Myriam Bregman: “Hay que subirse al caballo de la furia”

La candidata a diputada nacional del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) analiza la coyuntura política y social en la Argentina libertaria, rechaza la avanzada conservadora, y asegura que el feminismo tiene que salir de la resignación y volver a incomodar. “Hay que volver a la calle y recuperar la fuerza colectiva”.

Es miércoles al mediodía y Myriam Bregman ingresa apurada al despacho de Christian “Chipi” Castillo, su compañero del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT), en el Congreso. Llega unos minutos tarde a la entrevista y se disculpa por la demora. Unos pisos más arriba, en ese mismo edificio, se reúne la comisión de Presupuesto de la Cámara de Diputados presidida por el ahora ex candidato de La Libertad Avanza, José Luis Espert, quien se vio obligado a renunciar tras la denuncia por sus vínculos con el narco Federico “Fred” Machado. Los ánimos están caldeados y Bregman quiere estar ahí. No es la primera vez que la entrevista se demora. La primera cita se postergó porque coincidía con una actividad de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Bregman también estuvo ahí. La tercera es la vencida.

A pesar del ritmo acelerado de la campaña electoral que la tiene como candidata a diputada nacional por la Ciudad de Buenos Aires, llega de impecable saco verde —color verde aborto legal— y detrás suyo hay una pintura al óleo de León Trotsky. Myriam, que se define como feminista socialista, se sienta en el despacho de su compañero y dice que está cansada pero, sobre todo, furiosa con el antifeminismo de moda y el “reverdecer de un machismo que agobia”. “Parece que ahora se puede decir cualquier cosa de nuevo. Me dicen que soy una exagerada, pero toda la vida me dijeron que exagerada”.

— Hablas de exageración y en un momento se dijo mucho que en política había que volver a cierta moderación, ¿qué opinas sobre eso? ¿Hay que volver a la moderación o hay que salir con más furia?

Yo creo que hay que subirse al caballo de la furia porque nuestra furia siempre fue la que nos liberó. En el gobierno de Mauricio Macri se hablaba de “el curro de los derechos humanos” y a mí me tocó también pasar esa etapa por ser militante de derechos humanos, en la que tuvimos que construir una marcha impresionante como fue la del repudio al 2×1, en 2017, para que el gobierno dejara de atacar la lucha por Memoria, Verdad y Justicia. Hoy el gobierno de Javier Milei retoma dos banderas como antagonistas: la de la lucha por los derechos humanos —poniendo a Victoria Villarruel como vicepresidenta y negando la cifra de los 30.000— y agrega al feminismo y a las disidencias como antagonistas.

— ¿Y por qué crees que el gobierno elige esos antagonismos?

La derecha hizo un balance de que echándole la culpa de todos los males al Ministerio de Mujeres y a las políticas de género, eso le iba a sumar votos. Y, de hecho, logra movilizar a un sector de la derecha o sectores conservadores con ese discurso. Pero además promueve esa idea en un discurso muy violento. Claro que no es un invento de él, es algo que viene utilizando la derecha en Estados Unidos y en otros países en todo el mundo. Lo que complejiza más la situación y nos pone a las mujeres en una situación muy a la defensiva es que desde algunos sectores del propio campo nacional y popular también convalidan ese balance respecto al gobierno de Alberto Fernández: que si el gobierno del Frente de Todos fracasó fue porque las feministas nos pasamos tres pueblos, porque no era el momento, porque había otras prioridades.

Todo ese combo que da lugar a esta reacción conservadora tan fuerte que venimos viviendo. Claramente hay una enorme responsabilidad de la ultraderecha, pero también hay responsabilidad de sectores que, incluso parándose como aliados, fueron dando concesiones y salieron a atacarnos y a decir que por culpa nuestra las mujeres pobres estaban mal. Entonces, dentro de muchos espacios del propio campo nacional y popular se terminó avalando una narrativa según la cual las políticas de género fueron las culpables del fracaso económico. Y esto es una barbaridad desde todo punto de vista, pero es una barbaridad hasta desde el punto de vista estadístico porque en Argentina la pobreza se feminizó. Entonces, no hay una contradicción entre luchar por los derechos de las mujeres y luchar contra la pobreza. Es una barbaridad porque se copió el discurso de los sectores más reaccionarios que estaban en contra del derecho al aborto y se instaló la idea de que luchar por el derecho al aborto era estar en contra de las pobres. Esto también es falso porque quienes morían por abortos clandestinos eran mayormente mujeres pobres y trabajadoras. Y es una barbaridad, sobre todo, porque es un antagonismo que sólo sirve a la reacción: enfrentar los derechos de las mujeres y disidencias con los derechos económicos solo sirve a la reacción conservadora que estamos viendo hoy en la Argentina y en el mundo. 

