Que sepa coser

En su libro Las trabajadoras de las ropas, Gabi Mitidieri analiza feminización, racismo y tecnología: los hilos invisibles que unen a las modistas de antaño con quienes hoy pedalean y cuidan a destajo. Una bitácora histórica para rescatar el socorro mutuo y preguntarnos cómo repartir el trabajo y qué cuenta hoy como empleo libre. Esta reseña nos invita a pensar el negocio de la guerra y la explotación cuentapropista revelando sus raíces más profundas.

Imágenes: Archivo/ Gentileza Gabriela Mitidieri – Ed. Prometeo

La historia no se repite pero  a veces rima. Gabi se pregunta cómo se produce, qué se consume y cómo circulan algunas prendas claves en Ciudad de Buenos Aires hace casi dos siglos atrás. Y nos engaña un poco, porque más que un foco para ver un pedacito de la historia resulta que lo que nos propone es una mirilla que al asomarnos ofrece una panorámica amplia, capaz de llegar hasta el presente y convidarnos preguntas un primero de mayo en el que después de años regresan las palabras guerra, fascismo, desorden mundial.

Las ropas son la excusa para tirar del hilo que conecta lavanderas, costureras, sastres, migrantes, artesanos y artesanas, trabajadoras a destajo, reclusas, libertos, libertas, con soldados, terratenientes, aristócratas, empresarios. Y al nombrarlos en plural aparece un género que predomina, LOS sastres, LAS costureras, un color, las negras lavanderas, LOS libertos y libertas, LOS empresarios de origen europeo, LOS políticos profesionales. Una brecha a la que en los estudios del trabajo seguimos llamando segregación horizontal. Gabi nos lleva a pasear por una Buenos Aires de pequeñas tiendas, de trabajadoras lavando a la vera del río, una Buenos Aires en las que se multiplican las camisas y los trajes militares al ritmo de las máquinas de coser. Un mundo que no sabe bien qué pasará con el salto de productividad que hace que esa prenda que antes llevaba 14hs de trabajo ahora ocupe apenas 1hora 16 minutos.

Una Buenos Aires de puerto movido, de idiomas mezclados, donde cuatro de cada diez personas llegaron hace poquito con sus oficios, sus modas, a instalarse en esta ciudad-esperanza en el sur del mundo. 

La veo inmiscuirse por callecitas oscuras, iluminadas a farol. Una viajera que nos toma de la mano para llevarnos de paseo por el siglo SXIX. Compra El Nacional a un vendedor ambulante, entra en el local de la calle Perú 107 atendido por la modista venida de Francia María Gilles. Conversan entre vestidos y capelinas sobre lo duro que está hacer frente a los gastos, sobre el marido que se fundió. María saca cuentas, enumera las deudas que crecen y las jornadas de sol a sol. En el trabajo de las artesanas-modistas resuena esa palabra actual, “cuenta-propia”, que rima con emprendedora, que rima también, tantas veces, con perdedora.

Le pregunta por sus aprendices, por los géneros de moda y toma nota. La cosa no está fácil ni siquiera para Mariquita Sánchez de Thompson. Hace poco su hija compró aquí un vestido para enviarle a su madre de sorpresa a Río de Janeiro (¿o a Montevideo?) y aunque admiró la prenda Mariquita quedó preocupada por semejante gasto, cuenta orgullosa la modista francesa.

Se oye de fondo, ¡extra extra!. Alguien pasa vendiendo la última entrega de La broma, uno de los periódicos negros de la época. 

Gabi-viajera lleva en su mochila a E.P Thompson y se meten juntos en el Tribunal de Comercio a espiar diálogos entre magistrados y trabajadores. En el conflicto se desdibujan los límites: ¿qué derechos va conquistando ese nosotres diverso, de este lado del mostrador, con cada sentencia? En el sentido de lo justo, nos dice la autora, aparecen género, raza, esclavitud. Aparecen tonadas, formas de decir, de pronunciar. Artesanos en quiebra, mujeres que reclaman el pago de alimentos. No importa cuando leas esto.

Nuestra viajera registra: un padre que vocifera “mis hijxs no son negros del África”, y exige ante el Tribunal que el empleador pague los años de salario adeudados. Trabajo por comida, trabajo por la sola promesa de un ascenso futuro no es trabajo, es esclavitud para quienes detentan privilegio racial, anota Gabi. No eran pardos, negros ni morenos aquellos jóvenes con un padre que exige su salarios porque si lo hubieran sido les habría cabido la figura del patronato, los derechos sobre hijos e hijas de personas esclavizadas hasta que alcanzaran la mayoría de edad. Como Victorino, hijo de una “morena libre” que, a pesar de ser entregado por su madre con la esperanza de darle una buena educación, servía al comerciante Luis Goya, a la corta edad de cinco años. Gabi lo encuentra, la imagino lupa en mano, al revisar el Censo. Victorino aparece anotado como sirviente de color. Surge entonces una pregunta clave: ¿qué cuenta como trabajo? ¿cuál es libre, cuál no?¿qué nos permiten ver (o no) las estadísticas y las burocracias de cada época? Ayer y hoy esos límites se disputan, se empujan, se transforman.  

La historiadora Rafaella Sarti se pregunta por los sesgos de los censos, cuando no era suficiente hacer actividades remuneradas siendo mujer para no ser calificadas como amas de casa. 

