Por: Fotos: Karina Fernández

“Este es el momento de las mujeres en el mundo”, es una de las premisas que impulsó a  las 250 mujeres pertenecientes a las naciones indígenas que habitan el territorio argentino a viajar a Las Grutas para participar del 2do Parlamento de Mujeres Indígenas Por el Buen Vivir

—¿Están todos? —gritó el chofer de uno de los micros que salieron de Buenos Aires.

—¡Todas!—lo corrigió una.

—¡Todes!—lanzó otra para tensar más el hilo.

—Bueno, eso, ¿están?

 

El  miércoles 17 llegaron a la ciudad costera micros repletos de “hermanas” desde todos los climas posibles, muchas de ellas a participar por primera vez en un encuentro que es político y espiritual en partes iguales. Durante la mañana, la Machi Francisca Linconao, mujer mapuche criminalizada y detenida sin causa en la región del sur ocupada por el Estado chileno, inauguró la jornada con una ceremonia sobre la arena fría frente al mar Atlántico.

El Parlamento tiene como predecesor al encuentro que en abril del 2018 tuvo lugar en Ensenada y lanzó la campaña #NosQueremosPlurinacional, también impulsada por el Movimiento de Mujeres Indígenas Por el Buen Vivir. Para conocer los orígenes del movimiento que logró organizar y amplificar la voz silenciada de las mujeres de los pueblos preexistentes a los estados nacionales del conosur, hay que remontarse a 2012, cuando en un pequeño y humilde centro cultural del pueblo Qom en Rosario, un grupo de mujeres de los distintos pueblos se juntaron a intercambiar opiniones y decidieron hacer la 1ra Marcha de mujeres originarias. Hoy la proyección del espacio es imparable, en 2018 la campaña para que el Encuentro Nacional de Mujeres cambiara su nombre a Encuentro Plurinacional logró una amplia aceptación dentro del movimiento de mujeres, que finalmente la comisión organizadora del encuentro de 2019 en La Plata no aprobara el cambio no niega la fortaleza del Movimiento de Mujeres Indígenas.

 

 

“La mujeres indígenas padecemos siglos de opresión y sufrimos de manera particular la violencia institucional, no solo racista sino también sexista”, dice el texto de bienvenida al Parlamento para presentar a un movimiento que además se define como autónomo, apartidario, antipatriarcal, anticapitalista y antiracista. 

Durante la jornada del jueves 18, se presentaron las actividades dentro de una escuela acondicionada para recibir cerca de 300 personas entre indígenas, voluntarixs y prensa. La mañana se llenó de voces locales y continentales, desde los conflictos territoriales de las comunidades mapuche de la zona hasta la represión en Ngulumapu (Chile); de la educación indígena del pueblo Kichwa de Ecuador, hasta la experiencia de medios de comunicación indígenas en Bolivia.

“Las mujeres indígenas habitamos mayormente las ciudades y pueblos”, dicen las organizadoras del Parlamento, “somos el sector más empobrecido y explotado”. Lejos de asignar la responsabilidad por el empobrecimiento únicamente a un modelo económico en particular —el neoliberalismo—, o a un gobierno, descargan la batería argumental contra el colonialismo y señalan el hecho maldito: “hace más de 500 años la vida y la historia de nuestros pueblos cambió para siempre: perdimos la libertad, violaron nuestras cuerpas y así también violaron a la tierra”.

El programa del Parlamento expresa la complejidad de la lectura que las mujeres indígenas realizan de la situación regional en términos políticos, territoriales y, también, espirituales y afectivos. El despojo territorial y el genocidio continúan cada vez que se interfiere el vínculo con la naturaleza, cada vez que la relación de dominación que impusieron los invasores se replica al interior de las relaciones sociales, especialmente entre varones y mujeres, cada vez que la naturaleza es usada como un reservorio explotable y cada vez que se niega la autodeterminación y el derecho a la identidad, a la lengua, a la salud ancestral.

