Foto de la portada: Camila Flores Catino
El 23 de marzo de 1976 Janet Derganz estaba en Santiago del Estero: había viajado desde Córdoba, donde vivía y trabajaba. Al día siguiente, junto con su amiga Brigitte Gambini, presentaban su espectáculo Ellas nacieron varones en un cabaret de la capital. Pero esa noche, el 24 de marzo, allanaron el local, las secuestraron y las expulsaron de la provincia.
Giraron por Carlos Paz y también probaron suerte en Mendoza. Hicieron shows en diferentes bares: Chamacas, Sunset, Luz Bell y Barrabas. Pero las echaban de los hoteles donde intentaban parar por no tener documentos; se movían escapando de los militares. Hasta que decidieron volver a Córdoba capital e instalarse en el Hotel Avenida.
El 11 de abril de 1977, unos hombres vestidos de civil se metieron en la pieza de Janet y la sacaron del hotel, la arrastraron hasta la vereda, donde esperaban dos Ford Falcon: la secuestraron.
Cuando se enteró, Brigitte le contó al conserje del hotel y a otras amigas. Se empezó a correr la bola. La noticia llegó a Salta, donde vivía la familia. La mamá viajó a Córdoba y averiguó en las comisarías, el papá la buscó en el exterior, el hermano dejó su muestra de ADN para intentar localizarla. Su sobrina impulsó la búsqueda judicial. Pero nunca más se supo de ella.
Janet tenía 22 años y aún está desaparecida.
I. La previa
Marcela corre por Panamericana. Tiene que poder llegar al guardarrail. O la agarra la Policía, o la levanta para arriba un auto o llega al guardarrail. Tres opciones, ninguna más. Ella es de Rosario y es prostituta; ya cayó presa varias veces y siempre salió al poco tiempo. Pero sabe que la Policía y los militares de Santa Fe trabajan juntos y tienen un sistema: después de la séptima caída, vienen dos años de cárcel. Marcela no puede caer de nuevo.
—Hacían cacerías con nosotras porque tenían la obligación de llevar cierta cantidad de prostitutas cada noche; como un inventario de travestis, gays y lesbianas. Un día, me están corriendo y, antes de que me atrapen, le parto la nariz a uno con un maletín— dice Marcela.
Esa fue la última noche en Rosario. Pasó por su casa y le dijo a la mamá que viajaba a Buenos Aires. La primera noche durmió en el baño de Retiro. “Ahí conocí a un chico que estaba en situación de calle y me ofreció ir a un lugar más seguro”, cuenta. Se fueron a Panamericana. Pero en Panamericana había que correr.
En 1978 Marcela llegó a Camino Negro, en Camino de Cintura, en el conurbano sur. Todavía no había cumplido los quince años.
—Una de mis amigas era colaboradora de la Policía Federal. La dejaban trabajar en Camino de Cintura y me ofreció ir ahí, a la ruta. Me tocó abajo de un farol. A dos cuadras había un colegio nocturno y los chicos tomaban servicios sexuales conmigo. La policía pasaba todas las noches a buscar su recaudación; todas las noches había que pagarle el canon al patrullero y, cada tanto, tenía que hacerle favores sexuales. La vez me agarraron pensé que era normal, pensé que me tocaba el favor sexual. Pero ese día fue diferente—recuerda.
Un año antes de que Marcela llegara a Camino Negro, en 1977, Paola tenía diecisiete años y ya trabajaba en Camino de Cintura. Una noche de invierno la secuestraron dentro del baúl de un Falcon blanco. Dice bianco, porque cuando pudo se fue a Italia y no volvió más; ahora se le mezclan las palabras del italiano y el español. “Cuando inicié era una piccolina, muy jovencita. Eran mis primeros inicios”, dice.
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A sus diecinueve años, entre el ‘77 y el ‘78, Julieta era trabajadora sexual, se paraba en la esquina del Club Atlético San Isidro (CASI), sobre Libertador, en Buenos Aires. Una noche estaba con Judith, el Negro Miguel y la María Suspiros cuando llega una camioneta.
—“Había salido de estar presa hacía unos días y, por eso, no me quería subir, no quería volver a entrar. Pero uno agarra un arma larga que tenía, me pega en la espalda y me obliga a subir”—dice Julieta.
Las llevaron a la Brigada de Martínez, pero a la madrugada vino un tipo y les dijo que ahí no las querían, que las iban a trasladar. Así llegaron a Banfield.
