Por: Fotos: Javier Valente

Después de un tiempo salimos a manifestarnos sin estar de duelo. La fuerza política en el gobierno, la Alianza Cambiemos, no solo había producido daño al sepultar los derechos conquistados, sino que había impactado en un ámbito más significativo: instalar en la gramática de nuestro deseo emancipador una maquinaria que impidió la circulación de los signos de la política. No nos vació, pero el efecto fue similar. Compartimentó nuestra impotencia, sectorizó el desguace y la información nos llegó triturada por la indignación progre y los medios oficialistas, lo que contribuyó bastante a la incomprensión. Eso, hasta la semana pasada, cuando aconteció una reverberación de otras plazas: las del 6, 7 y 8 de marzo, en contra del 2×1, las que preguntaban por Santiago Maldonado. Hace menos de un mes, el 29 de noviembre, nos manifestamos en contra de la reforma laboral impulsada por los empresarios, en una plaza de trabajadorxs, de lucha, que expresaba un gran sentido: no nos han vencido. El 29 de noviembre tuvo una refracción el 14 de diciembre, el jueves de la semana pasada. Lo que estaba desconectado se encontró. Volvimos a las calles por impulso de la política –creación, engranajes amorosos y confluyentes, complicidad– para defender e insistir, para mostrar no solo que no nos vamos a dejar arrebatar nada (más) sino que vamos a renovar los sueños colectivos.

El lunes 18 dejamos escenas con signos que merecen lectura. El gobierno mostró qué entiende por orden y diseñó en los hechos un estado de sitio que no decretó (porque enunciarlo y ser Pandora hubiera sido lo mismo). Se propuso evitar el ejercicio de un puñado de derechos, a la protesta, de reunión, a la libertad de expresión. ¿Qué significado profundo tiene despejar las calles, barrerlas, limpiar el espacio público de nosotrxs? La escena fue de gran literalidad y de enorme peso simbólico: evitar que el pueblo pudiera acceder a los centros cívicos. Sin embargo, por la tarde y por la noche volvimos a las calles.

En cuanto al estado de sitio: implica un estado de excepción, es extra ordinem. Se trata de un régimen jurídico de excepción que responde a un estado de peligro para el orden público. Su operacionalidad tiene un impacto en la libertad de lxs ciudadanxs, que son restringidas. Esta figura tiene varias gradaciones o matices. En su punto máximo suspende las garantías constitucionales, pero hasta ese punto se pueden ejecutar otras restricciones, como prohibir el derecho de reunión y hacer cumplir esa orden por la policía. Es lo que en la Argentina vivimos el lunes en la Plaza de los dos Congresos y el jueves de la semana pasada. La policía despejando la Plaza muestra que el macrismo y el radicalismo quieren ese espacio limpio: “para que el Congreso sesione”. Esto, traducido quiere decir una Plaza vaciada de protesta social: de esa protesta que fortalece la democracia. Los empresarios en el gobierno quieren acallar las voces del campo popular en los medios de comunicación pero también en el nivel de la acción propia de la vida colectiva. En el discurso Cambiemos, 200 mil personas son violentas, no las policías; quienes accedieron a la jubilación a través de una moratoria que reparó a lxs desocupadxs de las privatizaciones y a las trabajadoras no reconocidas como las amas de casa, lxs llama vagxs; los empresarios que blanquean dinero y evitan pagar impuestos piden esfuerzos a quienes solo cuentan monedas a fin de mes.

En las acciones de las policías de la Ciudad, Federal y Gendarmería que se desplegaron entre el jueves de la semana pasada y el lunes se sitúa una novedad: la disputa por el espacio público no se da por la vía de la militancia, sino por el uso de las fuerzas de seguridad. Y para esa disputa usaron gas pimienta, gases lacrimógenos vencidos, bastonazos e insultos. ¿Cuál es la excepcionalidad para esas acciones represivas? Nuestra obstinación por la justicia social, nuestra convicción contra el saqueo de un puñado de empresarios, nuestra insistencia en la libertad, nuestra solidaridad y nuestra e(sté)tica del buen vivir. Eso que en alguna lengua indígena se frasea con una palabra: Tekoporã.

El macrismo avanza sobre los cuerpos: de Milagro Sala, de Santiago Maldonado, de Rafael Nahuel, en las represiones a lxs trabajadorxs de PepsiCo, a las mujeres, lesbianas, travestis y trans en el paro del 8 de marzo. No hay un modelo económico de ajuste y regresivo que no se complemente con estas acciones autoritarias, de excepción, vendidas como necesarias.

Para Cambiemos, la estabilidad estatal se debe mantener a fuerza de policías, porque van a tocar los intereses de las personas con mayor vulnerabilidad (jubiladxs, pensionadxs, trabajadorxs), de las grandes mayorías sociales del campo popular. El estado de “peligro” es provocado, entonces, por ese mismo poder. En la conferencia de prensa que dio ayer Mauricio Macri, escuchamos que: “Lo que pasó ayer y el jueves fueron hechos orquestados”. Sólo le faltó mencionar al sujeto de la acción: orquestados por el gobierno.