Foto de portada: Archivo personal Graciela Cros.
Arroyo Felipe, Tigre, 1977. Una isleña sale a caminar y escucha un llanto que viene del río. Se acerca y ve a una joven llorando en el muelle. La isleña pregunta si la puede ayudar. Ella dice que acaba de ver un aguilucho atacando a los pichones de un nido. Cadena alimentaria, piensa la isleña, no es tan grave. Muchos años después, el recuerdo se resignifica. La misma isleña encuentra un poema de Diana Bellessi dedicado a las Madres de Plaza de Mayo. El poema se llama “Cacería”, está publicado en Tributo del mudo, el libro que escribió Bellessi durante la dictadura: “Cruza un aguilucho/ en lento vuelo preciso. Lleva el coro/ demente de la madre, y un pichón,/ o dos, en el pico”. A veces todo es feroz, dice en el mismo libro. La isleña cuenta la anécdota en una sobremesa muchos años después. Así conoció a su amiga Diana Bellessi, quien llegó al Delta poco antes del Golpe Militar.
En Tributo del mudo leemos la persecución de animales, los cuerpos mutilados, el robo de crías, los vuelos sobre el río, la sangre entre los robles, la cacería y la mudez. Y también: la decisión de sostener la vida/ entre los brazos abiertos. Una vez le pregunté a Diana cómo fue escribir ese libro. Ella respondió: “En esa época nos costaba mucho escribir. Cuando desaparecen los cuerpos, desaparecen las palabras. Se te hace un nudo en la garganta, en el corazón y en el estómago. Igual la poesía salió escribiendo de la dictadura”.
Mientras escribo esta nota que pretende indagar cómo se lleva adelante la escritura en tiempos violentos, la radio transmite la última apertura de sesiones muy ordinarias. El presidente Milei acaba de utilizar la palabra “poeta” como insulto en el Congreso. Grita, desprecia, promete persecución y exterminio. Pero vuelvo al tema de la nota, se cumplen 50 años del último golpe militar y lo que me pasa y le pasó a cada una de las entrevistadas es que es difícil hablar del pasado sin mencionar el estado fatal de las cosas en el país y en el mundo en general.
Es verdad que transitamos el momento más siniestro de la historia de nuestro país desde la dictadura militar. Disciplinar a un pueblo implica reducir su campo de pensamiento y recortar su imaginación hasta llevarla a la mínima expresión. Qué hacer desde la poesía, con la poesía, en la poesía. Y cuando digo poesía me refiero a la cultura, a la literatura, al arte en general. Para leer y para escribir, ponemos en funcionamiento los engranajes de la imaginación; las maquinarias del poder saben que imaginar es una actividad peligrosa. La imaginación es política porque invita a pensar –y a crear– mundos alternativos.
Me comuniqué con poetas que leemos y admiramos para preguntarles cómo fue vivir – y escribir- en dictadura. ¿Cómo escribir en tiempos violentos, atroces, peligrosos? ¿Cómo impactó la dictadura en sus vidas? ¿Cómo se desarrollaba la amistad? ¿Qué cuidados se prodigaban entre amigos y familia? ¿Qué las ayudaba a pensar y a transitar la época? A continuación, las dejo con las maestras Graciela Cros, María Teresa Andruetto, Alicia Genovese y Susana Villalba.

Graciela Cros: “Yo amamantaba y escuchaba la radio”
Graciela Cros (Carlos Casares, 1945) vive en Bariloche desde 1971. El 23 de marzo de 1976, Graciela estaba amamantando a su hija Melissa de 6 meses. Ya se había cumplido la licencia de 90 días que le otorgaban por maternidad, fue a su trabajo y se tuvo que volver. Se había presentado a la Cámara Civil, Poder Judicial de Río Negro, en el Centro Cívico, donde trabajaba de administrativa, pero el edificio estaba lleno de militares. “Quisimos entrar a trabajar pero la puerta estaba cerrada y los militares nos dijeron que volviéramos a nuestras casas. Trabajaba ahí desde el 73 o el 74, todo era un horror. Recuerdo que una vez vino una abogada a decirme que me iban a poner una bomba en mi casa porque yo era marxista leninista. Ella era de Las tres A, el padre de mis hijas y yo estábamos en esas listas. Esos momentos antes del golpe, yo amamantaba y escuchaba la radio. Sabíamos que se venía, había mucho temor y a mí en particular me angustiaba tener a mi bebé recién nacida”, cuenta Cros a Latfem y agrega: “Yo ya había padecido el Onganiato, estaba en la facultad la Noche de los Bastones Largos, apalearon a profes y amigos, yo corrí con un compañero de la mano hasta Plaza Once, desde Independencia y Rioja”.
