Por: Fotos: Facebook Lista de Espera

Las redes informales de cuidado son tejidas por mujeres: son principalmente las madres (o abuelas o hermanas mayores) de lxs niñxs sin vacantes las que las organizan y se ocupan de la logística y la gestión. Y también son las madres quienes se ven obligadas a abandonar sus empleos asalariados o reducir sus horas de trabajo fuera de sus casas para ocuparse de lxs hijxs: la problemática de las vacantes es otro síntoma de la opresión de género en Argentina.

Es el segundo año consecutivo que Laura queda en lista de espera por la vacante para su hijo de dos años en el sistema público de escuelas de la Ciudad de Buenos Aires. Laura es madre soltera, víctima de “violencia machista extrema” por parte del padre del nene durante el embarazo. “Por suerte él se borró y no lo reconoció. Se aparece cada tanto en llamadas o mensajes amenazantes, tengo una restricción de acercamiento”, dice ella a LATFEM. Laura es diseñadora de indumentaria y trabaja freelance en su casa, pero no llega a pagar los gastos. Necesita salir a buscar trabajo fuera de su casa, pero se le hace difícil. “No tengo quien cuide a mi hijo. Este año fui a entrevistas laborales con mi bebé en brazos. Me llamaron para empezar en un empleo, pero no pude tomarlo porque no tenía dónde dejarlo. Tiene 2 años y no nos separamos nunca. No tengo vida social, estoy las 24 horas con él”, dice Laura. Ella, como el resto de las entrevistadas en esta nota, prefirieron no hacer público su apellido porque muchas familias presentaron amparos judiciales contra el gobierno porteño y eligieron preservar su identidad.

La historia de Laura es una gota en la tormenta: desde 2014, miles de chicxs de la Ciudad de Buenos Aires terminan el año en “listas de espera” para ingresar a guarderías, jardines y escuelas públicas. Las listas son un eufemismo que enmascara la falta de vacantes en los colegios públicos de la Ciudad, que se incrementa año a año. En 2018 la cantidad de niñxs que aguardan para ingresar al sistema superó por primera vez la barrera de los 12.000, según estimaciones no oficiales. De ese número más del 93% son de nivel inicial. Esta problemática no perjudica a todxs: hay quienes sacan su tajada. El gran beneficiado es el sistema educativo privado que crece avalado por políticas públicas que expulsan a todas las clases sociales de la educación laica y gratuita, un derecho constitucional. Ante la falta de respuesta del Estado, quienes pueden afrontar el gasto caen en la educación privada o contratan a un cuidador o cuidadora, mientras que otrxs deben recurrir a redes de cuidado familiares: la falta de vacantes implica que algún miembrx de la familia deberá ocuparse de lxs niñxs expulsadxs por el sistema.

Las redes informales de cuidado son tejidas por mujeres: son principalmente las madres (o abuelas o hermanas mayores) de lxs niñxs sin vacantes las que las organizan y se ocupan de la logística y la gestión. Y también son las madres quienes se ven obligadas a abandonar sus empleos asalariados o reducir sus horas de trabajo fuera de sus casas para ocuparse de lxs hijxs: la problemática de las vacantes es otro síntoma de la opresión de género en Argentina.

Las redes informales de cuidado son tejidas por mujeres: son principalmente las madres (o abuelas o hermanas mayores) de lxs niñxs sin vacantes las que las organizan y se ocupan de la logística y la gestión. Y también son las madres quienes se ven obligadas a abandonar sus empleos asalariados o reducir sus horas de trabajo fuera de sus casas para ocuparse de lxs hijxs: la problemática de las vacantes es otro síntoma de la opresión de género en Argentina.

Las sacrificadas

La mayoría de las veces son las madres quienes deben modificar su vida de forma radical para ocuparse de las tareas de cuidado, pertenecientes al ámbito privado y no remuneradas. Este fenómeno ocurre haya o no un padre varón presente. Es el caso de Andrea, en pareja con el padre de su hija de un año y medio. Ella está en lista de espera para ingresar a alguna guardería del barrio de San Cristobal. Andrea dejó de estudiar y redujo su jornada laboral a la mitad para ocuparse de la nena. Esto implica medio sueldo menos para la familia. Mientras tanto su pareja continúa trabajando normalmente fuera de casa. “Me parece bien que él no se vea perjudicado, lo que me parece mal es no tener las mismas oportunidades”, se lamenta.

