Por: Fotos: Colectivo Manifiesto

La flexibilización laboral es un tema sensible, de gran impacto en nuestras sociedades y contraproducente si deseamos achicar las brechas de género. La anunciada reforma laboral esconde y contiene un peligroso sesgo de género que amplifica las asimetrías que venimos arrastrando de un sistema ya desigual.

¿Por qué la experiencia de veinte años de tratados de “libre” comercio en Latinoamérica es nefasta? A grandes rasgos: en la balanza pesan más los privilegios corporativos que los derechos de los pueblos y territorios. Visto con mayor atención: el fortalecimiento de la economía del mercado compite con el desarrollo de una economía del cuidado. Entonces, es necesario que el reconocimiento de los impactos negativos no solo se fije en la dimensión mercantil sino en los efectos sobre los trabajos no remunerados: toda la precarización de la vida se sostiene gracias a un mayor trabajo de cuidados no remunerado que realizan las mujeres.

Una reforma laboral como la que se propone en la Argentina, que desregula el empleo para incrementar las variables de ganancia de las empresas, debilita los mecanismos de protección de los derechos laborales y aqueja más a quienes están en condición de vulnerabilidad. Lo que la evidencia nos muestra es que la inserción de las mujeres en el mercado de trabajo es más precaria, ya que ocupan puestos más informales, menos protegidos y peor remunerados, por lo cual la reforma laboral les afecta más a pesar de todo el avance que ha habido en materia de participación laboral desde la década del ´90 a esta parte.

Si bien las mujeres aumentaron su participación en el mercado laboral –hoy en un 48,1%–, la misma tasa de actividad para los varones es de un 72,4% para el primer trimestre de 2017 a nivel nacional según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH-INDEC). Al mismo tiempo, las mujeres aumentaron sistemáticamente su nivel educativo, tienen capacidad para ocupar mejores empleos y suelen estar sobrecalificadas para los puestos que ocupan. Este progreso notable, sin embargo, no redundó en achicar las brechas de género.

Los fenómenos de segregación vertical mantienen a las mujeres concentradas en puestos de menor jerarquía, donde les cuesta llegar a cargos de mayor poder de decisión (también conocido como piso pegajoso y techo de cristal), y de segregación horizontal, donde se amontonan en tareas que se estereotipan como feminizadas y, por ende, son menos jerarquizadas y valoradas.

La brecha salarial en promedio según el Sistema Previsional Argentina (SIPA) para el cuarto cuatrimestre de 2016 es del 23,5%, aunque las mediciones internacionales la ubican en un 27% en el mercado formal. Para el mercado informal, donde se encuentra más de un tercio del total de las trabajadoras, la brecha trepa a un 35%.

Las tasas de desempleo son mayores para las mujeres y alcanza un 10,2% para el segundo trimestre de 2017 (EPH-INDEC). En las grandes ciudades como La Plata, Mar del Plata y Rosario se encuentran picos de 14,1%, 13,9%, 10,9%, respectivamente. El dato más alarmante son las jóvenes menores a 29 años, con una tasa del 20,1% (esto significa que 1 de cada 5 mujeres en la población económicamente activa quiere trabajar y no puede conseguir hacerlo) cuando el promedio nacional de la tasa de desempleo es del 9.2%.

Esta realidad acuciante para las más jóvenes en algunas provincias como Catamarca asciende al 28%, en Tucumán al 24%, en Gran Buenos Aires al 21% y en La Plata se encuentra el pico más alto, un 31,4% en una vasta diferencia con los varones de su misma edad que toca el 15,6%. El embarazo adolescente y las mayores cargas de cuidado que impiden que las más jóvenes puedan continuar con estudios son uno de los principales factores que limitan la posibilidad de ingreso, por eso políticas como la Ley de Educación Sexual Integral, el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, mayores causales y garantías de cumplimiento de la interrupción legal del embarazo, entre otras propuestas integrales de políticas de cuidados, son centrales para no perpetuar estas desigualdades.

A pesar de haber progresado en los niveles de actividad en el mercado laboral, las mujeres se encuentran en empleos peor pagados, con menor nivel de protección social y trabajando en promedio menos horas que los varones en trabajos remunerados. Este escenario responde a que la mayor participación en el mercado laboral no se ve compensada con la mayor participación de los varones en las tareas de cuidado. Esta dinámica entonces limita de manera sustantiva su participación y el acceso a mejores opciones. La última Encuesta sobre Trabajo no Remunerado y Uso del Tiempo para el total nacional urbano en el año 2013 según EPH-INDEC muestra que las mujeres se involucran en un 88,9% en las tareas no remuneradas mientras que los varones se involucran en un 57,9%. Ahora bien, estos porcentajes significan diferencias en el uso del tiempo: las mujeres destinan en promedio 6,4 horas a los trabajos domésticos y de cuidados no remunerados, mientras que los varones dedican casi la mitad, 3,4 horas.

La flexibilización laboral es un tema sensible, de gran impacto en nuestras sociedades y contraproducente si deseamos achicar las brechas de género. La anunciada reforma laboral esconde y contiene un peligroso sesgo de género que amplifica las asimetrías que venimos arrastrando de un sistema ya desigual.

La flexibilización laboral es un tema sensible, de gran impacto en nuestras sociedades y contraproducente si deseamos achicar las brechas de género. La anunciada reforma laboral esconde y contiene un peligroso sesgo de género que amplifica las asimetrías que venimos arrastrando de un sistema ya desigual.