En su época de estudiante, antes de mudarse a la Patagonia, viajaba los fines de semana al Tigre para escribir con sus compañeros de la universidad la revista Uno por Uno. “Como se respiraba un aire bastante enrarecido tomábamos precauciones para hacer la revista en una suerte de semiclandestinidad”, dice Graciela Cros en Piensa en retamas, tercer entrega de su Trilogía de diarios que publicará Las Guachas, editorial feminista y patagónica. Alquilaban una casita en la isla y llegaban con sus máquinas de escribir portátiles, las Lettera 22 y 32 de Olivetti. Un día de reparto de la revista por los kioscos de la calle Corrientes, detuvieron a su mejor amiga. Fue un llamado de atención para todo el grupo: “Éramos estudiantes, incipientes escritores y periodistas, una pequeña comunidad de amigos veinteañeros que quería generar lecturas, debates, zumbar en el oído del lector como un moscardón para despertarlo, y por esos días eso era mucho”.
Al poco tiempo, Graciela se mudó a Bariloche y descubrió que en aquel paraíso natural también había amenazas, listas negras y bombas en las puertas de las casas de militantes. “Mi familia en Bariloche eran los amigos”, cuenta Cros a Latfem: “Recuerdo que teniendo a mi hija muy pequeña, íbamos a visitar a unos amigos muy queridos, y al pasar frente a los cuarteles nos detenían los militares. Teníamos un Citroen 2CV, un autito muy popular en la época, los militares se asomaban al interior del auto donde viajaba atrás en su moisés mi hijita bebé y lo hacían con el arma larga por delante. Yo sufría pánico absoluto viendo cómo movían el arma arriba del moisés. Esa era una instancia horrible, de mucho temor y vulnerabilidad. Sin embargo, era lo cotidiano y pasábamos por eso para reunirnos con nuestros amigos porque la conexión y la familiaridad que teníamos nos daban fuerzas para seguir. Nos cuidábamos mucho y algunas cosas ni las comentábamos para no perjudicarlos. Recuerdo haber quemado libros y revistas en la salamandra, estufa a leña, y haberlo mantenido en reserva hasta un tiempo después cuando nos enteramos que nuestros amigos lo habían hecho también”.
Durante la dictadura, las actividades literarias se frenaron, no eran habituales los encuentros de ningún tipo. Graciela Cros ya había publicado en Buenos Aires pero no volvió a hacerlo hasta 1985, año en el que Ediciones de la Flor presentó Pares Partes. Luego en 1991, publicó Flor Azteca por Ediciones del Dock en la colección que dirigía Joaquín Giannuzzi. Ya en democracia, siguieron los libros y los reconocimientos como la Beca Externa (Investigación/Cuba) del Fondo Nacional de las Artes en 1988 y la distinción del Premio de la Casa de las Américas en 1994.
“Durante esos años de plomo escribí en secreto, puertas adentro, mostrarse como poeta podía ser peligroso y el padre de mis hijas también escribía, de modo que éramos una pareja ‘sospechosa’. Yo leía mucho, también leíamos el diario de papel, La Opinión, la revista Crisis (quemada en la salamandra después). Recuerdo a la dueña de una gran librería en el centro de Bariloche que un día al retirar La Opinión del domingo y la revista Crisis, que las encargábamos, nos miró y dijo: Ustedes dos tienen caras de zurdos. Llevábamos anteojos y mi marido barba. Ella era una empresaria próspera, parte de las fuerzas vivas del pueblo, y tenía la impunidad de decir cosas así”, cuenta Cros.
