“Una fanática de los boliches”, así nombraron a Melina Romero cuando aún no había aparecido su cuerpo envuelto en dos bolsas de basura. Melina es una de las 277 mujeres víctimas de femicidio en la Argentina durante 2014, una de las chicas que engrosa la estadística que sólo tiende a aumentar: en 2016 se registraron 1.998 asesinatos machistas en 17 países de la región. La vida nocturna, cualidad propia de las juventudes y las vidas libres, fue usada por el diario Clarín para contextualizar un crimen. ¿Qué habrán pensado las lectoras y lectores de ese titular?¿Se habrán identificado con Melina porque a ellxs también les gusta salir de noche?, ¿habrán recordado todas las veces que fueron a bailar?, ¿habrán levantado una ceja para desde entonces mirar con suspicacia cada dato de la búsqueda de Melina?, ¿habrán calculado que en América Latina el 29,80% de las mujeres dice haber sufrido violencia machista? Las mujeres, chicas, lesbianas y trans que desaparecen, mueren, son violadas, acosadas, en contextos de nocturnidad, de diversión, de goce, de placer, de ocio, reciben un trato estigmatizador por parte de los medios de comunicación, agentes determinantes de la circulación de sentido de nuestras sociedades latinoamericanas.

Memoria feminista

Una memoria feminista recupera sus historias, las une, señala el hilo que ata cada vida y cada forma de morir y las piensa en conjunto; la memoria feminista asume las singularidades de cada vida pero reconoce en el entramado de violencias un disciplinamiento colectivo a todas quienes desobedecemos los modelos subjetivos imperantes, todas las que optamos por unos minutos, una noche o una vida dedicada a la deriva. En esta memoria que es también relato nos autodenominamos “Fanáticas de los boliches” para revertir la operación del poder, asumimos esa condición que para los comisarios de la moral nos convierte en culpables, asumimos nuestro fanatismo por el desborde, la noche y el ocio como respuesta coordinada ante la opinión del juez, el fiscal, el periodista, el empresario, el obispo, el profesor, el policía y hasta el papá.

La independencia para vivir la vida al ritmo singular de cada una, se castiga con violencia moralizadora. No debían viajar dos chicas por el mundo, porque es como si viajaran solas, no debería viajar una chica por el mundo, porque es como si viajara sola. Una piba no debería usar su cuerpo como instrumento de valorización social porque eso la convierte en estratega comercial de su cosificación: es decir, eso la pone como objeto de consumo para lxs demás y eso, -no se cuestiona-, podría acabar en un crimen. Unx pibx no debería drogarse y buscar el éxtasis porque eso no es de buena chica, si hace eso es que arriesga demasiado, y entonces, su vida no valía tanto. Una chica no debería salir de noche y olvidarse de todo y menos si es madre, no importa si fue madre demasiado joven porque no tuvo acceso a anticonceptivos ni a Educación sexual integral y no está permitido abandonar un embarazo, una chica o cualquier mujer que busca con desenfado la diversión, qué cosa fea, qué desperdicio de vida, con lo que le costó a la madre educarla, con lo que le costó a ella misma conseguir un trabajo, echarlo todo por la borda por un poco de música fuerte, por bailar, entrar en embriaguez, conocer alguien con quien acostarse, acostarse ahí mismo en el boliche, en el bar, en el taxi.

Como dice Julia Monarrez, en casos de “femicidio sexual sistémico”, “no solo se asesina el cuerpo biológico de la mujer, se asesina también lo que ha significado la construcción cultural de su cuerpo, con la pasividad y la tolerancia de un Estado masculinizado”. Estas vidas no perecen por pasiones individuales, el femicidio es un crimen social.

Andrea, Melina, Melody, Rosa, Sabrina, Némesis, Denise, Magalí, Mara, Camila, son algunos nombres de chicas que fueron atacadas y violentadas en contextos donde ellas buscaban goce, diversión, donde estaban vulnerabilizadas por la actitud mansa que requiere el disfrute, en todos los casos la justicia y la prensa se preguntaron ¿qué hace una chica en ese lugar a esa hora haciendo eso? En todos los casos ellas tenían derecho al placer.

