Amor mio
Amor mío por favor
Tu no te vas
Yo cuentare a las horas
(…)
Vuelve
No volvere no volvere no volvere
No quiere recordan
No queire recordan

Gipsy King

Historiadora feminista de la ciencia, diva cyborg del ciberpunk, profesora emérita distinguida del Programa de Historia de la Conciencia de la Universidad de California, teórica feminista multiespecies, compostista, feminista socialista en busca del “irónico” sueño de un lenguaje común. Donna Haraway (1944) es sin dudas una de las brujas de mayor creatividad de nuestro tiempo. Pero, ¿cuál tiempo?

En Donna Haraway: Story Telling for Earthly Survival (D.H. Contando historias para la supervivencia de la Tierra, Bélgica, 2017) nos iniciamos en los pasos de una niña señalizada por el cristianismo e hija de la conquista, así se presenta, interesada por los acelerados exterminios, extinciones y genocidios de la Tierra. El documental sobre Haraway no podía estar hecho sino es a través de retazos, de historias entretejidas con otras historias, de un plano que va de las profundidades del océano a Santa Cruz de California, de su carismática sonrisa a la penumbra de la luna, de un cuarto de habitación a las vibraciones de las paredes respiratorias de Cayenne, compañera canina, a quien va dedicado este film a modo de homenaje póstumo.

Comienza con un corte transversal de la Haraway que conocemos desde sus primeros escritos: las perfectas dentaduras gesticulantes de sus estudiantes de posgrado la conducen a una investigación de la ortodoncia dental la cual, nos enseña, se construyó sobre una norma mandibular mítico-racial, la de los rostros esculpidos de los dioses griegos. Un patrón de mordedura que nunca existió hasta su comercialización como signo de distinción social. Esta es la Haraway reconocida por su curiosidad hechizante, dueña de una erudición que resiste límites disciplinares y no teme al colapso, al ruido intencionado, a la implosión, al con-tacto de las criaturas de la tierra, humanos y no-humanos, animistas, máquinas y organismos. Esa es la resistencia quimérica que arengó en su célebre “Manifiesto para Cyborgs. Ciencia, tecnología y feminismo socialista a finales del siglo XX” (1985) para todas las identidades fracturadas en un tiempo también mítico, finales del segundo milenio cristiano. Este manifiesto feminista insistió en la conexión, la experimentación y en la apertura antes que en la aclamada muerte del sujeto. En parte, tal insistencia es articulada políticamente en la fotografía seleccionada para promocionar el documental, en la que se la ve rodeada de medusas y haciendo fingery-eyes, emulando una suerte de gafas con sus manos. Inspirada en la cualidad háptica de los tentáculos, a Haraway le interesa construir conocimiento fuera de la mirada objetivante de la modernidad y abriendo, conectando, expandiendo, saboreando a través del con-tacto con eso no siempre definido de antemano que llama “otredad significativa”. Algo muy diferente a las extendidas iconografías feministas que empuñan un brazo, al estilo Yes, we can, pero también a la centralidad cis-esencial de la vulva que forma la unión de dos manos.

Es preciso recordar que Haraway es también la epistemóloga feminista que nos convenció que la subalternidad -sea dada por la condición de mujer, puto, trans o cualquier otra- no es base para ningún punto de vista privilegiado. Que no podemos permitirnos recrear el ojo ciclópeo que todo lo ve desde ninguna parte. Como ya lo apuntaba en “Saberes situados. La cuestión científica en el feminismo y el privilegio de la perspectiva parcial”(1988), en medio del debate de mujeres en la ciencia, de lo que se trata es del firme compromiso de los posicionamientos móviles y las perspectivas parciales. Las políticas cyborg, incluidas las multiespecies, insisten en la conexión, no en la representación. Aquí la tarea de una resistencia feminista trans, de las gordas, maricas, putas, las neurodivergentes, las negras, las seropositivas o indígenas es la de precipitar en un antagonismo que le es propio y al mismo tiempo conseguir posibilidades de contacto, una conexión tentacular que es a la vez contingente y parcial.