Una tarea para estos tiempos: defender la palabra. “Sé que cada uno de nosotros debe mantener ante el autoritarismo la libertad de su propia voz, cuidar su voz, que esa voz no se apague, alzarla desde donde nos toque actuar. Defender la palabra. Hacerla circular, compartirla. Aunque nos parezca que esa acción es mínima o insignificante, siempre habrá un otro que la reciba y valore, que la haga propia y multiplique. Nuestra obligación como escritores en tiempos dictatoriales y siniestros como el que estamos viviendo es tratar de ampliar, enriquecer la mirada, la nuestra y la del potencial lector, sumando al punto de vista esencial, el que sostenemos desde la libertad y los derechos humanos, el que consolida los principios de memoria, justicia y verdad”.

María Teresa Andruetto: “Escribía cosas muy fragmentadas, nada subsistió”
“En Córdoba, ya avanzado el año 75, se iban los profesores al exilio, empezó a haber un desmadre, yo alcancé a recibirme y alcancé a entrar en la colación de la licenciatura, pero la colación del profesorado iba a ser en marzo del 76. Ese diciembre anterior decidí viajar de Córdoba a la Patagonia porque empezaron a detener y a desaparecer a compañeros y a profesores. Ahí conocí lo que después se llamó exilio interno, yo necesitaba irme a algún lugar donde no me conocieran”, cuenta María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, 1954) a Latfem. En ese tiempo, Andruetto estaba recién recibida y militaba en una organización de izquierda del centro de estudiantes.
Cuando llegó a Trelew, en enero de 1976, empezó a trabajar en un diario en la sección encargada de registrar los bautismos, los casamientos y los eventos sociales de la comunidad además de llevar adelante la corrección por la noche. Estaba en la redacción cuando llegó el 24 de marzo de 1976. Al poco tiempo, aquel diario perteneciente a un ala progresista del radicalismo, cerró en medio de persecuciones, asesinatos y amenazas. “Teníamos miedo. En ese momento decidí volver a Córdoba y viví varios años en una situación extremadamente precaria. Hice una pareja y ahí nació mi hija más grande en una habitación que me daban en una especie de hotel de citas muy pobre. Ahí estuve hasta el año 83. En los años de la dictadura escribía cosas muy fragmentadas, nada subsistió. Toda la energía se iba en la lucha por sobrevivir. Recién hacia el año 82, en medio de la miseria, empecé a escribir la novela Tama, que 10 años después ganó el premio Luis de Tejeda de Córdoba que organiza la Municipalidad de Córdoba. Esa fue mi primera publicación. Esa novela se reeditó 10 años después por la editorial Alción y ahora este año Random hace una nueva edición”, cuenta Andruetto, quien ha recibido numerosos reconocimientos como el Premio Hans Christian Andersen en 2012, el Premio Konex en 2014 y Premio Novela del FNA en 2002 por La mujer en cuestión.
“Para que te des una idea de la pobreza en la que vivíamos, cuando nació mi hija más grande, los pensionistas se juntaron entre varios y me regalaron un jarrito enlozado para que yo pudiera hervir la mamadera”, cuenta Andruetto y se emociona al recordar cómo se cuidaban entre los conocidos y la familia. Las tías de su ex marido, que trabajaban en hospitales, mandaban polvo para hacer sopa, no en cubitos, mandaban un kilo de verdura triturada. A veces fideos secos, arroz, polenta y también polvo para hacer flan que Andruetto muchas veces hacía con agua porque no siempre había leche.
Sus padres también le mandaban alimentos no perecederos. “Se me anuda el pecho porque pienso en mi hermana que murió muy joven. Cuando podía, iba para su casa. Su suegra desde Río Negro le mandaba unas cajas con cosas más ricas como queso y fiambre, por ejemplo. Cuando podía ir hasta su casa, comía rico, digamos. Hay cosas que no se olvidan. Había un hombre también que trabajaba de mozo en un bar que sabía que yo tenía una bebé, entonces a veces me traía una papa hervida y un huevo y me decía ‘para la chiquita’”.