Ahora que sí nos ven, podrían haber cantado esas trabajadoras migrantes que, al decir de Gabi, forman una conciencia común en los espacios de ayuda mutua, donde la identidad colectiva se forma alrededor de la posibilidad de diversión o tristezas compartidas. Pareciera que el cuadro de un mundo de trabajos más homogéneo, parecido entre sí, de uniformes y horarios claros no fue nunca el mundo del trabajo de las mujeres ni el de las personas racializadas. No lo era a mediados del SXIX, no lo es ahora.

¿Existió alguna vez? ¿O fue apenas un período breve del tiempo, un período reservado para la figura del varón proveedor protegido por el breve lapso en el que hubo un Estado en expansión? Fragmentación/precarización parecen siempre haber rimado con feminización.

Gabi sigue su recorrido, se asoma a la cárcel sastrería donde las reclusas cosen ¿para quién? Cosen sobre todo uniformes, vestuarios militares. Cosen como las presas de hoy, que aún producen los uniformes para el servicio penitenciario. 

Una conversa con otra y le cuenta que no negó el delito ante el tribunal porque ella apenas quiso recuperar el salario que adeudaban los patrones al llevarse de su casa un objeto pequeño de plata. 

Llegamos al inicio del libro, o al punto en que la Historia parece morderse la cola. Las máquinas a todo pedal cosen y cosen uniformes para la guerra. Guerra para todo el mundo para que no falten costuras, dicen las trabajadoras al acercarse al establecimiento del empresario elegido. El uniforme militar es ahora un objeto que me recuerda a la vara de lienzo y a la levita de Marx. 

A partir del uniforme entendemos el salto de productividad, la presencia del Estado vía licitaciones, las fortunas de los empresarios. Gabi hace cálculos para entender cuánto lienzo equivale a un salario. Salarios de miseria. Un trabajo tan esencial que se considera no calificado según contemporáneos, trabajo que se hace en todos lados: la casa, el hospicio, el taller… resuena el mundo del trabajo de cuidados. Casi una cualidad biológica, como si todos supieran coser-bordar-cuidar.

Vemos a través del uniforme el fetiche de la mercancía: rangos, jerarquías, marcos de autoridad o subalternidad de quienes portan esas telas manufacturadas por trabajadoras siempre mal pagas. Va terminando el viaje y me quedan ganas de preguntarle a aquellas costureras-modistas si había algo de esas jornadas que podrían rescatar  ¿creatividad?¿trato humano?¿la felicidad al ver una prenda linda terminada? De retocar detalles, de elegir entre distintas telas. Quisiera convocarlas a conversar con las mujeres de las maquilas, trabajo alienado si los hay.

Me quedo pensando en la industria textil a la cola de la guerra y de aquel salto de productividad a la orden de la confección de uniformes ¿Qué demanda hoy la guerra cuando ya no son tantos los cuerpos a los que vestir? ¿En qué se parecen aquellas mujeres que pedían guerra para que haya costura, a les trabajadores más precarizades de estos días? Que también pedalean y pedalean, clickean y clickean, 14 hs por día y alimentan con cada gota de sudor un flujo de información que monetizan las empresas que hacen de la guerra el mejor negocio.

Leo que por aquellos años la jornada semanal global era de alrededor de 60 horas y hoy son 40. Los promedios son tiranos, esconden diferencias. La fragmentación que continúa: entre países, entre géneros, entre personas racializadas, migrantes, etc. y más.

Pero esa reducción promedio es real, y vino junto con el auge del sindicalismo y del movimiento obrero organizado. Cuando las jornadas de los y las trabajadoras, sus vidas en general, se parecían un poco más entre sí. 

Quizás hoy lo común entre quienes trabajamos por un ingreso pasa menos por lo que sucede en el tiempo que vendemos y más por lo que hacemos mientras no nos pagan con el dinero que cobramos: si viajamos mucho o poco para llegar al trabajo, si pagamos o no un alquiler, si consumimos o no servicios de plataformas, si dedicamos o no horas de nuestros días a cuidar de otrxs, si llegamos con resto para eso, si nos queda algo de energía/tiempo al final del día para bailar, reír, llorar.

Y mientras convivimos con la pregunta ¿hay un salto de productividad? ¿qué tecnología produce la inteligencia humana? ¿qué significa que aumenten los presupuestos bélicos? ¿quiénes son los que desarollan tecnologías para la guerra y se hacen ricos mientras no hay ganancia alguna para les que todavía trabajan 16hs por día o lavan a mano porque la tecnología no es parte de su hogar? ¿será la historia de esta humanidad una nota al pie de las guerras de exterminio o podremos soñar con algo más? 

Necesitamos conocer cuáles son los uniformes de hoy en día. Si la clase está tan fragmentada, ¿valen las consignas para todes igual? ¿quiénes son les que deberían trabajar menos ahora mismo? ¿qué trabajos sí tienen sentido?¿hay alguna forma de repartirlos?¿cómo hacemos para encontrar pistas en las tareas creativas?¿cómo retenemos las escenas más lindas, las del socorro mutuo, las del paseo por un muelle colorido donde encontrarse con el que tiene ropas distintas pero quiere ver la misma agua del rio correr, bajo el mismo atardecer? Y que no haya nadie fregando y los géneros sean telas de todos los colores para elegir, intercambiar y admirar.