Por: Fotos: Portal Catarinas

Lo que vimos en las manifestaciones de mujeres en septiembre y octubre en las calles de Brasil es una nueva forma de poder político. El cuerpo de las mujeres enfrentando el miedo que las élites quieren imponer a las sociedades, y diciendo que no queremos ser tuteladas, invisibilizadas, amenazadas y asesinadas. Una nueva forma de construcción de democracia en las calles, a pesar de las vetustas instituciones políticas donde las mujeres no superan el 10% de presencia en los parlamentos corrompidos por el poder patriarcal, deslegitimados por prácticas corruptas y de una política que solo se legitima como expresión de la jerarquía de dominación.

Pero ¿por qué no tenemos miedo? Porque conseguimos la incorporación sensible de los cuerpos cuando se saben acompañados en el espacio común, el “acuerpamiento” del cual hablan las compañeras latinas cuando salen a las calles. Lo común, una práctica y construcción antigua de las mujeres, desde antes de las brujas, que viene de la experiencia comunitaria, amasada junto con los cantos colectivos de las trabajadoras, pero aun latente en los modos de vida de las “quebradoras” de coco babazú y otras en Brasil. Y las mujeres podemos hacerlo porque, recuperando nuestra memoria arcaica, no precisamos reproducir la pertenencia a cualquier institucionalidad de la guerra y la violencia.

Aquí está engendrándose una nueva forma del “hacer político”; desde las redes sociales a las calles las mujeres nos mostramos como una fuerza horizontal, como un deseo solidario para con la sociedad, con total despudor en la exhibición de las diversidades, y con alegría contagiante: una forma que rompe el miedo.

Por eso se quiso hacer creer que la marcha feminista de #EleNao del 29 de septiembre había tenido un efecto contraproducente a sus propósitos y favorable a Bolsonaro en las elecciones del 7 de octubre. En realidad, esa fue una más de las fake news propaladas por los sectores del bolsonarismo. Muy por el contrario, la salida a la calle de miles de mujeres ayudó a la candidatura de Haddad a llegar al balotaje. La consultora IBOPE confirmó en una medición el significativo caudal de votos a favor de este candidato aportado por ese segmento del padrón femenino.

La presencia de miles de mujeres en las calles de las ciudades del país, exhibiendo el rechazo de la sociedad al fascismo, fue una forma de un hacer político desbordante de los canales institucionales, de las maneras enyesadas del disciplinamiento que hace siglos nos imponen. El fascismo como la expresión más acabada del individualismo, de la negación del otro como diferencia, del rebajamiento e invisibilización de lo diverso, de la naturalización de la violencia contra las mujeres, de domesticación de los cuerpos de las mujeres, de los negros y negras, de la diversidad sexual, de los y las inmigrantes, y de los empobrecidos por un poder económico patriarcal cada vez más concentrador de las riquezas producidas por toda la sociedad.

Pero el fascismo también es el resultado de la sofisticación, cada día mayor, de las formas de control de la sociedad y del territorio, y la modulación de las subjetividades, a partir de las “religiones de mercado”, del consumo, del sentido común de la moral, del sentido común de la doble moral, del manejo de las voluntades y deseos más íntimos, de exploración de corazones y mentes …

Por eso las mujeres, a partir de un largo proceso de liberación que ya dura varios siglos, estamos enfrentando el fascismo con formas no violentas de expresión, de valorización de las diversidades, de respeto a los cuerpos y sus sexualidades, de insumisión a los padrones estéticos, de cuidado con la vida cotidiana, o sea simplemente, de percibir al otro.

Nosotras, que desde el feminismo hemos sido capaces de construir más allá de los territorios domésticos de valorización del trabajo invisible de las mujeres, de denunciar y combatir – hermanadas – las violencias que sufrimos en el cotidiano, que salimos a construir la igualdad en el vasto campo del trabajo y de los estudios, que estamos haciendo la revolución más triunfante del último siglo, ahora tomamos las calles para enfrentar el fascismo por su raíz de odio y dominación patriarcal, racista y de clase. Y lo hacemos a partir de la práctica de politización feminista, de las huelgas internacionales que impulsamos los últimos 8 de marzo, que abren nuevos entendimientos sobre el concepto del trabajo, a partir del derecho a la propia elección para nuestras sexualidades, de nuestra libertad para tener o no tener hijos, de vivir la maternidad como un acto político y de composición de afectos y relaciones, de caminar hacia una división sexual del trabajo igualitario, de la fuerza del actuar colectivo en las calles que tomamos, y que ahora ya no queremos abandonar; del deseo, en fin, de construir un mundo de iguales y amorosamente diverses…

Expresamos lo político reinventado, descolonizado, libertado en su potencia de expresión del deseo de igualdad, solidaridad y paz. Frente a la pulsión de muerte, y a la espectacularización de la violencia que exacerba el fascismo, oponemos esa potencia que surge de la necesidad de inventar otras prácticas, otros saberes y otros mundos. Y así continuaremos a enfrentar el fascismo, que crece no solo en las Américas sino en todo el mundo.

Crear diálogos, vínculos, argumentaciones politizando la vida en su sentido social, cooperativo y amoroso, es la forma de huir de las ansiedades, angustias y del sufrimiento psíquico al que nos condena el frenesí capitalista. El movimiento de las mujeres hace visible la “pedagogía de la crueldad”, como dice Rita Segato, que impone el fascismo, exponiendo los cuerpos en lucha como un modo de vida sin miedo. Y eso es lo sensible, que toca las emociones y que tanto incomoda al poder, porque va directo al cuerpo y al alma del ser.

Nuestras prácticas, nuestras ropas, consignas, colores, danzas y nuestra alegría pintan el aire de forma diferente para desafiar el odio, y para permitir reapropiarnos de las sensibilidades.

Como dice el filósofo Franco Berardi, “la felicidad es subversiva cuando ella deviene colectiva”: así, por estos días, en muchas ciudades de Brasil y del mundo, somos subversivamente felices…

 

*Graciela Rodríguez es argentina y vive en Brasil desde hace 40 años. Desde el Instituto Eqüit y la Red de Género y Comercio, se ha dedicado a la investigación de la situación económica y laboral de las mujeres y cómo son afectadas por las políticas neoliberales y los tratados de libre comercio.