La tendencia de los momentos que corren hace pensar que algo de lo vivido está saldado, impera una postergación de lo postergable. Las marcas operan como una voz que clama instando al recuerdo de que un hecho existió. Eso hace a la memoria. Así, de una manera u otra, las personas transitamos nuestras vidas con esos precintos, a veces un tanto silenciosos y otras, no. Posiblemente, sea esa una de las razones del intento humano a olvidar. A diferencia de Funes el memorioso, el protagonista de un cuento de Jorge Luis Borges, que afinó su capacidad para evocarlo todo, con preciso detalle y de una manera eterna. Por suerte el abarrotado mundo de tal personaje solo existe en las páginas de un libro porque sin un depurador de recuerdos no habría modo posible de existencia humana. 

Pese a ello, se necesita erigir otro destino, aquel que dé sostén a la construcción colectiva de la memoria, objeto de controvertidos debates sin conclusiones únicas y últimas. Cabe entenderla como un gesto político que nos indica de dónde venimos para anticipar hacia dónde vamos. Es más, nos lleva a proponer que somos lo que somos en relación con que hemos sido lo que fuimos. En fin, construir un pasado común entre las personas encarna siempre un desafío. Lo significativo es invitar a pensar el problema entre la memoria  y la política, o mejor dicho, la política en toda memoria, en todo proceso de construcción de una memoria colectiva. 

En esta dirección, en el 18 Brumario de Luis Bonaparte (1851) el mayor pensador del milenio, Karl Marx, esculpió la noción de memoria como un campo de conflicto en estrecha vinculación con la política. De acuerdo a su legado, se podría augurar que ella no es tanto el recuerdo en sí mismo sino la particular forma del recuerdo.

Para lograr que la memoria sea actuante vale la pena distinguir en el relato unicentrado la polifonía de voces, donde debaten y confrontan las perspectivas sostenidas por los diferentes actores en esa trama compleja de acercamientos y tensiones en una misma comunidad. En efecto, es sobre nuestro presente que se establecen genealogías, linajes, guías para lo inmediato y lo reciente de los movimientos. El filósofo Michel Foucault insistía que se debería tener en cuenta, para evitar equívocos y ayudarnos a pensar, que el mundo de las cosas está invadido, rapiñado y muchas veces reescrito. Para el armado de un registro genealógico, una tarea indispensable consiste en encontrar los sucesos donde menos se espera y en aquello que pasa desapercibido por la historia tradicional. Había un algo, entre los tantos algo que había, que a Foucault le quitaba el sueño y lo dijo: “El comienzo histórico de las cosas no es la identidad aún preservada de su origen, es la discordia, es el disparate con las otras cosas”. En resumidas cuentas, Foucault se oponía a la búsqueda del origen como lugar de la verdad. Para él, la verdad y su reino originario han tenido su historia en la historia. Entonces es preciso reconocer sus sucesos, sus sacudidas, las derrotas mal dirigidas que dan cuenta de los comienzos, de los atavismos y de las herencias. Así, la historia con sus intensidades y sus furores secretos representa el cuerpo mismo del devenir. Un movimiento no se extiende por contagio sino por resonancia, nos decía. 

 

El acontecimiento marca el pulso

“Algo que se forma aquí resuena con la onda de choque emitida por algo que se forma allá”, cuánta razón encierra este dicho, corto pero certero. Parafraseando al filósofo Alain Badiou, a esta resonancia se la denomina “acontecimiento”. Aquello que trae a la presencia lo que está oculto. El acontecimiento es la brusca creación, no de una nueva realidad sino de un sinnúmero de posibilidades que ninguna de ellas repite lo ya conocido. Representa una inversión de fuerzas físicas, emocionales e intelectuales y las de un hacerse cargo de los nacientes asuntos que esas propias fuerzas generaron. Eso es lo nuevo en cada situación.

En el arranque de un acontecimiento, dentro de la panorámica de colectivos que lo constituyen y lo habilitan existen algunos de sus integrantes que saben cómo solucionar los problemas que el propio suceso plantea. Así, zanjar el tema de las articulaciones, cómo se llevan a cabo, su tiempo de duración, las demandas puntuales y precisas necesarias para sostener el entramado, elegir el lugar donde suceden los hechos, los volantes, los emblemas, las pintadas. Todas estas piezas parecen indisolubles tanto más cuanto que se perfilan como acciones directas y autogestivas. En fin, se habla entonces de los modos de inscripción activista en el espacio universal de la polis. Y es esto lo que lleva al acontecimiento a existir en un allí, donde sus protagonistas acuerdan unirse para armar un destino en común. Si la producción de pensamientos representa un ojo colectivo, la producción de la memoria explora los modos en que estas miradas quedan registradas en el empadronamiento del aquí y del ahora. Encarna o propone su propia temporalidad por fuera del sistema de representación del paso del tiempo que rige la vida humana. En ese sentido, el historiador inglés Eric Hobsbawn entendió al siglo XX como el  más corto de la humanidad. De acuerdo a su punto de vista, se inauguró con la Revolución Rusa de 1917 y finalizó con la caída del Muro de Berlín, en 1989. Mientras que el filósofo Edgard Morín considera que el nuevo siglo que estamos transitando también modificó el calendario tradicional. Para él, sus inicios se remontan a la revuelta de Seattle, en 1999, contra la cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en donde se organizaron y movilizaron alrededor de 40 000 participantes. Así, se presentó en sociedad el movimiento de resistencia global como respuesta a los efectos de la reconversión del capitalismo a partir de las políticas económicas neoliberales y el impulso del libre comercio mundial. Es así como se decidió realizar el 30 de noviembre de 1999 un “Día de Acción Global”. No obstante, el punto de partida del movimiento debería tomarse con el primer levantamiento del zapatismo mejicano el 1 de enero de 1994. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) generó un quiebre notable de la tradición liberal en torno a la representación política al desconocer tanto la necesidad de vanguardias como de partidos, tema que desconcertará a derechas y a izquierdas. Asimismo, acorde al clima de los movimientos insurreccionales, bajo la consigna “Otro mundo es posible”, se lanzó en 2001, como contracara del Foro Económico Mundial que sesionaba en Davos, los eventos multitudinarios y de amplia heterogeneidad que significaron los Foros Sociales Mundiales, originados en Porto Alegre, Brasil. Al amparo de una pluralidad y diversificación de integrantes, articulaban entre sí redes de movimientos y organizaciones en acciones concretas —a nivel local, nacional e internacional— en su pugna contra el neoliberalismo y cualquier otra forma de dominio por parte del capital. Así, se organizaron campañas mundiales, se compartieron estrategias colectivas de intervención pública. También se enmarcaron en un abanico de multiplicidades las reivindicaciones sobre la defensa de los derechos indígenas, campesinos, mujeres, etnia, raza, disidencias sexuales, edad, pobreza, juventudes, clase social, inmigrantes irregulares, socioambientalismo, violencia sexual, sida, acuerdos comerciales, deudas de los países periféricos a los imperios dominantes, hasta enfrentamientos contra corporaciones multinacionales. Por lo tanto, sería difícil entender la dinámica de masas desencadenada a lo largo de nuestro presente sin estos acontecimientos que provocaron la resistencia, la desobediencia social y la insubordinación contra la regulación institucional y empresarial.