—“Uno me agarró de los pelos y, como yo no tenía peluca, eran mis pelos, el tipo me dijo: ‘ahora te voy a pelar a vos’—” cuenta.
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A Analía la secuestraron seis o siete veces entre 1976 y 1978.
—“Siempre nos llevaban de madrugada. Si caíamos en alguna de las comisarías se ponían en contacto y pasaba un auto a llevarnos. Estuve en un sótano. Cuando tenían ganas nos sacaban, nos hacían bailar para ellos. A veces estaban alcoholizados y nos sacaban fotos–, dice.
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La segunda detención de Valeria del Mar fue a principios de 1977. Trabajaba en Camino de Cintura, en ruta 4, entre Seguí y la Rotonda de Llavallol y, cuando había poco trabajo se quedaba con Romina.
—“Serían las ocho o nueve de la noche. De repente para un Ford Falcon, se bajan dos de atrás y nos agarran del brazo. Nos arrodillan, con la cabeza para abajo. Les digo que recién habíamos llegado, que no estábamos haciendo nada. Y no nos contestan. El de adelante nos dice: ‘Cállense la boca. Ya van a saber a dónde van’. Cuando llegamos escucho el ruido de un portón de chapa: había un policía gordo, un escritorio verde, viejo, con vidrio arriba. Agarró un teléfono y dijo: ‘Acá tienen a las cachorras que habían pedido’—cuenta Valeria del Mar.

II. El juicio Brigadas
22 de noviembre de 2022. Audiencia 88 del Juicio Brigadas, el juicio unificado por los crímenes cometidos en tres Brigadas de Investigaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires en el conurbano sur durante la última dictadura cívico militar: el Infierno, en Avellaneda; el Pozo de Quilmes y el Pozo de Banfield.
Valeria del Mar Ramírez; travesti, trabajadora sexual y, por primera vez en el mundo, querellante en un juicio de Lesa Humanidad está conectada por zoom y rompe el hielo:
—Mi trabajo era ejercer la prostitución, hoy diría que era trabajadora sexual. En ese momento éramos prostitutas y tenía que pagarle al jefe de calle—“dice con los ojos cerrados. Tenía miedo de que no me creyeran. Tenía miedo, tenía vergüenza. Es muy fuerte todo lo que me hicieron.
Valeria del Mar declara cómo la secuestraron dos veces. Una a finales de 1976 y otra a principios de 1977.
—La primera vez éramos 14 o 15 las que trabajábamos en esa ruta, del lado de Llavallol. A la Hormiga, a Romina y a mí nos llevaron a Banfield. El patrullero nos iba derivando a donde nos tocaba. Entramos por la esquina, que era la comisaría. En los calabozos estuvimos dos días. Después, nos llevaron a Tribunales de Lomas de Zamora, y cuando nos dieron la libertad, nos llevaron a Llavallol a retirar las pertenencias—“ dice. Valeria del Mar le habla a la computadora, su voz se amplifica en la sala virtual del Tribunal Oral Federal nº1 de La Plata y las transmisiones de los juicios a través de Youtube de Pulso Noticias y La Retaguardia la hacen llegar a todo el mundo: —Siempre fueron violaciones. Me sacaron del calabozo y me llevaron al mismo lugar. Pensé que era el fin de mi vida. No sabía por qué estaba pasando eso. Pensaba que estaba con gente demente. No entendía ni veía la razón. Prefería que Dios me llevara. Eran como seis, meta reírse. Y yo meta gritar pidiendo auxilio.
El juicio Brigadas empezó el 27 de octubre de 2020; tuvo 605 víctimas, 468 testigos y hubo 18 imputados. A lo largo de los tres años y medio que duró el proceso, fallecieron cuatro acusados: Miguel Ángel Ferreyro, Miguel Osvaldo Etchecolatz, Carlos del Señor Hidalgo Garzón y Emilio Herrero Anzorena.
Pero en 2022, antes del fallecimiento de Etchecolatz, y a partir de la investigación impulsada por el fiscal general Gonzalo Miranda y la auxiliar fiscal Ana Oberlin —integrantes de la Unidad Fiscal que interviene en los juicios por crímenes de lesa humanidad en La Plata—, el juez federal Ernesto Kreplak incorporó un nuevo tramo a la causa. En ese marco, procesó a Etchecolatz junto a Jaime Lamont Smart, Jorge Antonio Bergés, Roberto Balmaceda, Alberto Candioti, Carlos María Romero Pavón, Juan Miguel Wolk, Héctor Di Pasquale y Luis Horacio Castillo por la persecución, detención y tortura de ocho travestis en el Pozo de Banfield entre 1976 y 1983.