La tarde del jueves se volvió una cadena de relatos. “Fuerza para siempre”, grita una mapuche, aparecen los suspiros y el llanto abrasador, los afafan (grito mapuche), el bullicio empoderador. “¿Cómo se dice “fuerza” en cada lengua?”, se pregunta al micrófono, están representadas al menos 8 lenguas. “Eso es un gran dolor, un gran dolor”, dice una mujer wichí, está hablando de embarazos de niñas en su comunidad. “Ustedes pueden pensar que ya se fueron los colonizadores, no, están entre nosotras, todos los días”, dice otra mujer. Gritos, “fuerza” dicha en varias lenguas, abrazos, ojos chiquitos abiertos.

“Nosotras empezamos la organización de mujeres quechua cuando necesitábamos escaparnos de la violencia de nuestras parejas”, relatan las mujeres de una organización cooperativa indígena y clasista. “Ya nunca más estuvimos solas”, dicen ellas, pero también lo dijeron las aymara, las qom y las wichí. Reunirse: “caminar juntas”, resumió una joven mapuche, el caminar volvió también en forma de baile y estampado en banderas como la huella de un pie, el logo del Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir.

 

El reclamo por el aborto seguro, libre y gratuito estuvo presente en algunas intervenciones.

 

“¿Escrache o justicia punitiva a la violencia de género en nuestras comunidades? ¿Qué hacemos con los machos violentos de nuestras comunidades?”, fue uno de los ejes de trabajo de la jornada, en consonancia con debates análogos que tienen lugar dentro del movimiento feminista. “Tenemos que hacer que paren de pegarnos, como sea”, sugieren, “hay referentes de nuestras comunidades que ejercen violencias también”, arroja otra, y frente al debate sobre la pertinencia del escrache una de ellas lo define como autodefensa. 

 “El pacto colonial refiere a cuando los colonizadores le entregan el poder sobre las mujeres a los hombres de las comunidades como forma de perpetuar la dominación”, explicó la investigadora Carolina Bracco, invitada a exponer sobre la situación de las mujeres en medio oriente. Diez minutos antes y diez minutos después, las wichís, mapuche, kolla, qom, guaraníes, charrúas, rankeles, las mujeres de todos los pueblos presentes, reconocieron ese pacto operando dentro del Estado con la violencia de las fuerzas de seguridad y dentro de sus comunidades, con sus maridos, sus padres, sus referentes, incluso una de ellas propuso cuestionar “que existan referentes”.

“Ahora no me siento más sola”, repitió Alejandra Ciriaco, mujer qom, en cada una de sus intervenciones. Su hijo de 13 años, Ismael Ramírez, fue asesinado en Chaco en septiembre de 2018 en un episodio que involucra a la policía provincial. Una bandera con el nombre de Ismael atraviesa una de las paredes del salón. “Me lo llevé de Rosario porque había mucha droga”, dice Alejandra con una templanza que deja a todas pendientes del relato, “pero me lo llevé al Chaco y lo mataron allá”, completa. Minutos atrás un power point que mostró el historiador Mariano Nagy decía que “las prácticas, nociones y relaciones sociales que estableció el genocidio, siguen vigentes”. Entre la muerte de un niño qom en un pueblo del Chaco por culpa de una bala lanzada con odio y la actualidad del genocidio indígena la relación es manifiesta, más aún si el suelo común es la impunidad: “El asesino de mi hijo sigue en la calle, no le sacaron nada a nadie”, cerró Alejandra. Un afafán, y abrazos, y fuerza en todos los idiomas.

El día viernes 19 y el sábado 20 las mujeres indígenas siguen parlamentando, para “buscar nuevos modos de tejer redes territoriales para accionar contra el Estado, para sobrevivir ante la opresión”, es decir para hacer política desde el encuentro, imaginando entre todas nuevas soluciones a los problemas de siempre. “Todo mal termina”, dijo una hermana quechua, reunirse en parlamento de mujeres indígenas seguramente sea un paso importante en ese camino.