Los museos en general dan la sensación de marcar un límite entre la solemnidad, el silencio, la obra, y sus visitantes. Y a pesar del brutalismo del edificio de Clorindo Testa, de la mole gigante que sostiene el peso de los saberes de la Biblioteca Nacional y el Museo del Libro y de la Lengua, esos lugares durante una breve primavera cultural fueron una extensión del living con amigxs. Muchxs de nosotrxs éramos de visita semanal: a escuchar alguna lectura o a encontrarnos con amigxs, conocidxs o por conocer, entre el público. Las jornadas se extendían después del cierre o en los jardines.

Eran instituciones pero no lo parecían porque no solemos unir vitalidad a aquella palabra. Y a lo vivo se sumó lo revivido, porque volvimos a la historia de nuestro pensamiento intentando caminar fuera de los lugares comunes, nos concebimos como parte de un diálogo con nuestra cultura y volvimos a revisar los anaqueles donde estaban lxs olvidadxs por el mercado y los cánones. Son lugares que guardan en su memoria haber sido escenarios de debates incipientes, incómodos, pero demandados por las urgencias del presente.

El Museo de la Lengua fue también una Jabonería de Vieytes y organizamos con su directora, María Pia López, jornadas en las que se intersectaron la literatura y el activismo feminista. A una maratón de lectura en apoyo a la presentación del proyecto de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, el 30 de abril de 2014, le siguió otra el 26 de marzo de 2015. Esta fue por una coincidencia trágica: los diez años de la desaparición de Florencia Pennacchi y el hallazgo del cuerpo de Daiana García en una bolsa de basura. María Moreno escribió sobre la mujer de la bolsa y Gabriela Cabezón Cámara un manifiesto: “Basura”. Ese día algo pasó: no solo querían leer poetas, periodistas, artistas, sino que lxs familiares de las chicas que habían sido víctimas habían encontrado un lugar en común fuera de los recintos sórdidos de la justicia, para estar y hacer pública su palabra. Lo que pasó ese día y desde entonces, nos sigue sorprendiendo: los cercos podían derribarse, nos podíamos liberar del entre nos.

Ahora, el lugar donde dijimos por primera vez Ni una menos corre el riesgo de ser convertido en oficinas, sus muestras, levantadas. Sus trabajadorxs fueron reasignadxs a tareas en otras áreas. El lugar donde están los frescos de Juan Carlos Castagnino y Lino Enea Spilimbergo será desvitalizado, quedará sin debates, sin urgencias para ser discutidas, sin temas que nos convoquen: vacío.

Desde aquel 26 de marzo y sobre todo desde el 3 de junio de 2015 entendimos que lo vital y resistente es nosotras y nuestra capacidad para desarrollar un hacer feminista: un movimiento sin conductoras, que opera por adición, que propone una mirada interseccional donde otrxs ven mismidad, que se ríe de lxs autoritarixs con más debate. Y lo transitado me hace pensar en lo inútil de la voluntad destructora de la conducción de la Biblioteca Nacional. La vitalidad camina con nosotrxs.