Foto: Catalina Distéfano.
Convertir la presentación de un libro en un espacio de debate sobre temas candentes en los feminismos actuales -en especial, este libro que contiene en sí numerosos interrogantes- es sin dudas un acierto. Y esto radica en la intención de generar un espacio propicio para un gesto vital cada vez más escaso en tiempos de gramáticas agresivas y reducciones semánticas: la conversación.
Hace unas semanas se presentó el libro ¿Demasiado feminismo? La política feminista entre el Estado, el activismo y la batalla cultural de la derecha radical, de Agustina Paz Frontera. En un Espacio Cultural Morán repleto, ocupado por una mezcla hermosa y heterogénea de compañeras y compañeres provenientes de diferentes sectores de nuestros feminismos, se generó una mesa de debate moderada con fluidez e inteligencia por Ivana Szerman, e integrada por María Pía López, Mercedes D’Alessandro, Patricia González Viñoly y la propia autora.
Hay un lugar común de corte epistemológico pero de entramado cultural que suele reiterarse en ciertas esferas y al que se le asigna un valor intelectualista; una suerte de amplio paraguas racional que muchas veces obtura el pensamiento y corta el hilo fundamental que une la teoría con la praxis: si un texto o una obra deja más preguntas que respuestas, entonces no solo es bueno; es mejor que cualquier otro. Este enfoque cuantitativo ha generado un estado de comodidad en algunos sectores de nuestro campo intelectual que han perfeccionado la factura constante de preguntas y rizomas diagnosticadores. El libro de Agustina Frontera es contracultural por distintas razones pero sobre todo por estas: se propone llenar de sentido las preguntas que se hace desmarcándose de ese valor cuantitativo; y repone la fortaleza de la unión -más necesaria que nunca- entre la teoría y la praxis.
“Si un texto o una obra deja más preguntas que respuestas, entonces no solo es bueno; es mejor que cualquier otro.”
La conversación generada ese viernes, que sigue resonando y que está siendo llevada a los sectores más recónditos de nuestros feminismos argentinos y del Cono Sur es un ejemplo cabal de esto. Y ocurre porque el ensayo de Agustina Frontera se inscribe en una zona incómoda pero necesaria del pensamiento político contemporáneo: la revisión crítica del propio campo feminista en América Latina, particularmente en la Argentina posterior al Ni Una Menos.
No es un texto académico cerrado ni un manifiesto militante lineal: se mueve en un registro híbrido en el que la experiencia personal, el análisis e investigación exhaustiva y la pregunta abierta conviven sin clausuras definitivas. Lo cual implica densificar los interrogantes para, desde sí mismos, exigir al menos el ensayo de determinadas respuestas y horizontes.
Un punto fundamental del texto es que se construye no sólo como un ensayo político, sino como una investigación coral. La hipótesis de tensión entre si hubo “demasiado” feminismo o un feminismo insuficiente para transformar estructuras profundas se sostiene en una doble estrategia: análisis teórico y una serie extensa de entrevistas a protagonistas del proceso reciente de institucionalización de los feminismos; habla desde adentro de ese proceso, conversa constantemente con la realidad.
Agustina Frontera entrevista a más de veinte funcionarias y ex funcionarias de Argentina, Chile, Uruguay, Brasil y España. No se trata de figuras abstractas, sino de mujeres y diversidades que ocuparon espacios concretos de gestión en áreas de género, políticas públicas y estructuras estatales a partir del ciclo político abierto por el Ni Una Menos.
“El ensayo de Agustina Frontera se inscribe en una zona incómoda pero necesaria del pensamiento político contemporáneo: la revisión crítica del propio campo feminista en América Latina, particularmente en la Argentina posterior al Ni Una Menos.”
En ese sentido, construye un mapa de voces con trayectorias diversas: militantes que pasaron al Estado, técnicas que debieron traducir demandas feministas en políticas públicas, y funcionarias que experimentaron de primera mano las limitaciones del complejo entramado estatal. Todo esto en el marco de las disputas internas históricas del movimiento entre autonomistas vs. institucionalistas, pureza vs. pragmatismo, agenda de género vs. agenda económica. Estas tensiones no son tratadas como debilidades anecdóticas, sino como parte constitutiva y absolutamente potente de un campo político en expansión que redefine y reconfigura sus estrategias.
En esta línea, propone una doble relevancia lejos de cualquier dicotomía; el “nombre propio” es importante con relación al registro de la experiencia pero a la vez también como dispositivo: es un relevamiento empírico del feminismo en gestión y responsabilidad de la cosa pública, algo muy poco sistematizado aún en nuestras narrativas feministas.

