Fotos: Edward Rodwell Arrazola Gomar para We Effect.
Hace tres años, Santos Ofelia Tzoc Tax sembró el maíz como lo había hecho siempre. En las mismas fechas que le habían enseñado sus antepasados y antepasadas, con las semillas criollas que las familias conservan de una cosecha a otra. Pero, esa vez, la cosecha no llegó. Las plagas proliferaron hasta secar la milpa y la falta de lluvias hizo el resto.
En Chuipachec, una comunidad de Totonicapán, en el Altiplano occidental de Guatemala, Santos empezó a ver cómo algo que había aprendido a reconocer desde niña comenzaba a cambiar: el comportamiento de la naturaleza. Ahora, cuenta, llueve poco. Hay días de mucho calor a los que siguen el viento y el frío. Producir alimentos se volvió más incierto.
Pero Santos siguió sembrando. Junto a otras mujeres de la comunidad, y con el apoyo de We Effect y la Asociación de Cooperación para el Desarrollo Rural de Occidente (CDRO), crearon un espacio para buscar respuestas a la crisis de manera colectiva, se nombraron como Las Sembradoras. Hicieron terrazas para conservar mejor los cultivos, incorporaron el rastrojo a los suelos, produjeron sus propios abonos y continuaron sembrando frijol negro y ayote entre la milpa. En un macrotúnel comunitario producen tomates y otras hortalizas protegidas de algunas de las variaciones del clima.
No empezaron de cero, parte de las respuestas estaban en conocimientos que las familias de la comunidad conservan desde generaciones: seleccionar semillas, conocer los suelos, combinar cultivos, reconocer las hierbas que también alimentan. Santos todavía come alimentos que comía su familia, verduras que ya no se consiguen en el mercado como verdolaga, bledo, hierba blanca y algunos hongos del bosque.
En 2026, la historia de Santos fue reconocida por la FAO como una experiencia de resiliencia. Y si bien es cierto que su trayectoria habla de resiliencia y adaptación a los cambios en el territorio, la suya es una historia de organización y construcción colectiva. La noticia la sorprendió, pero el reconocimiento lo hace hacia las otras mujeres con las que comparte el proyecto: “Aún hace falta mucho por hacer para reconocer el trabajo de las mujeres campesinas de las comunidades y en Guatemala”, dice.

El reconocimiento llega en tiempos de profundización de la crisis climática que amenaza cada vez más la producción de alimentos. Cuando personas de diferentes trayectorias y territorios comienzan a preocuparse por los eventos climáticos cada vez más intensos y se preguntan por su aporte al planeta. Hoy, su historia, como la de quienes llevan generaciones sembrando para alimentar al mundo, comienza a ser nombrada.
Cuando la lluvia ya no alcanza
Santos conoce la diferencia entre una tierra y otra. Cuenta que los terrenos donde cultivan son de tierra negra y tienen una ventaja decisiva en tiempos de sequía: consiguen conservar la humedad durante más tiempo. En otros terrenos de la zona, los suelos más arcillosos, llamados taxcales, el agua se pierde más rápido y la tierra se endurece cuando deja de llover.
Leer el suelo, reconocer sus tiempos y saber qué puede crecer allí son conocimientos que Santos no aprendió en un manual. “Nuestros abuelos y padres nos dejaron los conocimientos para la siembra y selección de semillas de maíz”, cuenta. Ella y las demás productoras siguen sembrando en las fechas que aprendieron de las generaciones anteriores y conservan sus semillas criollas.
Pero repetir lo aprendido ya no siempre alcanza. El clima que conocieron quienes le anteceden está cambiando y las productoras tienen que ensayar nuevas respuestas. Santos recuerda aquella temporada, tres años atrás, en la que no lograron cosechar maíz. Las plagas se multiplicaron y secaron la milpa. Hoy, dice, “la situación ha empeorado un poco más”: las lluvias continúan siendo escasas y los cambios bruscos de temperatura afectan tanto a los cultivos como a las personas.
Frente a esas transformaciones, Las Sembradoras combinan conocimientos heredados con nuevas estrategias. Construyen terrazas en sus terrenos, producen abonos orgánicos con el estiércol de sus animales y cultivan frijol negro y ayote junto al maíz. La diversidad, como proponen las concepciones de la agroecología, agrofloresta y/o agromonte, entre otras, no es solamente una manera de tener distintos alimentos en la mesa: también les permite cuidar el suelo y fortalecer los cultivos.
Incluso algunas prácticas tuvieron que ser revisadas. Después de aquella proliferación de plagas, quemaron los restos secos de la milpa para intentar eliminarlas. Hoy Santos recomienda hacer lo contrario: integrar ese rastrojo a la tierra para mejorar el suelo y ayudarlo a conservar la humedad. Adaptarse, en su experiencia, significa observar qué está cambiando y encontrar maneras de seguir produciendo sin olvidar lo aprendido.
Lo que no se compra
Cuando Santos habla de soberanía alimentaria no utiliza grandes definiciones: habla de tomates. Antes había que ir al mercado a comprarlos, ahora crecen dentro del macrotúnel comunitario. “El tomate es distinto, más jugoso y con mejor sabor”, dice. Cultivarlo les permite consumir lo que producen, ahorrar parte del dinero que antes destinaban a comprar alimentos y generar algunos ingresos.
Lo mismo sucede con el maíz y las verduras. Para Santos, producir alimentos es esencial porque significa tener comida sana y nutritiva disponible en la casa y depender menos de lo que puedan comprar afuera.
Pero su alimentación tampoco empieza ni termina en una parcela cultivada. Hay alimentos que crecen alrededor y que es necesario saber reconocer con precisión: verdolaga, coles, hierba blanca, bledo. También están los hongos que cosechan en el bosque. Ese conocimiento sobre qué puede alimentar a una familia también fue transmitido y aprendido.
“Los conocimientos de nuestras madres y abuelas son importantes porque nos enseñaron a producir y consumir alimentos naturales”, explica. Y es que, para Las Sembradoras, la soberanía alimentaria no consiste únicamente en producir una determinada cantidad de kilos de maíz o tomates. También involucra la posibilidad de decidir qué se produce, cómo se produce y qué llega finalmente a la mesa. Y allí las mujeres tienen un lugar central.