Entonces, me parece que esta bronca que todas sentimos contenida y que empieza a soltarse —que se soltó el 1 de febrero cuando pudimos llenar de colores la calle en esa enorme movilización antifascista para decir que no nos vamos a esconder o cuando salimos para pedir justicia por Lara, Brenda y Morena y a decir que es un femicidio—, esa bronca es también nuestra fuerza.

— Decías que ese discurso no sólo caló en la ultraderecha, sino también en otros espacios políticos. ¿Por qué crees que pasó esto? ¿Les resultó cómodo ese discurso?

Primero porque muchos tienen una alianza con la Iglesia. Entonces, si vos tenés una alianza profunda con esos sectores conservadores, no podés dejar que las mujeres se liberen de la clave del funcionamiento de esas instituciones que es la mujer como mecanismo de reproducción social, es decir, la mujer sosteniendo las tareas del hogar. Y cuanto más crisis hay, más el capitalismo necesita que esas tareas de reproducción estén a cargo de las mujeres. ¿Por qué? Porque cuando hay ajuste y el Estado se va retirando de muchas tareas, quienes toman esas tareas son las mujeres. Y también porque hay un machismo estructural y cotidiano. Es el machismo de poder decidir quiénes van en las listas o quién está en la foto importante. Odian las leyes de cupo y paridad, les molestan. Y esto no es algo que invento yo, me lo dicen diputadas de otros bloques: muchas veces las candidatas se eligen en asados de varones. Hoy solo 3 de cada 10 listas a nivel nacional son encabezadas por mujeres. Decime si atacar a las feministas y decir que nos pasamos tres pueblos, no es también una forma de recuperar lugares que sentían amenazados.

“Esa bronca que todas sentimos contenida, y que hoy empieza a soltarse, es también nuestra fuerza”.

— En este contexto, ¿qué lugar ocupan hoy los feminismos?

Yo creo que hay que empezar a decir que el feminismo no es una moda, es una forma de mirar la vida y de estar en el mundo. Hoy estamos todas llorando con Belén, la película de Dolores Fonzi, pero no solo por el hecho cinematográfico, sino porque nos reconocemos en esas mujeres abrazadas, juntas en la calle, y recordamos qué felices fuimos a pesar de todos los hechos terribles que tuvimos que enfrentar; recordamos qué felicidad teníamos cuando estábamos todas ahí, con nuestros pañuelos, y cuánto logramos. ¿Cómo puede haber compañeras feministas que hoy avalen listas con (Osvaldo) Jaldo y (Juan Luis) Manzur? ¿Fueron perdonados?

Hay que empezar a pensar algunas cosas con más profundidad. Yo soy feminista socialista, creo hay que terminar con el sistema capitalista porque si no, no hay manera de terminar con el patriarcado. Pero creo que hay algo de eso que tenemos que recuperar, de volver a mirar la vida con ojos feministas porque retrocedimos mucho y esos espacios que perdemos nosotras, los llenan otros.

— Haces referencia a las sororas y lo que fueron esas alianzas insólitas para lograr el aborto legal, pero hoy no parece ser posible algo así. ¿Cómo lo ves? ¿Hay una alianza posible o estamos muy fragmentadas?

Esa sororidad que se construyó en el recinto para lograr el aborto legal nació en las calles. Fue tan fuerte la construcción de la calle que se inició aquel 3 de junio que se reflejó en el Congreso. Creo que lo podemos retomar, pero tenemos que retomar la calle, tenemos que retomar estos diálogos. Habíamos perdido estos diálogos, nos habían sacado de agenda, y sacarnos de agenda quiere decir que para ellos somos una moda. Entonces, todas tenemos que reflexionar qué nos pasó que perdimos esos diálogos.

Yo me acuerdo de hacer alguna crítica durante el gobierno de Alberto Fernández y que me respondieran “Callate, troska, estamos gobernando”. Eso es copiar las formas masculinas, formas machistas, colocarse en un lugar de superioridad donde te digo lo que tenés que pensar. Y eso lo relaciono también con algo que pensé mucho en estos días —donde también me están atacando bastante— y es esta idea de que nunca podes ser minoría, solo está bien ser mayoría y en pos de ser mayoría, se esconde a las mujeres, a las disidencias, a todo lo que molesta. ¿Por qué? Si cuando empezamos a pelear por el derecho al aborto éramos un grupito. Si venimos de esas luchas, si todas nuestras peleas empezaron siendo una minoría, ¿por qué ahora tengo que borrar la historia? ¿Por qué si no estás con la mayoría no existís? Hay algo en ese discurso de borrar lo incómodo y borrar al feminismo, como borrar a la izquierda, es borrar lo incómodo.