“No soy una post-humanista. Soy una compostista”
Donna Haraway

 

Generando parentescos, no poblaciones

La Haraway que conocemos a través del documental es la que en “Testigo_Modesto[at] Segundo_Milenio.HombreHembra©_Conoce_Oncoratón®. Feminismo y tecnociencia” (1997) nos advirtió del poder de la visión, de la construcción masculinista de la autoridad científica, de la importancia de comprender a la ciencia como una práctica cultural entre otras posibles, de la necesidad creativa de intervenir sucesivamente con figuraciones en todo aquello que se nos pretenda como relato acabado. De esto trata su reciente apuesta por el Chthuluceno, un intento por conmover la entidad geofísica conocida como Antropoceno, la última etapa geológica de la Tierra en la que el impacto de “El Hombre” se ha vuelto una fuerza tectónica terminal.

Desde el Chthuluceno Haraway se resiste a caer en un nuevo Anthropos, esta vez bajo la forma de un relato secularista del apocalipsis entendido como pérdida del Hogar, y propone una figura crono-tópica que enfatiza en la resistencia y la disidencia pero también en la co-habitación. No se trata tanto de rechazar a los humanos como desentrañar el hecho de que las narrativas del “antropos” desdibujan responsabilidades e implicancias: no todas somos el 1% de la población mundial que detenta el capital, ni nunca todas hemos sido humanas en variados relatos de “humanidad”. En el Chthuluceno hay una preocupación por una verosímil estimación demográfica, la de que llegaremos a ser 11 billones de personas humanas superpoblando la Tierra a fines del siglo XXI. Aquí Haraway delinea los términos de una difícil eco-justicia reproductiva que articula en términos de la generación de parentescos entre seres significativxs antes que en la reproducción de poblaciones humanas. No dudo que tales cuestiones puedan agregar páginas a las recientes políticas feministas por el 99%.

Story Telling nos enseña que este no es el final del mundo pero sí el fin de algunas formas de vida incluida muy probablemente la autoextinción de la especie humana. El Antropoceno también llamado Capitaloceno o Plantationoceno (y de modo minimalista, capitalismo tardío) se trata de un evento límite en la historia de la Tierra que de momento ocupa a grupos ecologistas, reuniones de salón en Naciones Unidas, fe en un estado capitalista-desarrollista con rostro de género, pero también la construcción de refugios y de lo común. Aquí entra en juego la tarea de las hijas del compost.

Para Haraway el compostaje es nuestra ontología relacional, es nuestra condición terrenal. El compostaje nos vuelve una junto con muches en nuestras heridas y alianzas pero también en la nutrida herencia por dejar. El compostaje involucra una materialidad trans.  Al menos esto se desprende de “Las historias de Camille. Las hijas del compost” una escritura de ciencia ficción feminista narrada en el documental y publicada en su libro “Staying with the Trouble: Making Kin in the Chthulucene” (2016). Las referencias a Joanna Russ, Octavia Butler y Ursula K. Le Guin son inevitables.  Aquí Donna nos habla del pacto comunitario elaborado en un futuro emergente, en el que existen rituales de celebración para quienes eligen no tener hijos y en el que cada hijo deseado es igual de celebrado a condición de religarse con otra especie compañera. A través de cinco generaciones las hijas del compost aprovechan la oportunidad histórica de desarrollar una xeno-ecología, desarrollar una sensibilidad y cuidado entre otrxs-significativxs capaz de obtener modos de vivir y morir bien hasta ahora desconocidos por la individuación producida en las grandes ciudades, jaulas urbanas politóxicas y alienantes del tardocapitalismo. Un detalle no gratuito, su propuesta de comunidades de compost se inspiró en investigaciones sobre resistencias culturales agrícolas en Argentina.

El Antropoceno trata de un evento límite en el que quizás la propia humanidad se extinga. Pero no todas las formas de vida. No todas las entidades vivientes de este planeta. La regeneración puede ser posible aunque, como ya advertía en otras ocasiones a través de la metáfora de las salamandras heridas, no hay vuelta a la autenticidad, no hay vuelta a una naturaleza original porque nunca hubo tal paraíso perdido. Que Donna recurra a la ciencia ficción es también una muestra de su honesta limitación como bastarda del secularismo moderno occidental. De allí su énfasis recurrente en hilvanar estas historias junto a muchas otras. En los Andes, por ejemplo, las prácticas del buen vivir de los ayllus están teniendo lugar entre humanos y otrxs significativxs -incluidas entidades animistas o biológicas- desde larga data. Modos de renegociar categorías moderno-coloniales que conciben a la naturaleza como mero recurso también la encontramos en las defensas del “cuerpo-territorio” por toda Abya Yala, luchas que tienen como emblema desgarrador y regenerador de otras acciones colectivas al femicidio territorial de Berta Cáceres en Honduras.

