltan los 30.000. Es esa parte de la generación que no tenemos y que si estuvieran vivos, estarían volcados a militar”.

Quienes vienen a socorrerla, como si supieran el antídoto frente a su desesperación, son  Negrura, Terremoto y Roxy, tres gatos que se acercan al escritorio del estudio de fotografía que tiene sobre la calle Callao. Allí trabaja con chicas jóvenes y reniega de que le pregunten todo a la inteligencia artificial. Su madre es la icónica fotógrafa Annemarie Heinrich de quien heredó la pasión por esa disciplina.

El 25 mayo de 1973, el mismo día de la asunción de Héctor Cámpora, miles de personas fueron de Plaza de Mayo a la cárcel de Devoto para liberar a los presos y las presas políticas que las sucesivas dictaduras y 18 años de proscripción del peronismo habían mantenido en cautiverio. Había sido durante el gobierno de facto de Agustin Lanusse (1971-1973) que las presas inauguraron pabellones propios; no había hasta entonces otro lugar donde ponerlas. Militantes y revolucionarias se multiplicaban en un tiempo en que las cárceles de mujeres las controlaban monjas del Buen Pastor, una cárcel de la cual las guerrilleras ya se habían fugado. Alicia Sanguinetti era una de esas presas. Ese 25 de mayo de 1973, los pabellones se habían soliviantado sabiendo que del otro lado la multitud aullaba por la libertad, se habían abierto las rejas que comunicaban unos con otra y en las visitas la requisa ya no controlaba con tanto detalle; era evidente que el poder había cambiado de mando. Ese día bien temprano, el hermano de Alicia pudo darle una cámara de fotos con rollo, un objeto invaluable para ella y, en definitiva, para la historia. Alicia sacó 36 fotografías y aunque logró revelarlos recién cuando cayó la dictadura, son un documento preciado que retrata esa militancia joven, entusiasta, que se formaba para cambiar el mundo, que no bajaban las banderas, que estaban felices de estar luchando a pesar de haber atravesado la cárcel y la tortura.

Foto: 24 de mayo de 1973, Alicia Sanguinetti.

Demás etcétera

Demás etcétera es un muletilla de la que se sirve para terminar la mayoría de sus frases, así elige contar las historias que atraviesan su vida: su detención el 8 de julio de 1970 en Capital Federal luego del intento frustrado de prender fuego al palco instalado para que el presidente de facto Agustín Lannuse viera el desfile del 9 de julio por el día de la Independencia;  su paso por las Cárceles de Buen Pastor, Rawson y Devoto; sus vivencias criando a su hijo en la clandestinidad y su vida en el regreso a la democracia como fotógrafa. Y también es una muletilla que usa para relatar un presente en el que cree que el mayor problema es que no hay referencias políticas.   

En esa muletilla hay una tensión con lo que viene como si fuera una pausa con el futuro o con los seres de otro planeta, como la ven a ella los jóvenes en las escuelas y ese interés ausente en cómo se organizaban los y las militantes de los 70. En sus gestos y silencios hay un intento por unir dos tiempos separados por más de 50 años, a pesar de esta distancia hoy también hay una coincidencia en un plan económico similar, una hambre represiva, la insistencia en meter miedo, la sumisión al imperialismo y hasta el alineamiento en una guerra del otro lado del mundo. Ella dice que el trabajo que hacían como militantes era conversar, estar con otros y mezclarse: “Vos no podías ir un día a una fábrica o a un barrio popular a charlar con la gente y después no volver más. Te quedabas, aprendías de lo que escuchabas y además tenías una confianza en el proyecto al que servía la organización. En definitiva, una confianza en la revolución”. Por eso, dice, pudieron planificar aquella fuga que terminó con la masacre de 16 personas en la Base Aeronaval Almirante Zar de Trelew el 22 de agosto de 1973. 

“Vos no podías ir un día a una fábrica o a un barrio popular a charlar con la gente y después no volver más. Te quedabas, aprendías de lo que escuchabas y además tenías una confianza en el proyecto al que servía la organización. En definitiva, una confianza en la revolución”.

— ¿Por qué crees que se organizó esa fuga que parecía imposible? La organizamos porque había 121 presos y presas políticas que tenían que salir para militar. Había mucho trabajo para hacer y demás etcétera. 