Ellas

Andrea Aramayo salió a bailar en Ciudad de la Paz, Bolivia, y en el boliche se encontró con su novio, William Kushner, con quien estaban pasando un mal momento en la relación. Al salir, ya casi de día, y frente a, por lo menos, 70 personas, Kushner la atropelló. Andrea murió a las pocas horas. Tenía 27 años. La Justicia le hizo pericias alcohólicas a ambos y ella había tomado más. Los medios la culparon, como si eso fuera un agravante para la víctima, como si ella -que no era quien iba a conducir- no pudiera tomar y divertirse. Algunos titulares dicen que estaba obsesionada con él y se tiró frente al auto por voluntad propia, que el golpe se lo dio en la nuca cuando cayó al piso. “Si tenía una hija, ¿qué tenía que hacer de noche?”, dijeron. El femicidio ocurrió el 19 de agosto de 2015 y aún está en juicio, la causa fue caratulada como “homicidio en accidente de tránsito y lesiones gravísimas”.

Melina salió a festejar su cumpleaños a un boliche en San Martín, en el conurbano de Buenos Aires, y a la salida se subió al auto de un grupo de varones que estaban con Melody, su amiga. Al menos tres hombres las llevaron a una casa y abusaron de ellas. A Melina la asesinaron y su cuerpo fue encontrado un mes después dentro de dos bolsas en un arroyo en José León Suárez. Cuando aún no había aparecido el cuerpo de Melina, el diario Clarín publicó una nota sobre su vida íntima que tituló: “Una fanática de los boliches que abandonó la secundaria”. Melina Romero tenía 17 años. Melody contó lo que vió, contó cómo abusaron y mataron a su amiga. César Sánchez, Elías Fernández y Joel Fernández fueron imputados por homicidio agravado por femicidio pero sólo uno de ellos llegó a juicio, tres años después del 24 de agosto de 2014, día del femicidio. “Chavito” Fernández fue declarado culpable por un Jurado Popular por el delito de homicidio preterintencional y por la privación ilegal de la libertad coactiva. De forma paralela se le abrió a Melody una causa por falso testimonio por ser “una adicta que ha cambiado muchas veces su versión”. Los medios humillaron y hurgaron en la privacidad de Melina, y también en la de Melody, buscando en sus decisiones de placer un motivo para merecer su femicidio.

El 22 de agosto de 2014, Rosa Elvira Cely salió con dos de sus compañeros de bachillerato a tomar algo a un bar en Bogotá, Colombia. En un momento se quiso ir a su casa porque había dejado su hija al cuidado de su mamá y su hermana, quienes le habían insistido en que saliera. Decidió tomarse un taxi pero uno de sus compañeros, Javier Velasco, se ofreció a llevarla en moto hasta su casa. Aceptó. En el trayecto, Velasco se desvió y la llevó hacia un parque, la golpeó en la cabeza con su casco, la violó y apuñaló. Rosa logró llamar a la Policía para pedir ayuda pero no se la dieron. Los medios de comunicación colombianos señalaron que una madre soltera no podía estar en el boliche con dos hombres si no quería que le pasara algo. Velasco fue a juicio y lo condenaron a 48 años de prisión por el femicidio, a 36 años por la violación de sus hijas biológicas y a 10 años de cárcel por abuso a una trabajadora sexual. La familia de Rosa, luego de esta condena, le hizo juicio al estado de Bogotá por no haberla socorrido cuando ella llamó a la Policía, la denuncia fue por abandono de persona. En esa causa, la Secretaría de Gobierno de Bogotá la acusó de ser responsable de su muerte por haber aceptado la invitación de Velasco. “Si Rosa Elvira Cely no hubiera salido con los dos compañeros de estudio después de terminar sus clases en horas de la noche, hoy no estuviéramos lamentando su muerte”, dijeron. Además, la acusaron de ser responsable de desconocer qué clase de hombre era Velasco, porque ya tenía una condena en otro estado por un femicidio. Rosa tenía 35 años.