Jéssica es estudiante, tiene 29 años y vive en Mataderos con sus dos hijxs, un varón de 4 años y una nena de 14 meses que se encuentra en la temida lista de espera. “Cuando empecé la facultad iba con mi nene de 18 meses a cursar, la señora del bufete me ayudaba cuidándolo cuando él se ponía intenso y yo entraba y salía de la clase para tratar de no perderme nada. Seguí estudiando embarazada de mi hija. Volvía todas las noches con mi hijo a upa dormido y mi panza de ocho meses en colectivo. Estudié cada madrugada para poder meter materias y demostrar que ser mamá y estudiante es posible. Este año estaba ilusionada con que ambos fueran al jardín para poder dejar hacer malabares y estudiar con un poquito menos de presión encima, pero es una ilusión que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires me arrebató”, relata. Jessica está en pareja con el padre de lxs chicxs, que trabaja de 6 a 21 horas. “Siente mucha impotencia por no poder estar físicamente presente y me acompaña a la distancia porque si él no trabaja, no tenemos comida ni techo”, agrega. La falta de vacantes en los establecimientos públicos significa postergación de proyectos tanto para varones como para las identidades feminizadas, pero son ellas especialmente las que ven afectadas su economía, su salud y su individualidad

Bettina es docente y madre soltera. Ella no consiguió vacante para su hijo de 15 meses en un maternal y tuvo que reducir su horario laboral porque no puede pagar un jardín particular. “No puedo mantenerme sola, dependo de la ayuda económica de mi madre y eso genera estrés y tristeza”, explica.

Estas mujeres que, por no poder acceder a educación pública para sus hijxs, tampoco logran acceder a empleos que les permitan vivir dignamente, precisan establecer relaciones de dependencia económica con personas que ganen dinero en la economía productiva. Sus trayectorias vitales se empobrecen no solo en lo monetario, sino que además pierden autonomía y poder de decisión sobre sus propias vidas. Hay quienes quedan atrapadas en relaciones de pareja abusivas porque no tienen cómo sobrevivir económicamente solas.

Empobrecidas

Para muchas, la “salida” es la búsqueda de trabajos compatibles con el cuidado de niñxs, que incluyen trabajar desde casa, medio tiempo, microemprendimientos o en la economía informal. Muchos de esos trabajos suelen ser precarios, poco valorados por las propias trabajadoras y por sus círculos familiares. Esto se refleja en la subestimación y la pérdida de identidad de esas mujeres, que se desdibujan como individuas en sus funciones de cuidado, con consecuencias para su autoestima y su economía que a veces no logran reparar nunca: la brecha jubilatoria constituye la situación de mayor vulnerabilidad económica para las mujeres en la tercera edad (que además viven más que los varones), con jubilaciones mucho menores que quienes no ejercieron tareas de cuidado y pudieron aportar al sistema previsional de manera continua.

Paula es editora, trabaja en una editorial universitaria y también de manera independiente. Tiene dos hijxs, uno de 2 años y otra de 5 meses. Si bien los inscribió a ambos al sistema público, sigue en lista de espera, lo que significa pagar jardín privado para el mayor. “Pensé que ella iba a entrar y no. Pagar dos cuotas se me hace imposible. Ya perdimos el sueño de juntar para comprar una casa propia, porque no tenemos margen para ahorro. En el trabajo estoy muy tensa porque quiero buscar otra cosa con mejor sueldo pero al mismo tiempo no quiero perder antigüedad”, relata.

Educar a lxs hijxs o acceder a la vivienda propia. Es lo urgente que no deja tiempo para lo importante. Este fenómeno contribuye a profundizar la situación de desigualdad salarial y laboral en la que ya se encuentran las mujeres. En Argentina, según estudios del INDEC, las mujeres ganan 27% menos que los hombres. No se trata solo de discriminación salarial dentro de una misma empresa: las mujeres se encuentran desproporcionadamente representadas en los segmentos de menores ingresos. Con condiciones laborales más inestables que las de los hombres, son las primeras en sacrificar su trabajo para quedarse con lxs niñxs, y tienen problemas para conseguir trabajo cuando vuelven a buscarlo. Se genera un círculo vicioso del que es muy difícil o incluso imposible salir.

Marcela es docente de idiomas. Ella y su compañero son extranjeros y no tienen familiares que cuiden a su hijo de dos años, que ni en 2016 ni en 2017 logró salir de las infames listas de espera. Tuvieron que recurrir al jardín privado, pero Marcela ya sabe que será ella la que siga postergando su crecimiento profesional si la vacante no sale: “él tiene que entregar su tesis de doctorado y eso requiere mucho tiempo. Yo volví a trabajar recién este año y no tengo muchas horas”.

Feminismo y maternidad: una relación de ambivalencia

“De qué sirve el Ni Una Menos si el mensaje de la sociedad sigue siendo ‘los hijos son tu problema, vos quisiste tenerlos, jodete’. Los hijos son miembros de la sociedad. Que después sean disfuncionales por una crianza enferma por cuidadores estresados es lo más lógico, ¿no?”. La pregunta que se hace Elizabeth, comunicadora y madre de un hijo de tres años y medio que obtuvo su vacante luego de meses de lucha, incomoda y se replica sin respuesta, como un eco: ¿por qué la problemática de la falta de vacantes y del acceso a la educación pública, que afecta particularmente a las mujeres madres y las vulnera, no ocupa un lugar entre los reclamos del movimiento feminista actual?

