“El hombre tiene dos caminos en la vida: elegir una mujer ama de casa, que se ocupe de los hijos y nada más, o una mujer que sea capaz de emprender algo”. Quien habla es el marido de Andrea Grobocopatel, el intendente de Carlos Casares, Walter Torchio. Andrea, parte de la dinastía Grobo, preside (es co-chair —esto es, comparte la silla principal— junto a Susana Balbo) el W20, el foro de debate sobre el empoderamiento económico de la mujer en los países que forman el G20, que este año se celebrará en la Argentina. Mientras Andrea, la del marido chapado a la antigua, lidera en Davos las discusiones que este año incluyen a las mujeres rurales, en la Argentina otro miembro de la familia rural, en el Ministerio de Agroindustria, desfinancia los programas de la UCAR (Unidad para el Cambio Rural), destacados internacionalmente por su aporte a la igualdad de género. Paradojas de un mundo elástico.

 

Trabajo de campo

La UCAR se creó en 2009, para diseñar y gestionar programas y proyectos de infraestructura y desarrollo rural con financiamiento externo. Comenzó con varios programas que ya estaban funcionando en el entonces Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca, y de a poco adquirió su propia lógica de funcionamiento. Desde los primeros proyectos, la temática de género estuvo incorporada.

Pero, según el comunicado que emitió el 15 de enero la asociación gremial APUCAR, “desde hace un par de meses el Poder Ejecutivo decidió por decreto eliminar las unidades ejecutoras de programas con financiamiento externo, decisión que se tomó sin evaluación previa y con el único fundamento de ajustar el presupuesto. La UCAR (…) hoy cuenta con una asignación presupuestaria insuficiente, solo el 6% de lo requerido, porcentaje que alcanza para contratar al personal enero y febrero”.

Al área que toma los temas de género en la UCAR le dieron hasta ahora sólo 60.000 pesos para todo el año, lo mismo que nada. Además de capacitar a equipos técnicos provinciales en perspectiva de género, la UCAR trabaja con mujeres productoras de diferentes regiones. La unidad del Ministerio de Agroindustria, liderado por Luis Miguel Etchevehere, se instaló como referente en la temática de género y desarrollo rural ante los organismos responsables del tema, como el INAM y la Dirección de la Mujer de Cancillería y aporta datos específicos e informes de seguimiento de género en el sector rural, que periódicamente se presentan a los organismos supranacionales (CEDAW, CELAC, FAO, etc.).

Imagen de la campaña Mujeres rurales promovida por UCAR.

 

Pero de un tiempo a esta parte todo comenzó a cambiar. Desde el año 2005 hasta hace dos meses, la UCAR tuvo la representación por la Argentina del Punto Focal de Género de la REAF (Reunión Especializada de Agricultura Familiar del MERCOSUR). La persona designada como Punto Focal fue desplazada, luego de 12 años, por tener fotos en su Facebook con Milagro Sala. De ese trabajo en la REAF se desprendió un programa específico de género gracias al cual se financiaron estudios e investigaciones de gran valor, por ejemplo uno en relación a la propiedad de la tierra que indica que el 80% de la propiedad de la tierra está en manos de varones.

La nueva coordinación ejecutiva de la UCAR venía preparando el terreno para lo que el decreto vaciador anuncia de pleno: una nula preocupación por que las políticas públicas agropecuarias reparen en la integralidad de la perspectiva de género. La citada coordinación había prohibido que en materiales de difusión, publicaciones y videos institucionales se usara el femenino (“productores y productoras”, “agricultores y agricultoras”). “El uso del lenguaje inclusivo nos costó muchísimo, el sector agropecuario es uno de los más masculinizados en términos de representación, y nombrar a las mujeres que también producen había sido un gran logro”, dice una de las trabajadoras de la unidad.

 

Fuera de campo

Mientras tanto, en el otro mundo, el relato es distinto. Andrea Grobocopatel, co-chair, presenta la novedad de que ningún país del G20 ha logrado cerrar la brecha entre varones y mujeres en materia de participación económica y que por esta razón el W20 Argentina trabajará especialmente sobre un nuevo tema: la mujer rural.

“Las mujeres son responsables de la mitad de la producción mundial de alimentos y, sin embargo, la mayoría de ellas no reciben un ingreso por su trabajo. Las mujeres que residen en ámbitos rurales tienen menos acceso que los hombres a los recursos productivos, los servicios y las oportunidades, como la tierra, el ganado, los servicios financieros y la tecnología. Esto genera altos costos sociales y económicos, reduciendo las posibilidades de desarrollo de las mujeres y de sus emprendimientos. Promover la inclusión de las mujeres que habitan en zonas rurales en el mercado laboral a través del acceso a los servicios financieros y digitales, tomando en cuenta sus particularidades. Fortalecer los emprendimientos de estas mujeres, estén orientados a la producción de alimentos o a otros negocios productivos”, declara la plataforma online del W20.

Esta línea de lectura que mixtura producción de alimentos, finanzas y tecnología, responde a lo que las investigadoras Carla Grass y Valeria Hernández, en el libro Radiografía del nuevo campo argentino, del terrateniente al empresario transnacional, entienden como la base de las transformaciones en el agro que en las últimas décadas definieron “la configuración de un nuevo régimen alimentario neoliberal y corporativo”, con centralidad del capital financiero y las nuevas tecnologías ligadas a la bioingeniería y la modificación genética.

¿Por qué la representante argentina de la sociedad civil, que coloca la intersección entre ruralidad y género en el centro cuando se trata de conversar puertas afuera, no expresa esta misma preocupación hacia adentro de las instituciones de su país?