 

Sabrina, Némesis, Denise y Magalí se conocieron jugando al fútbol. El 11 de febrero de 2017 se encontraron en un boliche de Florencio Varela. A la salida, mientras esperaban el colectivo para volver a sus casas, una balacera mató a Sabrina Barrientos de 15 años y Denise Juárez de 17. Sus amigas, Némesis y Magalí sobrevivieron al ataque. El primer sospechoso fue Luis Esteban Weiman, de 36 años, ex pareja de Sabrina y único detenido por la causa. Por lo que se investigó, él la hostigaba luego de que ella decidiera separarse. Él trabajaba como seguridad y tenía un arma del mismo calibre con el que dispararon a las chicas. Los testigos de la balacera no identificaron a Weiman, y sí reconocieron a un adolescente como el autor de los disparos. Se sospecha que las chicas eran obligadas a ingresar drogas a los boliches de la zona. Cuando quisieron salir de ese círculo, las mataron. Los medios publicaron las fotos de las cuatro chicas agonizando en el piso y el video de las cámaras de seguridad. Weiman está investigado pero no imputado. Además, hay una causa por abandono de persona porque una ambulancia que llegó al lugar no las auxilió a tiempo. La causa donde se investigaba al menor de edad fue archivada.

Mara Fernanda Castilla salió a un bar con sus amigos en Cholula, ciudad de Puebla. Pidió un taxi al servicio Cabify y le avisó a su hermana que estaba en camino, desde arriba del auto. Ella se quedó tranquila y siguió durmiendo, pero a las 7 de la mañana se dio cuenta de que no había entrado a la casa y la reportó como desaparecida. Las cámaras de seguridad de la calle muestran que el taxista, Ricardo Alexis Díaz, la llevó hasta la puerta, no la dejó salir del auto y la llevó a un motel donde la violó, golpeó y asfixió. Después la envolvió en una sábana y la tiró en una cañada. El cuerpo se encontró varios días después de ese 8 de septiembre de 2017, tenía 19 años. “#SiMeMatan es porque me gustaba salir de noche y tomar mucha cerveza”, tuiteó Mara Fernanda Castilla unas semanas antes de su propio femicidio. Los medios de comunicación y la opinión pública cuestionaron que una mujer viaje en taxi de noche. El juicio comenzará pronto por femicidio, violación, robo y privación ilegal de la libertad de Mara Fernanda.

El 20 de septiembre de 2011 en Colina, en las afueras de Santiago de Chile, Camilla Elena Sánchez Palma fue a festejar a una de las fiestas típicas que se hacen en un feriado patrio chileno. Camilla dejó a su hijo de 3 años con su mamá y fue al baile donde se encontró a su ex pareja y padre del niño. Esteban Alejandro Salas Sánchez, sospechado de hostigarla y violentarla, la sacó del baile para hablar. A las pocas horas la encontraron muerta en un descampado, cerca de las fondas. Muy pocos medios cubrieron su femicidio, como si no hubiera ocurrido y los que lo hicieron cuestionaron la edad de Camilla para estar de fiesta y lo inapropiado de su comportamiento si era madre. Un diario tituló: “Morir de amor: femicidio íntimo en Chile”. Camilla tenía 17 años. El sospechoso sigue prófugo.

Potencia de goce, autocuidados y violencias machistas

Según un informe del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), el 56 por ciento de los victimarios de mujeres jóvenes entre 12 y 21 años no pertenecía al entorno de las víctimas. “Estos números son llamativos ya que contrastan con las estadísticas generales sobre este tipo de delitos, que señalan que el lugar más peligroso para una mujer es su propia casa”, dice el informe. Los espacios donde se dan las violencias machistas de forma privilegiada en esta franja etaria son espacios públicos y de esparcimiento: los bares, boliches y la calle misma. Muchas mujeres jóvenes encuentran a su agresor en su mismo barrio, podría ser su vecino, el tío de una amiga. En los barrios muchas veces la división entre la vida privada y la pública se difumina y la plaza, la vereda, pasa a ser espacio común y a la vez espacio primario. Son chicas que están expuestas a una trama de violencias que se asienta en un continuum comunitario y en un pacto machista. Esas pibas, dispuestas, engreidas, vulnerables, son propiedad comunitaria de los machitos de la barriada. Mientras el Estado no proyecta políticas públicas para esta población, las organizaciones feministas y las mujeres y adolescentes por su cuenta proponen estrategias de cuidados para imaginar espacios nocturnos libres de violencias.

-Amiga, ya llegué. Avisame cuando llegues vos.