Ese nuevo tramo convirtió al juicio Brigadas en un proceso único no sólo en Argentina sino en el mundo: fue la primera vez que se juzgó como parte del genocidio la violencia específica y su intensificación hacia ocho travestis que estuvieron detenidas desaparecidas en el Pozo de Banfield; donde también funcionó una maternidad clandestina.
Porque durante los catorce días que pasó secuestrada en el Pozo de Banfield, Valeria del Mar también escuchó un parto:
—“Un día, a la mañana, me estaba bañando y siento correr unos tacos. El policía se quedó en el corredor y me dijo que bajara la vista, que no mirara. Y siento que dicen: ‘Ya, ya, ya, abrí que ya viene’. Se sentía que una chica gritaba. Siento un bebé llorar y una milica que dice: ‘Levantate, agarrá un balde y limpiá toda esta mugre tuya’. Vi entrar a una chica de pelo largo, con el vestidito lleno de sangre, la agarré de la mano y la apoyé en el piletón del baño. No se podía mantener en pie—cuenta
—¿Qué había pasado? —le pregunta Germán Camps, que representa a su querella.
—Había nacido un bebé. Cuando salgo, veo que el policía tenía un bebé en brazos.
Pero la Fiscalía sabe que el Pozo de Banfield no fue el único centro clandestino de detención, tortura y exterminio donde las travestis fueron alojadas en esos años. “Sabemos que hay muchísimos casos más. Lo que pasó durante el terrorismo de Estado es que la persecución se intensificó. Este tipo de persecuciones fue continua, sistemática y tiene una base ideológica muy importante”, dice Ana Oberlin al finalizar la audiencia. Oberlin es abogada especializada en Derechos Humanos, Género y Derecho Penal y quien impulsó la investigación para que los casos llegaran a juicio.
Después de declarar Valeria del Mar escribió en su facebook: “Por todas las compañeras que me sostienen en esta lucha, por las compañeras de AMMAR, las compañeras y amigas de Constitución; por el camino compartido y porque no olvidamos a las compañeras travas que murieron: La Hormiga, La Mono, Vicky, La Andrea, Susana, La Patona, La Romina y La Perica. Porque para ellas también es este pedacito de justicia que llega, aunque tarde pero llega”.

18 de abril de 2023. Audiencia 101.
—Señora Carla Fabiana Gutiérrez, ¿usted me escucha bien? Creo que se encuentra muteada. Si usted está conectada por un celular, tiene un botoncito a la izquierda, abajo, que es un micrófono. Tiene que poder apretar así. Ahora sí. Muy buenos días, la escuchamos perfectamente. Le agradecemos mucho su presencia, el esfuerzo por haberse conectado por esta vía. Señora, este es el Tribunal Oral Federal en lo Criminal número 1 de La Plata, que se encuentra integrado por los doctores Walter Benditti, Esteban Rodríguez Eggers, Fernando Canero y quien le habla, Ricardo Basílico, con la Secretaría del doctor Julio Díaz y el acompañamiento de la totalidad del Tribunal, a los efectos de poder llevar adelante la presente audiencia.
—Mucho gusto, señor.
—Muchísimo gusto, señora.
Es la primera vez que la sala del primer piso de los Tribunales Federales está llena de maricas, putos y lesbianas. Hay un silencio brutal: durante toda la mañana y parte de la tarde, seis travestis se van a sentar en la silla de testigxs.
Fabiana está en Italia. Se fue en 1986 y no volvió a vivir a Argentina. Cuando habla a se le mezclan las palabras del lunfardo italiano con el español. La sala mira atenta las pantallas de los dos televisores, donde está el Zoom.
—La primera pregunta es si durante la última dictadura fuiste llevada por la fuerza a algún lugar en Banfield—pregunta Oberlin.
—Sí, fui levantada en la calle; estaba trabajando en la calle y fui llevada al Pozo de Banfield en un coche particular. Se bajaron y estaban vestidos de civil. Me llevaron a esta comisaría, toda golpeada. Y yo era menor. Fue fatal. Pase el infierno ahí adentro. Me sacaron los zapatos, me dejaron media desnuda. Para comer tenías que pagar con sexo, había violaciones. Tenían sexo con quienes odiaban, no se entiende.
Fabiana nombra a otras compañeras: Claudia Lezcano, La Estrellita, La Jujeña, La Muñeco, Paola Alagastino, La Marisela, Cuki López, La Perica, La Jeny. Dice que muchas ya murieron. En la causa también aparecen los testimonios de M.A.G. y Judith Lagarde que también son parte de los ocho testimonios que impulsó la Fiscalía en la causa.