A María Teresa Andruetto le interesa recordar y detenerse en el tema de los cuidados. Cómo ayudarse, cómo sostenerse cuando todo se viene abajo. “Cuando vivía en Trelew, la comunicación era por carta con mi mamá pero esas cartas no venían por correo. Llevaba y traía la correspondencia un camionero que trabajaba en una empresa de sepelios de mi pueblo. Siempre le estaré agradecida a Panchi porque no era una persona que tuviera una conciencia política ni que fuera un amigo. Panchi viajaba en un camión llevando ataúdes a las empresas fúnebres de la Patagonia. Así que iba a Trelew y volvía a Córdoba. Entonces, antes de viajar, pasaba por la casa de mi mamá o le avisaba y mi mamá preparaba las cartas, un paquetito, alguna cosa, uvas de la parra de mi casa para hacer algún dulce, por ejemplo. Y yo, a mi vez, respondía las cartas y él se las llevaba a mi mamá. La posibilidad de esa comunicación era muy potente para mí. Esa correspondencia fue la que me llevó a escribir Lengua madre (Premio Novela del FNA)”.
La memoria es uno de los grandes temas en la obra de Andruetto. Al pensar en la dictadura, suele decir que le interesa poner el foco en lo que podríamos llamar gente de a pie. “A mí no me interesa lo heroico, me interesa la gente común, los personajes que reflejan a las personas más comunes. La complejidad de lo humano me interesa, los claroscuros, los grises. Y eso no está en los héroes. Me interesan las personas con las fallas, los equívocos y también con las luchas y las pequeñas generosidades. También pienso que puedo escribir sobre la gente común porque se hicieron los juicios. La dictadura se sostuvo porque hubo una sociedad que la sostuvo. Ninguna dictadura es posible si no es con la complicidad de la sociedad. Porque hubo quien miró para otro lado, porque hubo quien se asustó, porque hubo quien traicionó, quien se benefició, quien contó algo que era un secreto y sin querer o queriendo sucedió que a alguien lo llevaron preso, lo mataron, lo desaparecieron, mil cosas. Hay muchas historias al bajar en lo social hasta llegar a la gente común, ahí no llega la justicia. Ahí llega el arte, la creación, la literatura”.
María Teresa Andruetto se expresa políticamente en cada oportunidad que se le presenta, ya sean lecturas, ferias, festivales o incluso la columna radial que sostiene hace más de una década. Dice Andruetto que ella decide tomar posición pública porque tiene la convicción de alzar la voz: “Hay quienes se callan. Si uno tiene miedo a perder, a perder un espacio, a que no lo inviten a un festival, a que no lo inviten a una lectura de poemas, a que no le publiquen un libro, a perder lectores… Bueno, si uno está con todos esos miedos, se calla. Es una decisión profundamente ideológica, profundamente política”.
Para Andruetto, la literatura es una experiencia de la lengua: “Yo nunca me propuse escribir literatura política. Pero una escribe desde lo que es, lo que piensa, lo que siente. Entonces lo ideológico aparece. La preocupación en la escritura es por las formas. ¿Cómo voy a escribir esta historia? Sí creo que un escritor es un ciudadano y entonces como ciudadano es interesante que tome posición ante distintos hechos. Quizás no ante todas las causas, pero sí al menos un compromiso con el contexto en el que vive. Como persona, digo. Después la escritura dirá sobre qué se escribe. A veces alguien puede estar escribiendo una novela sobre el siglo XVII y ahí pueden aparecer tantas cosas que nos traigan al hoy, ¿no?”.

