Foto de portada: Dafna Alfie
En la tribuna se despliegan comunidades utópicas, fugaces. Cada semana mucha gente adulta que seguimos los torneos que juegan nuestrxs hijxs, nos encontramos en las gradas de la cancha que toca en la fecha, en algún club de barrio. Tenemos historias muy distintas, oficios variados, preferencias políticas diversas y muchas ganas de estar juntas.
En primer lugar cuidamos. Llevamos y traemos hijos, sobrinas. Alguno ceba mate para todos, otra lo releva cuando se termina el agua. Uno trajo bizcochitos, el hermano de alguien vende alfajores del emprendimiento familiar. Compartimos un momento suspendido de la comunidad más grande que está afuera, para armar una más chica y contingente. Si somos locales, nos turnamos para cobrar de entrada una suma modesta que va a comprar más pelotas, redes, indumentaria. En cada partido hay episodios inesperados de la sociedad ideal. No porque sea perfecta, sino justamente porque no lo es, porque ensaya, en condiciones precarias y efímeras, aquello que las utopías imaginaron durante siglos: la convivencia de la diversidad, la producción de afectos colectivos y la construcción de un “nosotros” que no se agota en la suma de individualidades.
Allí donde la ciudad fragmenta y segmenta, la tribuna reúne. No es sólo un lugar físico: es una forma de estar con otros, una tecnología afectiva de la cercanía. Es la comunidad de quienes reconocen que no existe una totalidad capaz de contenerlos plenamente.
La tribuna ama. Se organiza para amar. Ronda a un equipo, a una banda de música. Sin objeto, ¿se sostiene? Pero ese amor no produce fusión. Nadie deja de ser quien es. La comunión de la tribuna se parece más a lo que Maurice Blanchot encuentra en Bataille: una experiencia de proximidad que no cancela la distancia. Quienes cantan juntos, sufren juntos o festejan juntos no se vuelven uno. Permanecen en su diferencia, aunque durante un instante compartan una intensidad común. Cuando se trata de música es una comunidad migrante, contingente. Se reúne, vive momentos extraordinarios y se disuelve. Con suerte, volverán a encontrarse.
La tribuna es una versión plebeya y desprolija del falansterio. Como soñó Charles Fourier, no importa la homogeneidad sino la articulación de las diferencias: edades, trayectorias, deseos, saberes, cuidados colectivos. Fourier imaginó asociaciones donde la diversidad humana se integrara “de manera armoniosa” y donde el trabajo y la vida compartida pudieran transformarse en placer. La tribuna no organiza la producción, pero sí organiza algo igualmente central: el afecto social. Produce pertenencia y genera una gramática de gestos —el mate, el saludo, la risa, el canto, el festejo, la tristeza— que conjuga una comunidad sensible.
Hace unos días el papa León XIV publicó en un tuit: “Cuando la simulación se vuelve norma, la capacidad humana de discernimiento se atrofia y nuestros vínculos sociales se encierran en circuitos autorreferenciales que dejan de mostrarnos la realidad”. La violencia, la polarización, son producto de vivir en burbujas donde quien es diferente se lee como amenaza. Dice León que lo que está en juego es “una transformación de la relación misma con la verdad”.
La tribuna no es una utopía abstracta, sino que está desplegada en un entendimiento distinto del espacio, en donde las jerarquías se suspenden en esa escala mínima. No elimina el conflicto ni las diferencias, sino que las reinscribe en el reconocimiento mutuo y la mutua implicancia. Es un espacio donde el otro no es amenaza sino condición fundamental de la experiencia. Blanchot diría que la comunidad comienza justamente ahí: cuando el otro deja de ser un obstáculo y se vuelve condición de posibilidad de nuestra propia experiencia. No porque venga a completarnos, sino porque nos saca de la ilusión de autosuficiencia. La tribuna nos recuerda algo elemental: nadie vive del todo entre iguales, nadie construye lo común en soledad.
No está de más decir que la grada tiene existencia material, en los encuentros no dominan la escena los entornos digitales. Hay cuerpos, hay voces, hay miradas, hay conversación y escucha. Hay roce, incomodidad, cuidado. Frente a la burbuja autorreferencial, la tribuna expone a la diferencia y obliga a negociar la convivencia. Es una pedagogía del estar con otres.
Recuperar la tribuna es una apuesta política. Porque incluso en espacios insólitos persisten formas de lo común que desafían la fragmentación contemporánea, con plena conciencia de su fragilidad e incompletud. Allí se aprende — con intensidad y sin marco teórico— a sostener lo colectivo, a cuidar lo compartido, a hacerse cargo de otros. No es el modelo de la sociedad ideal, porque no existe, sino que regala escenas bullentes en donde esa sociedad aparece. Allí, por un rato, lo común deja de ser una abstracción y se vuelve experiencia.