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Sororidad. Eso pasó. Frente a un ajuste en provincia que tiene cara de mujer que habla suave y una represión que también tiene cara de mujer, de una mujer de fajina, las mujeres se organizan. Mujeres trabajadoras, militantes, maestras, obreras, sindicalistas, poniendo el cuerpo en la calle, compartiendo el limón para paliar el ardor en los ojos, o interpelando directamente a policías que alguna vez también tendrán que jubilarse.

La cara de Mayra Mendoza llena de leche. La cara, el cuello, el pecho y la panza. La espalda. Chorrea líquido blanco que le entra en los labios. Alcanza a balbucear algunas palabras con los ojos entreabiertos: “Esto le va a pasar a mucha gente”. Jadea y se le acelera la respiración. Tiene los puños apretados.

Le acaban de llenar la boca de gas pimienta. Más precisamente, le acaba de llenar la boca de gas pimienta un policía de la Federal. Con otros seis policías de la Federal. Un gang bang de violencia explícita. A una diputada nacional que extiende sobre la mano una credencial que la identifica. La rodean y la van acorralando. La foto es elocuente: la cara se le revela deforme por la fuerza con la que sale el gas comprimido. Así de cerca la gasearon. La tiran al piso y le vuelven a disparar sobre la espalda. “Sentía que me prendía fuego”, declaró en Radio Del Plata al día siguiente de la brutal represión desatada en la Plaza de los Dos Congresos el jueves 14 de diciembre mientras se pretendía hacer ley el Proyecto de Reforma Previsional que impulsó Cambiemos.

Una compañera le levanta el pelo y exprime el sachet de leche que cae sobre ella. Enfrente está parada Myriam Bregman, que le pide disculpas al mozo del bar por el “lío”.  “Le tiraron en la cara, de arriba, no hay manera de correrse”, explica. “¿Estás mejor Mayra?”. Digresión: a Myriam la conocí cuando ejercía como abogada querellante en el juicio de la Megacausa ESMA. Me acuerdo que me encandiló su oratoria, su lucidez y lo incisivo de sus intervenciones. El presidente del tribunal le flirteaba, se le hacía el canchero. En esos años todavía no estaba desnaturalizado el abuso de los varones en las relaciones de poder. Pero para ella sí, y lo pasaba por arriba como una aplanadora. Vuelvo. A Myriam, entonces, se la ve enojada. Ella sabe de enojos políticos. Una escena impensada: una diputada camporista y otra del PTS unidas frente al espanto.

Sororidad. Eso pasó. Frente a un ajuste en provincia que tiene cara de mujer que habla suave y una represión que también tiene cara de mujer, de una mujer de fajina, las mujeres se organizan. Mujeres trabajadoras, militantes, maestras, obreras, sindicalistas, poniendo el cuerpo en la calle, compartiendo el limón para paliar el ardor en los ojos, o interpelando directamente a policías que alguna vez también tendrán que jubilarse.

Sororidad. Eso pasó. Frente a un ajuste en provincia que tiene cara de mujer que habla suave y una represión que también tiene cara de mujer, de una mujer de fajina, las mujeres se organizan. Mujeres trabajadoras, militantes, maestras, obreras, sindicalistas, poniendo el cuerpo en la calle, compartiendo el limón para paliar el ardor en los ojos, o interpelando directamente a policías que alguna vez también tendrán que jubilarse. Y la siempre gigante Norita Cortiñas, que viene acompañando las luchas feministas emergentes en los últimos tiempos, infaltable, dio el presente con su cuerpito, su pañuelo y sus rulos blancos. Los abrazos que se vieron adentro del recinto, impensados, entre Kicillof y Moyano, Solá y Del Caño, Rossi y De Mendiguren, se multiplican en esta manera de relación que implica un pacto solidario entre mujeres.

El neoliberalismo impacta diferencialmente en razón del género, en virtud de que las mujeres ocupan posiciones de mayor vulnerabilidad y precariedad en la estructura económica, siendo la principal variable de ajuste en contextos de recesión. La socióloga Saskia Sassen sostiene que se está feminizando la pobreza, pero que además se está feminizando la supervivencia. Así, las mujeres se adaptan a las necesidades de un mercado global cada vez más hostil que demanda flexibilidad, precarización, condiciones de trabajo con horarios irregulares y parciales, o irreconciliables con los esquemas familiares y escolares. De esta manera, el trabajo informal, la inmigración, o el trabajo doméstico, la explotación de los cuerpos  y otras formas nuevas de servidumbre, se convierten en actividades económicas que desarrollan las mujeres en tanto estrategias de supervivencia,  sin mencionar la facilidad con la que cuentan las redes de trata para identificar este tipo de vulneraciones.