— ¿Y cómo se vincula ese borramiento con culpar al feminismo de la derrota?

El discurso de la derrota también caló dentro del propio feminismo, pero yo no creo que estemos derrotadas. Nos quieren hacer creer eso para bajarnos las expectativas. Sí veo que hay un feminismo a la defensiva, que trata de ser cada vez más un feminismo de los pequeños detalles y no de pensar el mundo desde una perspectiva feminista. Tenemos que volver a tener una mirada global, tan global que no nos puede resultar indiferente el genocidio en Gaza. Yo no puedo hablar de humanismo y que mi humanismo se termine en el Río de la Plata o en la General Paz. Argentina sufrió dos genocidios: el de la formación del Estado Nación —con el exterminio de los pueblos originarios— y el genocidio de la dictadura militar, entonces no nos es ajeno que hoy haya un genocidio en curso, esto también habla de nosotros. ¿Cómo puede ser que eso no esté en el debate político hoy? ¿Cómo puede ser que la dirigencia política evite hablar del tema para no incomodar?

— ¿Qué proponés como camino? ¿Cómo volver a construir esa mirada?

Yo escribí un libro que se llama “Zurda”, tomando el agravio de Milei, pero abajo le puse “apuntes contra la resignación, la mansedumbre y el conformismo” porque me parece que ahí está el problema que tenemos. Derecha hubo siempre, y la derecha siempre que tuvo un espacio se envalentonó. En este país llegó a organizar un genocidio. El problema es cómo, desde el 84 para acá, se van bajando las expectativas —a veces se recupera un poquito para después volver a caer más abajo— y entonces nos resignamos, y se compara entre gobiernos de un 25% de pobreza con gobiernos de un 50% de pobreza. ¿Eso es todo a lo que podemos aspirar? ¿Como es la cosa? ¿Con 25% de pobreza es un capitalismo humano y con 50% es capitalismo salvaje? Estamos llegando a conclusiones que a mí me parecen descabelladas porque, claro, ese capitalismo es humano si vos no estás dentro de ese 25%.

“El discurso de la derrota también caló dentro del propio feminismo, pero yo no creo que estemos derrotadas. Nos quieren hacer creer eso para bajarnos las expectativas”.

Después se preguntan por qué votaron a Milei. Votaron a Milei porque vino con una motosierra y dijo que nos iba a reventar a todos, porque canalizó esa bronca y ese enojo. No lo justifico, pero tengo que entender el fenómeno. Entonces, yo no quiero nuevas frustraciones para que vuelva otro Milei mucho peor. Para que no haya nuevas frustraciones, hay que empezar a discutir cuestiones de fondo y una de esas cuestiones es la deuda con el Fondo Monetario Internacional, las ataduras del FMI; y otra somos nosotras y qué rol vamos a cumplir en este contexto. ¿De nuevo vamos a ser la que cumple el cupo en una lista? ¿De nuevo vamos a ser las que tenemos que esperar? ¿O vamos a volver a ser las que incomodan? Yo quiero ser la que incomoda.

— El desafío parece ser incomodar sin perder masividad.

Creo que hay que volver a la calle y recuperar la fuerza colectiva. Tenemos que entender que los cambios nunca vienen solos, que no son procesos fáciles ni rápidos, y que no es cuestión de esperar a un líder salvador, sino de organizarnos que es lo que hicimos siempre. Cuando las Madres empezaron a dar la vuelta en la Plaza de Mayo eran doce y se enfrentaron a una dictadura, cuando empezamos a luchar por el aborto era un grupito en la esquina de El Molino. Nosotras no podemos ser menos. Hay que recuperar esa potencia, ese coraje, esa valentía. No pueden ser solo una referencia, tienen que ser una inspiración. Si ellas pudieron, ¿por qué no vamos a poder nosotras?

Yo no tengo la solución de cómo se recompone eso, pero sí tengo el método. Yo creo que hay que volver a las asambleas, volver a las discusiones de base, volver al diálogo donde todos los espacios políticos que estamos en contra de lo que está pasando podamos discutir libremente, volver a recuperar esos lugares es un buen mecanismo para instalar una discusión democrática de cómo salir de esto.

Hay que volver a convencer a las mujeres que tiene sentido luchar, que tiene sentido participar. ¿Cómo logras esa enorme participación? No lo sé, pero lo que sí sé es que si esa fuerza se desata, somos imparables. Es de lo único que estoy segura. Y algo que vengo recordando mucho en los últimos días es que a las primeras marchas después de la dictadura, las Madres llevaban la bandera del desendeudamiento y durante muchos años la llevaron. Creo que eso también es algo que hay que a recuperar: hay que volver a unir todas las luchas.