-Chicas, el pibe este está muy desubicado ya, vengan a buscarme.

-Va foto de la patente del taxi.

-Estás muy borracha, me voy a quedar con vos toda la noche.

-Vayámonos de acá que estos tipos no paran de mirarnos como perros alzados.

Las mujeres más jóvenes, especialmente, se dan estrategias de autocuidado para que la fragilidad en que las coloca la calle y la noche no atente contra su deseo de pasarla bien. A un pacto de caballeros se impone un pacto de amigas, de cuidarnos entre nosotras, prevenirnos, acompañarnos. ¿Cómo hacer para que las libertades conquistadas, el derecho al placer, no encuentre un freno inhibitorio en el miedo a los machos violentos?, ¿cómo hacer para que el grito del feminismo “nos mueve el deseo” pueda vivirse sin el riesgo del disciplinamiento violento de los machos, el castigo de la opinión pública y la moralización de todxs? Con el cuidado entre pares: estamos para nosotras.

“Chateamos adentro del boliche, si hay un pibe que está medio gede nos avisamos y vamos a apoyar a la amiga”, dice Carolina, una piba de 17 años. El límite entre seducción y acoso, que recientemente algunos varones con relativa presencia en los medios de comunicación de la Argentina, han señalado como difuso dentro del ámbito del boliche, es, por el contrario, muy claro para las mujeres jóvenes como Carolina: “nosotras cada vez vamos más al frente, no hace falta ir por atrás o forzarnos, si hay onda es de los dos lados”. En una nota reciente, el divulgador de la filosofía Darío Sztajnszrajber atinó que “en el boliche está legitimado el rito del levante, hay consenso entre el hombre y la mujer para jugar el juego de la seducción, vale. Pero en la calle no”. ¿En el supuesto juego de la seducción quién pone las reglas?, ¿por qué parte el varón de la “legitimación” dentro del boliche?

La calle, el boliche, la plaza, la escuela, cualquier ámbito es propicio para el vínculo sexoafectivo, y las mujeres cada vez estamos más dadas a presentar nuestro deseo como dato inapelable, sin acoso disfrazado de juego de seducción. Si nos calentamos nos hacemos cargo. Sí es sí, no es no. La seducción no es histeriqueo de sí pero no. La seducción es conocerse, jugar, galantear, calentar. Y una puede hacer todo eso sin comprometerse a coger. Una puede elegir qué hacer. Esto es posible porque nos cuidamos entre nosotras. La amiga es cómplice y guardiana de nuestras buenas prácticas amatorias. En este sentido, la vieja consigna de la autonomía como bien supremo se vuelve relativa: autónomas para decidir sí, pero interdependientes entre nosotras para el cuidado. Ejemplos de cuidado colectivo van desde transporte feminista, hasta estrategias de prevención de violencias en boliches.

 Responsabilidad sexual empresaria

Tres de cada diez femicidios tiene como víctimas a pibas de entre 11 y 25 años, según el registro de las Mujeres de la Matria Latinoamericana (Mumala) que relevó 173 femicidios en lo que va del 2017 y 52 crímenes de adolescentes y jóvenes. Frente a estos números, algunos locales nocturnos y centros culturales pensaron estrategias para prevenir y proteger a las pibas de las violencias al menos durante el tiempo que se pasan dentro de los boliches. Camila y Nela, del Club Cultural Matienzo; y Silvina, de Vuela el Pez, contaron a LATFEM cómo trabajaron en las capacitaciones sobre violencia machista en espacios nocturnos, cómo aplican los protocolos y de qué forma buscan además poder prevenirla. Hablan de las distintas estrategias que ponen en juego en ambos lugares: las cartelerías que buscan la sensibilización y concientización hacia los varones; los audios en medio de la noche que sentencian “no es no”.  “Nosotras tenemos que ser las que exijamos que los lugares a los que vamos estén capacitados, que haya perspectiva de género, que tomen una posición que se garantizar nuestros derechos y repudiar cualquier tipo de violencia machista”, dice María del Mar Ramón, parte de Red de mujeres, organización que colaboró con el Club Matienzo en el desarrollo de sus estrategias. Una de ellas tiene que ver con la cartelería: “no se nace varón, no se nace macho”.