Alicia era del tercer y último grupo que llegó a la puerta de salida después de haber tomado el Penal luego de una operación que habían planificado meticulosamente y que por un error en la comunicación sólo permitió que se escapara la dirigencia. Para ella, sin embargo, eso era una victoria. Cuando supieron que el transporte que los sacaría del Penal no llegaría, Alicia volvió sobre sus pasos juntó a un centenar de presos políticos y regresaron a sus celdas. El primer grupo llegó a tomarse un avión a Chile, ahí estaban Roberto Santucho, Enrique Gorriarán Merlo, Domingo Mena, Marcos Osatinsky, Roberto Quieto y Fernando Vaca Narvaja. En cambio, el segundo  fue de las heridas más dolorosas: los detenidos se encontraban en celdas mínimas y fueron despertados en la madrugada del 22 de agosto de 1972. Según el testimonio de los sobrevivientes,fueron obligados a salir al pasillo de los calabozos, bajar la cabeza y mirar al piso antes de que se iniciaran las ráfagas de ametralladora.

“Las presas políticas de esa época inauguramos los pabellones de mujeres de Rawson y de Devoto, no sabían qué hacer con nosotras porque hasta ese momento no había habido mujeres en esas cárceles”, cuenta Alicia.  La perspicacia fue la estrategia dominante en esos tiempos de encierro: la cárcel no fue sólo encierro, fue experiencia de resistencia, de formación política y también diálogo entre fuerzas políticas que estaban enfrentadas como Montoneros y el ERP. Fue un laboratorio de unidad, de compartir información. 

En el penal de Villa Devoto, María Antonia Berger —una de las tres sobrevivientes de los fusilamientos— le relató personalmente a Alicia Sanguinetti lo sucedido aquel 22 de agosto en Trelew, lo hizo a través de señas y papelitos para evitar ser descubiertas. Berger, que era peronista, le contó que vio al teniente de corbeta Roberto Guillermo Bravo en el umbral de su celda con una pistola en la mano. Desde el suelo lo vio acercarse y apuntarle a la cabeza. Sintió el disparo y la cabeza le estalló, aunque seguía viva. Escuchó voces pero no la atendían mientras se desangraba por el estómago y la mandíbula. Quiso hacer algo antes de morir, escribir con su sangre los nombres de Bravo y Sosa —los fusiladores— pero escribió papá y mamá en una pared. Berger le contó que, tras las ráfagas iniciales, algunos compañeros intentaron arrastrarse a sus celdas, pero ella escuchó claramente cómo se ejecutaban los tiros de gracia, uno por uno.

Esta conversación fue clave en el juicio que se realizó en 2012 en donde el Tribunal de Comodoro Rivadavia condenó a prisión perpetua a Luis Emilio Sosa, excapitán de Navío, considerado uno de los responsables directos de los fusilamientos; Emilio del Real, Excapitán de Navío —ambos fallecidos en 2016 cumpliendo prisión domiciliaria— y Carlos Amadeo Marandino, ex-cabo de la Armada, cuya sentencia quedó firme en 2021 y cumple el arresto domiciliario en Paraná. 

En la cárcel, en unidad 

Ahí en Devoto, ya más avanzada la debacle de la dictadura de Lanusse, se dedicaron a estudiar y a formarse.

— En los 70, incluso en la clandestinidad o en los penales estudiábamos todos juntos, había grupos de estudio de historia donde se mezclaban uno de las FAR, uno de Montoneros y dos del ERP. Discutíamos por qué el peronismo o por qué la izquierda, pero con una tarea clara: crecer hacia la unidad. Cuando se acabó la posibilidad de estar en pabellones abiertos, nos pasaron a celdas individuales de máxima peligrosidad. Estábamos encerradas las 24 horas, pero la necesidad de comunicarnos era extrema. Usábamos los inodoros como tubos de comunicación: nosotros estábamos en el quinto piso y hablábamos con el cuarto, el tercero, el segundo… así nos formábamos y discutíamos. También usábamos el pequeño lavatorio para hablar con la compañera de la celda de al lado.

Foto: 24 de mayo de 1973, Alicia Sanguinetti.

Las anécdotas de Alicia sobre contactos con estudiantes que la ven como un ser de otra planeta también le suceden en el palier de su edificio. Tras la votación de la última reforma laboral en el Congreso fue protagonista de una confrontación con el encargado a quien dice que quiere mucho y que además es votante de Milei. Con una ironía que buscaba sacudir más que herir, le explicó las consecuencias directas de esa decisión: 

— Ahora te van a poder echar sin pagarte un centavo y no te vas a poder ir de vacaciones con tus hijos.

— No, ¿en serio?  

— Escuchá: es lo que vos votaste. Ponete a leer los diarios. Está bien, yo tampoco compro los diarios, pero vos tenés computadora. Tenés teléfono, enterate de lo que pasa.