También en Davos, Juliana Awada, presente en las mesas de trabajo del W20, declaró que “es importante que todas nos involucremos en el trabajo del Women 20 porque es una oportunidad de llevar a los líderes del G20 nuestra voz y generar avances en el empoderamiento de las mujeres y la igualdad de género”. Las mujeres, en las órbitas del poder, son encargadas, entonces, no de tomar posiciones de poder sino de influenciar a los líderes para que ellos reparen en las desigualdades. Mientras se le entrega a esas mujeres la valijita para jugar al gobierno, en la oficina de al lado se toman las decisiones que perjudican a las mujeres que no están en agenda. Esta idea de empoderamiento está profundamente ligada a la de la competitividad que los agronegocios y el sistema financiero enarbolaron en la llamada “revolución de las pampas”. Las usinas intelectuales del agrobusiness vienen hace décadas hablando de sociedad del conocimiento, empowerment, (Gustavo Grobocopatel es, en este sentido, un pionero local), influir en la política y ciudadanía de nuevo tipo. El empoderamiento femenino que debaten hoy las mujeres referentas del W20, proviene más de allí que de los movimientos de mujeres y es la contracara de un proceso que afectó tanto al campo como a las ciudades y que implicó que alrededor de 150.000 productorxs se fundieran durante los ’90, para que el nuevo modelo del agro prevaleciera.

“A la hora de acercar ofertas de asistencia técnica, de crédito o de capacitación, las mujeres rurales no son identificadas como interlocutoras válidas, confirmando de esta manera su exclusivo rol reproductivo y doméstico otorgado y asumido por pautas culturales construidas a lo largo del tiempo”, dice la propuesta “Argentina y la presidencia del G20. Más allá de la retórica: hacia la implementación de una agenda de género verdaderamente inclusiva” que elevó la organización Economía Feminista y que firmaron una decena de organizaciones. Las mujeres del agro no son escuchadas, simplemente no están en ningun lado, como si no existieran como sujetas productoras y sujetas políticas.

¿Será que el feminismo de la conducción del W20 es mera cosmética? ¿Será que cuando dicen “empoderar” no reconocen que hay poder antes que ellas, hay organizaciones de productoras, trabajadoras de la economía familiar, popular, rural, estudiosas, investigadoras, técnicas que no necesitan que las toquen con la vara mágica del empowerment sino que actualicen y jerarquicen los presupuestos?

¿Será que el feminismo de la conducción del W20 es mera cosmética? ¿Será que cuando dicen “empoderar” no reconocen que hay poder antes que ellas, hay organizaciones de productoras, trabajadoras de la economía familiar, popular, rural, estudiosas, investigadoras, técnicas que no necesitan que las toquen con la vara mágica del empowerment sino que actualicen y jerarquicen los presupuestos?

Mientras Susana Balbo, Andrea Grobocopatel, Juliana Awada y tantas otras pronuncian la palabra “rural” con sentido m(p)aternalismo, el Ministerio de Agroindustria no sólo cierra programas que dan trabajo a mujeres rurales sino que además anuncia que el país va a tener nuevos agregados agrícolas en sus embajadas. Finalmente no termina de entenderse si se trata de ajustar el presupuesto o de ajustar de un sólo lado.

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“Todos juntos, Estado, empresas, ONGs, tenemos que construir la Argentina que queremos”, dice Andrea. Pero no es eso lo que define su empatía con el modelo de la Alianza Cambiemos y del neoliberalismo, sino la tríada salvadora (Estado, empresas, ONG) que omite a un actor/actriz clave: las organizaciones populares, las trabajadoras y trabajadores, los sectores de la economía informal, aquellos que, especialmente en la zona rural, son quienes organizan comunitariamente la vida y que hoy están libradxs a su suerte.

 

Mundos paralelos nunca se tocan

“Vos decís ‘empleada de comercio’. Pero ¿quién va a tomar como empleada a una chica que viene del campo, con las características de las que vienen del campo, frente a una chica ‘rubia’ (aunque no sea tan rubia), bien vestida, que se sabe dirigir a la gente, etcétera? Va a terminar de empleada doméstica o de repositora de supermercado, pero no va a ser la cajera, seguro”, dice una mujer de Río Negro en Las nuevas generaciones de mujeres rurales como promotoras del cambio, uno de los informes desarrollados en 2014 por la UCAR, donde también afirman que “estudiar es una posibilidad de salir de los esquemas tradicionales o roles preestablecidos asignados a la mujer. Migrar por estudio es una posibilidad o parte de una estrategia para afrontar particularmente esta situación desventajosa que tienen las jóvenes del campo”.

 

Andrea junto a su marido, en el campo.

 

Andrea Grobocopatel conoce situaciones como esta, ella misma es una de esas chicas que debió estudiar duro para migrar desde su Carlos Casares natal. Lo que seguramente no se imaginó (¿o sí?) es que su destino estaba en Suiza, tan lejos de las mujeres rurales que trabajan para ella, que es una de las Directoras ejecutivas del mayor grupo productor de granos del país. Lo que ella no se imaginó (¿o sí?) es que mientras alienta al emprendedurismo, cientos de trabajadoras rurales y de mujeres que trabajan en políticas de género en el sector rural pierden el trabajo y con él la posibilidad de emprender cualquier cosa. Quizás sea como dice su marido, hay sólo dos tipos de mujeres: las que pueden y las que ya no.

 

La historia de amor de la empresaria Andrea Grobocopatel y el politico Walter Torchio