Alicia Genovese: “Me fue a buscar la cana a la pensión”
En marzo de 1976, Alicia Genovese (Lomas de Zamora, 1953) tenía 22 años, vivía en pensiones y trabajaba en una redacción. “Cuando se anunció que la Junta Militar había tomado el poder, yo estaba en una agencia de noticias, siempre estaba la radio encendida, fue la crónica de un golpe anunciado. Todo el mundo sabía que se iba a dar un golpe”, cuenta Genovese a Latfem. Unos años antes, estudiaba Letras y asistía a un taller literario en el que conoció a Irene Gruss, Jorge Aulicino y Marcelo Cohen, entre otros. “Después del Golpe, la vida social se trastocó. Antes yo salía del trabajo y me iba a la calle Corrientes a tomar un café o a cenar con amigos. Todo eso se cortó porque caía la cana y te pedía documentos y te llevaban a averiguación de antecedentes. Siempre te podían conectar con algo, de hecho mucha gente cayó así. Creo que lo más visible, para mí al menos, en ese momento, eran las razzias indiscriminadas que ocurrían en el centro. Después de algunos meses empezaron a llegar noticias terribles de los campos de concentración y las desapariciones a mansalva. Se tenía alguna noticia pero era todo muy fragmentado. Yo trabajaba cerca de Plaza de Mayo, recuerdo ver a las Madres cuando realmente eran muy pocas y les decían las locas de la plaza”.
“En el año 77 me fue a buscar la cana a la pensión en la que vivía. Yo no estaba, después me contaron que los canas estaban de civil y pidieron entrar a mi cuarto a la mujer de la pensión. La señora me quería porque veía en mí a una jovencita que tenía sus padres en Necochea, una joven de afuera que estaba de estudiante. La señora no los dejó entrar, los canas se fueron. Cuando me contaron, me escondí varios días y después me mudé, viví en casas de amigos un tiempo”, recuerda Genovese, quien en ese mismo año publicó su primer libro que se llama El cielo posible y que tuvo el sello de El escarabajo de oro, la publicación que dirigían Liliana Heker y Abelardo Castillo. “Otra cosa que recuerdo es la censura, la quema de libros, muchos militares quemaban libros que consideraban subversivos y eso generaba terror. De hecho, esa censura derivaba en auto censura inmediatamente porque todos hacíamos desaparecer libros que nos podían comprometer. Yo recuerdo haber juntado libros que me comprometían mucho y haberlos llevado a una oficina donde no se iba a saber de quién era el libro. Me acuerdo que a los libros de Gelman me negué a sacarlos de mi casa y entonces los ponía detrás de la biblioteca medio escondidos”, cuenta Genovese, quien presentó recientemente Poesía y errancia (Editorial Entropía, 2025), un libro en el que hace dialogar al ensayo y al diario de escritura en tanto espejos de un mismo tránsito.
Alicia Genovese, poeta, docente y ensayista, ha recibido numerosos premios y distinciones como la Beca Guggenheim en 2002, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en 2014 y el Premio Konex en 2024. “A la literatura, al arte en general, se lo coloca en el lugar de la ‘resistencia’, un término un poco desgastado. No me gusta tanto esa palabra cuando se transforma en un cliché. Da lugar a una cierta actitud pasiva, resistir puede ser algo así como aguantar, que a veces también puede ser muy loable. La literatura no es silencio. Y por otro lado poner al arte o a la literatura al servicio de una lucha es crear ciertas distorsiones en cuanto a las búsquedas literarias que pueden venir por distintos lugares y deben ser admitidas en distintas direcciones. No sólo direccionar el arte hacia una lucha política sino permitirse otro tipo de caminos oblicuos donde siempre va a aparecer alguna alusión, pero no necesariamente que esto sea el centro si el autor o autora no lo necesita o está buscando por otro lado”, dice Genovese, quien da clases en la Universidad Nacional de las Artes, en la carrera de Artes de la escritura.