Así, y desde esta coralidad, se pueden apuntar tres núcleos problemáticos recogidos en el texto y de los que se ha hablado en la conversación en el Morán:
- La ilusión del acceso al poder: los feminismos llegaron al Estado para transformar la realidad. Sin embargo, lo que se evidenció fue el funcionamiento de una estructura que habilitaba agendas de género y, en el mismo acto, restringía su alcance en decisiones estructurales relacionadas con la economía, la seguridad, la redistribución de la riqueza. El feminismo entra, pero no necesariamente decide. De esto hablaron Patricia “Pata” González Viñoly, ex directora de la Asesoría para la Igualdad de Género de la Intendencia de Montevideo, Uruguay; y Mercedes D’Alessandro, ex Directora Nacional de Economía, Igualdad y Género en el Ministerio de Economía de nuestro país.
- La traducción tecnocrática (femócrata) del feminismo: una de las tensiones más finas del libro que interroga cómo un movimiento radical, disruptivo y callejero se convierte en política pública. En ese pasaje, el lenguaje se vuelve técnico, los tiempos se burocratizan y las demandas se recortan; la distancia entre la potencia del activismo y la lógica administrativa. De la necesidad de recuperar los rasgos movimientistas habló María Pía López; socióloga, escritora, ex directora del Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional e integrante fundadora del colectivo Ni Una Menos.
- La frustración política: quizás el punto más potente que el texto pone a disposición. Las voces recogidas en las entrevistas y en las conversaciones como la del Morán no son triunfalistas: hablan de límites, desgaste y de una sensación de haber llegado a lugares donde no se podía hacer todo lo que se había imaginado colectivamente. Sobre esta tensión que contiene, a su vez, la potencia que motoriza el presente y lanza la proyección al futuro desde un criterio salvaje de realidad, hablaron tanto la autora como Patricia, Mercedes y María Pía.
A partir de la presencia de estas voces y sus experiencias, Agustina Frontera formula una intervención política clara: la idea de que el feminismo fue “demasiado” funciona más como una narrativa de la reacción conservadora que como un diagnóstico real. El libro invierte la respuesta del sentido común; si algo falló no fue un exceso, sino una falta de radicalidad en términos estructurales. Ni idealización ni sobregiro; crítica situada desde el sur global, América Latina y Argentina elaborada desde el adentro, desde la pertenencia afectiva y política profunda.
Por eso el texto es mucho más que un ensayo: es un documento político de época; un registro de lo que significó la institucionalización del feminismo con toda su complejidad, incomodidad y visión estratégica en un contexto de avance de las ultraderechas y la instalación de discursos que acusan al feminismo de ser el origen de todos los males, incluso dentro de los progresismos.
Suponer que la mirada de género fue construida de arriba hacia abajo en los últimos diez años y que no fue una reforma cultural “por abajo” que convive -aún en sus contradicciones- con un neoliberalismo también “por abajo”, es silenciar o bajarle el volumen a la construcción popular de organizaciones feministas y de mujeres que crecieron al calor de la resistencia a las dictaduras, las transiciones democráticas, la crisis neoliberal desde los años noventa, las olas progresistas y populares de los años dos mil, el ciclo Ni Una Menos y también los estallidos callejeros y digitales. (pp. 201)
El feminismo se ha ofrecido en sacrificio. (…) La suposición de que el feminismo ha ido demasiado lejos en el poder solo puede explicarse por una súbita amnesia antigénero desde el campo democrático y popular. (pp. 225)
El cierre de esa tarde de viernes en el Morán -casi como un correlato del propio ensayo- contuvo una certeza: los feminismos son el movimiento político heterogéneo, diverso y plástico más importante y vivo de las últimas décadas. Este contexto hostil, cruel e inhumano del existenciario neoliberal impuesto al extremo, exige la construcción de una política feminista que no se deje sectorializar, que se reagrupe y reconfigure día a día para disputar efectivamente los modelos económicos y sociales del descarte, la violencia y la precarización.
El saldo acumulativo de la experiencia institucional tiene que enriquecer y robustecer la potencia transformadora del movimiento desde un estado de madurez política. Ese es el regalo generoso e invaluable del ensayo de Agustina Paz Frontera que hoy agradecemos todas las feministas desde el sur del mundo.
El libro ¿Demasiado feminismo?, de Agustina Paz Frontera, es el resultado de un proyecto de LatFem con el apoyo de Fesminismos de la Fundación Ebert.