—Judith, no me acuerdo bien su cara pero sí su nombre—dice.
—¿Había otra Claudia que no fuera Lezcano?—pregunta Oberlin.
—Claudia La Luli y Claudia Lezcano.
“Escuchamos de manera repetida que muchas travestis que estaban en situación de prostitución –sobre todo en Camino de Cintura, cerca de lo que es el Pozo de Banfield– fueron torturadas, violadas, sometidas y reducidas a servidumbre: sufrieron distintas torturas y violencias. Decidimos iniciar una investigación especial sobre el tema, porque fue una persecución sistemática”, dice Oberlin al terminar la audiencia.
–Me preguntaron si yo sabía cocinar y dije que sí–, dice Julieta. –Al Negro y a Judith las pusieron a picar cascotes en el patio. Tenían dos fosas en el patio. Y en esas fosas nos hacían lavar los autos. O lustrar borcegos, lavar ropa.
Primero, Valeria del Mar Ramírez. Después, Carla Fabiana “La cañito” Gutiérrez; Paola Leonor Alagastino; Julieta “Trachyn” González; Analía Velázquez, Marcela Viegas Pedro. La Justicia escuchó a seis travestis que estuvieron detenidas desaparecidas en el Pozo de Banfield, en Quilmes.
—Teníamos miedo, hambre, frío. Y querían sexo. Y si no había sexo, había palos. Ellos hacían lo que querían con nosotras. Eran violaciones lo que nos daban, no sexo. Estuve 30, 40, 60 días adentro. No nos podíamos bañar. Dormíamos arriba de cartones o una frazada—dice Paola y recuerda las voces—Puto, maricón, ustedes tienen que morirse. Los vamos a matar, los vamos a tirar por ahí, quién se va a hacer cargo de ustedes, nadie los va a encontrar.
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El plan de exterminio tuvo muchas aristas. “Los militares vinieron a garantizar la hegemonía de un modelo de familia, de moral cristiana; un modelo que existía en la cultura machista de los años ‘70. Hay que prestar atención, sobre todo ahora, que se están intentando volver a imponer esos modelos y está volviendo a recrudecer la violencia hacia las mujeres, gays, lesbianas, trans y travestis que salimos a la calle, que peleamos, que trabajamos y que tenemos una vida diferente a ese modelo”, agregó Oberlin.
Por eso, para explicar cada detalle con profunda teoría, en el juicio Brigadas muchas personas declararon como testigxs de contexto: personas como María Sondereguer, Alejandra Paolini, Flavio Rapisardi, Cristian Prieto, Ana Solari Paz, Marlene Wayar que aportaron sus investigaciones para que el Tribunal entienda. Porque hay que explicarlo todo.
Marlene Wayar fue clara: esto es responsabilidad de la cisheteronorma:
Todo este desastre construido ha sido construido por hombres y mujeres. La responsabilidad política, moral, ética, económica, cultural, social, es de hombres y mujeres. Nosotras, las disidencias, hemos estado sometidas a vivir a su arbitrio. Para mí es muy difícil decir que después de la ley de identidad de género hemos accedido a una democracia, porque mataron a una compañera en una comisaría de Pilar, porque Tehuel de la Torre está desaparecido, porque a lo largo de nuestro país hay muchísimos travesticidios y porque la ley de cupo laboral trans no se implementa en las provincias”.
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—Quédese tranquila. Estamos escuchando y está acompañada—dice Basílico cuando Marcela empieza a llorar—Es muy importante lo que está haciendo. Hágalo a su tiempo. Si quiere expresar sus sentimientos, puede hacerlo. Para eso está el juicio.
—Esa noche fue diferente porque cuando me suben al patrullero me ponen una bolsa de cebollas en la cabeza. “Ahora vas a saber lo que es bueno, puto”, me dicen. Esa noche no pasó nada. Pero al día siguiente empezó el calvario. Todos los días me venían a buscar y me ponían una capucha. Me tiraban en una cama. Me ataban y me ponían 220 watts. Ellos querían que dijera los nombres de los chicos, sus domicilios y de qué hablaban. Pero mi única relación con ellos era sexual. No tenía otro vínculo. No conocía sus nombres. Pero ellos me violaban y, después, me devolvían a la celda.
—¿Cómo sabías dónde estabas? —pregunta Oberlin.
