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¡Arroja la bomba!, el nuevo libro de Vanina Escales (Marea, 2019) es, ante todo, un libro actual. Tiene antecedentes en los deliciosos La hermana menor, de Mariana Enríquez (Universidad Diego Portales, 2017, ahora en Anagrama), y –más acá en el tiempo– en El traductor del Ulises, de Lucas Petersen (Sudamericana, 2016). Se trata en los tres casos de minuciosas reconstrucciones a partir de archivos, hemeroteca, entrevistas, en las que siguiendo a una figura tutelar nos asomamos a los movimientos peristálticos de toda una época. La lectura de la obra de les pesquisades (Salvadora Medina Onrubia, Silvina Ocampo, José Salas Subirat, respectivamente) es una puerta de pronto abierta a una Argentina que se encuentra en la base de la actual, como la Troya descubierta por Schliemann tenía muchas otras debajo. Les tres, figuras más o menos descentradas del canon literario vernáculo, si bien la del medio viene ganando en los últimos años adeptes para fundamentar estatura escritural suficiente que la inscriba –¡por fin!– en el panteón de grandes escritores argentines, junto al dream team por todes conocido. Salvadora diría: “No queremos los derechos de los hombres. Que se los guarden. Nosotras solo queremos ser mujeres en toda nuestra espléndida feminidad”, junto con una de las heroínas de Las descentradas, obra de teatro estrenada el 9 de marzo de 1929 en el Teatro Ideal, a cargo de la compañía Artistas Unidos. 

Salvadora Medina Onrubia nació “hacia fines del siglo XIX y escribió desde mediados de 1910 hasta la década de 1930. Outsider del campo canónico de la literatura, fue moderna fuera del Grupo Sur y de izquierda al margen de Claridad. Cercana a Alfonsina Storni, tampoco fue popular como ella” (10) y su historia, tal como la reconstruye Vanina Escales, es la de una red de mujeres extraordinarias, extemporáneas: la poeta Delmira Agustini (asesinada de dos tiros en la cabeza por Enrique Job Reyes, de quien catorce días antes se había divorciado) o Julieta Lanteri (médica, política y feminista ítaloargentina, la primera mujer en votar en la Argentina, en 1911, fundadora dos años antes de la Liga Nacional de Mujeres Librepensadoras, también de la Asociación Universitaria Argentina, asesinada por David Klapenbach, miembro de la Liga Patriótica Argentina, que la atropelló con un auto y se dio a la fuga), pero también América Scarfó o La Encarnación, cocinera ocasional de Salvadora que al saberla en el Asilo San Miguel, entonces Instituto de Detención para Mujeres “donde se mezclaban indiscriminadamente menores a cargo del Juez, delincuentes comunes, prostitutas y detenidas políticas” (236), ataca a una desconocida (“La mecheé, la pateé y la trompeé”, ibíd.) para que Salvadora tuviera quien le cebara el mate, le lavara los pies.

“Salvadora fue ignorada buena parte de su siglo y Alfonsina, sometida a escrutinio por ‘cerebral’ y ‘masculina’” (66). Desestimadas, en suma, por contemporáneos y póstumos. Vanina Escales no se desalienta y escarba, pregunta, cruza datos, encaja una a una las piezas de un rompecabezas esquivo para echar luz sobre quien no “se sentía burguesa sino cómoda en el reparto antojadizo de los privilegios del poder y el dinero” (68). En el camino, da cuenta de la épica de las luchas sociales de inicios del siglo XX en pos de la conquista de derechos que hoy naturalizamos, desde la refrescante perspectiva de una mujer consciente. Con tesón, logra un libro a la altura de la complejidad de su personaje, que cierra con Mil claveles colorados, texto inédito de la propia Salvadora, puñado de animadas aguafuertes sobre grandes personajes como Simón Radowitzky –que Escales le lee, y en el libro reconstruye la escena, a Osvaldo “No es cierto” Bayer en lo que se configura como una de las partes más divertidas del libro (la conclusión de Bayer: “Está loca esta [por Salvadora]”)– o Severino Di Giovani, Kurt Wilkens, Yrigoyen o anónimes compañeres, siempre dispuestes a ayudar a fugar otres compañeres de la cárcel.

Salvadora se dedicó a cuidar. A les suyes, pero también a sus compañeres de credo, tan preocupada de trocarle a Yrigoyen el apaciguamiento de una revuelta en Rosario por indulto y pasaje a Montevideo para Radowitzky como de preparar comida y llevar frazadas a les preses polítiques. La inquina de su hijo Helvio, sempiterna y probablemente justificada (el célebre caso en el que ambas partes tienen razón), de la virulencia epistolar de Georgina “China” Botana (de la cual la correspondiente se desdijo a posteriori), tal vez marquen su cualidad de monstruum: única en su especie, pero también advertencia, enviada al mundo por las fuerzas sobrenaturales (y aquí la etimología conecta sin estridencias con el vector teósofo de Salvadora). 

Enamorada de hombres, de mujeres, en Buenos Aires, en Gualeguay, en Europa, militante, periodista, dramaturga, amiga, madre, esposa, abuela, compañera: del libro de Escales emerge una Salvadora libre, que pagó esa libertad con una densa oscuridad posterior destinada a desmerecer su vida y su obra como “menor” o poco relevante. Con ¡Arroja la bomba! termina al fin tanto innecesario grisor. Sale el sol, toca festejo.