La interseccionalidad nos legó muchos saberes y uno de ellos es entender que las situaciones no van aisladas de los contextos políticos, sociales y culturales, y que no es posible su comprensión sin entrecruzar el género con las distintas dimensiones de la vulnerabilidad y desigualdad: la clase, la etnia, la edad, la ruralidad, la discapacidad o la diversidad sexual. La crisis la tienen que pagar los capitalistas, pero la pagan las mujeres, principales víctimas de las políticas de exclusión que impone el sistema global financiero. Esta perspectiva reconoce las experiencias individuales y colectivas que resultan de la conjunción de esos diferentes tipos de identidad social. En la coyuntura actual que atraviesa la Argentina, los índices de las brechas de género se disparan y vuelven medible una realidad sórdida que crece y se despliega como reguero de pólvora.

En ese sentido, uno de los efectos más rotundos de los programas de ajuste estructural inherentes a las políticas neoliberales es el crecimiento del trabajo gratuito de las mujeres en el hogar, resultado de los recortes de los programas sociales por parte de los gobiernos: aquellas áreas de las que el Estado se retira –salud, educación, previsión social, entre otras- recaen nuevamente en la familia. Así, las mujeres de los sectores populares resultan las principales perdedoras del ajuste. No se trata tampoco de construir un ranking de situaciones de vulnerabilidad, pero sí de señalar a dónde deberían apuntar las políticas públicas y cómo debería legislar un Estado que se quiera ubicar en una cosmovisión de derechos para reducir desigualdades y subordinaciones.

Vi el video que circuló en redes de Mayra y Myriam muchas veces. Quizás fue por el goce del morbo que contenía la escena. Pero creo que fundamentalmente fue la percepción de comunión y hermandad entre dos mujeres fuertes lo que me conmovió. En paralelo, Victoria Donda –en muletas por un golpe recibido en la represión del día anterior– hacía una alocución desde su banca con un hilo ya endeble de voz, y se imponía en la Cámara. Al rato la diputada Camaño, apoyada sobre sus antebrazos para no dar quórum, planteaba: “mayoritariamente los representantes del pueblo no tenemos la disposición de que este proyecto salga porque perjudica a los jubilados”. Fatality. Un desfile de mujeres audaces y empoderadas, precisamente el día en que se promulgó la ley de paridad de género en ámbitos de representación política.

Mientras tanto, las columnas de organizaciones sociales y los sindicatos se replegaban por las balas policiales. Un despliegue desmedido de represión estatal para custodiar un proyecto de ley. Un Congreso sitiado en una Buenos Aires furia. Hola diciembre, volviste.

En la calle, las fuerzas de seguridad salieron de cacería. Ese jueves a la salida de su trabajo, Damiana Negrin Barcellos, fue detenida arbitrariamente por miembros de Gendarmería. Alguien filmó la escena desde un balcón de un primer piso. La era de la hiperconectividad y las redes sociales, que transforman la idea de proximidad y de urgencia. El video se replicó y llegó a los medios de comunicación y hoy podría ser material probatorio para una denuncia penal. La cuestión es que Damiana estaba ahí pero no era parte de la manifestación, objeto principal de la represión. ¿Objeto principal de la represión? Circuló en muchos mundillos el tristemente célebre argumento de que ella “no tenía nada que ver”. Reminiscencias a otras épocas en las que eso funcionó como apelación argumentativa para justificar la persecución y desaparición de militantes políticos, o para la construcción de categorías de víctimas: algunas eran inocentes y otras no tanto. Pero así funciona el terror, de eso sabemos los argentinos y las argentinas. El miedo se activa cuando hay otros que miran y piensan que también pueden correr esa suerte. El disciplinamiento se desliza a través de círculos concéntricos que se van agrandando hasta abarcar al conjunto de la sociedad. La detención ilegal de Damiana no fue azarosa. No hubo excesos ni falta de coordinación o descuidos. Damiana fue un engranaje perfecto dentro de un plan estratégico de esparcimiento del miedo.

Lo cierto es que en el video puede verse cómo una mujer intenta defender a Damiana de la violencia de los gendarmes. Está en cuclillas, le agarra las manos, la ayuda a reincorporarse, intenta disuadir. Uno de ellos le pone las esposas y le toca el culo, la manosea con absoluta impunidad, con la misma impunidad que otorga la dominación y el poder. Ahí también es posible identificar el impacto diferencial de género, que se pone en juego en el andamiaje represivo que despliega el Estado. Cerca, otra mujer registra con su cámara la situación. Y entonces otra vez las mujeres, y otra vez la red que se arma cuando aparecen las vulneraciones.

A Damiana se la llevan entre un número desmedido de efectivos varones, ella entra en crisis y empieza a gritar desesperadamente, hasta que la meten en un camión celular. La causa termina en manos del juez federal Claudio Bonadío.

El viernes, al día siguiente de esa represión, la Madre de Plaza de Mayo Hebe de Bonafini fue a visitar a Damiana a la Unidad de Investigaciones Especiales de Gendarmería, donde la tenían detenida. Conversaron. Hebe no le llevó leche, pero sí contención y escucha. Y lucha. Las mujeres algo sabemos de eso.