Esa perplejidad del encargado es para Alicia el síntoma de un lazo social que se cortó en algún lugar entre la pandemia y el algoritmo, entre el paso de los años y una generación desaparecida. Sin embargo, en esa misma charla en el palier, ella encuentra el método para empezar de nuevo.

Para Alicia, la respuesta a este desmadre no va a venir de una gran referencia política ni de un posteo viral, sino de recuperar la capacidad de incidir en el metro cuadrado: “Para lograr unir la distancia entre aquel ideal de los 70´ y el presente, hay que empezar de lo chiquito a lo grande”, sostiene. Esa escala mínima es la conversación: el mano a mano con el que te cruzás todos los días. Es la misma lógica que aplicaba en el penal de Rawson, donde la fuga “imposible” no empezó con un plan maestro, sino juntando escombros en bolsitas diminutas o convenciendo a los y las vecinas de Trelew que quienes estaban en el Penal estaban peleando por una causa justa. 

“A los habitantes de Trelew les habían dicho que venían terroristas muy peligrosos, tiempo después tenías a un montón de personas yendo a conversar con nosotros y a visitarnos. A traernos comida y cosas”, cuenta Alicia, sobre  la organización que surgió en Trelew a partir de que los familiares de las presas y los presos políticos que viajaban tres días en auto y el pueblo los recibió: no venían de otro planeta eran personas preocupadas por sus hijes, maridos, hermanas y ellos les abrieron las puertas de sus casas. 

Beatriz “Bidu” Burgueña era una joven patagónica cuando se unió al Parche, un grupo que se dedicaba a la tarea comunitaria en la zona de Rawson y Trelew a fines de los 60. En la película Trelew, la fuga que fue masacre, estrenada en 2004, y dirigida por Mariana Arruti, Bidu cuenta que tenía dos ollas, una  grande que preparaba con salsa y otra con fideos, porque nunca se sabía si iban a ser dos para comer o todo un pueblo. 

—No hay que dejar de hablar y de explicar. Antes luchábamos contra el imperialismo. Hay que tener la capacidad de explicar, por ejemplo, que luchar por los glaciares es luchar por lo básico: el agua. La gente no hace la relación, y mientras tanto, compran estancias con lagos privados para tener acceso exclusivo. Es lo básico, y si no lo entienden, como digo siempre: que le pregunten a la inteligencia artificial

Esa última chicana contra la tecnología también tiene un argumento para ella, que en sus silencios como sobreviviente encuentra en la pandemia una gran parte de la responsabilidad de que la gente este apabullada: “No terminamos de entender qué es lo que pasó para que la gente vote esto y siga aplaudiendo estas cosas. No hablo de la gente de derecha de toda la vida, ellos están en su lugar; lo que me impresiona es la gente joven y personas trabajadoras, como el encargado de acá , pero si me preguntás por una explicación, yo creo que es la falta de trabajo nuestro. Falta trabajo de militancia. Por otro lado, influyó mucho la pandemia y el crecimiento de la dependencia de los teléfonos. Nos falta ese cuerpo a cuerpo que perdimos”. 

Foto: 24 de mayo de 1973, Alicia Sanguinetti.

—Los animales necesitan vivir de a dos, mínimo, para no aburrirse.

Lo sentencia mientras acaricia a Roxy. Frente a ella, en la pantalla de la computadora están las fotos con las que supo retratar el corazón de una cárcel. Dice que a veces habla con sus compañeras exiliadas que  llegarán a Buenos Aires para los 50 años; se niega a pensarlo como un aniversario y está lista para salir a la calle, hablar en las escuelas, en los bares o en las entradas de los edificios de ese barrio paquete o en donde haga falta.  Alicia está dispuesta a seguir yendo al pueblo que la recibió a los veintitantos como una guerrillera que confiaba en la revolución.  

—Hoy vas al ex-aeropuerto de Trelew, convertido en museo, y no somos nosotros, los ex-presos, los que damos las charlas. Es la gente de ahí. Personas que en ese momento tenían cinco o siete años y recuerdan cómo sus madres alojaban a los familiares. Ellos reciben a las escuelas y cuentan qué fue la masacre y qué fue la fuga. Eso es la memoria activa. No es algo que hacemos nosotros una vez al año cuando viajamos; es algo que el pueblo incorporó y transmite de generación en generación. En esa acción pequeña de cocinarle a alguien o abrirle la puerta de tu casa, se generó algo que ninguna bota pudo pisar. Esas son las anécdotas que pueden conectar con la juventud de hoy: mostrarles que la solidaridad tiene consecuencias que duran toda la vida.