“Tenemos que volver a tener una mirada global, tan global que no nos puede resultar indiferente el genocidio en Gaza”

— ¿Qué es lo que está en juego en estas elecciones legislativas?

Hoy se habla mucho de la crueldad y es verdad que esta gente es muy jodida. Pero el problema de Milei no es la crueldad, sino el programa económico. Milei es una anécdota, la hermana es una anécdota, Conan es una anécdota. El problema es el programa económico. Entonces, yo no quiero que me cambien a Milei pero con el mismo programa económico porque esa película ya la vi. No podemos repetir la historia, si nos queremos desendeudadas, tenemos que discutir la deuda con el Fondo Monetario. No hay muchas vueltas.

Entonces, lo que se vota el 26 de octubre es uno por uno los nombres de quienes van a estar en cada una de las bancas del Congreso. Yo quiero que todo el mundo vote oposición, claro, pero dentro de esta oposición yo quiero saber qué va a votar y de qué lado va a estar cada uno si atacan el derecho al aborto o la ESI (Educación Sexual Integral), si se discute la reforma laboral, ¿va a estar con la CGT o va a estar con los trabajadores y trabajadoras? Si se vuelve a discutir la ley de humedales, ¿de qué lado van a estar? ¿Con las mineras o con las comunidades? ¿Van a defender las políticas contra las violencias de género cueste lo que cueste? Porque nada descarta que ante un gobierno acorralado, vuelvan a buscar excusas de unidad conservadora interpartidaria. Por eso, yo quiero que todos aclaren en campaña que van a hacer frente a eso porque no descartamos que Milei nos vuelva a ubicar como enemigas. De hecho, cuanto más acorralado esté, está casi cantado que lo va a hacer.

Yo me puedo quedar afuera de una banca, pero quiero saber quién va defender esos derechos allá adentro. Porque después no somos muchas las que lo hacemos. Incluso cuando encarcelaron a Cristina Kirchner o cuando encarcelaron a las mujeres a las que acusan de escrachar la casa de Espert, ¿cuántos se pronunciaron? Yo tengo el orgullo de haberme pronunciado y de rechazar la causa contra Cristina incluso antes que muchos de su propia fuerza, y eso es así porque no actúo con especulación sino con conciencia política, no miro si me da votos o no.

Por eso, creo que es momento de ir con políticas y discusiones muy profundas, y no con parches. Porque ya vimos cómo se desarticularon los comedores, vimos cómo creció el narco en los barrios y en muchas escuelas ya no se pueden hacer actividades porque no podes sacar a los pibes afuera; todo esto que vemos y discutimos a través de una estadística, muchos lo viven todos los días y también se ve en las calles a diario. Hay una degradación social que va calando cada vez más profundamente y creo que el desafío es no quedarse masticando bronca en la casa, que lo peor que nos puede pasar es que esa bronca se transforme en salidas individuales. Lo que tenemos que pensar es cómo hacemos un llamado a transformar toda esa bronca en fuerza colectiva para transformar esta sociedad de raíz. Más que nunca, hay que volver a pensar colectivamente y a las salidas colectivas. Acá es colectivo, es peleándola y es en la calle, sin especulaciones políticas, porque esas especulaciones políticas se pagan en falta de remedios para los jubilados, en falta de presupuesto para el Garrahan, se pagan en vidas.

— ¿Y cómo se traduce esa construcción colectiva en el Congreso?

Me parece que la clave es recuperar la fuerza colectiva y la fuerza desde abajo, y cuando accedemos a una banca, vamos a usar esa banca —como lo hemos hecho siempre— para impulsar esa fuerza y no al revés. Yo no quiero una banca para construir mi carrera política, quiero usar esa banca para ayudar a fortalecer la calle, a fortalecer la organización feminista y ese entramado transversal que nos permite ampliar y garantizar derechos. Me parece que las bancas tienen un sentido para eso.

“Hoy se habla mucho de la crueldad, pero el problema de Milei no es la crueldad, es el programa económico. Si nos queremos desendeudadas, tenemos que discutir la deuda con el Fondo Monetario”.

Como cada miércoles, el despliegue policial en las calles alrededor del Congreso es desmedido. Incluso más que el ya de por sí excesivo de cada miércoles, cuando los y las jubiladas se movilizan para denunciar el ajuste y exigir una vida digna. Más tarde, nos vamos a enterar que la jornada terminará —una vez más— con represión y detenciones arbitrarias. Pero ahora, desde el noveno piso del anexo del Congreso, se empiezan a escuchar algunos disturbios. Myriam se inquieta. Nuestro tiempo de conversación está por terminar. Myriam quiere —necesita— estar, como todos los miércoles, abajo, en la calle.