La poeta y escritora feminista Adrienne Rich propuso la distinción entre la maternidad como una experiencia que tenía un valor y potencial positivo, y la maternidad como institución, naturalizada y obligatoria, que oprime a las mujeres y reproduce las desigualdades sociales. Un componente fundamental de la maternidad institucionalizada es la expectativa de que las mujeres, por su naturaleza, tienen la responsabilidad de ocuparse de forma exclusiva o primaria del cuidado de lxs niñxs y el trabajo doméstico. La maternidad como institución es tan fundamental en la opresión de género que Simone de Beauvoir dijo la frase que se volvería famosa “cambiar el sistema de valores implica destruir el concepto de maternidad”.

A pesar de las caricaturas de las feministas de la segunda ola como mujeres que repudiaban la maternidad y odiaban a lxs niñxs y a los hombres, de Beauvoir y otras escritoras de su generación y del feminismo radical buscaban eliminar la construcción ideológica y social de la maternidad, no eliminar la maternidad en sí. Parte fundamental de esta lucha ha sido desnaturalizar el deseo y obligación de ser madre. En ese sentido, las luchas por el aborto legal, seguro y gratuito y la anticoncepción han sido bandera en el reclamo de derechos de los feminismos desde sus orígenes, a fines del siglo XVII. ¿Pero qué pasa con las mujeres que deciden ser madres, que desean la maternidad, y que también desean realizarse en carreras y en el ámbito de lo público? ¿Cuál es el lugar que ocupan en las batallas por la emancipación del género femenino y la lucha contra el patriarcado? Con más de 200 años de feminismo vivimos, según la feminista Joan Wolf, en una época de “total motherhood” (maternidad total) en la cual “a las madres se les exige optimizar cada dimension de la vida de sus hijxs, comenzando cuando están en el útero”.

 

La gran culpa que sienten las madres que dejan a sus niñxs al cuidado de otras personas y la vulnerabilidad económica de quienes no lo hacen son prueba del peso ideológico de la maternidad. La criminalización del aborto -que representa tanto la sexualidad de la mujer liberada de la reproducción como un rechazo visceral de la maternidad obligatoria- es otra. La falta de vacantes se tolera en parte por la idea —a veces implícita y a veces articulada— de que el mejor lugar para lxs niñxs es en casa, con las madres. ​Así, a tono con esta fase neoliberal del capitalismo, el problema se invisibiliza como cuestión pública y se oculta tras el velo de lo privado: las que pueden pagar un colegio o una niñera lo pagan, y las que no, se arreglan. Hay un estigma que enfrentar cuando hay deseos y necesidades que van más allá del cuidado de lxs niñxs, pero como consecuencia de la interseccionalidad de opresiones, el peso recae más sobre las mujeres pobres. Hasta que no entendamos las políticas públicas educativas deficientes no solo como una forma de negligencia por parte del Estado, sino también como una cuestión de género, seremos cómplices de la opresion de las mujeres y de la limitación de su autonomía corporal.​

El feminismo necesita levantar esta bandera e instalar la lucha por el acceso gratuito y universal a las guarderías y escuelas como una lucha por la autonomía reproductiva, física y mental de las mujeres.

Las vacantes son un comienzo, no un final

Vale la pena subrayar que incluso si lográramos tener vacantes para todxs, muchos problemas no se solucionarán: la desvalorización del trabajo de cuidado y el trabajo doméstico no se resuelven al facilitar que las mujeres compitan en la economía productiva, como reconoce el movimiento de Wages for Housework, que exige que estos trabajos, de los cuales depende la reproducción de la sociedad y de la economía capitalista, sean remunerados. En un contexto como el de nuestro país, donde el acceso gratuito a la educación universal es un derecho, el trabajo de cuidado tercerizado sigue siendo un trabajo feminizado: la mayoría de las maestras son mujeres, como también lo son la mayoría de las cuidadoras contratadas (muchas veces en condiciones de precariedad) para esa labor. El trabajo de gestionar la educación —manejar las cooperadoras, los chats escolares, tomarse días para quedarse con lxs hijxs enfermxs y asegurarse de que tengan materiales y viandas para la escuela— sigue siendo de las madres. Basta ingresar al grupo Vacantes Para Todos en Facebook, organizado por madres y padres de niñxs que están en lista de espera, donde se comparte información, se brinda contención y consejos: quienes postean, comentan y participan son, también, mayoría de mujeres. La vacante universal no soluciona el problema de fondo: la distribución de las tareas de cuidado de lxs hijxs sigue siendo desigual entre varones y mujeres. Pero el acceso al aborto tampoco soluciona todos los problemas de la falta de autonomía de las mujeres. Sin embargo, tanto el acceso al aborto seguro, libre y gratuito como la educación de calidad, libre y gratuita para lxs niñxs son demandas esenciales para la lucha feminista. Sin esas garantías, la maternidad seguirá condenando a las mujeres a depender de otras personas y a la limitación de sus propios deseos.

Yarará es una colectiva feminista de pensamiento y activismo. Este artículo es de producción colectiva. Para contactarse con ellas: @somosyarara y yararafeminista@gmail.com