Santos señala que son ellas quienes muchas veces deciden qué alimentos se consumen en los hogares, cómo se preparan y qué ingredientes utilizan. Pero observa también una transformación que la preocupa: los productos ultraprocesados han ido desplazando parte de esas prácticas y alimentos tradicionales. Para ella, recuperar la producción propia también es una manera de recuperar decisiones sobre la alimentación.
Lo que también se cultiva
Hay otra diferencia que para Santos resulta fundamental y que no se mide solamente en dinero: conocer de dónde viene aquello que llega a la mesa. “Tenemos disponible y con fácil acceso a los alimentos y los producimos con agua limpia”, cuenta. A eso se suma el valor de consumir alimentos producidos sin contaminantes.
En esa experiencia, la soberanía alimentaria adquiere una dimensión muy concreta ya que no se propone únicamente de garantizar que haya comida, sino de recuperar capacidad de decisión sobre cómo se produce, qué se consume y qué relación se establece con el territorio. Una parcela pequeña puede aportar alimentos; los restos de una cosecha pueden volver al suelo para conservar humedad; los residuos pueden dejar de terminar en el agua o en la tierra.
En tiempos de crisis climática, producir alimentos aparece entonces como parte de una trama más amplia: cuidar el suelo que permite sembrar, el agua con la que se riega y los conocimientos que hacen posible reconocer qué puede alimentar a una comunidad. Para Las Sembradoras, cultivar una parcela es también una forma cotidiana de intervenir sobre esa trama.
Un terreno, aunque sea pequeño
Las Sembradoras no presentan su experiencia como una receta capaz de resolver la crisis climática. Su escala es mucho más pequeña: una parcela, una semilla, un macrotúnel, un grupo de mujeres que decide organizarse.
Cuando se le pregunta qué compartiría con otras mujeres de América Latina y el Caribe, Santos empieza por algo elemental: “Si tienen un terreno, aunque pequeño, que lo utilicen para producir sus propios alimentos”.
Habla de prácticas agroecológicas, de devolver el rastrojo al suelo, de conservar la humedad y de producir alimentos saludables para las familias. Pero también habla de economía. Si una familia produce una parte de lo que come, explica, puede reducir sus gastos y utilizar ese dinero para acceder a otros alimentos que necesita. Y habla, sobre todo, de organización.
Para Santos, que las mujeres participen en grupos vinculados con la defensa de la soberanía y la seguridad alimentaria amplía sus posibilidades de conseguir apoyo y de compartir conocimientos. Las Sembradoras son también eso: una experiencia que dejó de ser individual cuando varias mujeres decidieron producir juntas.


Por eso, cuando recibió el reconocimiento internacional, Santos pensó más allá de su propia historia. En las aldeas y cantones de Totonicapán, dice, existen muchas mujeres “inteligentes, con mucha capacidad para la producción de alimentos”, que todos los días toman decisiones para garantizar una alimentación saludable a sus familias. Mujeres cuyos nombres probablemente nunca aparezcan en una premiación.
“Creo que aún hace falta mucho por hacer para reconocer el trabajo de las mujeres campesinas de las comunidades y en Guatemala”, dice Santos.
Tal vez por eso su propia definición de reconocimiento sea bastante más concreta que un premio. Para ella, una de las mejores maneras de valorar el trabajo de las campesinas es consumir aquello que producen y continuar apoyándolas.
En Chuipachec, mientras el clima se vuelve más impredecible, Las Sembradoras continúan haciendo algo que podría parecer pequeño frente a la dimensión de la crisis: conservar semillas, cuidar el suelo, cultivar alimentos y transmitir conocimientos. Pero cuando una cosecha puede perderse porque la lluvia no llega, decidir qué sembrar, cómo hacerlo y qué alimentos poner sobre la mesa deja de ser solamente una tarea cotidiana, también se convierte en una forma de construir autonomía.