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En una un adolescente frente a su computadora habla por chat con sus amigos digitales, con su novia de Tinder, con su madre ausente, con su coach virtual. En un continuum de celeridad, disparate e impacto casi sin contacto físico. Con amor contabilizado en <3. Con aplicaciones como formas de explotación encubierta. Con datos capitalizados por empresas que administran el consumo. Sacando partido de la dependencia psicofísica y emocional de las redes. De la cosecha de clicks en un mundo gobernado por la popularidad del like. Por algoritmos como dioses que digitan el destino humano. En el que el otro es un emoji, una foto con filtro, un texto más o menos monosilábico, sin química ni carne, sin vibración ni riesgo, bajo control: un otro sin cuerpo, predispuesto a la fuga propiciada por la eventual desconexión.

En la otra los protagonistas son peluches que se vuelven el juguete de moda, una especie de minirobot manejado por un desconocido que vive en la otra punta del mapa. Las opciones son comprar un kentuki y dejarte observar o ser un kentuki y manejarlo de forma remota, para espiar el mundo del otro lado. La primera opción le brinda al usuario la posibilidad de una compañía permanente, la confirmación de una mirada, de un testigo, la segunda la de husmear sin la menor responsabilidad en la intimidad del prójimo. Unos le abren su casa a un extraño en la forma de un animal inofensivo, y otros optan por el voyerismo a través de los ojos del muñeco que sigue a su amo, en una suerte de sumisión que se mezcla con el placer de conocer los secretos ajenos. Y bordeando esa dinámica dual están los que confían o no en el muñeco, los que reclaman para él un trato digno o son indiferentes, los que advierten el peligro o alaban el hallazgo.

La primera, Manija, de J. P. Zooey (La Pollera), es una obra remixada al ritmo del chat, cuya conclusión parece ser que nuestra especie atraviesa un periodo de trance en el que solo quiere ser entretenida, no pensar, como un adolescente que rehúye la realidad llevado por la inercia, que en el fondo tiene miedo de estar solo y solo quiere ser querido.

La segunda, Kentukis, de Samanta Schweblin (Random), es una novela que se cuenta de manera fragmentaria, con varios hilos narrativos que no llegan a cruzarse. Salvo por la posibilidad de ser kentuki o de tenerlo, es decir: de mirar o ser mirado, en una perturbadora parábola-parodia del mundo moderno.

En ambas: el consumo, la soledad, las potencialidades y el peligro tecnológico, entre lo pueril y lo siniestro. Dos libros extremadamente diferentes en su forma, protagonizados por la misma sociedad de solitarios que se miran a los ojos a través de una pantalla. De fondo, quizás, la sugerencia tan sutil como epifánica, de que el reto es ser capaz de liberar de tanto lastre el propio deseo.