—Yo tenía un noviecito que me vio cuando me secuestraron y le contó Gina Vivanco, mi amiga. Ella supo dónde era, porque era el lugar donde ella hacía el arreglo con la policía. No sé si ustedes saben qué es ser colaboradora de la policía. Es dar información a la policía para poder obtener tu propia libertad. Fueron todos los días a buscarme. Pesaba casi 80 kilos y salí con 40. Me tuvieron que ayudar.
“Fue muy complejo hacerle entender a la Justicia que, cuando todo el tiempo te están persiguiendo, deteniendo, llevando a comisarías o centros clandestinos, es muy difícil decir: ‘me secuestraron el 5 de enero y me liberaron el 20 de marzo’. Cuando ocurre todo el tiempo, es muy difícil decir una fecha exacta”, dice Oberlin y agrega: “La violencia estatal existía antes de la dictadura, durante y continúa existiendo. Antes y después hubo otras formas de centros clandestinos”.
Paola se acuerda que en la oficina del comisario, en Banfield, había una foto de Claudia Lezcano, su amiga: “Estaba vestida de Charleston. Ellos me mostraron la foto y me preguntaron si la conocía. Fue un infierno, daba miedo. Pensábamos que los militares iban a venir a darnos electricidad. Pero nos querían para otra cosa. Nos hicieron mucho mal”, agrega. Paola estuvo secuestrada en Banfield varias veces. Y cada vez que la veían en la calle la amenazaban, le decían que ya sabía lo que le iba a pasar si la volvían a cruzar. No se animaba a salir ni a hacer las compras. “En el ‘85 me vine para Italia. Me tomé un remis y viajé en el piso. Cuando llegué a España fui la persona mas feliz del mundo, porque sabía que no iba a sufrir más”, dice.
“Es una hijaputez que nos acusen de prostitución y vagancia. Yo iba a trabajar todos los días”, dice Marcela. “Porque por ser travesti nadie me daba trabajo. Y vagancia, nunca fui vaga. Tuve que buscar mi plata, pagar mi techo, mi comida, poder vestirme. Nadie me quería alquilar porque tenía un documento de hombre”, agrega apretando los dientes.


III. Hoy
7 de marzo de 2026. Marlene Wayar, Julieta González y Ana Oberlin charlan, junto con muchas personas, en el patio del Pozo de Banfield. La mesa está ubicada justo arriba de las fosas, ahora tapadas con cemento, donde Julieta lavaba los Falcon llenos de sangre cuando estuvo secuestrada. Se preguntan por la reparación, por lo reparatorio de ciertos procesos judiciales.
—Hay que preguntarse otra cosa. ¿El juicio repara? ¿La justicia es reparadora?— se pregunta Oberlin y se responde—Yo digo que tiene un potencial reparador. No lo niego, pero lo reparador pasa también por otros ámbitos. Muchas compañeras declararon cien veces y cada vez que declararon no lo hicieron sólo por ellas. Declaran, una vez por ella y las otras porque vieron una compañera que está desaparecida. Yo creo que ahí hay algo de la dimensión reparadora: es poder transmitir lo que vivieron a un montón de gente, que el testimonio valga. Esas compañeras no están acá por violencias estatales. Que Julieta haya podido decir todo lo que dijo frente a tres jueces varones, heterosexuales, católicos, blancos, propietarios hace que, de alguna manera, ganemos poquito.
—Creo que soy la primera chica trans reparada por un Estado—, dice Julieta—Recibo una pensión, pero no basta. No basta. Porque el daño fue tan grande ¿Viste? Conozco muchísimas chicas que no reciben nada. Todas ellas tienen que ser reparadas también. El daño fue tan grande. Y falta mucho todavía. Pero está bueno que sigamos luchando, ¿no?
El juicio Brigadas terminó el 26 de marzo de 2024 y, después de más de diez horas de veredicto, el tribunal integrado por Walter Venditti, Ricardo Basílico y Esteban Carlos Rodríguez Eggers condenó a diez imputados a prisión perpetua, a uno a 25 años de cárcel y absolvió a Enrique Barre. El Tribunal dijo que los delitos se cometieron en el marco de un genocidio; dio lugar al pedido del Ministerio Público Fiscal para que se juzgue el caso de un aborto forzoso conta una de las víctimas y reconoció a las travestis como víctimas de la persecución y los delitos cometidos. Pero la sentencia aún no está firme.
Las audiencias con los testimonios del juicio Brigadas están disponibles en YouTube, en la transmisión colectiva entre Pulso Noticias y La Retaguardia y se pueden ver acá.