“¿Quién soy yo para portar una bella cesta indígena sobre esta mesa? Es una pregunta que dejo abierta” afirma, porque tocar esa canasta es también hacerse cargo de una historia de conquista, de los privilegios que otorga un dispositivo de blanquitud, de la explotación de familias tejedoras indígenas en las industrias textiles y del turismo. El documental hace de su hogar, su aquí y ahora, la escenificación de cada una de sus narrativas. No estamos ante un simple stand-up frente a la cámara. Fabrizio Terranova logra con astucia superponer imágenes, intervenir el campo, introducir abruptos planos de bosques, noches estrelladas, perras domesticadas, medusas, coyotes navegando entre galaxias y tanto más para dar cuenta de las apuestas harawayanas sobre el enmarañamiento tentacular, el desarrollo de parentescos a-normativos (oddkin) que exceden la familia heteropatriarcal o sus variantes gay-lesbicas.

 

Tú no te vas

La generación de parentescos en Haraway no se limita a una relación multi-especies con perros, gatos o helechos. Esto se hace patente en el film cuando clama por la necesidad de marcos jurídicos que permitan adoptar un anciano o un inmigrante. Foucault llegó a desarrollar lo propio en términos de un “derecho relacional”. Cuando los movimientos gay-lésbicos, tachados de asimilacionistas, expandieron la regulación estatal del matrimonio y la adopción insinuaron sin proponérselo unos gestos orientados a estas referencias. Pero Donna es abrasiva. Esta política exige despojarse del antropocentrismo que mide el cambio social, define los sujetos de la historia y del derecho, lo verdaderamente importante, lo que contará como revolucionario. La terrapolítica del Chthuluceno exige abandonar el supuesto excepcionalismo de las personas humanas como eje de las narrativas terrenales.

En una de las escenas, Haraway nos remonta al propio parentesco alter-heterosexual que generó junto a tres compañeros -Rusten Hoggnes, Jaye Miller y Robert Filomeno- con los que decidió un compromiso de vida en el condado de Healdsburg. Dos de ellos fueron incinerados durante la crisis del SIDA: Miller, su primer marido especialmente recordado en el film, y la pareja de éste, Filomeno, a quien le dedica el impresionante ensayo “La biopolítica de los cuerpos posmodernos. Constitución del yo en el discurso inmunitario” (1989); una aguda escritura sobre los Linfocitos en la que entrelaza, una y otra vez, la producción de nudos generativos corporales en los que se enhebra la tecnociencia y tantos otros relatos carnales. El discurso sobre el SIDA durante los ochenta fue construido a través de una retórica bélica en defensa de la inmunidad nacional. Fue ahí cuando una ya experimentada historiadora feminista de la primatología y de los usos de la metáfora en la biología no escapó al compromiso intelectual que le exigió un contexto doloroso. Durante el documental, el recuerdo de sus compañeros es un momento sintetizado como íntimo a través del plano de una cama vacía, una huella de la memoria que vuelve a traerlos a la presencia. El acompañamiento sonoro de la música fronteriza de Gipsy King hace lo propio para activar emociones y perseguir otros alcances políticos mediante la identificación con el contenido.

La pérdida de los mundos en relacionalidad constitutiva de la Tierra es irreversible. Pero ni la pérdida ni el daño son el final. Esta no es la caída de los cielos. La recuperación todavía es posible. Somos compost. Abrirnos a parentescos capaces de fermentar acciones colectivas-contenciosas es una tarea urgente. ¿Podremos aprender a diseñar habilidades para responder, artes de vivir y resistir en un planeta dañado?, ¿serán los humanos y no humanos capaces de atravesar el evento límite del Antropoceno? En cierto modo, fuera de la rejilla heterosexual que produce diferencias esenciales, la propuesta de Haraway es la de una sororidad tentacular.

 

*Emmanuel Theumer es docente e investigador. Este ensayo fue escrito en Esperanza, la primera colonia agrícola organizada por el Estado a mediados del siglo XIX. Ciudad de los sueños alberdianos de progreso infinito, actualmente cercada por el monocultivo de la soja.