Teoría de la noche

“La soberanía en el despliegue del deseo de fiesta y de goce muchas veces se encuentra frente a frente con una forma del poder de la masculinidad que decide quién se enfiesta (en general son los hombres y las pibas las cautivas de esa fiesta), a quién se permite vivir y a quién se deja morir o se obliga a morir”, se dice en el ensayo Derecho a la gira, que es parte de este especial. Ahí, Florencia Minici analiza el origen de la subordinación de las mujeres a los mandatos nocturnales masculinos en el droit de seigneur, es decir, el derecho del señor o el derecho a la pernada, que tiene su extensión contemporánea y criolla en las costumbres de los patrones de estancia. En el derecho feudal, el acceso que los señores tenían a participar en la noche de bodas de cualquier súbdito estaba tipificado como primae noctis, lo que consistía en poder reclamar para sí la virginidad de las doncellas: “la posesión del cuerpo femenino empieza en una guerra contra él, en una ausencia de consentimiento”. Es por la rebeldía a esta costumbre medular del patriarcado que en el siglo XXI los femicidios de mujeres y chicas como Melina Romero son interpretadas bajo la lógica de la “razón fiestera” y no bajo la lógica de “la razón patriarcal”, que se acepta como piso acordado. Más allá de las estrategias que las pibas y las mujeres se dan, de las negociaciones fundadas en su deseo, al final de la noche se impone el derecho a la pernada, la masculinidad decide quién se enfiesta.

Construimos una memoria feminista que las recuerde y nos repare el dolor. Que no se pueda decir más que estas pibas, chicas, mujeres, encontraron la muerte porque la buscaban, que en el enfieste se arriesgaron a una selva patriarcal fundada en la naturaleza masculina, no: el patriarcado empezó en un momento, no se nace macho, no se nace varón.

“Las mujeres movimos el culo siempre”, dice la nota de María Florencia Alcaraz, Fanáticas de mover el culo, que cuenta la historia del twerking, baile asociado al reggaeton y la cumbia en el que la sexualidad está exacerbada y reivindicada como cosa pública, ¿toda cosificación es mala o la necesitamos para desearnos, para mostrarnos? “Me siento poderosa moviendo el culo. Hay una sensación de libertad, una terapia. Hay mujeres que se sienten cómodas mostrandose. Yo soy una de ellas”, dice una de las protagonistas. Mostrar el cuerpo, hacerlo bailar de las formas más indecentes, no lo vuelve un objeto sino que expone la destreza, la fortaleza, el deseo de las que bailan, y, en especial, es una forma de vivir la sensualidad de los cuerpos sin represiones ni el imperativo de ajustarse a lo que debe ser un cuerpo deseable y uno descartable: en el twerking todos los culos son hermosos siempre que se muevan mucho.

“Frente a la crueldad, más feminismo”, decía un documento del Colectivo NiUnaMenos hace un año; frente al disciplinamiento de nuestros deseos, a las amenazas de pernada, frente al pacto de machos que en los barrios, los boliches, la prensa, las estancias legitima la expropiación de nuestros cuerpos y marca los límites de nuestros placeres, las feministas no nos retiramos a nuestras casas a continuar con la vida que se nos impone, con una sexualidad medida dentro del hogar y una vida pública siempre atada a lo que permite o no el señor, el macho. Las feministas decimos que “todas somos fanáticas de los boliches” y reivindicamos las vidas de nuestras hermanas que murieron a manos de un macho exacerbado, un macho ejemplar, un macho también descolocado.

Construimos una memoria feminista que las recuerde y nos repare el dolor. Que no se pueda decir más que estas pibas, chicas, mujeres, encontraron la muerte porque la buscaban, que en el enfieste se arriesgaron a una selva patriarcal fundada en la naturaleza masculina, no: el patriarcado empezó en un momento, no se nace macho, no se nace varón. Frente al dedo acusador de la prensa y la justicia decimos “sí”, nos declaramos fanáticas de los boliches, libres para decidir cuándo, cómo, con cuántxs y dónde divertirnos y gozar. Hemos creado una inteligencia de concierto, aprendimos a cuidarnos no solo para no morir, sino, sobre todo, para garantizarnos entre todas el derecho al placer.