“La literatura en épocas de violencia, y en épocas de autoritarismo como esta, es fundamentalmente el otro discurso. ¿En qué sentido? La literatura tiene la posibilidad de reconfigurar un discurso fuera del ruido ambiente, fuera de ese discurso mentiroso que nos rodea, fuera de ese discurso lleno de falacias adrede que imponen día a día los medios y el discurso oficialista que miente de una manera alevosa y en cada una de las cosas que dice y hace”, remarca Genovese y agrega: “El discurso literario o el discurso de la poesía más específicamente tiene la posibilidad de reconfigurar un discurso que pueda contenernos más allá de la disgregación que impone la violencia. Hay un tejido social que puede reconfigurarse a través de los discursos artísticos y la poesía está dentro de ellos. El discurso de la poesía puede darnos algo de verdad o al menos sembrar el camino hacia esa verdad”.

Susana Villalba: “No renunciar a lo milagroso y a lo más humano que es el lenguaje”
En marzo de 1976, Susana Villalba (Buenos Aires, 1956) tenía 20 años. En esa época, solía reunirse con quienes luego formaron la revista y editorial Último Reino: Víctor Redondo, Horacio Zabaljáuregui, Mónica Tracey y Jorge Zunino, entre otros. Tomaban todos los recaudos para no llamar la atención, por lo general salían de noche, de a tandas. “En relación con lo personal, podría contar que tenía una relación con un chico que militaba en un partido socialista no armado, quedó fichado durante el funeral del diputado Ortega Peña asesinado por la triple A y ya durante la dictadura militar empezaron a ser secuestrados todos los de esa lista así es que se fue del país. Traten de imaginar una relación que termina así y no por cuestiones personales”, cuenta Villalba a Latfem. Poeta, dramaturga, periodista y gestora cultural, creó la Casa de la Poesía en 1999. Por mencionar algunos de sus reconocimientos, en 2011 ganó la Beca Guggenheim para la Creación con el proyecto de escribir el libro de poesía El animal humano y en 2019, ganó el Primer Premio Nacional de Poesía por La bestia ser. Su primer libro se llama Oficiante de sombras y fue publicado en 1982.
“En cuanto a escribir poesía en ese momento pensaba igual que ahora, no renunciar a lo milagroso y a lo más humano que es el lenguaje, no renunciar a lo suntuario de la belleza es resistir la animalización, particularizarla en una poesía propia es resistir el adocenamiento que convenía y aún conviene”, dice Villalba, quien en 2024 publicó El amor es animal (Salta el Pez), una obra reunida conformada por siete libros que cruzan el tiempo de una vida entre 1982 y 2019. Como remarca Andi Nachón en el prólogo de ese libro, A Villalba las situaciones políticas la atraviesan. “Lo que realmente me interesa destacar es que estamos en un momento tan parecido, por empezar en lo económico, ya veremos hasta dónde llega lo demás. ¿Todavía no llegamos a tanto? Será que en lugar de secuestrar periodistas en las sombras se les tira un proyectil de gas lacrimógeno frente a las cámaras; luego hay quienes aplauden y votan que eso continúe”, dice Villalba y cuenta que hace unos años entrevistó a un delegado sindical de la fábrica Ford: “Un delegado de los combativos, peronista de toda la vida, nunca tocó un arma pero sí organizó huelgas. Él y otros delegados habían logrado que los trabajadores recibieran el 1% de las ganancias de la empresa, no sólo un sueldo. Durante la dictadura fueron secuestrados dentro de la fábrica. Si él se salvó es porque quedó luego “blanqueado” como se le decía a ser fichado en la policía. Uno de muchos ejemplos de cómo se fue desarmando el organizarse y para poder desmantelar por ejemplo todo el importante cordón industrial en las orillas del Paraná. Por algo hoy en Rosario hay narcos pero no obreros. Me importa mucho que se termine la excusa de los guerrilleros, que había también y que tampoco debieron recibir el trato que recibieron pero el cuentito de que todo fue para enfrentarlos tapó tantos otros aspectos de lo que era una ebullición de progresismo en un sentido más avanzado de lo que se considera hoy progresismo. Creo que fue un error no difundir, explicar, insistir con las razones económicas de aquella barbarie y con el objetivo ejemplificador de tanta crueldad y terror. Hoy se ganan elecciones con las mismas consignas. La tragedia ya se repitió como farsa con Menem, ¿qué etapa es la actual?”.